La mujer que dio la vuelta al mundo disfrazada de marinero
- Roberto Arnaiz
- 10 jun 2025
- 3 Min. de lectura
Una mujer camina encorvada por la cubierta de un barco, el pecho vendado, el nombre prestado, el cuaderno escondido bajo la camisa. En un siglo que decía que las mujeres no tenían alma de sabias ni cuerpo para el mar, Jeanne Baré se vistió de silencio, calzó botas de hombre… y dio la vuelta al mundo.
Nació en 1740 en La Comelle, un rincón de Borgoña, Francia. Hija de campesinos, creció entre plantas, montañas y silencios. Aprendió a reconocer hierbas, raíces, flores. Su inteligencia y su memoria asombraban a los vecinos, pero no había escuela que la aceptara. Así que aprendió sola, como podía, con lo que tenía. La naturaleza fue su maestra. El bosque, su aula. El deseo de saber, su brújula.
En tiempos donde la Ilustración florecía en los salones parisinos, pero pocas mujeres podían acceder al saber formal, las expediciones científicas eran dominio exclusivo de hombres: naturalistas, cartógrafos, soldados, religiosos. El océano era una frontera vedada, tanto geográfica como simbólica, para las mujeres. Jeanne rompió ese cerco sin pedir permiso.
A los 26 años conoció al naturalista Philibert Commerson, discípulo de Linneo, y pronto se convirtió en su asistente, su compañera de trabajo y su amor. Él reconoció en ella una mente brillante. Cuando el rey Luis XV invitó a Commerson a formar parte de la expedición científica de Louis Antoine de Bougainville, la primera circunnavegación francesa (1766–1769), Jeanne tomó una decisión radical: se disfrazó de hombre y se embarcó como su asistente botánico en la fragata Étoile.
Zarparon el 15 de noviembre de 1766. Jeanne, ahora "Jean Baré", compartía hamaca con marineros rudos, soportaba tormentas, hambre, escorbuto y sospechas constantes. Vendaba su pecho, hablaba poco, evitaba miradas. Pero cuando la expedición tocaba tierra, ella corría al bosque con su cuaderno y su navaja, recolectando plantas y clasificándolas con un rigor que asombraría a cualquier académico. Más de 600 especies pasaron por sus manos. Algunas jamás habían sido descritas.
Una noche, en medio del Atlántico, mientras el Étoile crujía bajo una tormenta feroz, Jeanne sostuvo las muestras recolectadas con las manos entumecidas de frío. Aferrada a su caja de especímenes, mientras los marineros rezaban, ella pensaba en salvar la ciencia antes que su cuerpo. Era una botánica antes que una impostora.
Fue en abril de 1768, en Tahití, donde su secreto fue descubierto. Los habitantes la reconocieron como mujer —dicen que por su andar, por su mirada, por su piel—. La noticia se propagó por la tripulación. El escándalo fue inevitable. Pero Bougainville no solo permitió que siguiera, sino que escribió en su diario: "Una mujer extraordinaria, con el alma de un sabio y el coraje de un soldado".
En 1769, tras casi tres años de travesía y habiendo recorrido América del Sur, Tahití, Java, el Índico, Madagascar y el Cabo de Buena Esperanza, Jeanne regresó a Francia. Fue la primera mujer que dio la vuelta al mundo. Pero no hubo medallas ni aplausos. Volvió al anonimato. Commerson murió en 1773. Años más tarde, el rey Luis XVI le concedió una pensión de 200 libras anuales, reconociendo su "conducta extraordinaria" en la expedición.
Una flor descubierta por Commerson fue nombrada Baretia bonafidia, en su honor, aunque luego fue reclasificada dentro del género Turraea. Su huella quedó, aunque el nombre cambiara. Como tantas otras mujeres, su legado resistió sin monumentos.
Jeanne se estableció más tarde en la isla Mauricio, donde administró una taberna, y eventualmente regresó a Francia. Murió el 5 de agosto de 1807, en Saint-Aulaye, a los 67 años. Su tumba no tiene estatuas ni placas doradas. Pero su historia florece, como las plantas que recolectaba.
No dejó diarios. No buscó fama. Pero su hazaña abrió un surco para las que vendrían después. Hoy, cuando una mujer decide romper las normas, disfrazarse de sí misma y embarcarse en lo desconocido, hay una voz que la acompaña. Una voz del siglo XVIII, que atravesó océanos, se disfrazó de silencio… y no se rindió.
Jeanne Baré no solo cruzó mares. Cruzó los límites de su época. Con una navaja, una libreta… y una determinación indomable. Como las semillas que recolectaba —pequeñas, humildes, ignoradas—, su historia germinó en la oscuridad… y hoy florece.
Y cada vez que una mujer recoge lo que otros desechan, clasifica lo que otros ignoran o se atreve a zarpar sin permiso, Jeanne Baré vuelve a zarpar. No con bandera. Con el alma libre, con el cuerpo cansado… y con la brújula intacta.
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