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LA GUERRA QUE VIENE: ¿VAMOS A PENSARLA O ESPERAR A QUE OTROS NOS ENSEÑEN CÓMO COMBATIRLA?

hace 6 minutos
10 min de lectura

 

De la guerra híbrida a la multidominio y la mosaico. Mientras las tecnologías transforman el campo de batalla, el verdadero desafío consiste en desarrollar una nueva manera de pensar, enseñar y anticipar la guerra.


Durante años estudiamos la guerra híbrida. Cuando comenzábamos a comprenderla, apareció con fuerza la guerra multidominio. Apenas empezábamos a familiarizarnos con ella, surgió la guerra mosaico. Hoy, mientras intentamos entender sus implicancias, los principales centros de investigación militar ya experimentan con inteligencia artificial, sistemas autónomos y máquinas capaces de coordinar acciones a velocidades que desafían la capacidad humana.


Entonces surge una pregunta inevitable: ¿estamos estudiando la guerra del futuro o llegando sistemáticamente tarde a ella?


La historia militar demuestra que las transformaciones más profundas no siempre fueron consecuencia de nuevas armas, sino de nuevas maneras de emplearlas. Sin embargo, existe una tendencia recurrente a preparar las fuerzas para combatir la última guerra conocida, incorporando sus enseñanzas cuando las condiciones que las hicieron posibles comienzan a modificarse.


Hoy ese peligro resulta especialmente preocupante. La velocidad del cambio tecnológico supera, en muchos casos, la capacidad de adaptación de las instituciones militares. Una doctrina que parecía innovadora hace pocos años puede resultar insuficiente frente a un escenario completamente diferente.

 

Ucrania: estudiar el presente sin quedar atrapados en él


En numerosos trabajos he sostenido la necesidad de estudiar profundamente la guerra de Ucrania. Sus enseñanzas sobre drones, artillería, guerra electrónica, inteligencia, logística y adaptación operacional son extraordinariamente valiosas. Pero también he advertido algo aparentemente contradictorio: algunos de sus procedimientos y soluciones tecnológicas ya están envejeciendo.


Ucrania constituye uno de los laboratorios militares más importantes de nuestro tiempo. Cada innovación genera una contramedida y cada ventaja tecnológica puede desaparecer rápidamente. Lo que hoy resulta eficaz podría quedar neutralizado mañana por una nueva forma de interferencia, detección o ataque.


La próxima guerra podría desarrollarse en escenarios diferentes, con sistemas autónomos colaborativos, redes inteligentes descentralizadas y procesos decisorios cada vez más veloces. Sin embargo, la logística, el terreno, la moral y la voluntad política continuarán siendo fundamentales.


Tampoco será necesariamente una sucesión de máquinas inteligentes enfrentadas entre sí. Podría combinar algoritmos avanzados con soldados en trincheras, sistemas autónomos con artillería convencional y redes digitales con comunicaciones rudimentarias.


Ucrania no es una guerra del pasado. Es una guerra del presente que nos advierte sobre la velocidad con la que envejecen las respuestas militares.

 

De la guerra híbrida a la mosaico: ¿qué viene después?


La guerra híbrida nos obligó a comprender que los conflictos podían combinar operaciones convencionales, acciones irregulares, ciberataques, desinformación y presiones políticas o económicas. La guerra multidominio puso el acento en integrar las operaciones terrestres, marítimas, aéreas, espaciales y cibernéticas para producir efectos coordinados.


La guerra mosaico introdujo otra concepción: combinar numerosos sistemas distribuidos, tripulados y no tripulados, capaces de reorganizarse según las circunstancias. Su propósito es reducir la dependencia de grandes plataformas individuales y aumentar la flexibilidad de las fuerzas.


Estas concepciones no representan etapas que eliminan a las anteriores. Se superponen, evolucionan y responden a problemas diferentes. Sin embargo, mientras discutimos cómo incorporarlas, nuevas investigaciones comienzan a ampliar las posibilidades de la conducción militar.


La guerra autónoma colaborativa explora el empleo de sistemas no tripulados capaces de cooperar entre sí, distribuir tareas y adaptarse colectivamente. Su importancia no reside solamente en disponer de numerosos drones, sino en conseguir que actúen coordinadamente sin necesitar instrucciones humanas para cada movimiento.


La cooperación humano-máquina busca integrar comandantes y operadores con sistemas inteligentes capaces de analizar información, proponer alternativas y ejecutar determinadas tareas. El programa Air Combat Evolution de DARPA, que realizó pruebas de combate aéreo con inteligencia artificial en un avión experimental X-62A, constituye un ejemplo concreto.


La inteligencia artificial multiagente descentralizada representa una línea de investigación especialmente novedosa. Busca que distintos agentes inteligentes coordinen sus acciones sin depender permanentemente de un centro único de control. El programa DICE, anunciado por DARPA en junio de 2026, investiga estas posibilidades mediante simulaciones, procurando mantener el comportamiento colectivo dentro de la intención del comandante.


La denominada masa precisa propone combinar numerosos sistemas relativamente económicos, reemplazables y capaces de producir efectos precisos. Busca recuperar la importancia de la cantidad sin renunciar a la precisión, complementando las grandes plataformas tradicionales. La iniciativa estadounidense Replicator, anunciada en 2023, refleja esta orientación mediante la incorporación acelerada de sistemas autónomos en diferentes dominios.


Finalmente, la guerra centrada en la decisión busca obtener ventajas mejorando el proceso decisorio propio y dificultando el del adversario. No es una doctrina completamente nueva ni independiente de la guerra mosaico, pero la inteligencia artificial amplía sus posibilidades y también sus riesgos.


Ninguna de estas cinco líneas constituye una doctrina universalmente reconocida como sucesora de la guerra mosaico. Algunas permanecen en investigación; otras cuentan con demostraciones experimentales o aplicaciones parciales.


Pero todas muestran una transformación significativa: la capacidad de coordinar sistemas distribuidos, adaptarse a situaciones cambiantes y decidir con oportunidad adquiere una importancia creciente.


La revolución militar no comienza necesariamente cuando aparece una nueva arma, sino cuando alguien descubre una manera diferente de combatir con ella.

 

El peligro de pensar con ideas antiguas


Durante el período de entreguerras, distintas potencias disponían de tanques, aviones y comunicaciones modernas. Sin embargo, no todas desarrollaron las mismas concepciones para emplearlos. Alemania no inventó el tanque, pero consiguió combinar fuerzas acorazadas, aviación, comunicaciones y maniobra de una manera que produjo importantes ventajas operacionales.


La innovación decisiva no fue exclusivamente tecnológica. También fue doctrinaria y organizacional. El problema no consistía solamente en disponer de nuevos medios, sino en comprender cómo podían transformar las operaciones militares.


Aquí resulta interesante recuperar a tres pensadores cuyas ideas, aunque surgidas en contextos diferentes, pueden ayudarnos a comprender los desafíos actuales.


Clausewitz nos recordó que la guerra está atravesada por la incertidumbre, la fricción y el azar. La inteligencia artificial no eliminará esos factores; probablemente transformará sus manifestaciones y podría introducir nuevas vulnerabilidades.


Karl Popper destacó la importancia de someter nuestras teorías a pruebas capaces de refutarlas. Aplicado al pensamiento militar, significa que no deberíamos realizar ejercicios destinados únicamente a confirmar nuestras doctrinas, sino también a descubrir las circunstancias en las que podrían fracasar.


Thomas Kuhn explicó cómo los paradigmas condicionan nuestra interpretación de la realidad. Una organización puede continuar utilizando conceptos aparentemente sólidos incluso cuando los acontecimientos comienzan a demostrar sus limitaciones.


El mayor peligro no consiste solamente en carecer de tecnología moderna, sino en disponer de ella y continuar pensando con categorías que han perdido vigencia.

 

La próxima guerra también puede comenzar en una mesa de arena


La innovación militar no necesariamente nace en los grandes centros de investigación ni en los niveles superiores de conducción. Muchas veces comienza en una pequeña fracción, durante un ejercicio, cuando un oficial joven o un suboficial descubre que existe otra manera de resolver un problema táctico.


Pensemos en un ejercicio sobre una mesa de arena. Inicialmente, los participantes deben resolver la situación aplicando la doctrina vigente, respetando sus procedimientos y comprendiendo los fundamentos de cada decisión. Ese conocimiento constituye una base indispensable para la formación militar.


Pero el ejercicio no debería terminar allí. Una vez encontrada la solución doctrinaria, podríamos formular una segunda pregunta: ¿y si la doctrina no fuera suficiente? ¿Qué otra manera de combatir podríamos imaginar?


Aquí aparece Popper. En lugar de buscar únicamente situaciones que confirmen la validez de nuestros procedimientos, deberíamos introducir condiciones destinadas a ponerlos a prueba, identificar sus debilidades y descubrir las circunstancias en las que podrían fracasar.


Kuhn nos permitiría avanzar todavía más. ¿Qué sucedería si el problema no estuviera en la solución elegida, sino en el paradigma desde el cual estamos interpretando el combate? Tal vez no necesitemos modificar un procedimiento, sino imaginar una concepción operacional completamente diferente.


Y es precisamente aquí donde los más jóvenes pueden realizar un aporte extraordinario. Su relación cotidiana con las nuevas tecnologías, sus experiencias y sus maneras de interpretar el mundo pueden permitirles identificar posibilidades que otras generaciones, condicionadas por años de formación y experiencia, no siempre advierten.


Esto no significa que la juventud garantice mejores respuestas ni que la experiencia constituya un obstáculo. Significa reconocer que ambas perspectivas pueden complementarse y que la creatividad no debería estar condicionada por el grado militar.


Los conductores tienen una responsabilidad decisiva: generar espacios donde sea posible experimentar, equivocarse, discutir y proponer soluciones diferentes sin que ello sea interpretado como indisciplina. La doctrina debe ordenar el pensamiento, pero no impedir que evolucione.


Podríamos incorporar una metodología sencilla a nuestros ejercicios. Primero, resolver el problema conforme a la doctrina vigente. Después, modificar las condiciones para poner a prueba esa solución. Finalmente, permitir que los participantes propongan alternativas sin quedar limitados por los procedimientos conocidos.


Naturalmente, esas propuestas deberían ser contrastadas y evaluadas. La creatividad por sí sola no garantiza una innovación. Una idea diferente adquiere verdadero valor militar cuando demuestra que puede resolver un problema de manera más eficaz.


La doctrina debe enseñarnos cómo combatir; el pensamiento crítico debe permitirnos descubrir cuándo necesitamos combatir de otra manera.


Quizá la próxima revolución militar no comience con una nueva tecnología, sino con una pregunta formulada por un joven oficial frente a una mesa de arena: «¿Y si lo hacemos de otra manera?».

 

¿Estamos formando conductores o repetidores de doctrinas?


Esta reflexión nos conduce a una cuestión todavía más profunda: ¿qué clase de militares necesitamos formar para enfrentar los conflictos futuros?


La enseñanza militar se apoya necesariamente en la transmisión de conocimientos, procedimientos y experiencias acumuladas. Esa formación continúa siendo indispensable, porque ninguna organización puede actuar eficazmente si sus integrantes desconocen los fundamentos de su profesión.


Pero dominar la doctrina no significa convertirla en una verdad incuestionable. Los procedimientos representan respuestas elaboradas frente a determinados problemas, bajo condiciones que pueden cambiar.


Un conductor militar debe conocer profundamente las reglas, pero también comprender cuándo resultan insuficientes. Debe ser capaz de actuar dentro de una organización disciplinada sin renunciar a su capacidad de análisis y creatividad.


La innovación exige una cultura institucional que permita cuestionar ideas aceptadas. Un ejército que solamente premia las respuestas conocidas difícilmente consiga formular las preguntas que exige el futuro.


No se trata de fomentar la improvisación ni de debilitar la autoridad. Se trata de reconocer que la iniciativa, el juicio crítico y la capacidad de adaptación constituyen cualidades esenciales de la conducción militar, que deben desarrollarse desde los primeros niveles de formación.

 

¿Quién debe pensar la próxima guerra?


¿Por qué debemos esperar que Estados Unidos, China, Rusia u otras potencias desarrollen nuevas concepciones militares para comenzar a estudiarlas? ¿Por qué nuestras instituciones deberían limitarse a interpretar y adaptar doctrinas concebidas para realidades estratégicas diferentes?


No se trata de desconocer los avances extranjeros ni de pretender competir con sus enormes presupuestos tecnológicos. Se trata de comprender que el pensamiento estratégico no es patrimonio exclusivo de quienes disponen de mayores recursos.


Nuestras escuelas superiores de guerra, Estados Mayores, universidades y centros de investigación deberían constituirse también en espacios capaces de formular hipótesis originales sobre los conflictos futuros, someterlas a experimentación y desarrollar respuestas adecuadas a nuestras necesidades estratégicas.


¿Por qué no imaginar las guerras de 2035 o 2040? ¿Qué sucedería si las comunicaciones satelitales fueran neutralizadas, si los sistemas autónomos perdieran contacto con sus operadores o si la inteligencia artificial proporcionara recomendaciones equivocadas?


No necesitamos poseer miles de drones para comenzar a pensar cómo combatirán los ejércitos que los tengan. Necesitamos imaginación estratégica, libertad intelectual y capacidad para cuestionar nuestras propias certezas.


Pero la autonomía estratégica exige algo más que independencia intelectual. Una fuerza puede adoptar doctrinas modernas y continuar dependiendo de proveedores extranjeros para obtener componentes, software, comunicaciones y mantenimiento.


Por eso, anticipar la guerra futura también implica integrar a las Fuerzas Armadas con la industria, las universidades y los centros científicos. La innovación doctrinaria y el desarrollo tecnológico no deberían avanzar por caminos separados.


No necesitamos una doctrina que pretenda adivinar la guerra de 2040. Necesitamos instituciones capaces de modificar sus doctrinas antes de que la realidad demuestre que han quedado obsoletas.

 

La paradoja de la inteligencia artificial


Nunca los comandantes tuvieron tanta información disponible. Nunca pudieron observar tantos acontecimientos simultáneamente ni contaron con semejante capacidad para procesar datos. Sin embargo, disponer de más información no garantiza comprender mejor.


La inteligencia artificial puede identificar patrones, calcular probabilidades y recomendar cursos de acción a velocidades extraordinarias. Pero también puede procesar información manipulada, interpretar equivocadamente determinadas situaciones o producir recomendaciones técnicamente coherentes y estratégicamente desastrosas.


Podríamos encontrarnos ante organizaciones capaces de decidir cada vez más rápido, pero cuyos comandantes dispongan de menos tiempo para comprender las consecuencias de esas decisiones. La niebla de la guerra no desaparecerá: adoptará nuevas formas.


Durante siglos, uno de los problemas del comandante fue disponer de información suficiente para decidir. En la guerra que viene, otro de sus problemas podría ser recibir tantas respuestas, producidas a semejante velocidad, que ya no tenga tiempo para comprenderlas.


La superioridad militar del futuro no dependerá exclusivamente de quién posea los algoritmos más veloces, sino de quién consiga combinar tecnología, criterio humano y comprensión estratégica.


Porque una cosa es calcular una respuesta y otra muy diferente comprender sus consecuencias.

 

La guerra que todavía no tiene nombre


Quizá debamos modificar nuestra manera de estudiar y enseñar la guerra. No alcanza con analizar qué sucedió en Ucrania, cómo evolucionó la guerra híbrida o cuáles son las características de la guerra mosaico. Debemos preguntarnos qué ocurrirá cuando las condiciones que hicieron posibles esas formas de combatir se transformen nuevamente.


Anticipar la guerra no significa predecirla. Significa imaginar escenarios posibles, identificar vulnerabilidades, experimentar con respuestas y preparar organizaciones capaces de adaptarse. El verdadero desafío no consiste en acertar cómo será el próximo conflicto, sino en evitar que nos sorprenda intelectualmente.


La historia demuestra que las derrotas militares no siempre comenzaron en el campo de batalla. Muchas veces se gestaron años antes, cuando alguien dejó de hacer las preguntas necesarias o cuando una organización confundió la experiencia acumulada con una garantía de éxito futuro.


La próxima guerra probablemente no se parecerá por completo a ninguna de las que hoy estudiamos. Tendrá elementos conocidos, tecnologías inesperadas y problemas para los cuales todavía no existen respuestas.


Por eso, nuestra responsabilidad no consiste solamente en aprender las doctrinas que otros desarrollan, sino en atrevernos a cuestionarlas, experimentar y construir nuestras propias hipótesis.


Tal vez algunas de las respuestas más innovadoras no provengan de los grandes laboratorios ni de los Estados Mayores, sino de la imaginación de jóvenes militares a quienes debemos ofrecer la oportunidad de pensar, proponer y experimentar.


No sabemos cómo se llamará la próxima guerra. Tampoco podemos asegurar qué tecnologías terminarán definiéndola. Pero mientras nosotros estudiamos las doctrinas del presente, otros ya están experimentando con las posibilidades del futuro.


El desafío no consiste en abandonar las enseñanzas del pasado, sino en impedir que se conviertan en los límites de nuestra imaginación.


Porque el mayor peligro no es desconocer cómo será la próxima guerra. Es continuar preparándonos con la convicción de que ya lo sabemos.


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