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El día que «Vizcacha» bautizó al «Zorro»

hace 6 minutos
4 min de lectura

Antes de que lo llamaran «El Zorro» por su habilidad militar o su astucia política, Julio Argentino Roca fue un estudiante que llegó tarde al colegio y encontró la puerta cerrada.

La escena pertenece a una anécdota transmitida por la tradición del Colegio del Uruguay, en Concepción del Uruguay. Como sucede con estos relatos, circulan distintas versiones.


Aquí la contamos recreando los diálogos e imaginando aquella noche en que un muchacho y un portero se disputaron algo mucho más pequeño que una presidencia: una puerta y una moneda.


Los alumnos internos podían salir los domingos, pero debían regresar antes de las nueve de la noche. A esa hora se cerraba la entrada.


Aquel domingo, Roca llegó después.


Quizá había calculado mal el tiempo. Quizá una conversación se había alargado más de lo conveniente. Lo cierto es que, cuando alcanzó la puerta, ya no había nadie esperando para recibirlo.


Golpeó suavemente.

Nada.

Volvió a golpear, esta vez con mayor entusiasmo.


Del otro lado se escucharon pasos.

—¿Quién es?

—Roca. Ábrame, por favor.

—Las nueve ya pasaron.

—Me di cuenta. Por eso estoy golpeando.


El hombre que estaba detrás de la puerta era Andrés Trucco, conocido como «Vizcacha», portero y sereno del establecimiento. Vivía en el colegio y conocía demasiado bien a los estudiantes como para dejarse convencer con la primera explicación.

—Usted sabe que después de las nueve no se puede entrar.

—Pero fueron unos minutos…

—El reglamento dice las nueve. No dice las nueve y unos minutos.


Roca miró hacia ambos lados de la calle. Después volvió a acercarse a la puerta.

—Don Andrés, no me va a dejar toda la noche afuera.

—Haber llegado antes.


La firmeza del portero obligó al muchacho a cambiar de estrategia.

—Hágame el favor. Una sola vez. Le prometo que no vuelve a pasar.

—Eso dicen todos.

—Mañana tengo que estudiar.

—Podría haber empezado por estudiar el horario.


El argumento era difícil de discutir.


Hubo un silencio. Entonces Roca metió la mano en el bolsillo y encontró una alternativa.

—¿Y si le doy un peso?


Del otro lado también hubo silencio. Pero esta vez era un silencio interesado.

—¿Un peso?

—Un peso, don Andrés.


Se oyó el movimiento de la cerradura.


La puerta se abrió apenas. Primero pasó la moneda. Después comenzó a pasar el estudiante.


Pero, justo al cruzar, Roca simuló un tropiezo. Levantó un brazo como quien busca dónde sostenerse y, en el movimiento, hizo volar la gorra de «Vizcacha» hacia la calle.

—¡Mi gorra!

—¡Disculpe, don Andrés! ¡Qué torpeza!


El portero salió a recogerla.

Roca terminó de entrar.

Y cerró la puerta.


Andrés, con la gorra en la mano, tardó un instante en comprender lo que había sucedido. Se acercó y golpeó.


Desde adentro llegó una voz conocida:

—¿Quién es?

—¡Soy yo! ¡Abra!

—¿Quién es «yo»?

—¡Andrés! ¡El portero!

—Qué lástima, don Andrés. Las nueve ya pasaron.

—¡Déjese de bromas, Roca! ¡Abra la puerta!

—Usted sabe que después de las nueve no se puede entrar.


El hombre respiró hondo.

—Salí a buscar la gorra que usted me tiró.

—Yo tropecé. Fue una desgracia.

—¡La desgracia la va a tener usted cuando entre!

—Entonces comprenderá que no tengo mucho apuro en abrirle.


Ahora le tocaba a Andrés mirar hacia ambos lados de la calle. El colegio estaba cerrado y él, que debía cuidarlo desde adentro, había quedado del lado equivocado.


Bajó un poco la voz.

—Vamos, muchacho. Abra y terminemos con esto.

—Me gustaría ayudarlo, pero el reglamento es el reglamento.


Hubo otra pausa.


Hasta que Roca agregó:

—Aunque… por un peso podríamos encontrar una solución.


El portero miró la moneda que acababa de recibir. La negociación había dado una vuelta completa.

—¡Así que era eso!

—Yo no inventé la tarifa, don Andrés.


«Vizcacha» aceptó devolver el peso.

La puerta volvió a abrirse.


El hombre entró, se acomodó la gorra y miró al estudiante, seguramente dividido entre el enojo y las ganas de reírse.

—¡Usted es un verdadero zorro!


La anécdota termina allí. El apodo seguiría haciendo camino.


Con los años, se lo relacionaría con la capacidad de Roca para observar, esperar y sorprender a sus adversarios. Pero la tradición del colegio conservaría esta explicación mucho más doméstica: antes de desenvolverse entre generales y dirigentes, había conseguido recuperar una moneda y entrar después de hora.


Andrés Trucco también dejaría su propia historia entre aquellas paredes.


Cuenta la tradición que su cariño por el colegio era tan grande que quiso permanecer allí incluso después de muerto. Donó su esqueleto para que los alumnos pudieran estudiar el cuerpo humano. La memoria de la institución identifica como suyo el que se conservaba en la sala de Ciencias Biológicas.


El hombre que había cuidado la entrada continuaba, de otra manera, al servicio de los estudiantes. Su promesa de quedarse en el colegio adquiría así un sentido que ningún muchacho habría imaginado aquella noche.


Roca, mientras tanto, seguiría un camino que lo llevaría a las campañas militares, al generalato y a ejercer dos veces la presidencia de la Nación.


Murió en Buenos Aires el 19 de octubre de 1914, a los 71 años. Al recordar un nuevo aniversario de su fallecimiento, podemos detenernos también en aquel estudiante, todavía lejos del poder, que golpeaba una puerta buscando cómo entrar.


Uno quedó en los libros de historia. El otro, según la tradición, se quedó en el colegio. Y en aquella anécdota siguen encontrándose los dos.


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