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El gaucho y la patria: una postal del alma argentina


De los campos vastos, donde el horizonte se diluye en una línea que no llega nunca, emerge la figura del gaucho como un grito indómito de la tierra. Ese hombre curtido por el sol y la soledad, con las manos agrietadas por la faena y el alma moldeada por la pampa infinita, es más que un personaje: es un arquetipo. En su esencia caben la libertad y la resistencia, pero también la contradicción y el olvido. ¡Qué desdicha la de un país que no sabe bien si lo celebra o lo entierra en la bruma de la nostalgia!


Dos gauchos nos da la historia: el paisano y el errante. El primero es como el árbol que hunde sus raíces en el suelo fértil. Un hombre que, aunque humilde, construye con su esfuerzo los pilares de la civilización rural. Es el que trabaja la tierra, cuida el ganado y responde al llamado de sus superiores con una lealtad que roza lo épico. Un pilar, un cimiento. Pero no nos equivoquemos: también hay en él una sumisión amarga, un aceptar resignado que lo encadena a un destino trazado por otros. Este paisano es la mano callada que sostiene el progreso, pero su voz rara vez se escucha en la mesa del festín.


Del otro lado, el gaucho errante. Una llamarada que no conoce dueño. Libertad hecha carne, enemigo de las reglas, pendenciero y orgulloso. No se ata a nada ni a nadie; ni a la tierra, ni al gobierno, ni siquiera a una causa que no sea su propio honor. Con su facón al cinto y su mirada desafiante, es el espíritu rebelde que la autoridad teme y que el pueblo, en el fondo, admira. Pero cuidado: este gaucho también es un hombre trágico, condenado a vagar, a no pertenecer, a morir como vivió, solo, en la inmensidad de la pampa.


Y así, entre estos dos extremos, la figura del gaucho se desdibuja en los vaivenes de la modernidad. Las ciudades crecen, las pampas se llenan de alambres y el gaucho se convierte en mito. En las calles de Buenos Aires, la gente lo recuerda en canciones y películas, pero pocos lo han visto, pocos entienden realmente lo que significa. Es un símbolo, sí, pero un símbolo de algo que se está perdiendo.


Hay algo profundamente argentino en esa pérdida. Porque el país, como el gaucho, vive entre la lealtad al deber y el ansia de libertad, entre el arraigo y la errancia, entre la civilización y la barbarie. Y en ese ir y venir, se nos va escapando la esencia.


Lucio V. Mansilla, con su ironía penetrante, lo captó en una escena que parece salida de un cuento. El paisano que, al enterarse de una guerra lejana, responde con indiferencia: “¡Lo bueno que por aquí no han de llegar!”. Es una frase que encierra toda una filosofía. Una manera de vivir el aquí y el ahora, sin preocuparse por lo que está más allá del horizonte. Una indiferencia que puede parecer ingenua, pero que también es un acto de resistencia frente a un mundo que no siempre ofrece justicia ni pertenencia.


Y aquí está el problema, la herida abierta. Porque la patria, esa palabra que tanto repetimos, no se construye con discursos ni con símbolos vacíos. Se construye con justicia, con trabajo digno, con un sentido de pertenencia real. El gaucho, tanto el paisano como el errante, vivió y murió sin que su patria le devolviera todo lo que él le dio. Y hoy, cuando apenas queda de él un eco en el viento, seguimos fallando en el mismo punto.


Argentina necesita más que recuerdos. Necesita que cada hombre y cada mujer, en el campo y en la ciudad, sientan la patria como algo propio, como algo que vale la pena defender y construir. Necesitamos, como diría Mansilla, un “fanatismo necesario”. Un amor que nos saque de la indiferencia y nos lleve a convertir esta tierra, no en un mito, sino en una realidad tangible y justa.


Quizás, cuando logremos eso, el gaucho, desde su eternidad en la pampa, nos mire con esos ojos de fuego y nos regale, por fin, una sonrisa de aprobación.


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