Los Alacranes: La mística de los comandos de Gendarmería Nacional
- Roberto Arnaiz
- hace 10 minutos
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Toda fuerza especial posee capacidades operativas que la distinguen. Sin embargo, las unidades que trascienden su tiempo y se convierten en referencia para las generaciones futuras no son recordadas únicamente por sus técnicas, su armamento o sus misiones. Son recordadas por algo más difícil de definir y mucho más importante de construir: su espíritu.
Dentro de la historia de la Gendarmería Nacional Argentina, pocas unidades representan mejor esa realidad que el Escuadrón Alacrán. Su nombre quedó asociado al profesionalismo, al coraje y a las operaciones especiales, pero detrás de esa denominación existe una tradición construida durante décadas por hombres que eligieron voluntariamente uno de los caminos más exigentes del servicio a la Patria.
Tuve la oportunidad de conocer esa realidad desde cerca. Realicé el Curso Comando pocos años después de la Guerra de Malvinas y posteriormente tuve el privilegio de desempeñarme como instructor de numerosos integrantes del Escuadrón Alacrán. Con algunos compartí jornadas de instrucción; con otros, años de trabajo y camaradería. Aquellas experiencias me permitieron comprender que la verdadera esencia de un comando no se encuentra en aquello que lleva sobre el uniforme, sino en los valores que incorpora a su carácter.
La mística comando no nace en el combate. El combate solamente la pone a prueba.
Su origen se encuentra mucho antes: en el sacrificio cotidiano, en el entrenamiento permanente, en las largas jornadas de preparación y en la decisión de seguir adelante cuando las fuerzas parecen agotarse. Un curso comando no enseña únicamente técnicas de combate o procedimientos operativos. Forma hombres capaces de actuar bajo presión, asumir responsabilidades extraordinarias y confiar plenamente en quienes combaten a su lado.
Por eso, entre los comandos, la camaradería adquiere un significado especial. La confianza deja de ser una palabra para convertirse en una necesidad. Cada hombre comprende que, llegado el momento decisivo, su vida puede depender del compañero que marcha a su lado. De esa realidad surge una hermandad difícil de explicar para quienes nunca la experimentaron y casi imposible de romper para quienes la vivieron.
Dentro de la Gendarmería Nacional, esa tradición encontró una de sus máximas expresiones en el Escuadrón Alacrán. Concebido para afrontar misiones de alta complejidad, reunió a hombres seleccionados por sus aptitudes físicas, intelectuales y morales. Su misión exigía iniciativa, disciplina, capacidad de adaptación y una preparación constante. Sin embargo, como ocurre con todas las unidades de élite, su prestigio no fue construido por reglamentos ni por estructuras organizativas. Fue construido por los hombres que integraron sus filas.
La Guerra de Malvinas constituyó el momento más trascendente de esa historia.
Cuando el conflicto ingresaba en su etapa más difícil, integrantes del Escuadrón Alacrán fueron convocados para incorporarse al Teatro de Operaciones del Atlántico Sur. Muchos de ellos llevaban semanas esperando esa orden. No buscaban reconocimiento ni privilegios. Querían estar donde entendían que debían estar: junto a quienes combatían por la Nación.
El 28 de mayo de 1982 llegaron a las islas. Al día siguiente comenzaron a coordinar operaciones con las Compañías de Comandos 601 y 602 del Ejército Argentino. Las tareas inicialmente previstas evolucionaron rápidamente hacia misiones de combate, reconocimiento y operaciones especiales. Los Alacranes pasaban a formar parte de la primera línea de la guerra.
Su bautismo de fuego se produjo el 30 de mayo, durante una operación en las inmediaciones del Monte Kent. Un misil británico impactó el helicóptero que transportaba a una de las patrullas. Lo que siguió fue una dramática lucha por sobrevivir entre el fuego, las explosiones y el humo. Algunos lograron escapar de la aeronave. Otros quedaron atrapados para siempre entre sus restos.
Aquel día entregaron su vida el Primer Alférez Ricardo Julio Sánchez y los suboficiales Guillermo Nasif, Marciano Verón, Carlos Pereyra, Juan Carlos Treppo y Justo Rufino Guerrero. Días más tarde caería también el Sargento Ramón Gumercindo Acosta durante las acciones desarrolladas en cercanías del río Murrell.
Sus nombres forman parte de la historia de la Gendarmería Nacional, pero también de la historia argentina.
Sin embargo, la grandeza de aquellos hombres no reside únicamente en la forma en que murieron. Reside también en la huella que dejaron. Décadas después, sus familias continuaron honrando su memoria, sus hijos vistieron el uniforme de la Fuerza y la Nación siguió reconociendo el valor de su sacrificio. La identificación de los restos en el Cementerio de Darwin permitió cerrar heridas abiertas durante años y devolver certezas a quienes nunca dejaron de esperar.
Malvinas fue el bautismo de fuego de los Alacranes, pero no fue el final de su historia.
Las generaciones que siguieron heredaron una tradición construida con esfuerzo, disciplina y ejemplo. Cada nuevo integrante recibió una responsabilidad silenciosa: estar a la altura de quienes lo precedieron y transmitir a quienes vendrían después los mismos valores que habían dado origen a la unidad.
A lo largo de los años vi a muchos Alacranes actuar en distintos escenarios. Los vi entrenar bajo condiciones extremas, asumir riesgos que otros evitaban y mantener una exigencia profesional permanente aun cuando nadie los observaba. Comprendí entonces que la verdadera mística comando no se transmite mediante discursos. Se transmite mediante el ejemplo. En silencio. Día tras día.
Los hombres cambian. Las generaciones se suceden. Las misiones evolucionan. Pero ciertas tradiciones permanecen.
Cada vez que un joven gendarme inicia el camino para convertirse en Alacrán recibe mucho más que una capacitación especializada. Recibe una herencia. La herencia de quienes combatieron en Malvinas. La herencia de quienes regresaron y continuaron sirviendo sin buscar reconocimiento. La herencia de quienes enseñaron que el prestigio no se encuentra en las condecoraciones ni en la notoriedad pública, sino en el cumplimiento del deber.
Tal vez esa sea la verdadera esencia de los comandos.
Saber que, cuando llegue el momento, otros confiarán su vida en uno.
Y estar preparado para no defraudarlos.
Porque más allá de los cursos, de los distintivos y de las operaciones, existe una convicción que atraviesa generaciones y resume una forma de entender el servicio, el sacrificio y el amor a la Patria.
Una convicción que no pertenece a una unidad ni a una época determinada.
Pertenece al espíritu de los comandos argentinos.
Como dicen, desde hace generaciones, los comandos de toda la Argentina:
¡Dios y Patria!...... O Muerte




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