Bernardino Rivadavia: el presidente que murió lejos de su patria
- Roberto Arnaiz
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El año 2026 quedará señalado por una curiosa ausencia en la memoria pública argentina. El 8 de febrero se cumplieron dos siglos del comienzo de la presidencia de Bernardino Rivadavia, el primer hombre que ejerció ese cargo en las Provincias Unidas del Río de la Plata. Sin embargo, el bicentenario transcurrió casi en silencio. No hubo, que sepamos, ceremonias relevantes ante su mausoleo en la plaza Miserere ni homenajes significativos frente a las numerosas estatuas que perpetúan su figura en el país.
La omisión no deja de resultar llamativa. Rivadavia conserva un lugar en los manuales escolares, da nombre a una de las avenidas más largas y transitadas de Buenos Aires y su apellido quedó unido para siempre al imaginario sillón presidencial. Pero cuando llegó la hora redonda de los doscientos años, la Argentina pasó frente a su tumba sin detenerse.
Tal vez esto ocurra porque todavía no sabemos qué hacer con aquel hombre. La historiografía liberal lo elevó durante décadas al altar de los grandes constructores civiles de la Nación. Sus adversarios lo arrojaron luego al barro, presentándolo como responsable de casi todos los pecados originales del país. Entre la estatua y la demolición quedó oculto el ser humano: un porteño obstinado, orgulloso, culto, contradictorio y convencido de que la Argentina podía ser organizada mediante leyes, escuelas e instituciones cuando todavía resonaban los cañones de la independencia.
Nicolás Avellaneda advirtió que “los pueblos que olvidan sus tradiciones pierden la conciencia de sus destinos, y los que se apoyan sobre tumbas gloriosas son los que mejor preparan el porvenir”. La frase resulta apropiada para volver sobre la vida de don Bernardino, desde su nacimiento en la Buenos Aires colonial hasta la habitación gaditana donde murió desterrado y pobre.
Un niño de la Buenos Aires virreinal
Bernardino de la Trinidad González de Rivadavia nació en Buenos Aires el 20 de mayo de 1780. Faltaban treinta años para la Revolución de Mayo y la ciudad formaba parte del joven Virreinato del Río de la Plata, creado apenas cuatro años antes.
Buenos Aires era entonces una aldea grande, chata y barrosa, con pocas calles empedradas, casas bajas, iglesias, vendedores ambulantes y un puerto que todavía no era puerto. Cuando llovía, las carretas se hundían en el fango. Cuando soplaba el viento del río, la humedad entraba hasta en los huesos. En ese escenario, todavía lejano de las grandes avenidas que vendrían después, nació quien intentaría transformar aquella ciudad colonial en la capital de una república moderna.
Fue hijo de Benito Bernardino González de Ribadavia, abogado de origen gallego, nacido en Monforte de Lemos, y de la porteña María Josefa de Jesús Rodríguez de Rivadeneyra. Su madre murió cuando Bernardino tenía apenas seis años. Aquella pérdida temprana dejó al niño en una casa donde también reclamaba atención su hermana mayor, Tomasa, que era ciega.
Su padre volvió a casarse y la vida familiar continuó con esa mezcla de disciplina, religiosidad y severidad que caracterizaba a muchos hogares acomodados de la época. Bernardino fue un muchacho reservado y poco inclinado a las expansiones. Aquel carácter cerrado, que algunos interpretarían después como frialdad o soberbia, comenzó a formarse entre ausencias familiares y libros.
Con el tiempo simplificó su largo nombre y modificó la grafía del apellido. Dejó atrás el González y transformó Ribadavia en Rivadavia. Para la historia sería, sencillamente, Bernardino Rivadavia.
Los estudios que no terminó
En 1798 ingresó en el Real Colegio de San Carlos, el establecimiento educativo más importante de la Buenos Aires colonial. Por sus aulas también habían pasado Manuel Belgrano y Mariano Moreno. Allí estudió gramática, filosofía y teología.
No obtuvo un título. Abandonó los estudios en 1803, pero el hecho de no haberse graduado no significó el fin de su formación. Rivadavia fue, en gran medida, un autodidacta. Leyó cuanto libro pudo conseguir y durante sus viajes europeos se relacionó con algunas de las figuras intelectuales más importantes de su tiempo.
La falta de diploma no le impidió convertirse en uno de los hombres más instruidos de la política rioplatense. Era uno de esos lectores voraces que se forman a fuerza de curiosidad y voluntad. Leía para gobernar, pero también gobernaba como si la realidad pudiera acomodarse a lo que había leído. Allí residieron, quizá, tanto su grandeza como muchos de sus errores.
Rivadavia creyó que las instituciones podían modificar las costumbres, que la educación podía corregir la desigualdad y que las leyes eran capaces de ordenar el desierto. El problema fue que el país real, áspero y levantisco, no siempre estaba dispuesto a entrar en los prolijos casilleros de sus proyectos.
Las invasiones inglesas y el despertar político
Durante las invasiones inglesas de 1806 y 1807 se incorporó a las milicias criollas. Actuó en el Tercio de Voluntarios de Galicia, conocido como el Cuerpo de Gallegos. Como tantos hombres de su generación, descubrió entonces que la ciudad podía defenderse sin la ayuda de España y que los vecinos armados comenzaban a reconocerse como una fuerza política propia.
Las invasiones cambiaron para siempre a Buenos Aires. Los comerciantes, abogados, artesanos y empleados que habían empuñado un fusil ya no estaban dispuestos a regresar mansamente a la obediencia colonial. Debajo de los uniformes improvisados empezaba a moverse algo nuevo.
Rivadavia participó en el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 y votó por la destitución del virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros. No fue una figura principal de aquellas jornadas, pero tomó partido por el cambio revolucionario y se acercó al sector identificado con las ideas de Mariano Moreno.
Su ascenso político comenzó en 1811, cuando fue nombrado secretario de Gobierno y Guerra del Primer Triunvirato. Aunque no era uno de los tres triunviros, su voluntad y su capacidad de trabajo lo convirtieron rápidamente en el hombre más influyente del gobierno.
Aquella primera experiencia mostró algunas características que lo acompañarían durante toda su vida pública: energía, centralismo, desprecio por las medias tintas y una confianza casi ilimitada en su propio criterio.
La revolución del 8 de octubre de 1812, impulsada por José de San Martín, Carlos María de Alvear y otros jefes militares, derribó al Primer Triunvirato. Rivadavia fue detenido y obligado a alejarse de Buenos Aires. Era su primera caída, pero no sería la última.
Juana del Pino y los cuatro hijos
En 1809 Rivadavia se había casado con Juana del Pino y Vera Mujica, nacida en Montevideo e hija de Joaquín del Pino, quien había sido virrey del Río de la Plata, y de Rafaela de Vera Mujica.
Juana pertenecía a una familia distinguida de la sociedad virreinal. La unión vinculó al joven Rivadavia con una de las casas más importantes de la época, pero el matrimonio no quedó reducido a una conveniencia social. Juana lo acompañaría durante más de treinta años, atravesando ascensos, derrotas, separaciones y destierros.
La familia vivió en una casa de la calle Defensa, en Buenos Aires. Allí nacieron sus cuatro hijos: José Joaquín Benito Egidio, Constancia, Bernardino Donato y Martín.
Constancia murió antes de cumplir los cuatro años. La muerte de una hija pequeña se sumó a las heridas familiares de un hombre que rara vez exhibía sus sentimientos. Rivadavia no era dado a las confesiones. Su dolor quedaba encerrado detrás de una cara seria y de una levita rigurosamente abotonada.
Sus hijos varones tomaron luego caminos propios. José Joaquín y Bernardino Donato llegaron a vincularse con la causa federal y con el movimiento que apoyaba a Juan Manuel de Rosas, adversario irreconciliable de las ideas unitarias de su padre. La política argentina conseguía así meterse hasta en el comedor familiar. En aquellos tiempos no había puerta capaz de mantener afuera la guerra civil.
Juana soportó largas ausencias mientras su esposo cumplía misiones en Europa. Más tarde lo acompañó en el destierro. No fue una figura decorativa, sino la compañera de un hombre cuya vocación pública arrastró a toda la familia por ciudades, puertos y casas prestadas.
Europa y el descubrimiento de otro mundo
En 1814 Rivadavia fue enviado a Europa junto con Manuel Belgrano. La misión buscaba respaldo internacional para el proceso revolucionario y alguna fórmula política que permitiera dar estabilidad a las Provincias Unidas.
Las gestiones fracasaron, pero el viaje cambió profundamente a Rivadavia. Mientras Belgrano regresó en 1816, él permaneció varios años en Europa. Vivió principalmente en Londres y tomó contacto con políticos, pensadores, financistas y hombres de ciencia.
Conoció las ideas de Jeremy Bentham y se interesó por los grandes autores del liberalismo europeo. Observó el funcionamiento de los bancos, las universidades, las asociaciones científicas y las instituciones públicas. Europa se convirtió para él en un enorme escaparate del porvenir.
El problema aparecería más tarde, cuando intentara trasladar aquellas instituciones a una sociedad muy diferente. Londres tenía industrias, capitales, caminos y una burguesía consolidada. Buenos Aires tenía saladeros, comerciantes, grandes extensiones despobladas y una dirigencia que discutía el poder con las provincias a golpes de sable.
Rivadavia regresó deslumbrado por el mundo moderno. Quiso encender todas sus luces al mismo tiempo en una tierra que todavía se alumbraba con velas.
La “feliz experiencia”
En 1821 el gobernador bonaerense Martín Rodríguez lo designó ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores. Comenzó entonces el período conocido como la “feliz experiencia” de Buenos Aires.
Rivadavia se convirtió en el verdadero motor de aquella administración. Trabajaba con una intensidad que agotaba a colaboradores y adversarios. Revisaba expedientes, redactaba decretos, impulsaba reformas y se metía en todos los rincones del Estado.
Promovió la fundación de la Universidad de Buenos Aires, inaugurada en 1821, y reorganizó el antiguo Colegio de San Carlos como Colegio de Ciencias Morales. Impulsó escuelas bajo el sistema lancasteriano, creó instituciones científicas, promovió el Museo de Ciencias Naturales, el Archivo provincial, el Departamento Topográfico y la Sociedad de Beneficencia.
También alentó la contratación de profesores y científicos extranjeros. Creía que un país no se construía solamente con ejércitos y fronteras: necesitaba médicos, maestros, ingenieros, mapas, bibliotecas y estadísticas.
Su obra fue amplia, pero estuvo lejos de ser pacífica. Suprimió los cabildos, reformó la administración, impulsó una nueva ley electoral y avanzó sobre instituciones y bienes de la Iglesia. La reforma eclesiástica despertó una resistencia feroz entre sectores religiosos y conservadores.
También quedaron ligados a su gestión el empréstito contratado con la banca Baring Brothers y el sistema de enfiteusis aplicado sobre las tierras públicas. El empréstito, anunciado para financiar obras de infraestructura, llegó disminuido por comisiones y gastos y terminó convertido en una pesada deuda. La enfiteusis, pensada para poblar y hacer producir las tierras, facilitó en la práctica la concentración de enormes extensiones en pocas manos.
Sus defensores señalan que Rivadavia buscaba proporcionar capitales y tierras productivas a una provincia en formación. Sus críticos observan, con razón, las consecuencias ruinosas de varias de aquellas medidas. La historia no exige ocultar los errores para reconocer la grandeza de una obra.
El primer presidente
La guerra contra el Imperio del Brasil creó la necesidad de establecer un Poder Ejecutivo nacional. El Congreso dictó la Ley de Presidencia y el 8 de febrero de 1826 eligió a Bernardino Rivadavia como presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Era el primer presidente argentino, aunque gobernaba un país que todavía no estaba plenamente constituido. Las provincias conservaban fuertes autonomías y desconfiaban de cualquier autoridad instalada en Buenos Aires.
Rivadavia tenía el título. Le faltaba la Nación.
Poco después de asumir impulsó la capitalización de Buenos Aires. La ciudad, el puerto y la aduana quedarían bajo la autoridad nacional. La medida provocó una resistencia enorme entre los federales y también entre muchos porteños, que no estaban dispuestos a entregar la principal fuente de recursos de la provincia.
La Constitución de 1826 estableció un régimen representativo, republicano y unitario. Fue rechazada por la mayoría de las provincias. El proyecto rivadaviano pretendía construir desde arriba un Estado nacional fuerte, pero los caudillos provinciales no aceptaron quedar sometidos a un gobierno central que consideraban ajeno.
A esto se sumó la guerra con Brasil. Las fuerzas argentinas obtuvieron importantes triunfos, entre ellos la batalla de Ituzaingó, pero el conflicto consumía hombres y recursos. La misión diplomática de Manuel José García concluyó con un acuerdo preliminar que aceptaba condiciones consideradas deshonrosas. Rivadavia rechazó el tratado, pero el daño político ya estaba hecho.
Aislado, sin apoyo de las provincias y enfrentado con buena parte de Buenos Aires, renunció el 27 de junio de 1827. Su presidencia había durado menos de diecisiete meses.
El arquitecto había trazado los planos de un edificio para el cual todavía no existían ladrillos.
La retirada y el exilio
Después de su renuncia, Rivadavia se apartó de la vida pública. En 1829 partió hacia Europa y se estableció durante un tiempo en París. Allí vivió con discreción, dedicado a la lectura, la traducción y los viajes.
Ese mismo año se produjo una de esas coincidencias que parecen escritas por la historia con tinta irónica. Mientras Rivadavia abandonaba Buenos Aires, José de San Martín se alejaba desde Montevideo rumbo a Europa. Dos hombres enfrentados políticamente contemplaban casi al mismo tiempo las aguas del Río de la Plata. Los dos dejaban atrás el país al que habían servido. Los dos terminarían muriendo lejos de él.
En 1834 Rivadavia intentó regresar a Buenos Aires, pero el gobierno le impidió desembarcar. Juana y su hijo Martín, que lo esperaban en el puerto, subieron al barco y se incorporaron a su exilio.
La escena debió de ser amarga. Detrás quedaba la ciudad donde había nacido, estudiado, formado su familia y gobernado. Delante, otra vez, el agua. En el medio, un hombre que había sido presidente y que ya no podía pisar su propia tierra.
La familia se instaló primero en Colonia del Sacramento. La guerra civil oriental volvió insegura su permanencia y Rivadavia llegó a sufrir prisión. Luego fue desterrado a la isla de Santa Catalina, en Brasil, y más tarde se radicó con Juana en Río de Janeiro.
Vivieron con grandes dificultades económicas. El antiguo presidente ya no tenía ministros, escoltas ni oficinas. Quedaban algunos muebles, papeles y recuerdos. La política, que antes llenaba los salones, se había reducido al ruido de pasos extraños detrás de una puerta alquilada.
Juana sufrió un accidente doméstico y murió en Río de Janeiro en diciembre de 1841. Su desaparición dejó a Rivadavia solo después de más de tres décadas de matrimonio. Ella había sido la presencia constante detrás de una vida pública agitada y, al final, la compañera del infortunio.
La última habitación
Después de la muerte de su esposa, Rivadavia se trasladó a Cádiz. Allí ocupó una vivienda modesta y llevó una existencia retirada.
En su escritorio conservaba recuerdos de la revolución y de sus años de gobierno. Entre ellos se encontraban objetos que le había obsequiado José de San Martín: el estandarte atribuido a Francisco Pizarro y una campanilla vinculada con la Inquisición de Lima.
Durante sus escasas caminatas vestía levita y llevaba su antiguo bastón presidencial. La ropa estaba gastada y el bastón ya no mandaba a nadie, pero todavía había en aquel anciano una dignidad que la derrota no había conseguido arrancarle.
Cuando algún argentino lo reconocía y se dirigía a él como al antiguo presidente, habría respondido:
—Ese hombre que usted dice ha muerto hace mucho tiempo. Ya no existe.
La frase, sea cual fuere su formulación exacta, resume la profundidad de su desengaño. No hablaba solamente de la pérdida del poder. Hablaba de la desaparición de una identidad, del entierro en vida de quien había creído posible modificar el rumbo de todo un país.
Al sentir la proximidad de la muerte expresó su deseo de sepultar con él “las crueles violencias e ingratitudes” de las que se consideraba víctima.
Bernardino Rivadavia murió en Cádiz el 2 de septiembre de 1845, a los 65 años. Había ordenado que sus restos no regresaran jamás a Buenos Aires ni a Montevideo, las ciudades que juzgaba ingratas.
El primer presidente argentino murió sin querer volver a la Argentina.
El regreso de sus restos
Después de la caída de Juan Manuel de Rosas en 1852 comenzó una campaña para repatriar sus restos. La Sociedad de Beneficencia de Buenos Aires, una de las instituciones impulsadas durante su gestión, apoyó la iniciativa y se hizo cargo de los gastos del traslado.
Domingo Faustino Sarmiento fue uno de los grandes promotores del homenaje. Propuso colocar un busto de Rivadavia en cada escuela pública porque, según afirmaba, quienes habían servido al pueblo debían permanecer a la vista de las nuevas generaciones.
Los albaceas aceptaron finalmente el regreso del cuerpo, interpretando que la prohibición testamentaria había estado dirigida contra los gobiernos que lo habían perseguido y no contra el homenaje futuro de sus compatriotas.
El 20 de agosto de 1857 sus restos llegaron a Buenos Aires. La ciudad que le había impedido desembarcar en vida lo recibió muerto con ceremonias, discursos y multitudes.
Es una vieja costumbre nacional: discutir con ferocidad al hombre de carne y hueso y abrazarse después a su ataúd.
Sus restos fueron depositados inicialmente en el Cementerio de la Recoleta. En 1880, al cumplirse el centenario de su nacimiento, se realizaron nuevos homenajes. Ese mismo año regresaron al país los restos del general José de San Martín. Los antiguos adversarios quedaron reconciliados por la muerte bajo la mirada de Nicolás Avellaneda.
El mausoleo de plaza Miserere
En 1932 el presidente Agustín Pedro Justo inauguró el mausoleo de Rivadavia en la plaza Miserere. La obra fue realizada por el escultor Rogelio Yrurtia y constituye uno de los monumentos funerarios más imponentes del país.
En el conjunto puede leerse la frase pronunciada por Bartolomé Mitre en homenaje al prócer:
“Al más grande hombre civil de la tierra de los argentinos”.
El mausoleo permanece en medio de una de las zonas más agitadas de Buenos Aires. A su alrededor rugen los colectivos, llegan los trenes, se apresuran los trabajadores y miles de personas cruzan diariamente la plaza sin levantar la vista. Debajo de ese tumulto descansa el hombre cuyo apellido designa avenidas, ciudades, departamentos, plazas y escuelas.
El llamado “sillón de Rivadavia” se convirtió en símbolo de la Presidencia argentina. Sin embargo, no existe un sillón presidencial que pueda atribuirse con certeza a Rivadavia. La expresión sobrevivió porque los símbolos suelen ser más resistentes que los objetos.
Desde entonces, cada presidente argentino se sienta metafóricamente en el sillón de un hombre que acabó sus días sin despacho, sin poder y sin patria.
Entre el mármol y el barro
La historiografía liberal colocó a Rivadavia en la cumbre del panteón civil argentino. Sus adversarios, en especial algunas corrientes revisionistas, lo presentaron como un gobernante al servicio de intereses británicos, responsable del endeudamiento, de la concentración de la tierra y del sometimiento económico del país.
Como ocurre tantas veces en los debates argentinos, cada bando eligió los hechos que servían a su sentencia. Unos levantaron un altar. Otros cavaron una fosa. En el medio quedó poco espacio para colocar a un hombre.
Rivadavia cometió errores graves. Su centralismo chocó con la realidad de las provincias. Su admiración por Europa lo llevó a aplicar modelos difíciles de adaptar al Río de la Plata. Algunas de sus políticas económicas produjeron consecuencias muy distintas de las que había imaginado. Su manera autoritaria de impulsar las reformas multiplicó enemigos y desconfianzas.
Pero también fue un apasionado constructor de instituciones. Comprendió antes que muchos de sus contemporáneos que un país necesitaba universidades, escuelas, museos, archivos, bancos, estadísticas y leyes. Creyó que la independencia política debía ser acompañada por una transformación cultural y administrativa.
Se equivocó, sin duda. Pero se equivocó intentando construir.
El bicentenario de su presidencia ofrecía una oportunidad para examinar su vida sin devociones obligatorias ni condenas heredadas. La oportunidad pasó casi inadvertida. Tal vez el silencio diga más sobre nosotros que sobre Rivadavia.
La intención de este relato no ha sido devolverlo ciegamente al altar ni absolverlo de sus equivocaciones. Ha sido rescatar al ser humano oculto detrás del busto: el niño que perdió a su madre, el estudiante sin título, el esposo de Juana, el padre de cuatro hijos, el lector infatigable, el reformador impaciente, el presidente sin Nación y el anciano que caminaba por Cádiz aferrado a un bastón que ya no representaba ningún poder.
Los muertos no necesitan homenajes. Somos los vivos quienes necesitamos recordar.
Necesitamos detenernos, aunque sea por un instante, frente a esas tumbas gloriosas que mencionaba Avellaneda y preguntarnos qué país imaginaron aquellos hombres, qué hicieron con sus sueños y qué estamos haciendo nosotros con la herencia que nos dejaron.
Rivadavia ya no puede responder.
Debajo del ruido de plaza Miserere sólo queda su silencio.
Referencias
Casa Rosada. (2024, 22 de mayo). Bernardino Rivadavia (1780-1845). https://www.casarosada.gob.ar/la-casa-rosada/bustos-presidenciales/50503-bernardino-rivadavia-1780-1845
Halperin Donghi, T. (2005). Revolución y guerra: Formación de una élite dirigente en la Argentina criolla (2.ª ed.). Siglo XXI Editores.
Piccirilli, R. (1960). Rivadavia y su tiempo (2.ª ed., Vols. 1-3). Ediciones Peuser.
Pigna, F. (s. f.). Bernardino Rivadavia. El Historiador. https://elhistoriador.com.ar/bernardino-rivadavia/
Ternavasio, M. (2009). Historia de la Argentina, 1806-1852. Siglo XXI Editores.




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