La Pasto Verde: la mujer que se hizo desierto
- Roberto Arnaiz
- 1 abr 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 11 jul 2025
A Carmen Funes no la inventó un prócer, la parió el viento. Ese viento surero que no se calla, que raja la piel y levanta polvo hasta cegar. En 1878, con apenas 15 años, llegó a lo que más tarde sería Plaza Huincul, siguiendo al Regimiento 3 de Infantería, el temido “Tres de Fierro”, en plena Conquista del Desierto.
Era viuda, mendocina, fortinera. Y en un país que se inventaba matando indios y repartiéndose la tierra, donde las mujeres no tenían ni voz ni firma, ella curaba heridos, cebaba mates, cocinaba con bosta seca, y empuñaba el cuchillo si hacía falta. No buscaba gloria: buscaba sobrevivientes.
Cuando llegaban los malones, no se escondía. Se calzaba la bombacha, se ocultaba el pelo bajo el kepí, y salía con la furia justa. Decían que no era mujer “decente”, que andaba entre soldados, que hablaba fuerte. Pero cuando el peligro soplaba, los mismos que la juzgaban gritaban: —¡Muchachas, faldas abajo y a vestirse de reclutas!
Y Carmen salía. Siempre salía.
Una noche, cuentan, un soldado llegó arrastrándose, la pierna abierta de un lanzazo. Nadie quería mirar. Carmen lo cosió con trapo y fuego.—“Si gritás, te dejo rengo para siempre” —le dijo.No gritó. Vivió. Y la llamó madre para siempre.
Cuando las armas se callaron, ella no volvió a Mendoza ni se colgó de ningún coronel. Se quedó en el sur, en esa tierra brava donde el silencio pesa como piedra. A comienzos del siglo XX, en la zona de La Aguada, fundó una posada y un almacén que fue mucho más que un boliche: era hospital, tribunal, registro civil, refugio, capilla y posta.
En 1903, recibió la primera licencia comercial del departamento Confluencia, y también el registro de marcas y señales para ganado. No sabía leer ni escribir, pero trataba con comerciantes chilenos, curaba partos, vendía yerba, peleaba por el precio del trigo y hasta tomaba denuncias. Nadie le discutía.
Le decían La Pasto Verde. Algunos por su belleza fresca, en contraste con la tierra seca. Otros porque su presencia, como el pasto verde en la estepa, era milagro raro y necesario. El apodo le quedó pegado al alma.
No tuvo hijos propios, pero crió muchos, como madrina, como madre prestada, como abrigo. Nunca hablaba de lo que no fue. A veces, cuando nadie la veía, miraba el cielo y se callaba.
Un día, notó que el agua tenía gusto a metal. Olía a kerosén. No le gustó.—“No me parece bien que la gente curiosee lo que guarda Dios dentro de la tierra”, dijo.
La escucharon. No por respeto, sino por curiosidad.
En 1918, dos años después de su muerte, en el pozo Nº1 de Plaza Huincul, se descubrió el primer yacimiento petrolero de la Argentina. El país cambiaba. El mundo rugía. Pero Carmen ya no estaba.
Había muerto el 15 de diciembre de 1916, a los 54 años, de fiebre, sin médico, sin misa, sin bandera. Murió como vivió: sin pedir permiso.
Hoy, en Plaza Huincul, sus ruinas y su tumba son lugar histórico nacional. Un museo lleva su nombre. Y la zamba “La Pasto Verde”, escrita por Marcelo Berbel y cantada por José Larralde, le da voz a su silencio.
Carmen Funes fue madre de nadie y de todos.Soldada sin grado.
Comerciante sin escuela.
Curandera sin título.
Patria sin medalla.
No la nombran en los actos. No tiene estatua en bronce. Pero está.
Porque hay mujeres que no necesitan mármol:
necesitan tierra, viento y memoria.
Y Carmen, Carmen Funes, fue semilla de todo eso.
Y la memoria, aunque no figure en los libros, es lo único que no se oxida.
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