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Macacha Güemes: La madre del Pobrerío

Actualizado: 27 ago 2025


El 7 de junio de 1821, en Salta, el destino se escribió con sangre en una esquina de polvo y pólvora. Ese día, el general Martín Miguel de Güemes, el caudillo que había convertido la frontera en un paredón de lanzas contra las invasiones españolas, recibió una herida mortal. Fue en su propia casa, en las calles La Amargura y Yocci —hoy Balcarce y España—, cuando los hombres del coronel realista José María Valdez irrumpieron como chacales. Güemes sobrevivió diez días, sostenido por la fe de sus gauchos “infernales”, hasta morir el 17 de junio en la Cañada de la Horqueta, bajo el cielo norteño, entre hombres que lo veneraban como un santo profano de la tierra.


Pero este relato no se detiene en el héroe varón, porque detrás de él existía una mujer que sostuvo con uñas, fuego y corazón la causa de la independencia. Ella se llamaba María Magdalena Dámasa Güemes de Tejada, la famosa Macacha. Su figura se alza con la misma fiereza que las lanzas de los infernales. Fue hermana, confidente, espía, enfermera, educadora, conspiradora, madre de los desposeídos y ángel de los campamentos. Si Güemes encarnaba la lanza, ella era la trama secreta, la inteligencia que hilaba la resistencia, la savia que mantenía vivo al árbol.


Güemes estaba casado con Carmen Puch, hija del hacendado vasco Domingo Puch Izuleta. Macacha había sido la celestina de ese amor. De ese matrimonio nacieron tres hijos: Martín, futuro gobernador de Salta; Luis; e Ignacio, muerto antes del año. La tragedia golpeó pronto: al morir Güemes, Carmen se dejó arrastrar por la pena, se negó a vivir sin él y expiró un año después, consumida por la tristeza. Sus restos descansan junto a los de su esposo en la Catedral de Salta, en el silencio que guardan los amores desesperados. Y la historia, con su ironía cruel, jugó más tarde otra carta macabra: de la sangre de los Puch descendería, muchos años después, Carlos Eduardo Robledo Puch, el asesino serial que horrorizó al país. Así se ríe el destino: del mismo tronco nacen flores y espinas.


Macacha, en cambio, eligió vivir en rebeldía contra el olvido. Había nacido en 1781, hija de Gabriel de Güemes Montero, tesorero real de la corona, y de Magdalena de Goyechea, descendiente de conquistadores. Desde niña demostró una inteligencia que se desbordaba de las costumbres de su tiempo. Educada en francés e inglés, aprendió a manejar las estancias y los negocios familiares con más audacia que muchos varones. En 1803 se casó con Román Tejada, joven capitán de Patricios, con quien tuvo una hija, Eulogia.


Cuando Tejada fue apresado en Potosí por los realistas, soportó un año de cautiverio y luego se sumó al ejército de su cuñado. Desde entonces, la vida de Macacha fue un campamento continuo. Allí se la vio lavando ropas, cocinando guisos humeantes para la tropa, curando heridas infectadas y, al mismo tiempo, planificando mensajes secretos para las avanzadas patriotas.


El 20 de febrero de 1813, en Campo Castañares, se libró la sangrienta batalla de Salta. Las mujeres, encabezadas por Macacha, socorrieron a los heridos entre el rugir de los cañones. Belgrano mismo reconoció aquella labor. Años más tarde, cuando los realistas quisieron recuperar Salta, fue ella quien tejió una red de espionaje con mujeres del pueblo. Ningún hombre sospechaba de aquellas figuras humildes que pasaban por el mercado o por las iglesias con canastas cargadas de secretos. Macacha entendió que la guerra no se ganaba solo con balas, sino con información y organización. Fue ella quien aseguró que a los gauchos no les faltara pan ni pólvora.


Tras la muerte de Güemes en 1821, el gobernador Fernández Cornejo ordenó encarcelar a los simpatizantes del caudillo. Entre ellos cayó Macacha, junto a su madre. El encierro no duró mucho: el 22 de septiembre, un grupo de mujeres del pueblo irrumpió en el Cabildo y exigió su libertad. Aquella jornada quedó grabada como la “Revolución de las Mujeres”. Imagínese la escena: las calles llenas de gritos, los guardias sorprendidos, las puertas del Cabildo cediendo ante la presión de un ejército de faldas y pañuelos. Fue la demostración de que el espíritu de Güemes seguía vivo en las mujeres que él mismo había inspirado.


A diferencia de otras damas patricias, Macacha no se replegó en la comodidad del salón ni en el rezo del claustro. Después de la independencia, levantó su voz en favor de la educación femenina. En 1856 fundó una escuela para niñas en Salta, cuando enseñarles matemáticas, música y arte a las mujeres parecía un desvarío revolucionario. Allí no solo se enseñaba a leer y escribir: se les inculcaba el sentido de ciudadanía, la idea de que también ellas tenían un lugar en la vida pública. En 1863 fundó la Sociedad de Beneficencia de Salta, para socorrer a pobres, huérfanos y enfermos. Pero no se quedó en la limosna: denunció la explotación de los trabajadores rurales, el abuso contra mujeres y niños. Era una adelantada a su tiempo, una mujer que comprendió que la independencia política carecía de sentido si no se traducía en justicia social.


Murió el 7 de junio de 1866, exactamente 45 años después de la herida que mató a su hermano. Tenía 79 años. La muerte se la llevó lejos de las multitudes, cuidando a su nieto Virgilio Mariano Tedín, quien se convertiría en juez célebre por denunciar el fraude y la corrupción en Buenos Aires. La sangre de Macacha volvía a hablar a través de él, recordándonos que la obstinación contra la injusticia también se hereda. Sus restos descansan en el cementerio de la Santa Cruz. Hubo intentos por trasladarla junto a su hermano a la Catedral, pero nunca se concretaron. Otra vez, el olvido dejando a una mujer en el margen de la historia.


¿Quién fue, entonces, Macacha? Fue la madre del pobreterío, la que levantó del suelo a los heridos, la que organizó espías entre lavanderas y vendedoras de frutas, la que desafió a gobernadores desde la cárcel, la que fundó escuelas cuando la educación femenina era un lujo prohibido. Fue mujer de barro, de ollas humeantes, de cartas clandestinas, de pañuelos empapados en sangre. Fue la mano que sostuvo a los que no tenían nada y la voz que gritó donde el silencio era obligatorio.


Fue mito en vida, contada en fogones, enurbiada en susurros, en canciones de los que aún creían que la libertad se construía con uñas y dientes.


Si hoy la recordamos, que no sea como un nombre perdido en los márgenes. Recordémosla como lo que fue: una mujer que desafió a su tiempo, que se plantó ante reyes, soldados y políticos, que hizo de la rebeldía una forma de vida. Una mujer que nunca pidió permiso para hacer lo que había que hacer. Y esa es la razón por la que aún incomoda. Porque la historia oficial prefiere nombres dóciles y narraciones limpias. Macacha fue otra cosa: fue pueblo, fue tierra, fue insurrección y ternura al mismo tiempo.


Por eso merece el nombre con que la llamaban los suyos: la madre del pobrerío. ¿Y nosotros? ¿La recordamos de verdad, o seguimos dejando que la madre del pobreterío quede sola, entre las sombras del olvido?



 
 
 

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