El Corazón de Vicente López, su costanera
- Roberto Arnaiz
- 22 dic 2024
- 4 Min. de lectura
Un partido de bochas, una enseñanza de vida
En el vial costero de Vicente López, donde el río se mezcla con las tardes de sol y el viento trae el murmullo lejano del barrio, un grupo de hombres se encontraba reunido alrededor de un par de canchas de bochas. Cada tarde, como si el tiempo se detuviera, esos hombres se encontraban para jugar, para charlar, para seguir con la rutina que parecía eterna, como un rito de barrio que se transmite de generación en generación.
Don José, con su boina gris y la mirada fija en la cancha, preparaba con cuidado la bocha. Su gesto era sereno, pero sus manos temblaban apenas, como si cada lanzamiento tuviera un peso mayor que el del simple juego. A su lado, sentado en un banco de cemento, estaba Mario, su amigo de toda la vida. Mario, un hombre bajo y de hombros anchos, con un cigarro entre los labios, observaba sin mucha preocupación el partido.
—¿Y si nos vamos, José? —preguntó Mario, exhalando una nube de humo, mirando al río como si la respuesta estuviera allí, flotando entre las olas.
José no respondió de inmediato. Lanzó la bocha con precisión, se movió unos pasos hacia atrás y luego se sentó lentamente, como si cada movimiento fuera el último. La bocha había quedado cerca del "punto". La jugada estaba casi definida. Pero Mario, siempre más inquieto, se le acercó.
—¿Sabés, José? Me pregunto qué estamos haciendo acá, todos los días, tirando bochas, sin pensar en nada más.
José lo miró con la calma de alguien que ya ha visto todo en la vida. Sus ojos, cansados pero brillantes, se posaron en Mario, como buscando en él alguna chispa de entendimiento.
—¿Qué querés decir, Mario?
—Es que, mirá, todos los días venimos a la misma hora, jugamos lo mismo, hablamos de lo mismo... ¿No te parece que el tiempo pasa sin darnos cuenta? Es como si fuéramos parte de un reloj que sigue su marcha, pero nunca se detiene.
José sonrió lentamente. No era la primera vez que Mario sacaba ese tema. A veces pensaba que su amigo veía todo a través de una capa de duda que no terminaba de quitarse, como si cada bocha que tiraba lo acercara más a una respuesta que nunca llegaba.
—Mirá —dijo José, levantándose del banco y caminando hacia la línea de bochas—. Nosotros estamos acá porque lo que hacemos tiene sentido. No es el juego, ni el río, ni las bochas... es todo. Es el instante, Mario. Aquí y ahora, cada bocha lanzada, cada conversación, cada segundo que pasamos juntos, forma parte de lo que somos. No necesitamos nada más que esto.
Mario frunció el ceño, sin entender del todo. José había lanzado una bocha que casi tocó la línea del punto. Era su turno, y el silencio que quedó en el aire fue tan denso que Mario casi podía oírlo.
—José, ¿de qué estamos hablando? —preguntó Mario con un tono que indicaba que aún no entendía, pero que al menos quería intentarlo.
José lo miró con una sonrisa que ya se veía mayor, como si hubiera aprendido todas las respuestas, aunque no quisiera decirlas todas.
—Estamos hablando de lo que hay detrás de lo que vemos. Estamos hablando de lo que importa. De lo que hacemos con el tiempo que nos queda, con las bochas, con los amigos. Lo que importa no es el destino, sino el camino, Mario. Y en cada tiro, en cada charla, nos vamos tejiendo, sin saberlo, una historia.
Mario se quedó en silencio. No era fácil para él entender las cosas de esa manera, pero había algo en las palabras de José que lo hizo sentir algo más profundo. Miró la cancha, vio cómo los otros hombres se reían, jugaban, algunos de ellos ya mayores, con las manos temblorosas pero con una precisión envidiable. El ruido del río se convirtió en algo más cercano, más profundo. El sonido del agua parecía resonar con una verdad callada.
—Entonces, José... ¿esto es todo? —preguntó Mario, con una curiosidad nueva.
José lo miró, y en sus ojos se reflejó la calma que solo el tiempo puede dar.
—Esto, Mario, es todo. Y es suficiente. Mientras sigamos aquí, mientras sigamos jugando, mientras sigamos siendo parte de este momento, estamos viviendo lo que importa.
Mario asintió lentamente. El río seguía fluyendo, las bochas seguían rodando, y los hombres alrededor continuaban con su partida. Algo había cambiado, aunque no sabía qué. Pero entendió que, al menos por esa tarde, todo lo que importaba estaba allí, entre la cancha de bochas, el río y los amigos que se reunían una y otra vez.
La vida, como el juego de bochas, era una serie de lanzamientos, de momentos que se escapaban entre los dedos y se acomodaban en el camino, para hacer de ese camino algo más. Sin esperar grandes revelaciones, sin pensar en el futuro, Mario simplemente se quedó allí, con una sonrisa de comprensión que nunca había tenido antes.
La partida continuó. El sol se fue poniendo, la costanera seguía viva, y el agua del río continuaba su eterno recorrido.

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