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¿Qué sostiene a un ser humano cuando todo parece perdido?

hace 4 minutos
3 min de lectura

A 54 años de la tragedia de los Andes, una historia que sigue interpelándonos sobre el liderazgo, la solidaridad y la voluntad de vivir.


¿Qué haríamos si, de un momento a otro, todo aquello que nos brinda seguridad dejara de existir? Sin abrigo suficiente, sin alimentos, sin comunicación y sin saber si alguien llegará a rescatarnos. La pregunta resulta incómoda porque nos obliga a reconocer cuánto depende nuestra vida de condiciones que habitualmente damos por aseguradas.


El 13 de octubre de 1972, un avión de la Fuerza Aérea Uruguaya que transportaba a integrantes del equipo de rugby Old Christians, familiares y acompañantes se estrelló en la cordillera de los Andes. Viajaban cuarenta pasajeros y cinco tripulantes. Para quienes sobrevivieron al impacto, comenzó una lucha cuyo desenlace ninguno podía conocer.


Hoy recordamos aquella historia desde la tranquilidad de saber que hubo un rescate. Ellos debieron atravesarla sin esa certeza. Cada amanecer podía traer una posibilidad, pero también un nuevo dolor. La montaña imponía sus condiciones y obligaba a resolver necesidades inmediatas: atender a los heridos, conseguir agua, protegerse del frío y conservar fuerzas.


Los restos del avión se convirtieron en un refugio precario. Objetos fabricados para un viaje adquirieron otras funciones. Hubo que improvisar, aprender y aprovechar lo disponible. En ese escenario, cualquier conocimiento podía resultar decisivo, siempre que alguien lograra convertirlo en una solución concreta.


La experiencia permite pensar qué significa liderar cuando nadie tiene todas las respuestas. Solemos asociar la conducción con la seguridad, la autoridad y la capacidad de indicar un camino. Pero las crisis exigen decidir cuando el camino es incierto y los recursos resultan insuficientes.


Entre aquellos sobrevivientes, las responsabilidades fueron surgiendo de las necesidades y las capacidades personales. Roberto Canessa y Gustavo Zerbino, estudiantes de medicina, ayudaron a atender a los heridos. Otros participaron en la organización cotidiana y en los intentos de encontrar una salida. Cada tarea contribuía a sostener al conjunto.


Allí encontramos una enseñanza sobre el liderazgo: hacerse cargo. Escuchar a quien sabe, reconocer los propios límites y asumir una responsabilidad aun cuando el resultado no esté garantizado. Una comunidad puede aprovechar mejor sus fuerzas cuando cada integrante comprende que tiene algo para aportar.


También la solidaridad adquirió un significado concreto. Ayudar exigía tiempo y energías que escaseaban. El compañero tenía frío, dolor o miedo en ese momento. Había que responder. La cooperación debió sostenerse entre el agotamiento, las diferencias y la angustia de ver morir a personas queridas.


El hambre los enfrentó a una decisión extrema: alimentarse de los cuerpos de quienes habían fallecido. Abordar este episodio requiere respeto. Detrás de esos cuerpos había amigos, compañeros y familiares. La decisión comprometía afectos, creencias y límites que nunca habían imaginado tener que afrontar.


Juzgar desde la comodidad puede ser sencillo. Comprender exige acercarse a las condiciones reales de aquella experiencia. Y recordar implica dar un lugar a los muertos: cada uno tenía una familia, proyectos y una vida cuyo valor no puede quedar reducido al relato de la supervivencia ajena.


Con el transcurso de los días, buscar ayuda más allá de las montañas se volvió una posibilidad decisiva. Fernando “Nando” Parrado, Roberto Canessa y Antonio Vizintín emprendieron una expedición hacia el oeste. Vizintín regresó al fuselaje y dejó sus provisiones para que sus compañeros pudieran continuar. Parrado y Canessa siguieron hasta encontrar al arriero chileno Sergio Catalán, quien dio aviso a las autoridades.


Aquella marcha convirtió la esperanza en acción. Caminar suponía exponerse a nuevos peligros con cuerpos debilitados. Había que elegir, prepararse y avanzar sin garantías. El rescate se realizó los días 22 y 23 de diciembre. Dieciséis personas sobrevivieron a una experiencia que se prolongó durante 72 días.


Sería injusto concluir que todo puede superarse mediante la voluntad. Importan las condiciones materiales, el estado del cuerpo y la posibilidad de recibir ayuda. Quienes murieron merecen el mismo respeto que quienes regresaron. El desenlace de una vida no mide su coraje.


La historia de los Andes nos invita, en cambio, a observar cómo respondemos ante la adversidad. ¿Sabemos escuchar? ¿Podemos pedir ayuda? ¿Asumimos responsabilidades? ¿Cuidamos a quien atraviesa su momento más vulnerable? Nuestros problemas tienen otra dimensión, pero esas preguntas también nos conciernen.


A 54 años de la tragedia, permanecen las ausencias y la extraordinaria lucha de quienes regresaron. Su supervivencia reunió conocimientos, organización, esfuerzo y ayuda. Hubo personas que avanzaron para encontrar una salida y otras que respondieron cuando escucharon su pedido.


Quizá allí resida su enseñanza más profunda: necesitamos fuerzas propias y manos dispuestas a acompañarnos. Porque el coraje también consiste en dar el próximo paso cuando tenemos miedo.


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