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RENÉ FAVALORO: EL MÉDICO QUE APRENDIÓ A ESCUCHAR AL PUEBLO

hace 1 minuto
3 min de lectura

Antes de cambiar la historia de la cirugía, tuvo que ganarse la confianza de sus vecinos en Jacinto Aráuz.


El 25 de mayo de 1950, René Favaloro subió a un tren del Ferrocarril General Roca rumbo a La Pampa. Tenía veintiséis años y llevaba equipaje para una estadía de tres meses: iba a reemplazar a un médico en Jacinto Aráuz. Trató de descansar durante el viaje, pero las ideas le daban vueltas. Años después recordaría que aquel destino provisional se había convertido en casi doce años decisivos para su vida.


Al bajar encontró un pueblo de unas diez manzanas extendidas junto a las vías. Más allá estaban las chacras, los caminos de tierra y las familias que vivían lejos del consultorio. Si un enfermo necesitaba ser derivado a Bahía Blanca, debía esperar un tren que pasaba una vez al día y tardaba unas cuatro o cinco horas en llegar. Una vecina recordó esos viajes años después. Para Favaloro, el tiempo que separaba al paciente de la atención también formaba parte del problema que debía resolver.


Se puso el guardapolvo blanco y comenzó a atender. Pronto notó que algunos pacientes se sorprendían de su juventud y se mostraban reticentes a hablar con él. Podía examinarlos, pero todavía no conocía sus costumbres ni se había ganado su confianza. Eso requería tiempo: escuchar, volver a visitar a una familia y aprender a reconocer lo que había detrás de cada consulta


A veces el paciente no podía llegar al pueblo. Entonces era el médico quien salía al campo. Quienes trabajaron con René recordaban haberlo visto subir a un sulky para asistir un parto junto a una comadrona del lugar. Al llegar, encontraba a la mujer acompañada por alguien que conocía a su familia y había seguido el avance del parto. Antes de decidir cómo ayudar, necesitaba escuchar también lo que la partera había observado.


La familia esperaba que el sulky apareciera por el camino. No conocemos la hora de aquel viaje ni los kilómetros recorridos, pero podemos comprender lo que significaba esa espera: en una casa del campo, una madre estaba por dar a luz y dos personas con conocimientos distintos se reunían para cuidarla. Favaloro llevaba su formación médica; la comadrona, su experiencia y la confianza de los vecinos.


Había otras mujeres a las que el pueblo acudía en busca de ayuda. Las curanderas también conocían a las familias y gozaban de la confianza de algunas de ellas. Favaloro tuvo que aprender a convivir con esa realidad.


En Recuerdos de un médico rural aparecen comadronas y curanderas; una reseña publicada cuando salió el libro señaló que él no las consideraba siempre desdeñables. Escuchar al pueblo incluía comprender a quiénes atendía el pueblo antes de su llegada.


El dinero era otra preocupación cotidiana. Algunas familias no podían pagar una consulta en efectivo. Un vecino cuyo nacimiento fue asistido por Favaloro recordó que podían ofrecer al médico un lechón o unas gallinas. El testimonio no nos dice qué recibió René por una visita determinada, pero sí muestra las condiciones en que ejercía: cuando alguien enfermaba, la necesidad de atención no dependía de lo que hubiera en su bolsillo.


René y su esposa, María Antonia Delgado, se instalaron en una vieja casona. Allí empezó a funcionar el centro asistencial que más tarde ampliaría junto a su hermano Juan José, también médico. Trabajaron largas jornadas y destinaron lo que ganaban a mejorar la atención. La clínica permitió que más familias recibieran cuidados cerca de sus casas, sin tener que iniciar siempre el largo viaje en tren.


Cuando escribió Recuerdos de un médico rural, Favaloro quiso que aquellas vivencias dijeran algo sobre la Argentina. Contó cómo las distancias, la pobreza y las condiciones de vida del interior afectaban la salud. También recordó lo que médicos y vecinos habían podido construir juntos. Dedicó el libro a Juan José, «con quien todo lo compartimos».


Décadas después volvió a leer sus memorias y algunos pasajes le hicieron llorar. El mundo admiraba al cirujano, pero él conservaba muy cerca al joven médico que había bajado del tren sin saber si lo aceptarían, y que luego aprendió los nombres, los caminos y las preocupaciones de sus vecinos.


Su historia permite mirar más allá de Jacinto Aráuz. A lo largo de la Argentina, innumerables médicos han elegido trabajar en pueblos, barrios y parajes donde la atención hace falta y los recursos escasean. Hacen guardias, recorren distancias, acompañan familias y vuelven al día siguiente, aun cuando nadie vaya a contar lo que hicieron. Muchos sostienen esa tarea con una entrega silenciosa y un profundo amor al prójimo.


Recordar al médico rural René Favaloro es también reconocerlos a ellos. En cada profesional que sale a atender a quien no puede esperar, que escucha antes de hablar y que permanece cerca cuando una familia tiene miedo, continúa viva aquella forma de ejercer la medicina que Favaloro aprendió junto a su pueblo.



 
 
 

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