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Felicitas: crónica de un linaje maldito. Parte 1

Actualizado: 11 jul


Fusilaron al millonario en la Plaza Mayor. A plena luz del día. Como si colgaran un traje viejo en el centro de la ciudad.


Era el 6 de julio de 1812 cuando el pelotón descargó la pólvora sobre Martín de Álzaga, comerciante adinerado, traficante de esclavos y figura central en la defensa contra las Invasiones Inglesas.


Su pecado, según los hombres de la Junta, había sido organizar una conspiración para derribar al gobierno patrio y restablecer el dominio de los peninsulares. Los revolucionarios, envalentonados y paranoicos, no tuvieron piedad. Querían cortar de raíz toda amenaza real o imaginaria. Y lo lograron.


Pero lo que no sabían —o no quisieron ver— es que en ese mismo acto estaban sembrando una injusticia. Años después, hasta los historiadores más prudentes coincidirían en que aquella ejecución fue un error, uno de los más graves de nuestra historia.


Don Martín cayó como cae un roble al que serrucharon por dentro. Detrás dejó una viuda, María Magdalena de la Carrera, y una prole que podría poblar un pueblo entero: trece hijos. Sí, trece. Seis de ellos mujeres solteras, que al morir el padre tomaron una decisión que bordea lo delirante: se encerraron en la casa familiar para siempre.


Y lo hicieron con una disciplina tan rígida, que hasta Federico García Lorca los habría comprendido. Como si el alma de Bernarda Alba se hubiera instalado en esa mansión de rejas y persianas cerradas. No se asomaban a las ventanas. No salían al jardín. No veían un hombre ni en retrato. Vivieron años y décadas enlutadas, en el mismo luto que se llevó a su padre. Y una por una, fueron muriendo.


Los hijos varones también tomaron su camino. Cecilio, el mayor, se fue del país y dejó dicho que jamás volvería a pisar Buenos Aires. Tenía la dignidad herida, y cuando eso ocurre, lo único que cura es el exilio.


Félix, más obediente, se hizo militar. Buscaba orden, honor, disciplina. Algo que no se puede comprar ni heredar.


Y Francisco, el tercero, se deslizó por la pendiente del crimen con la torpeza de quien no sabe frenar a tiempo. En 1828, junto a dos amigos, cometió un asesinato que escandalizó hasta a los carniceros del mercado del Plata.


Para deshacerse del cadáver, lo tiraron a un pozo en la quinta familiar de Barracas. Era un pozo con noria, de esos que giran con una roldana vistosa, como si jugaran a sacar baldes de agua sin sospechar que dentro se oculta un muerto. La evidencia giraba con el agua. El crimen se volvió célebre como el Crimen de la Noria.


Los dos cómplices fueron atrapados. Pero Pancho Álzaga escapó. Y al igual que su hermano Cecilio, jamás volvió.


Félix, el militar, tuvo una vida más decente. Se casó con Cayetana Pérez, y entre ellos engendraron seis hijos. El mayor recibió el mismo nombre que el patriarca: Martín Gregorio de Álzaga. Y con ese nombre volvió la ambición.


Pero no la de los estandartes, sino la del oro y la tierra. Martín Gregorio se propuso restaurar el honor y el poder de su apellido a fuerza de inversiones y testamentos. Compró campos como quien compra tiempo. Desde Chascomús hasta General Madariaga, fue adueñándose de hectáreas, molinos, arroyos y silencios.


Entre sus operaciones más destacadas figura la adquisición de la estancia La Postrera, a la viuda Pancha Capdevila. Su difunto esposo había sido Ambrosio Cramer, un oficial francés que cruzó el océano después de Waterloo, se enroló en el Ejército de los Andes, peleó en la batalla de Chacabuco y luego fue edecán del gobernador Martín Rodríguez durante la primera Campaña del Desierto, allá por 1823.


Así es la historia: un revoltijo de epopeyas, herencias y alambrados.


En esa estancia vivía una mujer olvidada por el tiempo: María Caminos, que durante veinte años fue la compañera no oficial de Martín Gregorio. Tuvieron cuatro hijas, todas con apellido de padre pero sin derechos.


Durante dos décadas ella fue fiel, discreta, resignada. Esperaba que un día él la llamara "esposa" en voz alta. Pero no. Porque cuando el patrón cumplió cincuenta años, apareció el terremoto con forma de mujer.


Se llamaba Felicitas Antonia Guadalupe Guerrero, tenía diecisiete, y caminaba como quien no sabe que pisa cabezas. Su padre, Carlos José Guerrero, era un español de sonrisa incómoda, dedicado a los negocios chicos de Álzaga, esos que ni el patrón ni sus capataces querían ensuciarse las manos.


Cuando Martín le pidió la mano de su hija, Guerrero tragó saliva y dijo que sí. Luego habló con la niña. Ella lo miró fijo y dijo que no. Pero eso no era una opción. En esa casa, se obedecía.


Tres semanas después, el 2 de junio de 1864, se casaban en la Iglesia de San Ignacio, frente al Colegio Nacional. Ella cumplía 18 años. Él tenía 50.


Ese mismo día, Martín le regaló tres millones de pesos. A María Caminos, la mujer que lo había acompañado veinte años, le entregó 400 mil como quien lanza un hueso al perro viejo. Los hijos, bien cuidados, pero sin herencia legítima. María pasó de amante a cuidadora de bastardos. Un ascenso hacia el sótano.


Felicitas, en cambio, se volvió el centro de todas las miradas. Era hermosa. Y el embarazo, lejos de apagar su fulgor, lo intensificó. En tiempos donde los hombres deliraban con caderas bien plantadas, ella brillaba como una escultura hecha carne.


En 1866, dio a luz a Feliz Francisco Solano de Álzaga. El heredero. El nombre destinado a encabezar la nueva etapa de la dinastía.


Pero la historia se envenena cuando uno cree que ya ganó. En 1867, Felicitas descubrió lo que nadie le había contado: la existencia de María Caminos y sus cuatro hijas. Se lo habían ocultado su esposo y su propio padre.


Esa noche, ardió Troya. Hay quienes aseguran que sus gritos rompieron espejos en el barrio. Pero adentro, en su cuerpo, ardió otra cosa: una humillación tan antigua como el linaje de su marido. Sintió que le habían robado la inocencia por segunda vez: la primera fue cuando la casaron, la segunda cuando entendió que era la protagonista de una mentira bien armada.

Martín, desesperado, redactó un nuevo testamento. Nombró heredero universal a su hijito, y dejó a Felicitas y a don Guerrero como albaceas. Un gesto elegante que decía lo que no se podía gritar: ella era la única.


Pero el testamento no era un papel. Era una bomba con cuenta regresiva. Una herencia no entregada: un mapa de poder donde cada cláusula era una trampa, y cada firma, un intento de evitar el caos.


Y lo inevitable ocurrió.


El niño murió antes de cumplir tres años, víctima de un accidente estúpido que nadie supo explicar bien. Felicitas quedó embarazada de nuevo. Y mientras tanto, la salud de Martín Gregorio se deshacía como pan mojado.


Otro testamento. Esta vez, heredaría el hijo por nacer. Y si también moría, entonces sí, toda la fortuna sería para ella. Firmó el papel el 28 de febrero de 1870.


Dos días después, nacía el niño. Y esa misma tarde, moría.


Martín no soportó la tragedia. Se apagó lentamente, como una lámpara sin querosén. El parte médico dijo: “descomposición de la sangre”. Pero los que sabían, sabían. Fue de tristeza, de culpa, de haber vivido para ver cómo su legado se deshacía como tierra seca entre los dedos.


El 15 de marzo murió, a punto de cumplir 56 años. Y Felicitas Guerrero, con apenas 23, quedó viuda. Archimillonaria. Hermosa. Y sola.


Nadie supo si Felicitas lloraba por amor, por ambición o por no haber tenido jamás una vida propia.


Lo único cierto es que, en esta historia, el dinero nunca alcanzó para comprar el consuelo.

Y quizás no sea casualidad que, años más tarde, un poeta andaluz de mirada trágica y corazón teatral caminara las mismas calles en las que aún flotaban estos fantasmas. Federico García Lorca, que vivió en Buenos Aires entre 1933 y 1934, escribió poco antes de morir La casa de Bernarda Alba: una obra sobre mujeres encerradas, sometidas al luto eterno, a la autoridad férrea de una madre, y a la tragedia silenciosa del deseo reprimido.


Nunca lo dijo, nunca lo escribió, pero quienes conocen esta historia se preguntan si, en alguna sobremesa porteña, alguien no le habrá contado lo que ocurrió con las hijas de Martín de Álzaga. Y si esos susurros del pasado no habrán encontrado eco en su pluma, donde el encierro también era una forma de muerte.


Porque Buenos Aires, como los buenos relatos, está hecha de lo que se dice… y de lo que se calla.


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ree

 
 
 

1 comentario


baram50
01 may

"Tejido flojo", al decir de las hilanderas, cubre, abriga, pero no asfixia. Así me llegó está primera parte. Un recorrido ágil por años turbulentos y hechos que podrían haber tentado al autor por ser sombríos y sangrientos. Pero la seducción fue resistía y el recorrido literario me pareció ameno, ilustrativo, en buenos términos, "Tejido flojo". Ya había leído la Parte 2 así que voy por la 3°. Gracias

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