HERMINDO LUNA: EL SOLDADO QUE NO VOLVIÓ A CASA
Antes de regresar al regimiento abrazó a su hermana y le pidió: «Decile a la vieja que la amo». Cinco días después, frente a quienes le ordenaban rendirse, eligió permanecer junto a sus camaradas.
El domingo 5 de octubre de 1975, la familia Luna se reunió alrededor de una mesa larga en su humilde casa de Las Lomitas. Habían preparado empanadas y un chivito para celebrar los once años de Jovina y el reciente cumpleaños de su padre, Jesús.
En medio de aquella reunión familiar había una ausencia. Hermindo, uno de los hermanos mayores, cumplía con el servicio militar obligatorio en el Regimiento de Infantería de Monte 29, situado a más de trescientos kilómetros de distancia, en la ciudad de Formosa.
Mientras su familia celebraba, él estaba a punto de enfrentar el último combate de su vida.
Un muchacho de Las Lomitas
Hermindo Luna había nacido el 26 de junio de 1954. Era el quinto hijo de Jesús Esteban Luna y Secundina Vázquez, una mujer salteña que, junto con su esposo, había formado una familia de trece hijos.
Los Luna conocían la pobreza, pero también el trabajo y la dignidad. Jesús era albañil y durante algunas temporadas participaba en tareas de demarcación en las fronteras con Brasil y Paraguay. Cuando debía ausentarse, Secundina preparaba panes y empanadillas para vender y alimentar a sus hijos.
En aquella casa todos colaboraban. Hermindo conocía el monte, sabía manejarse entre los animales y, cuando faltaba comida, salía a cazar para llevar algo a la mesa. Más tarde instaló una pequeña ladrillería junto con sus hermanos Mario y Nicasio.
El trabajo le había impedido concurrir regularmente a la escuela durante la infancia. Sin embargo, no renunció a aprender y completó sus estudios primarios en una escuela nocturna de Las Lomitas mientras continuaba fabricando ladrillos.
También disfrutaba de las películas de acción y dibujaba sobre cualquier papel que encontraba. Sus hermanos menores solían romper aquellas creaciones durante sus juegos, pero él nunca se enojaba. Era hincha de River, como su madre, por quien sentía una profunda devoción.
Antes de convertirse en un nombre de la historia, Hermindo fue un muchacho de campo, con una novia a la que veía poco, una familia numerosa y muchos proyectos todavía sin realizar.
El servicio militar
Cuando llegó el momento del sorteo para cumplir con el servicio militar obligatorio, la familia se reunió alrededor de la radio. Hermindo temía que lo enviaran lejos, pero fue destinado al Regimiento de Infantería de Monte 29 “Coronel Ignacio José Javier Warnes”, con asiento en la capital formoseña.
La noticia lo tranquilizó porque permanecería dentro de su provincia. La mañana de su incorporación, sus padres y hermanos lo acompañaron hasta la estación y lo vieron alejarse en el tren, mientras los saludaba desde una ventanilla.
En el regimiento era recordado como un soldado dispuesto y servicial. Le agradaba atender la caballeriza porque aquella tarea le permitía permanecer cerca de los animales y conservar un vínculo con la vida que había dejado en Las Lomitas.
Hermindo era un conscripto de veintiún años, un ciudadano incorporado temporalmente al Ejército para cumplir con una obligación establecida por la ley. Nada permitía imaginar que, en pocos meses, debería afrontar una decisión reservada para los momentos más extremos de la vida.
La última despedida
A fines de septiembre de 1975, Jesús Luna viajó a la ciudad de Formosa para realizar unos trámites. Jovina le pidió acompañarlo porque nunca había viajado en tren. Su padre aceptó y convirtió aquel viaje en un regalo anticipado por su cumpleaños.
Padre e hija se alojaron en la casa de una tía y pudieron reencontrarse con Hermindo. Compartieron una comida y lo encontraron contento. El 30 de septiembre llegó el momento de regresar a Las Lomitas.
Antes de despedirse, Hermindo le pidió a su padre que, al llegar a casa, enviara un telegrama al regimiento solicitando algunos días de licencia. Deseaba visitar nuevamente a su familia.
Luego abrazó con fuerza a Jovina y le susurró:
«Decile a la vieja que la amo».
También le pidió que recordara a su padre lo del telegrama. Sin embargo, al regresar a Las Lomitas, ambos olvidaron el encargo entre el cansancio y las preocupaciones cotidianas.
Durante muchos años, Jesús y Jovina cargaron con una culpa que no les correspondía. Pensaban que, si hubieran enviado aquel mensaje, tal vez Hermindo habría obtenido la licencia y se habría encontrado en casa durante el ataque.
El telegrama nunca fue enviado y aquella despedida se convirtió en el último recuerdo de Jovina junto a su hermano.
La siesta en que llegó la violencia
El 5 de octubre de 1975, la Argentina se encontraba bajo el gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón. Ese día, la organización Montoneros ejecutó la denominada
Operación Primicia.
La acción comprendió el secuestro de un avión de Aerolíneas Argentinas, la ocupación del aeropuerto El Pucú y el ataque al Regimiento de Infantería de Monte 29. El propósito era apoderarse del armamento de la unidad y realizar una demostración de fuerza con gran repercusión política y propagandística.
Los atacantes contaban con la colaboración del conscripto Luis Roberto Mayol, militante montonero infiltrado dentro del regimiento, quien facilitó el ingreso de las camionetas que transportaban al grupo armado.
Cerca de las cuatro de la tarde, los disparos quebraron la quietud de la siesta formoseña. Muchos soldados descansaban después de almorzar y disputar un partido de fútbol; otros se encontraban en los dormitorios o se dirigían hacia las duchas.
Aquellos conscriptos no eran combatientes profesionales. Eran ciudadanos muy jóvenes, sorprendidos por un ataque armado dentro del cuartel en el que cumplían el servicio militar.
Los atacantes avanzaron sobre la guardia, la Compañía Comando y el depósito de armamento. Algunos soldados fueron alcanzados antes de comprender lo que estaba sucediendo, mientras otros buscaron sus fusiles e intentaron organizar la defensa.
Hermindo se encontraba de imaginaria en la Compañía Comando. Estaba armado con su FAL cuando vio aproximarse a cinco integrantes del grupo atacante.
La decisión
Los hombres le ordenaron que entregara el arma y le aseguraron que con él no era la cosa. La rendición le ofrecía una posibilidad inmediata de conservar la vida, pero también dejaba indefensos a los compañeros que descansaban detrás de su posición.
Hermindo tuvo apenas unos segundos para decidir.
El valor no consiste en ignorar el miedo, sino en impedir que el miedo determine nuestros actos. Aquel joven de veintiún años comprendió que abandonar el puesto permitiría a los atacantes ingresar libremente en la cuadra.
Su respuesta, transmitida con algunas variaciones por los testimonios, quedó grabada en la memoria de Formosa:
«¡Acá no se rinde nadie!».
Después abrió fuego con su fusil.
No podía saber que algún día existirían monumentos con su nombre ni que aquella frase sería repetida durante décadas. Su decisión respondió a una realidad mucho más inmediata: detrás de él se encontraban sus camaradas.
La resistencia ofrecida por Hermindo permitió que otros soldados reaccionaran, buscaran protección y organizaran la defensa. El propio parte de Montoneros reconoció que el centinela había desobedecido las órdenes de rendición y respondido con su FAL desde el interior de la compañía.
Finalmente, una ráfaga de ametralladora lo alcanzó. Hermindo cayó dentro del regimiento que había jurado defender, cuando todavía esperaba obtener una licencia para regresar a Las Lomitas.
El telegrama
La familia Luna desconocía lo que estaba sucediendo en Formosa. Mientras se desarrollaba el ataque, todos permanecían reunidos para celebrar el cumpleaños de Jovina.
Después del almuerzo, un enjambre de avispas atravesó el patio y se posó sobre una botella colocada en un naranjo. Secundina interpretó el episodio como un mal presagio y pasó el resto de la tarde dominada por una inexplicable angustia.
A la mañana siguiente, uno de los hijos mayores llegó con un telegrama del Ejército.
Hermindo había muerto.
Desde entonces, el cumpleaños de Jovina quedó unido para siempre a la pérdida de su hermano. Cada 5 de octubre devolvería a su memoria aquella jornada en la que celebraba sus once años mientras Hermindo enfrentaba sus últimos minutos.
El cuerpo llegó a Las Lomitas el miércoles 8 de octubre, tres días después del ataque, dentro de un ataúd cerrado.
Secundina quiso verle el rostro, pero no se lo permitieron. Timoteo, otro de sus hijos, prestaba servicios en Gendarmería y había reconocido el cuerpo. Fue él quien trató de consolarla, asegurándole que personalmente había colocado a su hermano dentro del cajón.
Miguel Luna conservaría durante años una parte del mensaje con el que el Ejército comunicó la tragedia:
«La patria pierde un soldado y la madre pierde un hijo».
Para la institución había caído uno de sus hombres. Para Secundina había muerto el hijo que salía al monte cuando faltaba comida, dibujaba sobre papeles sueltos y se había marchado saludando desde la ventanilla de un tren.
El soldado regresó a Las Lomitas, pero el muchacho que había partido meses antes nunca volvió a cruzar la puerta de su casa.
Los compañeros caídos
La valentía de Hermindo no debe ocultar el sacrificio de quienes murieron junto a él. Su hermana Jovina insistió siempre en que su hermano no había sido el único héroe de aquella jornada.
En la defensa del Regimiento 29 perdieron la vida el subteniente Ricardo Massaferro; el sargento primero Víctor Sanabria; y los soldados Antonio Arrieta, Heriberto Dávalos, José Coronel, Dante Salvatierra, Ismael Sánchez, Tomás Sánchez, Edmundo Sosa, Marcelino Torales, Alberto Villalba y Hermindo Luna.
Durante las acciones relacionadas con la ocupación del aeropuerto también murió el agente de la Policía de Formosa Neri Argentino Alegre.
Detrás de cada uno de esos nombres había una familia, una historia interrumpida y una silla que permanecería vacía.
La promesa de Jovina
Después de la muerte de Hermindo comenzó otra lucha, menos visible pero mucho más prolongada.
Jovina creció acompañada por el recuerdo de aquel último abrazo y por la culpa del telegrama olvidado. Antes de morir, Secundina le pidió que luchara por el reconocimiento de su hermano y de todos sus compañeros.
Jovina cumplió aquella promesa.
Durante años participó en homenajes, golpeó puertas y reclamó que los soldados muertos fueran incorporados plenamente a la memoria nacional. Su propósito no era prolongar los enfrentamientos de la década de 1970, sino impedir que las víctimas quedaran sepultadas bajo silencios, omisiones y recuerdos selectivos.
Deseaba que la Nación reconociera el sacrificio de aquellos jóvenes y que su madre, aunque ya no estuviera, recibiera finalmente el agradecimiento que había esperado durante toda su vida.
Jovina murió durante la pandemia, después de haber dedicado gran parte de su existencia a defender la memoria de aquel hermano que la había abrazado cuando tenía once años.
Su perseverancia, sin embargo, no fue inútil.
El reconocimiento
La provincia de Formosa instituyó el 5 de octubre como Día del Soldado Formoseño y posteriormente como Día del Héroe Formoseño, en homenaje a quienes murieron defendiendo el regimiento y el orden constitucional.
Hermindo y sus compañeros recibieron el ascenso al grado de cabos post mortem. En 2019, el Estado nacional dispuso una reparación para sus familiares, cuyo pago fue instrumentado posteriormente por el Ministerio de Defensa.
Ningún ascenso podía devolverle a Secundina la posibilidad de despedirse de su hijo, del mismo modo que ninguna reparación conseguiría borrar la imagen del ataúd cerrado. Sin embargo, aquellos reconocimientos evitaron una segunda muerte: la que produce el olvido.
Una historia que todavía nos interpela
La historia de Hermindo Luna no pertenece solamente al Ejército ni a la provincia de Formosa. Tampoco debería emplearse para alimentar viejos odios o justificar violencias posteriores. Forma parte de la memoria argentina y nos enfrenta con una pregunta esencial:
¿qué hace una persona cuando puede salvarse a cambio de abandonar a los demás?
Hermindo no tuvo tiempo para pronunciar discursos, escribir memorias ni explicar su decisión. Su legado quedó contenido en unos pocos actos: trabajar para alimentar a sus hermanos, estudiar mientras fabricaba ladrillos, despedirse con amor de su familia y permanecer junto a sus camaradas cuando le ordenaron rendirse.
Su frase no debe entenderse como una exaltación de la muerte, sino como una expresión del deber, la lealtad y el coraje. En aquel instante no eligió morir; eligió no abandonar a quienes confiaban en él.
Algunas veces, la historia de una nación no se decide en los palacios ni en los despachos de los poderosos. También puede quedar depositada en un joven desconocido, nacido lejos de los grandes centros, que debe resolver en pocos segundos la decisión más difícil de su vida.
Hermindo Luna tenía veintiún años y soñaba con regresar a Las Lomitas. Cuando la rendición pudo salvarlo, permaneció en su puesto para proteger a sus compañeros.
Por eso, mientras exista un argentino capaz de recordar su nombre, aquel soldado que no volvió a casa continuará regresando a la memoria de su pueblo.
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Fuentes y bibliografía consultadas
Testimonios y reconstrucciones históricas
Rojas Filártiga, Sandro. Memorias de un combate. Testimonio de Jovina Luna reproducido en “Muerte en combate del soldado Hermindo Luna”, sitio oficial de la Infantería Argentina. Disponible en: Infantería Argentina.
Infantería Argentina. “El soldado Hermindo Luna”. Reconstrucción de su actuación durante el ataque al Regimiento de Infantería de Monte 29. Disponible en: Infantería Argentina.
Reato, Ceferino. Operación Primicia. El ataque de Montoneros que provocó el golpe de 1976. Buenos Aires, Sudamericana, 2010.
Pignatelli, Adrián. “El ataque montonero al Regimiento 29 de Formosa: un traidor, una defensa heroica y la muerte del conscripto Hermindo Luna”. Infobae, 5 de octubre de 2023. Disponible en: Infobae.
“A 50 años del ataque al cuartel de Formosa: la ofensiva de Montoneros que marcó a los militares y sus familias para toda la vida”. La Nación, 4 de octubre de 2025. Disponible en: La Nación.
Fuentes oficiales
Ejército Argentino. “El Ejército Argentino recuerda a los caídos en cumplimiento del deber. 5 de octubre de 1975”. Ministerio de Defensa, 5 de octubre de 2020. Disponible en: Argentina.gob.ar.
Honorable Cámara de Diputados de la Nación. Expediente 4239-D-2018, “Compensación económica a los héroes del 5 de octubre de 1975, fallecidos en defensa del Regimiento de Infantería de Monte N.º 29 ‘Coronel Ignacio Warnes’”. Disponible en: Cámara de Diputados.
Honorable Cámara de Diputados de la Nación. Orden del Día N.º 1716. Antecedentes y fundamentos del reconocimiento a los caídos en la defensa del Regimiento de Infantería de Monte 29. Disponible en: Documento oficial.
Poder Ejecutivo Nacional. Decreto N.º 829/2019. Reparación económica para los derechohabientes de las personas fallecidas durante el ataque al Regimiento de Infantería de Monte 29.
Ministerio de Defensa. Resolución N.º 1023/2024. Reconocimiento e instrumentación de las indemnizaciones correspondientes a los familiares de los caídos. Boletín Oficial de la República Argentina, 2 de octubre de 2024. Disponible en: Boletín Oficial.
Gobierno de la Provincia de Formosa. Información institucional sobre el Día del Soldado Formoseño y el Día del Héroe Formoseño, establecidos por las leyes provinciales N.º 1395 y N.º 1612.
Fuente de la organización atacante
Montoneros. “Operación Primicia”. Parte de guerra del 6 de octubre de 1975, publicado en Evita Montonera, N.º 8, octubre de 1975. Su contenido resulta relevante porque reconoce la resistencia del centinela de la Compañía Comando, aunque presenta los hechos desde la perspectiva de la organización atacante.




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