Juana Manso: la incendiaria de la tiza
- Roberto Arnaiz
- 26 may
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 4 jun
Nació en 1819, cuando el país aún no sabía si iba a ser. Mientras algunos hombres debatían guerras, tratados y formas de gobierno, las mujeres no debatían nada: obedecían, en silencio. La Patria aún era un proyecto sangriento. Y Juana Manso, desde la cuna, ya era un desacato.
Fue, desde temprano, una anomalía. En un mundo hecho para mujeres obedientes, ella se sentaba a escribir verdades. Fue maestra, periodista, novelista, traductora, inspectora de escuelas, feminista sin permiso y agitadora pedagógica, como la llamó con justicia la historiadora Dora Barrancos.
Su familia, de ideas ilustradas y firmemente unitaria, favoreció su formación. Aprendió a leer en voz alta en una época en que muchas mujeres eran instruidas solo para firmar su nombre. Muy joven se exilió con su padre en Montevideo, donde participó de círculos literarios y publicó su primera novela: La familia del Comendador. Desde entonces, la literatura fue su trinchera.
Viajó luego a Brasil, donde dirigió una escuela bilingüe y escribió manuales. Aprendió portugués, francés y algo de inglés. No sólo enseñaba: se educaba sin cesar. En Río de Janeiro publicó O Jornal das Senhoras, un periódico feminista pionero en América Latina. Allí, entre mujeres que apenas podían opinar en voz baja, Juana Manso escribió sobre el divorcio, la educación científica femenina y el fin de la esclavitud. En pleno Imperio del Brasil, su pluma era dinamita.
Regresó a Buenos Aires en 1854 con una visión radical de la educación. Influida por Pestalozzi, por Comenio y por los nuevos pedagogos europeos, Juana no solo pedía aulas mixtas: quería cambiar el modelo entero. Se oponía a la memorización pasiva, al castigo físico, a la educación centrada en la obediencia. Defendía la enseñanza por intuición, el aprendizaje a través de la experiencia, la observación, el juego, el trabajo manual, el diálogo.
Sus propuestas eran revolucionarias:
Educación laica: sin dogmas, sin catecismos.
Educación obligatoria: no un favor del Estado, sino un derecho.
Educación igualitaria: misma instrucción para niños y niñas.
Formación docente profesional: que enseñar sea una ciencia, no una vocación subordinada.
En 1859, fue nombrada inspectora de escuelas de niñas en Buenos Aires. Visitó aulas, entrevistó maestras, revisó programas, redactó informes. Nadie en su tiempo había hecho eso. Pronto colaboró con Domingo Faustino Sarmiento, primero desde el aula, luego desde la política. Redactaron planes de estudio, fundaron escuelas normales, difundieron manuales. Pero ella no era un apéndice: tenía voz propia. Y no siempre coincidían.
Sarmiento la respetaba y la necesitaba, pero muchas veces no sabía qué hacer con ella. Juana no negociaba su conciencia, ni siquiera con quienes la admiraban. Lo decía todo. Lo escribía todo. Y no se callaba cuando el poder quería aplausos en lugar de reflexión.
En más de una escuela le cerraron la puerta en la cara. La Iglesia y la prensa clerical la atacaban abiertamente. La llamaban “hembra docta”, “hereje del pizarrón”, “la mujer que no sabe su lugar”. En respuesta, publicó artículos furibundos y pedagógicos. Su pluma ardía como tiza en llamas sobre un pizarrón de prejuicios.
“Los que se escandalizan con mis ideas no conocen aún el poder de una mujer libre.”
Y también escribió:
“El niño que razona será un hombre libre.
La niña que piensa será una mujer peligrosa para los mediocres.”
Durante el gobierno de Sarmiento (1868–1874), su proyecto educativo alcanzó un momento de esplendor institucional. Se fundaron escuelas normales, se consolidó el sistema público y Juana Manso formó parte del corazón de ese proceso. Supervisó la educación femenina, promovió bibliotecas populares, escribió manuales escolares.
Pero tras la muerte de Sarmiento en 1888, y el regreso de las élites clericales al poder, el impulso laicista y progresista perdió terreno. La educación volvió a ensimismarse, a repetir oraciones, a castigar con la regla. El nombre de Juana fue borrado de actas y de placas.
Murió en 1875, sola, enferma, sin reconocimientos. Fue enterrada en una fosa común.
Como si el país quisiera ocultar bajo tierra la voz que nunca logró domesticar.
Hoy algunas escuelas llevan su nombre. Pero muy pocas enseñan quién fue. Y sin embargo, su eco vive en cada aula donde se enseña a pensar, no solo a repetir. En cada cuaderno donde la escritura es un acto de libertad. En cada maestra que entra al aula con la cabeza alta y la voz firme.
Fue una de las primeras mujeres de América Latina en transformar la palabra en política pública,y la educación en una herramienta de igualdad estructural.
Como afirma la historiadora Gabriela Nudelman, “Juana Manso fue la pedagoga de la igualdad antes de que la igualdad fuera un derecho constitucional”.
No pidió un lugar.
Lo ocupó.
No esperó que la historia la invitara.
La interrumpió con una tiza y una verdad.
Fue hermana de las maestras que cruzaron los Andes,
hija de las lectoras prohibidas,
madre de las pedagogas por venir.
No fundó una institución: fundó un derecho.
La enterraron sin nombre,pero su palabra sigue pariendo maestras.
Porque una tiza, bien empuñada, puede más que cien decretos.
Y porque cada vez que una niña razona, una maestra piensa o una escuela resiste,
Juana Manso vuelve a enseñar.
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Bibliografía
Juana Manso: una mujer en la sociedad del siglo XIX, Dora Barrancos, 1990, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires.
Juana Manso y la educación popular, Patricia Pasquali, 2002, Editorial Planeta, Buenos Aires.
La educación popular en América Latina: de Juana Manso a Paulo Freire, Gabriela Nudelman, 2015, Editorial Miño y Dávila, Buenos Aires.
Obras completas de Juana Manso, Juana Manso, edición crítica 2007, Archivo General de la Nación, Buenos Aires.
Sarmiento y las mujeres: entre la alianza y el conflicto, María Rosa Lojo, 2010, Editorial Eudeba, Buenos Aires.
Juana Manso. La mujer que fundó un derecho, Ana María Rodríguez, 2019, Editorial Chirimbote, Buenos Aires.
Mujeres que No Pidieron Permiso y Cambiaron la Historia, Roberto Arnaiz, 2022, Amazon Kindle Edition.






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