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Las Invasiones Británicas: cuando Buenos Aires descubrió que podía defenderse sola


Hay acontecimientos que duran unos pocos meses y, sin embargo, modifican décadas de historia.

Las Invasiones Británicas de 1806 y 1807 fueron uno de ellos.

Cuatro años antes de la Revolución de Mayo, Buenos Aires fue ocupada por soldados extranjeros, el virrey abandonó la ciudad y sus habitantes descubrieron algo que hasta entonces parecía impensable: podían organizarse, combatir y recuperar la capital sin esperar que España viniera a salvarlos.

Aquella experiencia cambiaría para siempre el Río de la Plata.


Todo había comenzado muy lejos

Para comprender por qué los británicos llegaron a Buenos Aires hay que mirar hacia Europa.


El 21 de octubre de 1805, frente al cabo Trafalgar, la escuadra británica comandada por el almirante Horatio Nelson derrotó a la flota combinada franco-española.

Nelson murió durante el combate, pero su victoria confirmó la enorme superioridad naval británica y modificó el equilibrio estratégico europeo.

Entre los españoles que combatieron aquel día se encontraba un hombre que pocos años después tendría un papel decisivo en nuestra historia: Baltasar Hidalgo de Cisneros.

Cisneros resultó herido durante el combate y sufrió una importante pérdida auditiva. En 1809 sería nombrado virrey del Río de la Plata.

La historia comenzaba a reunir, sin que ellos pudieran saberlo, a algunos de los protagonistas de Mayo.


Un imperio necesitaba mercados

Gran Bretaña no buscaba solamente victorias militares.

Necesitaba comerciar.

La expansión de su industria exigía nuevos mercados y su poder naval permitía proteger las rutas marítimas que conectaban distintas regiones del mundo.

A comienzos de 1806 una expedición británica conquistó la Colonia del Cabo, en el extremo sur de África, hasta entonces controlada por los neerlandeses.

Allí surgió la posibilidad de aprovechar las fuerzas disponibles para atacar el Río de la Plata.

El comodoro Home Riggs Popham y el general William Carr Beresford decidieron dirigirse hacia Buenos Aires. La iniciativa no formaba parte inicialmente de una orden específica para conquistar la capital virreinal y generaría posteriormente cuestionamientos en Londres.

Pero la oportunidad parecía demasiado tentadora.

Una ciudad escasamente defendida.

Un puerto estratégico.

Un enorme territorio.

Y, sobre todo, la posibilidad de abrir un nuevo mercado para el comercio británico.


Los barcos aparecen en el Río de la Plata

En junio de 1806 las velas británicas aparecieron frente a las costas rioplatenses.

El virrey era entonces Rafael de Sobremonte, un funcionario cuya imagen quedaría para siempre asociada a aquellas jornadas.

La memoria argentina fue particularmente dura con él.

Sin embargo, su trayectoria anterior había sido muy diferente. Como gobernador intendente de Córdoba del Tucumán había desarrollado una administración reconocida por sus obras públicas, caminos, acequias y mejoras institucionales.

Buenos Aires sería otra historia.

Cuando recibió noticias del desembarco británico, Sobremonte intentó organizar la defensa y posteriormente abandonó la capital rumbo al interior llevando consigo parte del tesoro real.

Desde el punto de vista administrativo tenía argumentos: debía evitar que los caudales de la Corona cayeran en manos enemigas.

Desde el punto de vista político, fue desastroso.

La población vio otra cosa.


El representante del rey se había marchado cuando el enemigo llegaba.

Buenos Aires cae

Las fuerzas de Beresford desembarcaron en Quilmes el 25 de junio de 1806 y comenzaron a avanzar hacia la ciudad.

La resistencia resultó insuficiente.

Dos días después, los británicos entraron en Buenos Aires.

El 27 de junio de 1806, la capital del Virreinato del Río de la Plata estaba en manos extranjeras.

Por primera vez desde su creación, el centro político del Virreinato había sido conquistado por una potencia enemiga.

Beresford asumió el gobierno de Buenos Aires e intentó consolidar rápidamente su autoridad.

Y tomó dos decisiones inteligentes.

Garantizó inicialmente el respeto por la religión católica y favoreció una mayor libertad comercial.

Esta última medida tocaba uno de los grandes problemas de la economía rioplatense.

Durante décadas, comerciantes y productores habían padecido las restricciones del sistema mercantil español. Los británicos llegaban con mercancías, barcos y una concepción comercial mucho más abierta.

Para algunos sectores de Buenos Aires, aquello despertó expectativas.

Pero una cosa era comerciar con los británicos.

Otra muy distinta aceptar que gobernaran la ciudad.


La ciudad empieza a conspirar

La resistencia comenzó a organizarse casi inmediatamente.

Y no dependió de una única persona.

El comerciante Martín de Álzaga reunió hombres y recursos para preparar una insurrección desde el interior de Buenos Aires.

Mientras tanto, desde Montevideo avanzaba Santiago de Liniers, oficial de origen francés al servicio de la Corona española.

La población también comenzó a movilizarse.

Vecinos, comerciantes, milicianos, trabajadores y mujeres participaron de distintas maneras en la preparación de la resistencia.

La ciudad que unas semanas antes parecía indefensa comenzó a transformarse.


La Reconquista

Liniers cruzó el Río de la Plata y desembarcó con sus fuerzas en las cercanías de Buenos Aires.

El 12 de agosto de 1806 comenzó el combate decisivo.

Las calles se convirtieron en un campo de batalla.

Desde casas y azoteas se hostigaba a las tropas británicas mientras las fuerzas de Liniers avanzaban hacia el centro.

Beresford terminó refugiándose en el Fuerte.

Finalmente capituló.

Habían pasado apenas 46 días desde la ocupación de Buenos Aires.

La ciudad había sido reconquistada.

Pero algo mucho más importante acababa de suceder.


El poder del virrey ya no era el mismo

Sobremonte seguía siendo formalmente la máxima autoridad del Virreinato.

Sin embargo, Buenos Aires había descubierto que podía tomar decisiones sin él.

Un cabildo abierto confirmó a Liniers al frente de las fuerzas militares y desplazó de hecho al virrey de una de sus atribuciones fundamentales.

Era un precedente enorme.

La autoridad ya no descendía exclusivamente desde el rey.

Los habitantes de la ciudad comenzaban a intervenir directamente en decisiones relacionadas con su defensa y su gobierno.

Faltaban cuatro años para Mayo.

Pero algo había comenzado a cambiar.


Los criollos se arman

La amenaza británica no había desaparecido.

Todos sabían que regresarían.

Buenos Aires comenzó entonces una movilización militar sin precedentes. Se organizaron cuerpos de milicias según el origen de sus integrantes.

Nacieron los Patricios, integrados principalmente por criollos de Buenos Aires.

También surgieron Arribeños, Húsares, Pardos y Morenos y diversos cuerpos formados por españoles peninsulares.

Al frente del Regimiento de Patricios fue elegido Cornelio Saavedra.

Ese dato sería decisivo.

Miles de hombres que hasta entonces habían sido comerciantes, artesanos, empleados o propietarios aprendieron a manejar armas, organizar compañías, elegir oficiales y actuar colectivamente.

Buenos Aires comenzó a militarizarse.

Y quienes habían adquirido las armas ya no olvidarían fácilmente que las tenían.


Los británicos regresan

En 1807 llegó una expedición mucho mayor.

Esta vez el objetivo era inequívoco.

Los británicos ocuparon Montevideo en febrero y prepararon el ataque definitivo contra Buenos Aires.

En junio desembarcaron nuevamente sobre la costa bonaerense.

El teniente general John Whitelocke disponía de una fuerza muy superior a la que Beresford había comandado el año anterior.

Parecía imposible detenerla.

Pero Buenos Aires ya no era la ciudad de 1806.


Una ciudad convertida en fortaleza

La defensa fue organizada por Liniers y Álzaga.

Cuando las columnas británicas ingresaron en la ciudad el 5 de julio de 1807, encontraron algo que no esperaban.

Las calles estaban bloqueadas.

Las casas se habían transformado en posiciones defensivas.

Desde puertas, ventanas, balcones y azoteas los defensores disparaban contra las tropas que avanzaban.

Militares y civiles combatieron juntos.

Las mujeres participaron transportando municiones, atendiendo heridos, preparando alimentos y, en algunos casos, interviniendo directamente en los enfrentamientos.

La batalla se fragmentó en decenas de pequeños combates urbanos.

El poderoso ejército británico quedó atrapado dentro de la ciudad que pretendía conquistar.

Dos días después, Whitelocke capituló.

Los británicos debieron abandonar Buenos Aires y, como parte del acuerdo, también Montevideo.

La segunda invasión había terminado.


La revolución que todavía no sabía que era revolución

Las Invasiones Británicas no produjeron inmediatamente la independencia.

Pero alteraron profundamente las relaciones de poder.

Demostraron que las autoridades españolas podían fracasar.

Permitieron que los criollos adquirieran experiencia militar.

Fortalecieron al Cabildo.

Convirtieron a dirigentes locales en jefes de hombres armados.

Y dieron a Buenos Aires una experiencia política que sería fundamental en 1810.

Muchos de los protagonistas de Mayo habían estado allí.

Cornelio Saavedra comandó los Patricios.

Manuel Belgrano participó de aquellas jornadas y comenzó entonces una experiencia militar que transformaría su vida.

Juan José Castelli, Martín Rodríguez, Juan Martín de Pueyrredón y otros futuros protagonistas de la Revolución también atravesaron aquel proceso.

La independencia todavía no estaba en los planes de todos.

Pero una idea comenzaba a resultar posible:


Buenos Aires podía actuar sin esperar órdenes de España.

Una curiosa vuelta de la historia

La trayectoria de William Carr Beresford ofrece una extraordinaria muestra de las paradojas de aquel tiempo.

En 1806 había comandado las tropas que conquistaron Buenos Aires.

Poco después escapó de su cautiverio y regresó al mundo militar británico.

Pero Europa cambió vertiginosamente.

En 1808 Napoleón invadió España. Gran Bretaña, enemiga histórica de la monarquía española, pasó a convertirse en su aliada contra Francia.

Beresford terminó combatiendo en la península ibérica y desempeñando un papel fundamental en la reorganización del ejército portugués.

Y allí aparece una de esas coincidencias que parecen inventadas por un novelista.

Entre los militares españoles que luchaban contra Napoleón se encontraba José de San Martín.

El hombre que había conquistado Buenos Aires en nombre de Gran Bretaña y quien años después encabezaría la liberación de buena parte de Sudamérica terminaron participando, durante un breve período, del mismo gran esfuerzo militar contra las fuerzas napoleónicas.

La política internacional había convertido enemigos en aliados.

Pocos años después volvería a cambiarlo todo.


El verdadero legado de las Invasiones Británicas

Las invasiones de 1806 y 1807 fueron mucho más que dos intentos fallidos de conquista.

Fueron una escuela política y militar.

Buenos Aires comprobó que podía organizar su propia defensa.

Los criollos descubrieron el poder de las milicias.

El Cabildo comprobó que podía intervenir frente a una crisis de autoridad.

Y una sociedad acostumbrada durante siglos a recibir órdenes comenzó a experimentar algo nuevo:

tomar decisiones por sí misma.

Por eso, cuando en mayo de 1810 llegó la noticia de que el poder español se derrumbaba en Europa, Buenos Aires ya no era la misma ciudad.

Había aprendido a movilizar hombres.

Había elegido jefes.

Había combatido en sus propias calles.

Había destituido en los hechos a un virrey incapaz de defenderla.

Y, sobre todo, había descubierto que podía vencer.

La Revolución de Mayo todavía no había nacido.


Pero entre 1806 y 1807, en las calles de Buenos Aires, muchos de los hombres y mujeres que la protagonizarían comenzaron a comprender que la autoridad española ya no era imprescindible.

Quizás allí se encuentre la consecuencia más profunda de las Invasiones Británicas.


Los británicos llegaron buscando conquistar una colonia.

Sin proponérselo, ayudaron a que esa colonia comenzara a descubrir que podía convertirse en una Nación.



 
 
 

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