GUERRA MOSAICO: ¿EL FIN DE LOS GRANDES EJÉRCITOS O UNA NUEVA FORMA DE COMBATIR?
Durante siglos, los ejércitos buscaron la superioridad militar mediante la concentración de hombres, armas y recursos. Cuanto más poderoso era un ejército, mayores parecían sus posibilidades de victoria. Las grandes unidades, los tanques, los buques de guerra y los aviones de combate se convirtieron en símbolos del poder de las naciones.
Sin embargo, algo está cambiando. Hoy, un pequeño dron que cuesta unos pocos miles de dólares puede contribuir a destruir un vehículo blindado que vale millones. Un satélite puede observar movimientos a miles de kilómetros, mientras un sistema informático procesa información en segundos y permite tomar decisiones que antes requerían horas.
La guerra está cambiando, pero no necesariamente como muchos imaginan.
En este escenario aparece un concepto que merece nuestra atención: la guerra mosaico.
Un ejército formado por pequeñas piezas
La idea fue impulsada por DARPA, la agencia estadounidense dedicada al desarrollo de tecnologías avanzadas para la defensa.
Su nombre surge de una comparación sencilla. Un mosaico está formado por numerosas piezas que, combinadas, construyen una imagen. Cada pieza tiene una función, pero ninguna necesita representar por sí sola el conjunto.
En la guerra ocurre algo semejante.
Imaginemos un campo de batalla donde intervienen drones, satélites, radares, unidades terrestres, artillería, aviones y sistemas de guerra electrónica. Tradicionalmente, muchos de estos medios funcionaban dentro de estructuras relativamente rígidas, con procedimientos y cadenas de mando establecidos.
La guerra mosaico propone algo diferente: combinar capacidades dispersas, reorganizarlas rápidamente y emplearlas según las necesidades de cada situación.
Un dron puede localizar un objetivo, otro sistema confirmar su presencia y una unidad de artillería actuar sobre él. Si uno de esos medios desaparece, otro podría reemplazarlo sin que toda la operación quede paralizada.
La verdadera innovación no está solamente en las armas, sino en la manera de organizarlas y emplearlas.
La lección que deja Ucrania
La guerra entre Rusia y Ucrania ha mostrado hasta qué punto las nuevas tecnologías pueden modificar el campo de batalla.
Drones relativamente económicos identifican posiciones, corrigen el fuego de artillería y atacan vehículos blindados. Sistemas de comunicaciones comerciales conviven con tecnologías militares avanzadas. La información circula a velocidades que habrían resultado inimaginables hace apenas unas décadas.
Pero también hemos observado algo importante: los tanques no desaparecieron, la artillería continúa siendo decisiva y la infantería sigue ocupando el terreno.
La tecnología no eliminó las formas tradicionales de combatir. Las obligó a adaptarse.
Ucrania tampoco constituye un ejemplo puro de guerra mosaico, pero permite comprender algunas de sus características: dispersión de medios, integración de sensores, empleo de sistemas no tripulados y necesidad de reorganizar rápidamente las capacidades disponibles.
Y aquí aparece una primera conclusión: un ejército moderno no necesariamente será aquel que posea más medios, sino aquel que consiga emplearlos de manera más inteligente.
La inteligencia artificial entra en combate
La guerra mosaico encuentra en la inteligencia artificial uno de sus principales instrumentos.
Pensemos en un comandante que recibe simultáneamente información de satélites, radares, drones y unidades desplegadas. La cantidad de datos puede superar ampliamente su capacidad de análisis.
La inteligencia artificial puede ayudarlo a ordenar esa información, identificar patrones, advertir amenazas y presentar alternativas.
Pero existe una diferencia fundamental entre disponer de información y comprender lo que sucede.
Un sistema puede detectar cientos de movimientos enemigos y no comprender cuál de ellos representa la verdadera amenaza. Puede identificar un objetivo y desconocer las consecuencias políticas de atacarlo.
La inteligencia artificial puede acelerar las decisiones, pero no debe reemplazar el juicio del comandante.
La historia militar está llena de ejemplos de jefes que contaban con información suficiente y, sin embargo, interpretaron equivocadamente las intenciones del adversario.
La tecnología no elimina la incertidumbre, uno de los elementos permanentes de la guerra.
¿Desaparecerán los grandes ejércitos?
Esta es probablemente la cuestión más interesante.
Algunos podrían interpretar que la guerra mosaico anuncia el final de las grandes organizaciones militares y de las plataformas tradicionales. Sin embargo, esa conclusión sería apresurada.
Un dron puede destruir un tanque, pero no necesariamente puede ocupar una ciudad. Un satélite puede observar una frontera, pero no ejercer soberanía sobre ella. Un algoritmo puede recomendar una operación, pero no asumir sus consecuencias humanas y políticas.
Los grandes ejércitos no desaparecerán simplemente porque aparezcan nuevas tecnologías. Lo que probablemente cambie será su organización, la distribución de sus capacidades y la manera de conducir las operaciones.
Las grandes plataformas continuarán teniendo importancia, aunque deberán actuar dentro de redes más amplias, flexibles y resistentes.
También existe un riesgo que muchas veces se pasa por alto.
Cuanto mayor sea la dependencia de las comunicaciones, los satélites y los sistemas informáticos, mayor podrá ser la vulnerabilidad frente a interferencias, ataques cibernéticos o destrucción de infraestructura.
Un ejército formado por cientos de piezas puede ser muy flexible. Pero si todas dependen de una misma red y esa red deja de funcionar, la supuesta fortaleza puede transformarse en debilidad.
La dispersión de los medios no garantiza, por sí sola, la supervivencia del sistema.
La guerra mosaico y la guerra multidominio
Ambos conceptos están relacionados, aunque no significan exactamente lo mismo.
La guerra multidominio busca integrar las operaciones terrestres, marítimas, aéreas, espaciales y cibernéticas. Su finalidad es producir efectos coordinados sobre el adversario.
La guerra mosaico propone una manera de organizar y combinar las capacidades que intervienen en esas operaciones.
La primera amplía e integra los espacios donde se desarrolla el enfrentamiento. La segunda busca mayor flexibilidad en el empleo de los medios.
En ambos casos aparece un problema que considero fundamental: la conducción.
La posibilidad de recibir información de todos los dominios no significa comprender mejor la situación. Del mismo modo, disponer de numerosas capacidades interconectadas no garantiza que sean empleadas correctamente.
Un comandante puede conocer la posición de cientos de unidades y desconocer cuál es la intención principal de su enemigo.
Ver más no significa necesariamente comprender mejor.
¿Qué significa esto para la Argentina?
Nuestro país debería observar estos cambios con particular atención.
La Argentina posee un territorio extenso, enormes espacios marítimos, una posición estratégica en el Atlántico Sur y responsabilidades vinculadas con la vigilancia de sus fronteras y la protección de sus intereses nacionales.
Desarrollar capacidades distribuidas de vigilancia, comunicaciones, sistemas no tripulados y procesamiento de información podría contribuir a mejorar determinadas funciones de defensa.
Pero sería un error creer que la incorporación de drones o inteligencia artificial, por sí sola, constituye una transformación militar.
La guerra mosaico exige interoperabilidad, comunicaciones seguras, personal capacitado, logística, doctrina y una estructura de conducción preparada para operar en condiciones de incertidumbre.
También requiere una base tecnológica e industrial capaz de sostener los sistemas incorporados.
Para la Argentina, el desafío no consiste en copiar modelos extranjeros, sino en estudiar qué principios pueden adaptarse a nuestras necesidades, posibilidades económicas e intereses estratégicos.
No se trata de reemplazar indiscriminadamente las capacidades existentes por tecnologías más económicas. Se trata de encontrar una combinación equilibrada entre medios tradicionales y nuevas herramientas.
La innovación debe responder a una estrategia. Nunca debería ocurrir lo contrario.
La guerra cambia, pero su naturaleza permanece
Cada gran transformación tecnológica despertó la expectativa de que la guerra sería completamente diferente.
Ocurrió con la pólvora, el ferrocarril, la aviación, los tanques, las armas nucleares y, más recientemente, con la revolución informática.
Todas esas innovaciones modificaron profundamente la manera de combatir. Ninguna consiguió eliminar la incertidumbre, el miedo, la fricción, los errores humanos o la voluntad del adversario.
Clausewitz continúa recordándonos que la guerra es mucho más que un enfrentamiento de medios materiales. Es una actividad humana y política, atravesada por intereses, decisiones y circunstancias imposibles de controlar completamente.
La guerra mosaico puede representar una transformación importante en la organización de las fuerzas militares. Pero sería equivocado confundir una nueva manera de combinar capacidades con una nueva naturaleza de la guerra.
Los grandes ejércitos probablemente continuarán existiendo. Lo que está en discusión es cómo deberán organizarse, equiparse y combatir para no quedar atrapados en estructuras concebidas para conflictos del pasado.
Porque, finalmente, la superioridad militar no depende solamente de disponer de mejores armas, más información o algoritmos más veloces.
Depende también de la capacidad de comprender al adversario, interpretar la realidad y adoptar decisiones acertadas.
La tecnología puede cambiar la forma de combatir. Pero seguirá siendo el pensamiento estratégico el que determine para qué se combate, cómo se emplean los medios y qué significa alcanzar la victoria.
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