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Malvinas en el alma: el piloto que aterrizó donde nadie se atrevía

Actualizado: 11 jul

Introducción

Hay gestos que no necesitan banderas flameando ni redobles de tambor. Hay actos silenciosos que retumban en el alma de un país. Y hay hombres, como Miguel Fitzgerald, que no hicieron historia desde un estrado ni con discursos encendidos, sino desde la soledad inmensa del cielo.


Esta es la historia de un piloto argentino que soñó lo imposible y, con un avión pequeño y una convicción gigante, voló directo al corazón de la causa Malvinas. Lo hizo en un tiempo en que el mundo parecía mirar hacia otro lado, cuando aún no había veteranos de guerra, pero ya existían patriotas dispuestos a jugarse todo por una causa olvidada.


Agradezco especialmente la colaboración de Tomy Platner, un apasionado incansable de la causa Malvinas, cuya generosidad, conocimiento y compromiso hicieron posible este trabajo. No fue una fuente, fue un compañero.

 

Miguel Fitzgerald: el piloto de la hazaña soñada


No tenía medallas ni una banda cruzándole el pecho. Tenía un avión remendado, el alma obstinada y una bandera argentina doblada con cuidado entre sus cosas. Se llamaba Miguel Fitzgerald, hijo de irlandeses, técnico mecánico del Otto Krause, piloto de Aerolíneas, fotógrafo aéreo, taxista del cielo. Pero sobre todo, era un loco hermoso que soñaba con aterrizar en las Malvinas.


Nació el 8 de septiembre de 1926. Su padre, inmigrante irlandés, murió cuando él era apenas un niño. Fue pupilo en el colegio San Cirano, donde aprendió a soportar la dureza del mundo con el estoicismo de los que no se rinden. Gran parte de su infancia la pasó en Guaminí, entre el olor a tierra y los cielos limpios del oeste bonaerense. Luego, en la Capital, terminó sus estudios en la Escuela Técnica Otto Krause, donde se recibió de técnico mecánico. Allí, en medio de fórmulas, planos y motores, descubrió que lo suyo no era quedarse en el suelo.


De joven trabajó como fotógrafo aéreo y piloto de aerotaxi. Volar no era solo un oficio: era una forma de mirar el mundo desde arriba, de entenderlo sin fronteras. En Aerolíneas Argentinas aprendió la disciplina del aire y el respeto por la máquina. Estuvo casado con Palmira Rodríguez y tuvo cuatro hijos: Gustavo, Diego, Christina y Carlos, que falleció trágicamente. Su hijo Christian recordaría años más tarde: “Mi viejo decía que nunca trabajó en su vida. Tuvo la suerte de que le pagaran por hacer lo que más le gustaba: volar”.


De chico ya hablaba con sus amigos de volar hasta las islas. En 1952, dos aviadores lo intentaron. No pudieron aterrizar. Les sacaron la licencia. A Miguel le quedó el miedo, pero también el deseo intacto.


En abril de 1962 realizó una proeza histórica: completó un vuelo sin escalas desde Nueva York hasta Buenos Aires a bordo de un Cessna 210 Centurion monomotor. Fueron más de 48 horas en el aire, él solo, con un despertador sonando cada diez minutos para no dormirse y una calculadora colgada al cuello.


Según los registros, fue el primer vuelo de este tipo realizado en la historia de la aviación mundial. Ni siquiera las grandes aerolíneas podían entonces cubrir esa distancia sin parar. Fitzgerald lo hizo por su cuenta, sin apoyo oficial. Nadie le pagaba por eso. Volar era vivir.


En septiembre de 1964, leyó en los diarios que las Naciones Unidas debatirían en Nueva York una resolución clave sobre la descolonización de territorios en América Latina, incluyendo el caso Malvinas (Resolución 2065, aprobada en diciembre de 1965). Fue su señal. “Ahora o nunca”, dijo.


Mantuvo todo en secreto. Solo su esposa Palmira y unos pocos sabían. Si lo descubrían, podía perder la licencia, su única forma de mantener a su familia. Pero Héctor Ricardo García, el dueño de Crónica, le creyó. Le alquiló el avión y le cargó el tanque. Miguel bautizó a su pequeño Cessna “Luis Vernet”. Sacó los asientos y le metió combustible hasta en las alas. Estaba listo.


El 6 de septiembre partió desde Monte Grande, parando en Trelew, Madryn y Río Gallegos. En Pico Truncado el motor falló. Cambió las bujías y siguió. Con ayuda de Austral armó una coartada: declaró un vuelo a Ushuaia para poder informar su posición. Nadie sabía que iba rumbo al corazón del Atlántico Sur.


El 8 de septiembre, día de su cumpleaños número 38, Miguel volaba solo a 2.500 metros de altura. Abajo, el mar era un abismo helado y azul, inmenso y silencioso, como una página en blanco esperando ser escrita por la historia. De fondo, por la radio AM, sonaban tangos: “Mi Buenos Aires querido”, “Caminito”, como si Gardel lo escoltara en la inmensidad del cielo.


Cuando divisó el estrecho San Carlos, su corazón latía con una mezcla de miedo y emoción. Las nubes lo cubrían todo, pero él sabía que estaba cerca. Decidió elevarse, buscar con paciencia ese claro entre la niebla. Lo encontró. Descendió lentamente, con la misma precisión con la que se mide un acto irreversible.


Aterrizó en una pista precaria que se usaba para carreras de caballos. No apagó el motor. Bajó con la solemnidad de quien pisa tierra sagrada, con la bandera argentina desplegada al viento como un juramento. La colgó en un alambrado cercano, sin discursos, sin aplausos. A los isleños que se acercaron, les entregó una nota y les dijo con calma: “Llévensela al gobernador”.


Escribió: “Yo, Miguel L. Fitzgerald, ciudadano argentino… llego al Territorio Malvínico para comunicar la irrevocable determinación de quienes como yo han dispuesto poner término a la tercera invasión inglesa a territorio argentino”.


Volvió a Río Gallegos como un héroe. Aterrizó con el rostro quemado por el sol y las manos aún temblorosas de emoción. Apenas bajó del avión, un grupo de mecánicos y vecinos lo rodearon. No hubo banda militar, pero sí aplausos, abrazos, y ojos empañados. En cuestión de horas, la noticia corrió como pólvora.


Crónica tituló: “¡Malvinas, hoy fueron ocupadas!” y la redacción estalló en júbilo. Héctor Ricardo García tenía la primicia del siglo. A Miguel lo subieron a una camioneta y lo pasearon por el pueblo. Lo llevaron de bar en bar, de radio en radio. Los chicos pedían su autógrafo, las madres le daban besos, y muchos lo llamaban “valiente”, con esa mezcla de asombro y orgullo que se tiene al ver a alguien hacer lo que parecía imposible.


El presidente Illia lo recibió. Dio charlas en todo el país. Le escribieron miles de cartas. Inglaterra, desde entonces, mantuvo presencia militar constante. Antes de Fitzgerald, los isleños ni sabían que Argentina reclamaba soberanía.


En 1968 lo intentó otra vez, junto a García. Lo detuvieron 60 marines británicos. Dijeron que eran periodistas. Les confiscaron todo. Los subieron a un buque y los devolvieron. Fue el final de sus vuelos hacia las islas, pero no el final de su historia.


Fitzgerald murió el 25 de noviembre de 2010. Su legado, sin embargo, sigue volando. El Cessna que usó, bautizado “Luis Vernet”, se conserva en el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, como testigo de una hazaña sin armas, sin órdenes y sin miedo. Cada vez que un avión despega rumbo al sur, algo de Fitzgerald cruza el cielo.


Fue un hombre común con una obsesión noble. No quiso fama. No pidió medallas. Hizo lo que sintió que debía hacer. Y nos dejó una enseñanza grabada en el viento: hay causas que se defienden con coraje, aunque estés solo, aunque no te lo pidan, aunque no vuelvas igual.

No fue un guerrero. Fue un soñador. De esos que no hacen discursos, pero escriben historia con alas, con coraje y con el corazón al viento.


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Bibliografía y fuentes consultadas

  1. Pigna, Felipe. Los mitos de la historia argentina 3. Editorial Planeta, 2006.

    • Incluye una sección donde se analiza el vuelo de Miguel Fitzgerald y su impacto en la opinión pública.

  2. Clarín, Archivo Histórico.

    • “El día que un piloto argentino aterrizó solo en las Malvinas”, artículo publicado el 8 de septiembre de 2014. Disponible en el archivo de Clarín.

  3. La Nación, sección Historia.

    • “Miguel Fitzgerald, el argentino que aterrizó en las islas Malvinas para izar una bandera”, artículo del 7 de septiembre de 2014.

  4. Ministerio de Cultura de la Nación Argentina – Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur.

    • Exposición permanente del avión “Luis Vernet”, con registros fotográficos, testimonios familiares y documentación original.

  5. García, Héctor Ricardo. Crónica: la historia del diario más popular. Ediciones Corregidor, 1988.

    • Describe la participación del diario en la operación, incluyendo la logística y publicación de la primicia.

  6. Resolución 2065 de la ONU (XX Asamblea General).

    • Aprobada el 16 de diciembre de 1965. Texto oficial disponible en el sitio de las Naciones Unidas.

  7. Testimonio de Christian Fitzgerald (hijo del piloto), citado en entrevistas publicadas por distintos medios.

  8. Revista Aeroespacio (Fuerza Aérea Argentina), n° 578.

    • Publicación técnica y testimonial que reseña la hazaña aérea de Fitzgerald.

  9. Archivo General de la Nación Argentina.

    • Fotografías, cartas y recortes de diarios sobre el vuelo de 1964.

  10. TOMY PLATNER.

    • Investigación inédita sobre Miguel Fitzgerald y la historia de su vuelo, facilitada generosamente por el autor y apasionado de la causa Malvinas.



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