La Sole, treinta años alegrando a los argentinos
- Roberto Arnaiz
- hace 35 minutos
- 3 Min. de lectura
Hay nombres que no necesitan presentación porque ya forman parte del paisaje cotidiano. Soledad Pastorutti es uno de ellos.
Decir “La Sole” no remite solo a una cantante. Remite a una voz conocida, a una presencia familiar. A canciones que sonaron en cocinas, en radios viejas, en viajes largos por la ruta, en fiestas de pueblo y reuniones donde siempre hay alguien que pide “una más”. Para muchos argentinos, La Sole no es una figura lejana: es alguien cercana. Alguien que estuvo y está.
Hace treinta años que canta. Y hace treinta años que acompaña.
En un país marcado por cambios bruscos, crisis cíclicas y olvidos rápidos, su figura se volvió una constante. No porque no haya cambiado, sino porque nunca se despegó del todo de la gente. Porque no negó la raíz. Porque no disimuló el origen. Porque nunca cantó desde un pedestal, sino desde un lugar reconocible.
Treinta años atrás empezó todo. Ella lo define como una “gira eterna”. No hubo un plan frío ni una ambición calculada. Fue a cantar. Fue a buscar una oportunidad. El resto vino después: discos, escenarios, giras interminables, televisión, canciones que se metieron en la vida cotidiana de millones de personas y se quedaron ahí, como parte del paisaje emocional.
Enumerar su carrera como una lista de logros no alcanza para explicar lo que representa.
Grabó diecinueve discos, recorrió el país de punta a punta y llevó su música a distintos rincones del mundo. Pero lo que la define no es solo lo que consiguió, sino lo que representa. La Sole encarna una idea profundamente argentina: que la tradición no es atraso, que el origen no es vergüenza y que el trabajo —mucho trabajo— dignifica.
Hay en su historia valores que el público reconoce como propios. El esfuerzo. La constancia. La familia. El respeto por los mayores. La memoria transmitida de boca en boca, de guitarra en guitarra. Esa cultura que no siempre entra en los libros, pero que sostiene identidades enteras. La Sole no canta solo canciones: canta historias heredadas.
Por eso genera identificación. Porque su música habla de la tierra, del amor simple, del sacrificio cotidiano, de la dignidad del trabajo. Porque no disfraza lo popular para hacerlo aceptable. Porque entiende que el folklore no es una pieza de museo, sino una forma viva de decir quiénes somos.
Ella misma lo reconoce: trabajó mucho para poder seguir estando vigente. Y esa frase conecta con millones. Porque en la Argentina nadie se sostiene solo por talento. Hay que insistir. Hay que bancar. Hay que levantarse incluso cuando el cuerpo está cansado. Mejorar, equivocarse, aprender. Volver a intentarlo.
Nunca construyó un personaje alejado de la persona que es. En un mundo artístico lleno de artificios, esa coherencia se volvió una marca. Para muchos argentinos, La Sole es la prueba de que se puede llegar lejos sin dejar de ser quien uno es. De que se puede crecer sin romper el hilo con el origen.
Rosario ocupa un lugar temprano en su camino. Antes de la masividad, cuando todavía era casi una nena, cantaba en salones y programas nocturnos. Después vendrían los teatros, las giras, el cansancio acumulado. Recuerda una función en la que tuvieron que ir a despertarla al hotel: estaba agotada. Se levantó, se vistió y salió a cantar igual. Esa escena resume mucho de su recorrido: el cuerpo cansado, la responsabilidad intacta.
Hoy, a treinta años de aquel comienzo, Soledad Pastorutti sigue cantando. No como una reliquia ni como una promesa. Canta como una trabajadora del escenario. Con la voz marcada por el uso, con la experiencia encima, con errores asumidos y una raíz que nunca negó.
Y tal vez por eso sigue alegrando a los argentinos.
Porque su música no solo suena: acompaña.
Porque su historia no se observa desde lejos: se reconoce.
Porque en un mundo que empuja a olvidar, La Sole sigue recordando de dónde venimos.
Y cuando alguien hace eso durante treinta años, no solo canta.
Representa.






Comentarios