El Minotauro usa corbata: Los mitos que no se fueron nunca
- Roberto Arnaiz
- 9 jun 2025
- 3 Min. de lectura
Los mitos no están muertos. Lo que pasa es que se afeitan, pagan impuestos y sueñan con cambiar de trabajo.
El Minotauro, por ejemplo, sigue vivo. No en un laberinto de mármol, sino en una oficina sin ventanas, donde el pasillo se repite en loop y el jefe —una mezcla de toro y contador público— rumia informes con olor a tinta vieja. Ariadna no atiende el celular. Y el hilo, ese que prometía salvarte, fue tercerizado por una empresa de recursos humanos.
Pero, ¿qué son los mitos? ¿Fábulas inventadas por pueblos sin WiFi? No, hermano. Son manuales de supervivencia en clave poética. Historias que la humanidad escribió para no volverse loca. Cuando no sabíamos de neuronas ni de satélites, ya intuíamos que había algo en nosotros que no encajaba con la selva, ni con el cielo, ni con el dolor. Y entonces nacieron ellos: Prometeo, Edipo, Casandra, Ícaro... No como dioses, sino como preguntas con forma de persona.
Y todavía caminan entre nosotros.
Prometeo, ese rebelde que robó el fuego sagrado para dárselo a los hombres, hoy es el científico que publica gratis una vacuna y lo echan del laboratorio. Es el docente que entra a un aula con una tiza como lanza. Le robaron el hígado metafórico: su vocación. Pero ahí sigue, encadenado a una silla plástica, haciendo magia con la nada.
Narciso, atrapado en su reflejo, ahora vive en Instagram. Sonríe con filtros, espera likes como ofrendas, y se ahoga en su propia imagen ideal. No se enamoró de sí mismo: se enamoró de lo que cree que el mundo espera ver.
Casandra hoy trabaja en una ONG ambiental. Grita que se nos quema el planeta, redacta informes que nadie lee, se desvela armando power points que no conmueven a nadie. Tiene razón, pero no importa. Porque los dioses modernos no castigan con rayos: castigan con indiferencia.
Ícaro quiere fundar la próxima startup. O volar con tarjeta de crédito a cuotas. Cree que con actitud todo se puede. Y sí, se puede... caer más rápido. Porque el sol sigue quemando, y la cera con la que pegamos nuestras alas no resiste los fuegos del sistema.
Edipo somos todos, cuando escarbamos en la historia de nuestra familia y encontramos secretos con olor a encierro. Cuando queremos la verdad... y descubrimos que no estábamos preparados para verla. Pero igual insistimos. Porque la verdad, por más jodida que sea, es lo único que raspa y cura.
Y no olvidemos a la Hidra de Lerna. Ya no tiene siete cabezas. Tiene más: inflación, ansiedad, adicciones, deudas, soledad, cinismo, hambre, burocracia. Le cortás una y aparecen dos. Pero igual hay que pelear. Como Heracles. Con la espada en una mano y la desesperación en la otra.
Los mitos no se fueron. Se escondieron en los pliegues del lenguaje. Hablan bajito, pero firme. A veces, en forma de canción. Otras, en sueños. Te susurran al oído cuando no podés dormir. Son los fantasmas que no asustan, pero te revelan quién sos.
Lo decía Carl Jung: “No somos nosotros los que tenemos los mitos. Son los mitos los que nos tienen a nosotros.”
Y es cierto. El hombre moderno se cree libre, pero sigue viviendo en el escenario de siempre: la lucha entre el deseo y el destino.
Porque los mitos no son pasados gloriosos. Son radiografías del alma humana, en cualquier época y en cualquier barrio. Son el intento eterno de responder una pregunta que no se deja atrapar:
¿Qué cuernos hacemos acá?
Así que, la próxima vez que sientas que tu vida no tiene sentido, no busques motivadores de cartón. Buscá en los mitos. Ahí están, esperando. No para salvarte, pero sí para que entiendas que no estás solo en tu lucha.
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Porque los mitos siguen vivos.
Y vos, aunque no lo sepas,
sos parte de uno.






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