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Dalmacio Vélez Sarsfield: el hombre detrás del nombre de un club


Hay argentinos cuyo apellido se pronuncia millones de veces sin que sepamos demasiado sobre la persona que lo llevó.


Vélez Sarsfield es uno de esos casos.


Para muchos es, ante todo, un club de fútbol. Sin embargo, mucho antes de que existiera aquella institución, Dalmacio Vélez Sarsfield había dejado una huella extraordinaria en la construcción jurídica, política y económica de la Argentina.


Su obra más importante rigió la vida cotidiana de los argentinos durante casi un siglo y medio.


Un hombre nacido con el siglo


Dámaso Simón Dalmacio Vélez Sarsfield nació el 18 de febrero de 1800 en Amboy, una pequeña localidad cordobesa próxima al valle de Calamuchita.


Nació, literalmente, con el siglo XIX.


Su infancia coincidió con los años de la Revolución. Cuando tenía diez años se produjo Mayo de 1810 y Córdoba quedó atravesada por uno de los episodios más dramáticos de aquellos primeros meses, con la contrarrevolución encabezada por Santiago de Liniers y la posterior ejecución de sus principales dirigentes.


Aquel niño crecería mientras el Virreinato desaparecía y comenzaba la difícil construcción de un nuevo país.


Su familia contaba con los recursos necesarios para proporcionarle una educación poco habitual para la época. Estudió en el histórico Colegio de Monserrat y posteriormente ingresó en la Universidad de Córdoba, donde se formó en Derecho.


En 1822, con apenas 22 años, obtuvo su título de abogado.


Su formación intelectual fue notable. Estudió lenguas clásicas y modernas y desarrolló una extraordinaria capacidad para trabajar con textos jurídicos extranjeros, algo que décadas después resultaría fundamental para su gran obra.


De Córdoba a la política nacional


En 1823 se instaló en Buenos Aires.


Llegó durante aquellos años de profundas reformas impulsadas por el gobierno de Martín Rodríguez y su ministro Bernardino Rivadavia. La ciudad experimentaba transformaciones institucionales: habían nacido la Universidad de Buenos Aires y el Banco de la Provincia, mientras se reorganizaban diferentes áreas de la administración.


Vélez Sarsfield encontró allí el escenario ideal para desarrollar sus capacidades.


Muy pronto ingresó en la vida pública y participó en el Congreso General Constituyente reunido desde 1824, uno de los primeros grandes intentos de organizar constitucionalmente a las Provincias Unidas.


Pero la Argentina del siglo XIX estaba lejos de ser un país políticamente estable.


Unitarios y federales, Buenos Aires y las provincias, autonomías locales y proyectos nacionales chocaban una y otra vez. Vélez Sarsfield atravesó aquellas disputas, algunas veces desde el centro de la política y otras desde posiciones incómodas.


Su relación con Juan Manuel de Rosas fue particularmente compleja.


Vélez pertenecía a una tradición política diferente de la del gobernador bonaerense, pero su prestigio como jurista hizo que incluso adversarios ideológicos recurrieran a sus conocimientos. Después de un período en Montevideo regresó a Buenos Aires y continuó ejerciendo su profesión.


Aquella relación con el rosismo tendría consecuencias políticas posteriores. En la Argentina del siglo XIX, las adhesiones y enemistades podían sobrevivir durante décadas.


Construir un país también significaba escribir sus leyes


Después de Caseros comenzó otra etapa.


La Argentina intentaba transformar una confederación de provincias enfrentadas en un Estado nacional organizado. No bastaba con tener una Constitución, un presidente o un ejército.


Era necesario establecer leyes comunes.


Vélez Sarsfield participó activamente de ese proceso. Junto con el jurista uruguayo Eduardo Acevedo redactó el Código de Comercio aprobado por el Estado de Buenos Aires en 1859 y adoptado posteriormente por la Nación.


También intervino en la Convención que reformó la Constitución Nacional en 1860, paso fundamental para la incorporación de Buenos Aires al orden constitucional.


Su prestigio como jurista ya era enorme.

Entonces llegó el desafío que definiría su lugar en la historia.


El Código Civil


En octubre de 1864, durante la presidencia de Bartolomé Mitre, el Poder Ejecutivo encargó a Vélez Sarsfield la redacción del proyecto de Código Civil de la República Argentina.


Era una tarea gigantesca.


El país todavía convivía con normas provenientes del derecho español, disposiciones dictadas después de la Revolución y legislaciones provinciales. Construir una Nación también significaba establecer reglas comunes para millones de personas.


Vélez trabajó durante casi cinco años.


Estudió Derecho romano, legislación española, Derecho canónico, el Código Napoleónico, el Código Civil chileno de Andrés Bello, la obra del brasileño Augusto Teixeira de Freitas y los principales juristas europeos de su tiempo.


No se limitó a copiar modelos extranjeros.


Los comparó, discutió y adaptó a las necesidades de una sociedad que estaba construyendo sus propias instituciones.


El resultado fue monumental.


En 1869, durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento, el Congreso aprobó mediante la Ley 340 el Código Civil redactado por Vélez Sarsfield.


Comenzó a regir el 1.º de enero de 1871.


Permanecería como fundamento del derecho civil argentino hasta 2015.


Casi ciento cuarenta y cinco años.


Generaciones enteras nacieron, contrajeron matrimonio, heredaron, compraron propiedades, celebraron contratos y organizaron sus relaciones jurídicas bajo las normas concebidas por aquel abogado nacido en un pequeño pueblo cordobés.


Naturalmente, el Código fue reformado numerosas veces. La Argentina de 2015 era profundamente diferente de la sociedad de 1871. Pero pocas obras jurídicas argentinas tuvieron semejante permanencia.


La quinta donde se escribieron las leyes


Existe además una hermosa conexión entre aquella obra y el Buenos Aires actual.

Vélez poseía una quinta conocida como La Floresta, situada en terrenos donde posteriormente se levantaría el Hospital Italiano, sobre la actual calle Gascón.


Allí trabajó en buena parte de su Código.


Podemos imaginarlo rodeado de libros, manuscritos y borradores, comparando legislaciones escritas en distintos idiomas mientras intentaba resolver problemas que afectarían la vida de argentinos que todavía no habían nacido.


Su hija Aurelia Vélez Sarsfield colaboró en aquella tarea junto con otros amanuenses encargados de pasar en limpio los originales.


Y Aurelia protagonizaría además otra historia extraordinaria.


Sarmiento, Aurelia y una historia de amor


Domingo Faustino Sarmiento frecuentaba la casa de Vélez Sarsfield. Ambos compartieron responsabilidades políticas y una intensa preocupación por la modernización del país.


Pero aquella amistad tendría una derivación inesperada.


Sarmiento y Aurelia Vélez Sarsfield establecieron una profunda relación sentimental e intelectual que se prolongó durante muchos años. Aurelia era una mujer culta, independiente y con inquietudes políticas poco habituales para los moldes femeninos de su tiempo.


La correspondencia entre ambos permite conocer una relación mucho más compleja que una simple aventura romántica.


Es otra de esas historias que esperan detrás de los grandes nombres del siglo XIX.


El telégrafo y la obsesión por comunicar el país


Cuando Sarmiento llegó a la presidencia en 1868, Vélez Sarsfield ocupó el Ministerio del Interior.


Ya era un hombre cercano a los setenta años.

Podría haberse retirado.

Hizo exactamente lo contrario.


Desde el ministerio impulsó junto con Sarmiento la expansión de la telegrafía eléctrica, una tecnología revolucionaria para un territorio de dimensiones enormes.


Hasta entonces, una noticia podía necesitar días o semanas para atravesar el país.

El telégrafo comenzó a reducir esas distancias a minutos.


No era solamente una innovación tecnológica. Era una herramienta para gobernar, comerciar, administrar y unir territorialmente una Nación que todavía estaba terminando de conocerse a sí misma.


El final de una vida extraordinaria


Dalmacio Vélez Sarsfield murió en Buenos Aires el 30 de marzo de 1875, a los 75 años.

Fue sepultado inicialmente en el cementerio de la Recoleta. Décadas después sus restos fueron trasladados a Córdoba y actualmente descansan en el Palacio de Justicia de esa ciudad.


Su nombre, sin embargo, tomó un camino curioso.


En Buenos Aires existió una estación ferroviaria denominada Vélez Sarsfield. Cerca de allí, en 1910, un grupo de jóvenes fundó un club que tomó el nombre de aquella estación.

Así nació el Club Atlético Vélez Sarsfield.


El fútbol terminó haciendo cotidiano un apellido que ya pertenecía a la historia argentina.

La paradoja es magnífica.


Millones de personas conocen su nombre.

Muchas menos conocen al hombre.


Mucho más que un Código


Reducir a Dalmacio Vélez Sarsfield al Código Civil sería injusto.


Fue abogado, profesor, legislador, convencional constituyente, diplomático, ministro, codificador y protagonista de algunas de las discusiones políticas más importantes del siglo XIX.


Participó de una generación que tuvo una tarea formidable: transformar territorios enfrentados por décadas de guerras civiles en una Nación organizada.


Algunos construyeron ferrocarriles.

Otros levantaron escuelas.

Otros organizaron ejércitos.


Vélez Sarsfield ayudó a construir algo menos visible, pero igualmente indispensable: las reglas bajo las cuales aquella sociedad podía vivir.


Quizás por eso merezca ser recuperado.


Porque una Nación no se construye solamente ganando batallas o levantando monumentos.


También se construye escribiendo leyes capaces de sobrevivir a quienes las escribieron.

Y pocas personas en nuestra historia consiguieron hacerlo durante tanto tiempo como aquel muchacho nacido en Amboy, cuando el siglo XIX apenas comenzaba.


 

 
 
 

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