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Fifi en la cumbre de América: el día que un perro tocó el cielo


Hay historias que no están hechas para vitrinas ni bronces. Historias de carne, hueso y frío. Historias que no caben en los manuales de geografía, pero que la montaña guarda como un secreto sagrado.


El Aconcagua no perdona.


Con sus 6.961 metros de piedra y silencio, es la cima más alta de América. Ahí arriba, el aire se vuelve una promesa racionada, el frío corta las ideas, el corazón late como tambor de guerra, y cada paso es un desafío al cuerpo y al alma. La montaña no grita, pero te exige todo. Si llegás, es porque dejaste algo en el camino.


Hoy se sube con trajes térmicos, GPS, radio satelital y botas diseñadas por ingenieros. En aquellos años, se subía con abrigo de lana, clavos en los zapatos, brújula, intuición… y voluntad. Una mochila de cuero, una carpa que parecía de lona de carnicero, y la esperanza de que el clima no se volviera enemigo. Así trepaban. Sin red, sin seguro, sin rescate. Solo con coraje.


Y ahí entra en escena Juan Jorge Link. Montañista. Alemán de nacimiento, argentino por decisión. En 1936, subió al Aconcagua sin compañía. Fue el primer ser humano en hacerlo en solitario. Lo llamaron el “Cóndor de los Andes”. Y la montaña, tal vez, le respondió con un silencio de respeto.


Volvió varias veces. En 1940, su esposa Adrienne Bance alcanzó la cumbre con él y se convirtió en la primera mujer en lograrlo. Pero la montaña no se sacia con hazañas.


En 1944, Juan Jorge volvió una vez más. Esta vez con Adrienne… y con Fifi, su perra. Una mestiza sin pedigree ni entrenamiento, pero con un alma que no temía a la altura. Subió con ellos, hocico al viento, cruzando neveros, esquivando piedras sueltas, jadeando al lado de sus dueños como si el cielo le perteneciera.


No lo sabían, pero era su última ascensión.


Una tormenta los sorprendió en el descenso. Adrienne cayó. Murió desangrada. Fifi no se movió. Se quedó junto a ella, firme, en silencio. Link, sin antiparras ni piolet, perdió pie. Murió más abajo, solo. Como había subido por primera vez.


Un año después, los encontraron. Desde entonces descansan al pie del gigante, en el cementerio de los andinistas. Pero Fifi no. A ella no la bajaron.


En 1961, tres jóvenes tucumanos —Bravo, Bellomio y Liebich— abrieron una nueva ruta: la Directa del Glaciar de los Polacos. Y allá arriba, como un centinela dormido en la nieve, encontraron el cuerpo de una perra.


Era ella. Fifi.

La compañera muda.

La que hizo cima y se quedó para siempre.


La que subió sin crampones, sin oxígeno, sin abrigo técnico. La que bajó solo hasta donde la vida se lo permitió.


Porque hay quienes conquistan montañas.

Y hay quienes las habitan, con alma, hocico y corazón.



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