JULIO RUBÉN CAO: EL MAESTRO QUE FUE A MALVINAS
«Cuando me duermo sueño que estoy con ustedes»
Julio Rubén Cao tenía 21 años cuando comenzó la guerra de Malvinas. Era maestro, estaba casado con Clara Barrios y esperaba el nacimiento de su primera hija. Había cumplido el servicio militar obligatorio durante 1981 y, cuando el 2 de abril de 1982 las fuerzas argentinas recuperaron las islas, aquella etapa de su vida parecía haber quedado atrás.
Tenía una familia que estaba comenzando, ejercía la profesión que había elegido y se preparaba para ser padre. Sin embargo, tomó una decisión que cambiaría definitivamente su destino: se presentó voluntariamente para regresar al Ejército y marchar hacia Malvinas.
El 12 de abril partió hacia las islas. En Buenos Aires quedaron su esposa embarazada, su familia y los alumnos de tercer grado de la Escuela N.º 32 de Gregorio de Laferrere, en el partido de La Matanza. No había tenido siquiera la oportunidad de despedirse de ellos.
Aquella despedida pendiente lo acompañaría durante sus primeros días en Malvinas y daría origen a uno de los testimonios más conmovedores que dejó la guerra.
EL MAESTRO QUE VOLVIÓ A SER SOLDADO
Julio Rubén Cao había nacido en Ramos Mejía, provincia de Buenos Aires, el 18 de enero de 1961. Desde joven manifestó una profunda vocación por la enseñanza. Se recibió de bachiller docente y ejerció en distintas escuelas de La Matanza hasta llegar a la Escuela N.º 32 de Gregorio de Laferrere, institución que quedaría para siempre vinculada con su nombre.
En 1981 interrumpió temporalmente su actividad docente para cumplir con el servicio militar obligatorio en el Regimiento de Infantería Mecanizado 3 «General Manuel Belgrano», con asiento en La Tablada. Cumplida aquella obligación, regresó a la vida civil y volvió a las aulas.
Para entonces estaba casado con Clara Barrios y ambos esperaban una hija. Julio tenía por delante una vida que recién comenzaba a tomar forma: una familia, una profesión que amaba y los proyectos propios de un joven de poco más de veinte años.
La recuperación de las Islas Malvinas alteró aquel camino. Cao consideró que no podía permanecer al margen y decidió presentarse como voluntario. Su decisión adquiere todavía mayor dimensión al recordar que ya había terminado el servicio militar y había regresado a su actividad docente.
El 12 de abril volvió a vestir el uniforme y partió hacia Malvinas.
UNA CARTA DESDE LAS ISLAS
Una vez en Malvinas, Cao volvió a vivir como soldado. El frío, la humedad, las posiciones defensivas y la incertidumbre acerca de lo que ocurriría comenzaron a formar parte de su vida cotidiana.
Pero la distancia no consiguió apartarlo de su otra vocación.
Seguía pensando en sus alumnos.
Le preocupaba especialmente haberse marchado sin despedirse. Aquellos chicos probablemente tampoco comprendieran por qué su maestro había desaparecido repentinamente del aula. El 24 de abril de 1982, desde Puerto Rivero, nombre utilizado entonces para la capital de las islas, decidió escribirles. La fecha y el lugar constan en la carta conservada y reproducida posteriormente.
El documento resulta extraordinario precisamente por su sencillez. No contiene grandes proclamas ni intenta explicar a unos niños las razones políticas o militares de la guerra. Cao les habla como maestro y trata de tranquilizarlos.
En aquellas líneas conviven naturalmente sus dos mundos. Les explica que se encuentra cumpliendo su «labor de soldado: Defender la Bandera», pero inmediatamente vuelve a ser el docente que inventa historias, recuerda las caras de sus alumnos y sueña con regresar.
Esta es su carta:
"A mis queridos alumnos de 3ro D:
No hemos tenido tiempo para despedirnos y eso me ha tenido preocupado muchas noches aquí en Malvinas, donde me encuentro cumpliendo mi labor de soldado: Defender la Bandera. Espero que ustedes no se preocupen mucho por mí porque muy pronto vamos a estar juntos nuevamente y vamos a cerrar los ojos y nos vamos a subir a nuestro inmenso Cóndor y le vamos a decir que nos lleve a todos al país de los cuentos que como ustedes saben queda muy cerca de las Malvinas.
Y ahora como el maestro conoce muy bien las islas no nos vamos a perder. Chicos, quiero que sepan que a las noches cuando me acuesto cierro los ojos y veo cada una de sus caritas riendo y jugando; cuando me duermo sueño que estoy con ustedes. Quiero que se pongan muy contentos porque su maestro es un soldado que los quiere y los extraña. Ahora sólo le pido a Dios volver pronto con ustedes. Muchos cariños de su maestro que nunca se olvida de ustedes.
Señora, además desearía hacer llegar mi recuerdo y saludos a todo el personal a la señora Bibiana, al Sr Galo, Cristina, Nora, Mercedes, Bárbara, Isabel y a todos los docentes de mi turno y de la escuela; a la señora Alicia quisiera que sepa que extraño mucho su mate de las 13 hs, y espero pronto volverlo a saborear ya que aquí el desayuno es una especie de mate cocido mezclado con cal de albañil y hasta un poco de cemento, nada de azúcar.
Habiendo distraído demasiado su atención pero sintiéndonos por un instante con uds me decido a concluir estas líneas con la esperanza de encontrarme a la brevedad con ustedes.
Afectuosamente, JULIO."
UNA CARTA QUE NO ERA UNA DESPEDIDA
Conociendo el desenlace de la historia resulta inevitable leer aquellas palabras con emoción. Sin embargo, sería equivocado considerar la carta una despedida. Para Julio Cao era exactamente lo contrario: estaba hablando de su regreso.
Pensaba volver.
Quería reencontrarse con sus alumnos y continuar enseñando. Esperaba regresar a la escuela y recuperar incluso aquellas pequeñas costumbres cotidianas que la distancia había vuelto importantes, como el mate de las 13 que menciona con humor.
Y, sobre todo, esperaba conocer a su hija.
Por eso resulta tan conmovedora una de las frases que escribió a sus alumnos: «Ahora sólo le pido a Dios volver pronto con ustedes».
No hay en esas palabras conciencia de estar escribiendo para la historia. Hay simplemente un joven de 21 años que extraña y espera regresar.
Ese detalle permite comprender la guerra desde una perspectiva diferente. Detrás de cada uniforme existía una vida que había quedado interrumpida: familias, trabajos, estudios, afectos y proyectos que esperaban continuar cuando todo terminara.
LOS ÚLTIMOS DÍAS
Durante mayo y junio la situación militar argentina en Malvinas se volvió cada vez más difícil. Después del desembarco británico en San Carlos comenzó el avance terrestre hacia Puerto Argentino y los combates se aproximaron progresivamente al núcleo del dispositivo defensivo argentino.
Cao permaneció con el Regimiento de Infantería Mecanizado 3 durante aquellas semanas. La guerra que había encontrado al llegar a las islas era muy diferente de la que enfrentaba ahora. Los bombardeos, las bajas y el avance enemigo anunciaban que el desenlace estaba próximo.
El 14 de junio de 1982, Julio Rubén Cao murió en Malvinas.
Tenía 21 años.
Ese mismo día cesaron los combates en Puerto Argentino y concluyó la guerra.
Habían pasado apenas dos meses desde aquella mañana de abril en que había dejado a su esposa embarazada, su escuela y sus alumnos para regresar voluntariamente al Ejército.
LA HIJA QUE NO PUDO CONOCER
El 28 de agosto de 1982 nació Julia María Cao. Su padre había muerto poco más de dos meses antes y nunca pudo conocerla.
La guerra había terminado, pero para las familias de los caídos comenzaba una experiencia completamente diferente. Las bajas pueden expresarse mediante números en un parte militar; para quienes esperan en casa, cada una de esas cifras representa una ausencia que puede prolongarse durante toda una vida.
Julia crecería reconstruyendo la figura de su padre mediante fotografías, cartas y los recuerdos de su madre, sus familiares, compañeros y alumnos.
La historia de Julio todavía tendría otro capítulo.
Sus restos permanecieron durante décadas en el Cementerio Argentino de Darwin sin identificación individual. Sobre su sepultura se encontraba una de aquellas lápidas que llevaban una frase que terminó convirtiéndose en símbolo de una larga deuda:
«Soldado argentino solo conocido por Dios».
Pasaron treinta y seis años.
En 2018, como resultado del proceso desarrollado en el marco del Plan Proyecto Humanitario, sus restos fueron finalmente identificados. Julio Rubén Cao se convirtió en el combatiente argentino número 92 reconocido durante aquel proceso.
Su tumba volvía a tener nombre.
EL MAESTRO JULIO
La Escuela N.º 32 de Gregorio de Laferrere, aquella en la que Cao enseñaba antes de partir hacia Malvinas, lleva hoy su nombre.
Es difícil imaginar un homenaje más apropiado.
Allí continúan entrando niños cada mañana. Otros maestros ocupan las aulas, escriben sobre los pizarrones, abren libros y enseñan a nuevas generaciones. Y entre esas paredes permanece el recuerdo de aquel joven docente que un día dejó la escuela para marchar hacia Malvinas.
Su carta también sobrevivió al paso del tiempo. Ha sido reproducida en publicaciones, actos conmemorativos y materiales educativos, convirtiéndose en una forma particularmente humana de acercar a los alumnos argentinos a la experiencia de quienes combatieron en 1982.
Quizás allí se encuentre la verdadera dimensión de la historia de Julio Cao.
No fue un militar profesional que hubiera elegido las armas como forma de vida. Era un maestro que había cumplido con el servicio militar, regresado a su escuela, contraído matrimonio y comenzado a formar una familia. Cuando estalló la guerra consideró que debía volver y se presentó voluntariamente.
Su historia permite aproximarse a Malvinas desde un lugar diferente al de los mapas, las operaciones y las decisiones estratégicas. Nos recuerda que detrás de cada combatiente había una persona concreta y que, en muchos casos, quienes marcharon hacia las islas apenas habían comenzado a construir sus vidas.
Cao escribió desde Malvinas que estaba cumpliendo su «labor de soldado: Defender la Bandera». Sin embargo, basta continuar leyendo la carta para comprender que nunca dejó de ser maestro. En medio de la guerra seguía preocupado por sus alumnos, recordaba sus rostros y soñaba con regresar para continuar enseñándoles.
No pudo volver a aquella aula ni conocer a Julia María.
Pero su carta regresó.
Más de cuatro décadas después continúa siendo leída por chicos que no habían nacido cuando ocurrió la guerra y por maestros que encuentran en aquellas líneas a uno de los suyos.
Julio Rubén Cao escribió a sus alumnos el 24 de abril de 1982 pensando que volvería a encontrarse con ellos.
No podía saber que aquellas palabras terminarían convirtiéndose en algo mucho más perdurable:
la última clase del maestro Julio.
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