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Manuel Namuncurá: el cacique que rechazó volver con tropas chilenas

hace 55 minutos
5 min de lectura

La propuesta ofrecía hombres y armas para regresar a las tierras perdidas. Para un jefe perseguido, obligado a abandonar sus dominios y preocupado por el destino de su gente, podía parecer una oportunidad.


Manuel Namuncurá la rechazó.


Años después contó que un jefe militar chileno le había ofrecido un contingente para combatir contra la Argentina. Su respuesta dejó una declaración de pertenencia y una denuncia contra quienes habían maltratado a su pueblo.


Las dos quedaron unidas en sus palabras.


La herencia de Calfucurá


En 1873, tras la muerte de Calfucurá, Manuel asumió la conducción de una extensa red de relaciones políticas, familiares y militares.


Su padre había sostenido su poder mediante alianzas, negociaciones y acciones de guerra. El intercambio de ganado y mercaderías conectaba ambos lados de la cordillera, mientras los acuerdos con las autoridades proporcionaban bienes que contribuían a mantener esas alianzas.


Los malones también formaban parte de aquel escenario y dejaban consecuencias dolorosas entre las poblaciones de frontera: muertes, cautivos y pérdida de animales y propiedades.


Manuel heredó ese mundo complejo. Sabía que conducir exigía reunir cualidades diferentes. En conversaciones con Estanislao Zeballos explicó:


«La palabra cacique o lonco, cabeza dirigente de una tribu o de una agrupación, se le da a los que se encuentran en estas condiciones, más en verdad, hay muy pocos caciques porque son aquellos que se distinguen o reúnen las cualidades de valiente o guerrero, de parlamentaristas y por lo tanto llamado a mandar las grandes agrupaciones. Los otros, en su mayoría, puede decirse que son capitanejos».


Valor y capacidad para parlamentar. Namuncurá necesitaría ambas cosas durante los años siguientes.


El avance de la frontera durante la gestión de Adolfo Alsina y las campañas posteriores encabezadas por Julio Argentino Roca redujeron progresivamente sus posibilidades de resistencia. Llegaron los desplazamientos, la dispersión y la búsqueda de refugio.


Cada decisión comprometía el destino de familias enteras.


La Patagonia también se disputaba desde el mar


Mientras se combatía en las pampas y en los pasos cordilleranos, existía otro escenario de tensión: la costa atlántica.


La Argentina y Chile sostenían reclamaciones territoriales superpuestas. Sus gobiernos procuraban convertir esas pretensiones en presencia efectiva mediante expediciones, autoridades y establecimientos.


En 1873, Óscar Viel, gobernador chileno de Magallanes, impulsó un asentamiento en Puerto Gallegos, sobre el río del mismo nombre. En 1874 aparecen también antecedentes de una capitanía chilena en Los Misioneros, junto al río Santa Cruz.


Aquellos puntos tenían importancia estratégica. Un puerto permitía abastecer embarcaciones, controlar movimientos y ejercer autoridad. En una región de enormes distancias, un pequeño establecimiento podía convertirse en un argumento diplomático.


Por eso, consolidar la presencia argentina en la Patagonia requería tropas, navegación, comunicaciones y autoridades capaces de permanecer en el territorio.


Las campañas terrestres formaron parte de un proceso más amplio. También hubo marinos, exploradores y pobladores que contribuyeron a vincular aquellos espacios con el resto del país.


Una oferta al otro lado de los Andes


En ese contexto se produjo el episodio que Namuncurá evocó en una carta enviada a La Prensa en 1908.


Según su relato, durante su permanencia en Chile el coronel Urrutia le ofreció poner a su disposición un contingente de 1.800 hombres para actuar contra el Estado argentino.

Namuncurá recordó su respuesta en estos términos:


«Me avergonzaba al oír tales ofrecimientos y los rechacé con toda energía y altivez, declarándome más argentino que muchos de los que se hallaban destacados en la frontera de la pampa y deseaban exterminar a los de mi raza».


El pasaje fue recogido por Clifton Goldney y reproducido posteriormente por la historiadora Virginia Nora Habegger.


La frase conserva toda su fuerza cuando se la lee completa. El cacique expresaba su identificación con la Argentina y, al mismo tiempo, denunciaba a quienes consideraba responsables del sufrimiento de su gente.


Había combatido al Ejército nacional. Sin embargo, según su testimonio, rechazó regresar al frente de una fuerza extranjera.


Su declaración muestra que los enfrentamientos de frontera no pueden explicarse mediante divisiones sencillas. Un jefe podía resistir el avance del Estado argentino y, aun así, sentirse parte del país. También podía negociar con sus autoridades sin renunciar al reclamo por los suyos.


Namuncurá tomaba decisiones desde una responsabilidad concreta: preservar a quienes todavía reconocían su conducción.


Del combate a la negociación


En 1884, Namuncurá se sometió a las autoridades argentinas. Ese mismo año viajó a Buenos Aires y fue recibido por el presidente Roca. Comenzaba una relación distinta, marcada por acercamientos y gestiones para establecer a su comunidad.


El encuentro entre los antiguos adversarios no resolvió todas las dificultades. Después de las campañas quedaban familias dispersas, necesidades materiales y un problema fundamental: conseguir tierras donde vivir.


El cacique debía encontrar interlocutores, presentar sus pedidos y sostenerlos ante funcionarios que manejaban otros tiempos.


En 1894, durante la presidencia de Luis Sáenz Peña, el Congreso sancionó la Ley 3092, que concedía ocho leguas de terreno a Manuel Namuncurá y su tribu sobre la margen derecha del río Negro. Había transcurrido una década desde su sometimiento.


La guerra había terminado para él, pero su responsabilidad continuaba. Conseguir un lugar para su gente exigía otra forma de perseverancia.


Un encuentro frente a la historia


Manuel Namuncurá murió en 1908. Roca, en 1914. Sus nombres quedaron ligados a una etapa decisiva y dolorosa de la formación territorial argentina.


Los años pasaron y la historia nos regaló una escena cargada de significado. El 19 de octubre de 2026, en un nuevo aniversario de la muerte del general, Juan Ramón Namuncurá y Gonzalo Roca estuvieron juntos frente a su tumba, en la Recoleta.


Un descendiente de Manuel Namuncurá y un integrante de la familia Roca, unidos en el recuerdo ante la sepultura de uno de los grandes protagonistas de la construcción de la Argentina moderna.


La escena invita a reconocer cuánto puede cambiar la relación entre las personas cuando existe voluntad de escucharse. Los apellidos que evocan antiguos enfrentamientos pueden encontrarse hoy alrededor de una historia compartida.


Ese encuentro conserva su valor sin borrar los combates, las pérdidas ni las dificultades que atravesaron los pueblos originarios. Recordar exige dar lugar a esas experiencias y también a las decisiones que hicieron posible acercarse después de la guerra.


Namuncurá dejó una voz propia: la del jefe que resistió, rechazó una oferta militar extranjera y procuró un futuro para su comunidad mediante la negociación.


Donde sus antepasados debieron negociar después de la guerra, ellos pueden encontrarse hoy en paz. Y eso tampoco es poca cosa.


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