top of page
  • Facebook
  • Instagram
Buscar

Juliana: la que dijo “no” cuando todas callaban

Actualizado: 11 jul 2025

A mediados del siglo XVI, los conquistadores españoles surcaban los ríos Paraguay y Paraná en busca de oro, obediencia y almas para el Imperio. Tras la caída de Buenos Aires en 1541, Asunción se convirtió en un experimento colonial improvisado, levantado sobre huesos y promesas rotas. Como no hallaron metales preciosos, buscaron otra riqueza: los cuerpos. Los hombres fueron reducidos al trabajo forzado. Las mujeres, a la servidumbre sexual y doméstica. Entre ellas estaba Juliana, una mujer del pueblo cario-guaraní. Su nombre cristiano es lo único que nos llegó. Lo demás, lo armaron los conquistadores entre líneas de espanto.


Juliana pertenecía al pueblo cario, una parcialidad del gran tronco guaraní que habitaba las tierras bajas y fértiles entre los ríos Paraguay, Manduvirá y Tebicuary. Los carios formaban parte de una vasta red de pueblos guaraníes, agricultores, navegantes y guerreros, organizados en aldeas llamadas táva, donde la vida giraba en torno al teko —el modo de ser—: un equilibrio sagrado entre comunidad, tierra y espíritu. Para los carios, no existía la separación entre lo visible y lo invisible. La naturaleza hablaba, y había que saber escucharla. Los árboles, los ríos, las palabras y los silencios tenían alma. La autoridad no se imponía por la fuerza, sino por el respeto a los mayores, a los sueños y al ñemongarai, el arte de aconsejar con sabiduría. Las mujeres eran custodias del fuego, de la siembra, del nacimiento. También del idioma y la transmisión espiritual. Su rol no era pasivo: era vital.


Cuando llegaron los españoles, esa red se quebró. Las aldeas fueron vaciadas, las mujeres repartidas como botín.


Eran tiempos sin piedad ni máscaras. Las mujeres indígenas no eran consideradas personas: eran parte del botín. Cuando los conquistadores fundaban una ciudad, repartían no solo tierras, sino también cuerpos. Se las “entregaba” como si fueran herramientas. Algunos les llamaban “sirvientas”, pero en la práctica eran esclavas sexuales, criadas forzadas, cocineras, cargadoras, amas de leche, esposas impuestas y madres de hijos que no podían llamar suyos.


A veces las marcaban en la cara o el brazo para evitar fugas. Otras veces las bautizaban con un nombre cristiano y las ofrecían como recompensa. Dormían en el suelo, cocinaban para quien las violaba, y muchas veces parían en soledad, entre la leña o las cenizas. No podían hablar su lengua, ni rezar a sus dioses, ni enterrar a sus muertos según sus ritos. Sus cuerpos eran usados. Sus nombres, borrados. Su humanidad, negada.


Y en ese mundo de sometimiento total, donde el silencio era impuesto y el miedo cotidiano, Juliana habló. Actuó. Y se rebeló.


A Juliana, como a muchas otras, la arrancaron de su táva y la entregaron a un colono español llamado Ñuño de Cabrera. No por amor. Por derecho de conquista. Algunos cronistas lo llamaron su amo. Otros, su esposo. Pero lo cierto es que un día, Juliana se negó a seguir viviendo bajo ese yugo. Y lo mató.


Algunas crónicas dicen que lo envenenó con hierbas. Otras, que lo degolló. Lo verdaderamente importante no es cómo. Es por qué. Y lo que hizo después fue aún más audaz: incitó a otras mujeres a hacer lo mismo. Lo decía en voz alta. Se jactaba. En un mundo donde se esperaba de ellas obediencia, Juliana sembró rebeldía.


En ese tiempo fundacional, el caos político y la codicia gobernaban la región: Juan de Ayolas había desaparecido en una expedición, Domingo Martínez de Irala gobernaba sin título ni ley, y desde el Atlántico se acercaba el nuevo adelantado: Álvar Núñez Cabeza de Vaca, enviado por la Corona a imponer orden en el desorden. Al llegar a Asunción en 1542, Cabeza de Vaca escuchó la historia de Juliana. Su escriba, Pero Hernández, la dejó registrada: la mujer indígena había matado a un español y se lo contaba con orgullo a sus compañeras. No podía permitirse. El nuevo gobernador ordenó su captura. Y la condenó.


La ejecución fue ejemplar. Y monstruosa. La ataron a cuatro caballos. Cada extremidad fue arrancada en direcciones opuestas. No la mataron solamente: quisieron borrar el ejemplo, disolver el gesto, enterrar su nombre en el terror. Pero fracasaron. Porque algunas no la olvidaron.


Muchas no se atrevieron a hacer lo mismo. Pero desde entonces, en las cocinas, en los patios de tierra, en los susurros, el nombre Juliana empezó a decirse bajito. Como quien guarda un fuego.


Juliana no fue solo una víctima ni solo una vengadora. Fue portadora de una visión del mundo que el conquistador no comprendía. Para los carios-guaraníes, el mundo no era propiedad: era vínculo. No se cazaba por avaricia, ni se hablaba sin propósito. Cada palabra tenía alma. Cada acción resonaba en el cosmos. Su espiritualidad se basaba en el equilibrio: el respeto por los ancestros, el monte como templo, el río como maestro. La palabra era sagrada, y el silencio también. El ayvu —el aliento— era lo que los dioses le habían dado al ser humano. Hablar era crear. Mentir era ofender a la armonía. En ese mundo, matar con hierbas no era solo matar. Era ejecutar un juicio. Era usar el conocimiento ancestral como arma legítima cuando ya no quedaba otra defensa. No fue solo rabia lo que la movió. Fue justicia.


Juliana no actuó por instinto. Actuó desde el fondo de una memoria compartida. No fue una individualidad escandalosa. Fue el “no” ancestral que se venía gestando en cada cuerpo violado, en cada pan compartido a la fuerza, en cada palabra prohibida.


Cortaron su cuerpo, pero no su nombre. El castigo fue olvido. Su memoria, resistencia.


Hoy su historia se recuerda en murales, canciones, novelas, investigaciones y calles. Desde 1992, una calle de Asunción lleva su nombre. No de una etnia. De ella. Una mujer. Una indígena. Una rebelde.


Juliana no pidió permiso.

No negoció su furia.

Fue cuerpo, fue fuego, fue palabra.


💬 ¿Querés estar al tanto de todas nuestras novedades, contenido exclusivo y adelantos?Sumate GRATIS a nuestro canal de WhatsApp 👇https://whatsapp.com/channel/0029VbAZWrU3QxS2P0MWqE1f


Bibliografía

  • Crónica y relación de lo sucedido en los viajes del adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Pero Hernández, 1555 (edición moderna: 2001), Editorial de la Universidad Nacional de Misiones, Posadas.

  • Los aborígenes del Paraguay, León Cadogan, 1959, Editorial Tipografía Salesiana, Asunción.

  • Ayvu Rapyta: textos míticos de los Mbya-Guaraní del Guairá, León Cadogan, 1959 (ed. moderna: 1992), Biblioteca Paraguaya de Antropología, Asunción.

  • Los Guaraníes y su legado: del mito a la política, Bartomeu Melià, 1986, Centro de Estudios Antropológicos, Asunción.

  • La voz del silencio: mujeres guaraníes en la historia, Margarita Durán Estragó, 2000, Servilibro, Asunción.

  • La fundación de Asunción y los orígenes del mestizaje, Guido Rodríguez Alcalá, 1991, Editorial Servilibro, Asunción.

  • La conquista espiritual del Paraguay, Alfredo Viola, 1996, Editorial Intercontinental, Asunción.

  • La rebelión de Juliana: historia, mito y símbolo en la colonia paraguaya, Ana Barreto Valinotti, 2010, Editorial Arandurã, Asunción.


 
 
 

Comentarios


¿Queres ser el primero en enterarte de los nuevos lanzamientos y promociones?

Serás el primero en enterarte de los lanzamientos

© 2025 Creado por Ignacio Arnaiz

bottom of page