"El Crimen de Amar: La Trágica Historia de Camila O’Gorman"
- Roberto Arnaiz
- 16 mar 2025
- 4 Min. de lectura
Si la historia argentina fuera un drama de folletín, Camila O’Gorman habría sido la heroína trágica. Nacida en 1828, creció entre tertulias donde se mezclaban los perfumes franceses con la política más despiadada. Nieta de Ana Perichón, llevaba en la sangre ese imán para el escándalo.
La alta sociedad la miraba con recelo: demasiado inteligente, demasiado independiente. Y, sobre todo, demasiado libre para ser mujer en una Buenos Aires que prefería a las damas como floreros: bonitas, calladas y bien ubicadas. Como si el tiempo no avanzara, siglos después, en muchas partes del mundo, las mujeres que rompen con lo establecido siguen siendo castigadas, ya sea con la exclusión, la violencia o la difamación pública.
Pero Camila no nació para los moldes. A los 18 años, se enamoró del hombre equivocado: Uladislao Gutiérrez, cura, joven, apuesto y con ambiciones que iban más allá del púlpito. Lo vio una noche en una tertulia y supo que ya no podría olvidarlo. Fue un amor que se encendió como pólvora, un incendio que no aceptó el agua de la moral impuesta.
Eran miradas furtivas, encuentros breves, cartas escondidas entre las páginas de un libro. Pero en la Buenos Aires de Rosas, donde la hipocresía se servía en bandeja de plata, su amor era un escándalo. Y entonces hicieron lo impensable: huyeron. La madrugada del 12 de diciembre de 1847, dejaron atrás el qué dirán y se lanzaron a la aventura de vivir su amor sin sotanas ni prejuicios.
¿Cuántas veces se ha repetido esta historia en otros tiempos y geografías? ¿Cuántas mujeres han sido perseguidas, censuradas y castigadas simplemente por querer decidir sobre su propio destino?
La huida no duró mucho. Porque en esta historia hay de todo: un padre que la denuncia con palabras tan frías como un decreto de muerte, curas rasgándose las vestiduras mientras escondían sus propios pecados, políticos oportunistas usando el caso para sus ambiciones y, claro, Rosas, el Restaurador, que decide que la moral de la sociedad no puede tambalear.
Los atraparon en Goya, Corrientes, una ciudad que en aquellos años era un pequeño núcleo urbano en crecimiento. Rodeada de estancias y campos, su economía dependía de la ganadería y del comercio fluvial, con embarcaciones que conectaban la región con Buenos Aires y el resto del Litoral.
Su sociedad era profundamente conservadora, dominada por terratenientes, comerciantes y un clero influyente que imponía las normas morales con puño de hierro. En un entorno donde la religión y las tradiciones dictaban el comportamiento social, la presencia de un cura prófugo y una joven de la alta sociedad porteña no podía pasar desapercibida.
Camila y Uladislao intentaron integrarse. Se reinventaron como maestros, cambiaron sus nombres, fundaron una escuela y comenzaron a construir una vida común. En las aulas, enseñaban a los niños a leer y escribir, soñando con un futuro lejos del peso de su pasado.
Pero la Argentina no se lo permitió. La historia se repite: hoy, los que pregonan la moral son los primeros en transgredirla en la sombra, mientras señalan con el dedo a quienes se atreven a vivir sin pedir permiso.
Presos, interrogados, condenados. Camila, sentada en la celda, acariciaba su vientre, sintiendo la vida que crecía dentro de ella. ¿Qué pensarían de su hijo? ¿Lo llamarían bastardo? ¿O dirían que fue el fruto de un pecado, como si el amor pudiera ser otra cosa que un milagro?
Uladislao la miraba con la desesperación de quien sabe que no hay salida, de quien daría todo por cambiar su destino, pero ya es tarde. En el silencio de la noche, en medio de un país que dormía ajeno a su tragedia, juraron que su amor no terminaría ahí, que ni la muerte los separaría.
El 18 de agosto de 1848 fueron ejecutados en Santos Lugares. No hubo juicio, solo una decisión tajante disfrazada de justicia. A Camila le dieron agua bendita para “salvar” al niño que llevaba dentro, como si con un sorbo de hipocresía pudieran lavar el crimen que estaban a punto de cometer.
Manuela Rosas, la hija del Restaurador, imploró por su vida. Escribió cartas pidiendo clemencia, tratando de ablandar el corazón de su padre. También lo hizo su tía, María Josefa Ezcurra, intentando que la condena se transformara en encierro en un convento. Pero Rosas no escuchó. La moral pública debía mantenerse firme, aunque costara sangre.
Cuando la pólvora habló, un grito desgarrador quedó suspendido en el aire. El soldado que le disparó a Camila quedó enloquecido. ¿Quién podía dormir después de haber apagado una vida que solo quería vivir libremente?
¿No es la misma pregunta que sigue vigente hoy, cuando el amor entre quienes desafían normas sigue siendo castigado de mil formas distintas?
Después, todos se horrorizaron. Sarmiento, que antes pedía castigo, ahora lloraba su muerte. Mitre la convirtió en símbolo. Y Rosas, en su exilio, asumió la culpa. Pero a Camila ya nadie podía devolverle la vida.
¿No ocurre lo mismo hoy con tantas causas? Primero las lapidan y luego las reivindican, cuando ya no pueden hablar, cuando su historia ya no incomoda. La hipocresía no ha cambiado, solo ha cambiado su disfraz.
La historia la recuerda. Mártir para algunos, pecadora para otros. Pero su último mensaje sigue vibrando en cada amor prohibido, en cada mujer que se atreve a desafiar lo impuesto:
"Voy a morir, y el amor que me arrastró al suplicio seguirá imperando en la naturaleza toda".
Y así fue. Porque a veces la historia fusila cuerpos, pero no puede fusilar ideas. Como tampoco ha podido fusilar la libertad de tantas mujeres que, como Camila, siguen desafiando a la hipocresía de su tiempo.




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