Después de la Independencia comenzó la Argentina
- Roberto Arnaiz
- hace 5 minutos
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El Congreso de Tucumán declaró la Independencia, organizó el gobierno, dio a la Nación una bandera y aseguró la conducción de la guerra. Pero la construcción del Estado argentino demandaría todavía casi medio siglo.
Cuando pensamos en el Congreso de Tucumán, casi siempre lo asociamos con una única fecha: el 9 de julio de 1816. Sin embargo, aquella jornada no marcó el final de la Revolución de Mayo. Marcó el comienzo de una etapa mucho más difícil.
La Independencia dio nacimiento a una Nación soberana. Construir el Estado que habría de gobernarla demandaría casi medio siglo.
Ese fue el verdadero desafío que enfrentaron los diputados reunidos en Tucumán.
Los primeros cimientos de la Nación
Mientras la guerra por la independencia continuaba, el Congreso debía resolver cuestiones que no admitían demora.
La primera decisión llegó incluso antes de la declaración de la Independencia. El 3 de mayo de 1816 fue designado Juan Martín de Pueyrredón como Director Supremo de las Provincias Unidas. La revolución necesitaba un Poder Ejecutivo capaz de coordinar los recursos políticos, económicos y militares indispensables para sostener la guerra y apoyar el plan continental concebido por José de San Martín.
Dos meses más tarde, el 9 de julio, los diputados declararon la Independencia. Las Provincias Unidas dejaban de pertenecer a la monarquía española y nacía una nueva comunidad política soberana.
Pero toda Nación necesita también símbolos que expresen su identidad.
El debate sobre la bandera comenzó el 18 de julio, cuando Juan José Paso propuso que el Congreso la fijara y jurara como enseña nacional. Dos días después, Esteban Agustín Gascón presentó el proyecto de decreto y, el 25 de julio de 1816, fue aprobado por unanimidad.
El texto establecía:
«...será su peculiar distintivo la bandera celeste y blanca que se ha usado hasta el presente...»
La bandera creada por Manuel Belgrano dejaba de ser el estandarte del Ejército del Norte para convertirse en el símbolo oficial de las Provincias Unidas.
La última decisión de ese ciclo llegó el 3 de agosto de 1816, cuando Belgrano fue designado nuevamente comandante en jefe del Ejército Auxiliar del Perú, conocido como Ejército del Norte, en reemplazo de José Rondeau.
Mientras San Martín organizaba el Ejército de los Andes, Belgrano tendría la misión de reorganizar el frente norte y contener a las fuerzas realistas.
Entre el 3 de mayo y el 3 de agosto de 1816, el Congreso resolvió las necesidades más urgentes de la revolución: organizó el Poder Ejecutivo, declaró la Independencia, dio al nuevo país una bandera y aseguró la conducción del principal ejército de las Provincias Unidas.
La supervivencia de la Nación parecía garantizada.
Ahora comenzaba una tarea mucho más difícil.
La gran discusión pendiente
Una vez resueltas las urgencias de la guerra, surgió la pregunta que marcaría buena parte de la historia argentina:
¿Cómo debía organizarse el nuevo país?
Resolver ese interrogante exigía responder dos cuestiones completamente distintas.
La primera era la forma de gobierno.
La pregunta era: ¿quién debía ejercer el Poder Ejecutivo?
Las alternativas eran una república, con autoridades elegidas, o una monarquía constitucional, encabezada por un rey sometido a una Constitución.
Fue entonces cuando Manuel Belgrano propuso establecer una monarquía constitucional gobernada por un descendiente de los incas, con capital en Cuzco.
La iniciativa respondía a una lógica política muy concreta. Después del Congreso de Viena, Belgrano entendía que las grandes potencias europeas favorecían las monarquías constitucionales y que ese sistema facilitaría el reconocimiento internacional de la independencia, además de fortalecer la legitimidad del nuevo gobierno e integrar políticamente a los territorios del antiguo Virreinato.
La propuesta fue debatida, despertó adhesiones y críticas, pero nunca reunió el consenso suficiente para prosperar.
El segundo problema era diferente y tendría consecuencias mucho más profundas.
No consistía en decidir quién gobernaría, sino cómo debía distribuirse el poder entre el gobierno nacional y las provincias.
Ese era el debate sobre la forma de Estado.
Desde ese momento comenzaron a perfilarse con claridad dos proyectos políticos.
Uno defendía un Estado unitario, con un gobierno central fuerte que concentrara las principales atribuciones nacionales.
El otro proponía un Estado federal, donde las provincias conservaran una amplia autonomía y delegaran únicamente determinadas competencias al gobierno nacional.
Aquella discusión superaba ampliamente el marco del Congreso de Tucumán.
Con el paso de los años se transformaría en el eje de la política argentina. Durante más de cuatro décadas, centralistas y federales sostuvieron enfrentamientos políticos y militares, firmaron pactos, redactaron constituciones y protagonizaron largas guerras civiles intentando responder una misma pregunta: cómo debía organizarse el Estado argentino.
El primer intento por resolver esa cuestión fue la Constitución de 1819, que estableció un régimen republicano con una marcada orientación centralista. Sin embargo, la oposición de numerosas provincias impidió su consolidación.
Solo la Constitución de 1853, complementada por la reforma de 1860, consiguió establecer definitivamente un Estado federal aceptado por todo el país.
El verdadero legado de Tucumán
Vista desde esta perspectiva, la importancia del Congreso de Tucumán adquiere una dimensión diferente.
No fue únicamente el Congreso que declaró la Independencia.
Fue el que aseguró la continuidad del gobierno, convirtió la bandera de Belgrano en el símbolo oficial de la Nación, reorganizó la conducción del Ejército del Norte y abrió el primer gran debate sobre la organización institucional de la Argentina.
Los diputados comprendieron cuáles eran las prioridades de su tiempo. Mientras la revolución luchaba por sobrevivir, resolvieron con rapidez todo aquello que no admitía demora.
En cambio, cuando llegó el momento de definir la forma de gobierno y, sobre todo, la forma de Estado, descubrieron que la independencia podía proclamarse en un día, pero construir un consenso político demandaría generaciones.
Por eso, el 9 de julio de 1816 no fue el final de la Revolución de Mayo.
Fue el comienzo de la Argentina.
La Nación nació en Tucumán.
El Estado tardaría todavía casi medio siglo en encontrar su forma definitiva.




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