El hombre que mueve montañas y las piedras que nadie quiere cargar
- Roberto Arnaiz
- 23 ene 2025
- 2 Min. de lectura
Hay mañanas en que uno se despierta sintiéndose más chiquito que una hormiga. Mirás por la ventana y la montaña de tus problemas está ahí, inmensa, desafiándote. Y vos, apenas despierto, ya te querés rendir. “¿Para qué intentarlo?”, decís. “Esto es demasiado grande para mí”. Pero, claro, lo que nunca decimos en voz alta es lo que realmente pensamos: “Que alguien mueva la montaña por mí, yo estoy ocupado mirando el techo”.
Confucio, ese chino que la tenía más clara que muchos vivos de hoy, dijo que el hombre que mueve montañas empieza llevando pequeñas piedras. ¡Pequeñas piedras, muchachos! Pero no, nosotros queremos mover la montaña entera de un saque, como si fuéramos Hércules en oferta. Y cuando nos damos cuenta de que no podemos, ahí estamos: tirados en el sillón, maldiciendo al destino, al gobierno o al vecino que tiene suerte y nosotros no.
Es que somos especialistas en despreciar lo pequeño. “¿Para qué levantar una piedra?”, decimos. “Eso no cambia nada”. Claro, porque queremos que todo sea épico: queremos mover montañas sin despeinarnos, tener éxito sin transpirar, amor sin compromiso, y, si se puede, todo para ayer. Pero, ¡ay de nosotros!, la vida es otra cosa. La vida es una suma infinita de pequeñas piedras. Y te lo digo en criollo, con el tono áspero de una ciudad que te enseña a los golpes: o empezás con lo pequeño, o te quedás viendo cómo la montaña te aplasta.
La verdad es que mover montañas no es para genios ni héroes, sino para tercos. Tipos comunes, como vos y yo, que todos los días agarran una piedra y la llevan un poquito más allá. No hay fórmula mágica, ni frases de autoayuda, ni “gurús” de Instagram que te salven: lo único que funciona es hacer algo, aunque sea mínimo, aunque parezca inútil.
Y te lo advierto: nadie te va a aplaudir. Nadie va a venir a decirte “qué bien llevás esas piedras”. Al contrario, te van a criticar, te van a señalar, y algunos hasta te van a decir: “Dejá de perder tiempo, la montaña siempre va a estar ahí”. Pero vos, que entendiste lo que Confucio quiso decir, vas a seguir. Piedra por piedra, día por día. Y un día, sin darte cuenta, la montaña ya no estará.
Entonces, cuando alguien te pregunte cómo hiciste, sonreí. Deciles que no sos especial, que no tenés un don mágico ni un plan maestro. Que lo único que hiciste fue empezar, mientras ellos seguían esperando que la montaña se moviera sola.




Comentarios