Malvinas: La Causa que No Envejece
- Roberto Arnaiz
- hace 1 día
- 3 Min. de lectura
Las Malvinas siguen allí. Firmes como un juramento grabado en piedra, obstinadas como el viento que las azota desde que el mundo es mundo. No se mueven en el mapa, pero tiemblan en nosotros: avanzan y retroceden como una ola persistente que nunca deja de golpear la memoria argentina.
Cada promesa diplomática que se deshace, cada acto escolar que despierta un fervor limpio, cada lágrima de un veterano que aún huele la pólvora húmeda de la trinchera, cada madre que escribe el nombre de su hijo sobre una tumba sin nombre… todo eso hace que las islas se muevan. No en el mar: en el alma.
Porque Malvinas no es una geografía. Nunca lo fue. Es una historia viva. Una herida que respira. Una promesa que no acepta jubilarse. Una esperanza que, incluso cuando parece apagarse, vuelve a encenderse con la terquedad de las causas que no conocen el cansancio.
Desde aquel avistamiento de 1520 por Andrés de San Martín —ese primer destello en el horizonte frío— las islas quedaron clavadas en el destino argentino. Siglos de disputa, indiferencia, silencios y tensiones. Una historia que no empezó en 1982 y que tampoco terminó allí. La guerra fue una llamarada, pero la brasa venía de antes y sigue encendida.
Malvinas es resistencia. La resistencia de un pibe de 18 años temblando de frío en una trinchera cavada con las manos. La resistencia de un suboficial que sostiene el ánimo de su tropa con una broma ronca y una mirada firme. La resistencia de un veterano que vuelve a contar lo que vivió —no para glorificarse, sino para que nadie olvide. La resistencia silenciosa de una madre que no pide venganza: pide memoria.
También es ese susurro que atraviesa todo: la flor dejada en el cenotafio sin cámaras ni discursos; el mural de barrio pintado con pintura barata pero orgullo caro; el casco de un obrero marcado con las islas; la pared de un rancho en el norte profundo donde un chico que jamás vio el mar sabe, sin que nadie se lo haya enseñado, que allá afuera hay algo que es suyo.
Malvinas es presente. Es el radar militar que vigila un mar que debería ser nuestro. Las licencias de pesca entregadas a potencias que saquean lo que pertenece al país. Los recursos marítimos drenados mientras algunos fingen que no pasa nada. La ocupación colonial más descarada del siglo XXI, sostenida por la indiferencia del mundo.
Pero Malvinas también es futuro. Porque un pueblo que no abandona lo que es suyo está sembrando —día tras día, generación tras generación— su propio regreso. La soberanía no se improvisa: se construye.
Malvinas late en cada padre que explica por qué "el sur también existe", en cada maestro que enseña que la soberanía no es una frase: es una responsabilidad. En cada diplomático que insiste, en cada historiador que documenta, en cada artista que canta, en cada escritor que escribe, en cada veterano que vuelve a hablar aunque le tiemble la voz.
Y Malvinas mañana… será lo que nosotros hagamos hoy. Será memoria o será abandono. Será causa viva o será postal desteñida. Será legado o será adorno. Pero la historia es clara: los pueblos que honran a sus muertos, que defienden su verdad, que no convierten su dolor en mercancía, son los que finalmente vencen.
Por eso Malvinas volverá. No como un estruendo, ni como un milagro, ni como un capricho del destino. Volverá cuando el país entero esté preparado para recibirlas con justicia, con paz y con memoria. Volverá porque las causas justas no se extinguen: se heredan.
Y mientras sigamos nombrándolas, mientras sigamos recordando, mientras sigamos diciendo "presentes" aunque duela… las Malvinas jamás serán ajenas.
No se pierden. Se heredan. Y una causa heredada por todo un pueblo es una causa que jamás se rinde.






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