Comparación entre la legión romana y la falange helenística en las Guerras Pírricas y Macedónicas
- Roberto Arnaiz
- hace 2 días
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Con enorme orgullo presento este trabajo realizado por mi amiga, la Licenciada en Historia Mirna Elías, doctora en el Hospital de Los Ángeles, USC Arcadia Hospital, y una de las mentes más lúcidas que conozco cuando se trata de unir rigor académico con pasión por el pasado. Mirna tiene una virtud que admiro profundamente: convierte cada investigación en un puente entre el mundo antiguo y nuestras preguntas modernas, con una claridad que ilumina.
Cuando me compartió este análisis sobre la comparación entre la legión romana y la falange helenística en las Guerras Pírricas y Macedónicas, supe que estaba ante un estudio excepcional. Ella logra mostrar, con precisión quirúrgica y sensibilidad histórica, cómo dos modelos militares no solo chocaron en el campo de batalla, sino que también representaron dos formas distintas de entender la guerra, la disciplina y la adaptación frente al enemigo.
Es un honor para mí introducir este trabajo y ponerlo a disposición de quienes aman la historia tanto como nosotros.
1. Introducción
Durante los siglos III y II a.C., Roma se enfrentó a una variedad de sistemas militares desarrollados en el mundo helenístico. Entre ellos, la falange macedonia y epirota destacaba por su rigidez y poder de choque, mientras que la legión romana mostraba una organización más flexible y adaptativa (Goldsworthy, 1996; Connolly, 1998). El análisis de las Guerras Pírricas (280-275 a.C.) y las Guerras Macedónicas (215-168 a.C.) permite comprender cómo la estructura y táctica de cada ejército influyeron en sus victorias y derrotas, y por qué la legión romana terminó imponiéndose en el escenario mediterráneo.
2. Organización y forma de combate
2.1. La Falange Helenística Características principales:
La falange macedonia fue una formación de infantería desarrollada por Filipo II a partir de la falange griega clásica. Fue mandada célebremente por el hijo de Filipo, Alejandro Magno, durante su conquista del Imperio Aqueménida entre 334 y 323 a. C. Tras la muerte de Alejandro y la fragmentación del Imperio en varios reinos independientes precedidos por sus generales o diádocos, el modelo de falange macedonia se difundió después por todo el mundo helenístico, donde se convirtió en la formación estándar para las batallas campales.
El número de la falange aumentó, formando una proporción notablemente superior en el ejército que en tiempos de Alejandro. En la batalla de Hidaspes (326 a.C.),
Alejandro tenía entre 5.000 y 6.000 falangistas, dentro de una fuerza total de 31.000 a 34.000 efectivos y unos 7.300 jinetes, de los cuales 1.000 eran arqueros escitas (Arre caballo!, s.f.). Según la crónica de Livio, en Cinoscéfalos (197 a.C.), la falange de Filipo V de Macedonia constaba de 16.000 falangitas de entre los 23.000 o 24.000 que formaban su ejército.
Décadas más tarde, las tropas de Perseo en Pidna (168 a.C.) sumaban 43.000 hombres. De ellos, tenían 21.000 integrados en las falanges.
El empleo de armas como elefantes o carros falcados se hizo común (Coca Tapia, 2020).
El conjunto falangita era una masa humana acorazada y erizada de púas a la que resultaba muy difícil oponerse (Alvarez, 2018). Se caracterizaba por su formación cerrada, que podía abarcar entre 16 y 32 filas de soldados. Estaban armados principalmente con la sarissa, una lanza de entre 4 y 6 metros de longitud.
Se componía de sus pezhetairoi (infantería pesada) que constituían el núcleo del poder de choque del ejército e hipaspistas (semipesada), a lo cual añadió a los heitaroi, una caballería de élite que superaba el modesto papel que los jinetes tenían hasta entonces, la cual hacía las veces de yunque para el ejército, fijando al enemigo para que lo aplastase el martillo, la falange.
Sin embargo, para que la falange desplegara toda su efectividad, era imprescindible un terreno llano y despejado, ya que cualquier irregularidad podía desorganizar la cohesión de las filas, reducir significativamente su capacidad de combate y dejar al infante helenístico que por sí solo estaba bastante incapacitado en el combate individual (Perea Yébens, 2020) (Fig.1).
2.2. La Legión Romana Manipular Características principales
El ejército romano experimentó una profunda evolución desde la época monárquica hasta la República. Bajo el rey Servio Tulio (siglo VI a. C.), Roma pasó de una organización tribal a un sistema basado en centurias, donde los ciudadanos se clasificaban según su riqueza. Las clases más pudientes formaban la infantería pesada al estilo hoplita, mientras que las clases inferiores actuaban como tropas ligeras (jabalineros, arqueros u honderos).
Durante la República, las Guerras Samnitas obligaron a Roma a adaptar su ejército a un terreno montañoso, lo que llevó al abandono del combate en falange y a la adopción generalizada del scutum (escudo rectangular semicilíndrico). También cambió la estructura militar: la antigua legión fue dividida en dos, cada una bajo un cónsul, y apareció el manípulo compuesto por dos centurias, con un total de 120 hombres. En batalla, cada uno de los tipos de infantería formaba una línea. Creaban un patrón estilo tablero de damas (quincunx) de tres líneas de 10 manípulos cada una (1.200 hombres). Esta formación era conocida como Triplex Acies (triple línea de batalla).
También Surgieron nuevos tipos de soldados: Hastati, jóvenes con equipo ligero y armados con gladius (espada corta) y pilum (una jabalina pesada cuyo astil medía 1,35m). Los Príncipes eran hombres experimentados mejor protegidos, muchos con lorica hamata (armadura de cota de malla). Triarii se llamaban así a los veteranos de mayor rango económico y mejor equipamiento, que constituían la última línea. Por delante de todos actuaban los Velites, tropas ligeras de hostigamiento. Esta transformación hizo del ejército romano una fuerza más flexible y adaptable que las falanges tradicionales.
Gracias a esta organización, la legión podía reemplazar fácilmente las líneas fatigadas y adaptarse a distintas situaciones tácticas, manteniendo siempre la cohesión y efectividad del combate .
El historiador griego Polibio de Megalópolis (200-118 a.C.), en el Libro VI de sus Historias, elogia la estricta disciplina, la moral y la logística romanas. Dedica secciones enteras a describir la construcción metódica y estandarizada del campamento romano diario, un factor crucial para la seguridad y el orden del ejército en campaña.
3. La realidad del combate
3.1. Guerras Pírricas: Pirro vs. Roma
Los primeros tropas de Epiro eran irregulares tribales similares a los ilirios, pero para la época de Pirro (inicios del siglo III a. C.) el ejército se había transformado en una fuerza de estilo macedonio. Esta reforma pudo deberse al propio Pirro o a su predecesor Alejandro I de Epiro, quien fuera amigo y aliado de Filipo II de Macedonia, y su capacidad para emprender una expedición a Italia en 334 a.C. sugiere que contaba con una fuerza mejor organizada que las antiguas levas tribales (Head, 1982).
Cuando Pirro invadió Italia (280 a.C.), llevó: 23.000 infantes, 2.000 arqueros 500 honderos, 3.000 jinetes y 20 elefantes (cortesía de Ptolomeo Segundo). Su mejor infantería eran 5.000 macedonios (enviados por Ptolomeo Cerauno). La infantería nativa procedía de los Molosos, Caones, Tesprotos y de la ciudad de Ambracia. Además, mercenarios etolios, atamanos y acarnanios servían principalmente como jabalineros ligeros. La infantería luchaba en formación de falange macedónica. No existía un equivalente epirota a los hipaspistas. La caballería incluía un supuesto agema de 2.000 hombres, aunque esa cifra parece exagerada. También había caballería tesalia (probablemente unos 500) (Head, 1982).
Durante su campaña italiana este ejército iría evolucionando en composición. El núcleo inicial épiro-macedonio desaparecerá. Fue sustituido por una cada vez mayor proporción de mercenarios itálicos y helenos de la Magna Grecia. Su táctica también sufrirá cambios. Formarán líneas de batalla donde la falange era alternada con contingentes de infantería itálica (Anglim, Jestice, Rice, Rusch, Serrati, 2007).
La batalla de Heraclea (280 a.C.) fue el primer gran enfrentamiento entre Pirro de Epiro y Roma, en la llanura junto al río Siris. Publio Valerio Levino, cónsul romano en ese año, dirigía a las legiones. Pirro usó la falange macedónica y caballería para resistir el ataque inicial romano, mientras los romanos desplegaron sus legiones en orden disciplinado tras cruzar el río. Los dos ejércitos chocaron en formación cerrada, pero la llegada de los elefantes epirotas rompió las líneas romanas y causó la retirada de la caballería romana. Pirro aprovechó la confusión y lanzó el ataque final con su infantería pesada y caballería. Roma sufrió graves bajas, pero el ejército de Pirro quedó debilitado por la victoria. La táctica de Pirro combinó
defensa y ofensiva, mientras Roma intentó aprovechar la superioridad numérica y la disciplina legionaria. Pero Pirro no se llevó a engaño. Se dio cuenta que su victoria se había debido al efecto sorpresa causado por los elefantes y no volvería a producirse.
En Ásculo (279 a.C.), las líneas de infantería chocaron de nuevo: legión contra falange. Pirro luchó con apoyo de los tarentinos, griegos italiotas y pueblos oscos (samnitas, lucanos y brutios). Las fuentes antiguas que afirman que la alianza podía reunir cientos de miles de soldados son poco creíbles. Las cifras plausibles oscilan entre 40.000 y 70.000 infantes y hasta 10.000 jinetes.
La batalla duró hasta el anochecer sin que ningún bando pudiera sobreponerse al contrario. Durante el segundo día, los romanos atacaron con intención de romper el centro epirota pero la falange resistió. Esto dio tiempo a Pirro a lanzar sus elefantes.
Los paquidermos hundieron la línea romana. Abrieron brechas, las cuales fueron aprovechadas por la caballería helena. La cual, liderada por el propio Pirro, cabalgó para atacar el flanco romano, provocando la ruptura del ejército. Tras lo cual, los romanos se replegaron en orden hacia su campamento. Pirro se declaró vencedor, ya que el enemigo había abandonado el campo de batalla.
El último episodio bélico en suelo itálico tuvo lugar en la batalla de Beneventum (275 a.C.). En el choque de infanterías hay que destacar el desgaste en las tropas de Pirro por la marcha nocturna. Los descansados romanos lograron progresar en el ala derecha pero retrocedieron ante la falange en la izquierda.
La batalla acabó cuando los romanos, empleando una táctica antielefante que combinaba “cerdos en llamas” (cerdos cubiertos de materiales inflamables eran liberados lanzando chillidos agudos) y “munición incendiaria” (fuego en proyectiles), sembraron el terror entre los paquidermos epirotas. La estampida de los histéricos elefantes causó tal desorden y descontrol en ambos bandos que decidieron retirarse de la batalla. Los romanos a su campamento y Pirro a retaguardia.
Se replegó a Tarento y, falto de apoyos y recursos para reforzar su ejército, no le quedó otra alternativa que abandonar Italia. Regresó a Grecia con sólo 8.000 infantes y 500 jinetes. En 274-273 a. C. contrató 2.000 galos, dentro de un ejército mayor de 25.000 infantes,
2.000 jinetes y 24 elefantes, pero estos galos se ganaron el rechazo de los macedonios por saquear indiscriminadamente. Tras la muerte de Pirro, Epiro volvió a ser un poder menor.
3.2. Guerras Macedónicas
Las Guerras Macedónicas fueron una serie de cuatro conflictos entre Roma y Macedonia (además de otras potencias griegas), desarrollados entre 214 y 148 a. C. Durante la segunda, se produjo, en 197 a.C., la batalla de Cinoscéfalos. La falange y la legión volvían a enfrentarse. En esta ocasión, el campo de batalla presentaba un terreno irregular. Esto produjo un serio desorden en ambas fuerzas. No obstante, los macedonios por su formación más cerrada y compacta se vieron más afectados (Coca Tapia 2020).
La batalla tuvo su desenlace cuando el ataque romano desbarató la formación de los macedonios. Esto les permitió lanzar un ataque por retaguardia contra el centro y la derecha macedonia, destruyendo ambos flancos.
En esta ocasión no fueron los legionarios en combate frontal quienes superaron a la falange, ya que no lograron quebrar sus líneas. La victoria se debió al sistema manipular, cuya estructura abierta permitió concentrar reservas justo donde hacían falta. En particular, unos veinte manípulos de triarii fueron redirigidos para golpear la retaguardia del centro macedonio.
De forma irónica, al igual que en las campañas contra Pirro, los elefantes volvieron a desempeñar un papel decisivo, aunque esta vez al servicio de Roma.
El último episodio a analizar es la batalla de Pidna en el año 168 a. C. Tras casi tres décadas de paz e instigados por el rey Eumenes II de Pérgamo, los romanos declararon una nueva guerra contra la Macedonia de Perseo.
El inicio de la guerra no fue favorable a Roma. Problemas logísticos y de disciplina afectaron durante mucho tiempo a su ejército, permitiendo a Perseo conseguir dos victorias en 171 y 170 a.C. respectivamente. Tras fracasados intentos de paz, el Senado envió al cónsul Lucio Emilio Paulo con órdenes de arreglar la situación.
La batalla se inició con un ataque de los elefantes romanos contra el ala izquierda macedonia, dispersándola sin mucha complicación. Pero el día se iba a decidir en el choque de infantería en el centro, en el choque falange contra legión. Perseo había elegido un terreno llano para presentar batalla, donde su falange sería superior. En el consecuente enfrentamiento, los legionarios de Paulo tuvieron que hacer frente a diez sarissas con la única ayuda de su gladius y su scutum. La presión fue insoportable. La línea romana empezó a ceder terreno ante la victoriosa falange, que comenzó a avanzar (Anglim, Jestice, Rice, Rusch, Serrati, 2007).
Durante dicho avance, núcleos de resistencia formados por diversos manípulos provocaron que partes de la masa de tropas helenas perdieran su cohesión. Avanzaron algunas partes, quedando otras más rezagadas. Paulo ordenó a sus manípulos que atacaran estas brechas por las que muchos de sus soldados consiguieron entrar. Privados de su erizo defensivo, los falangitas quedaron a merced del soldado romano.
Lo que vino después fue una matanza, calculando el historiador Plutarco las perdidas del ejército de Perseo en 25.000 hombres. Muchos de ellos huyeron hasta el cercano mar y entraron en el agua. Allí intentaron rendirse a los comandantes de los barcos romanos, pero éstos enviaron a sus hombres en barcas para acabar con los vencidos, y los que volvieron a la playa fueron aplastados por los elefantes. Escipión Emiliano, hijo adolescente del cónsul y futuro destructor de Cartago, había desaparecido al terminar la batalla para congoja de su padre, pero reapareció con las ropas empapadas en la sangre de los caídos. Cuando los romanos cruzaron el Aeson al día siguiente, sus aguas aún estaban teñidas de rojo (Borja, 2023).
5. Conclusión general
Mientras que la falange helenística representaba el culmen del poder de choque y la disciplina colectiva, su rigidez táctica la hacía dependiente de condiciones perfectas.
La legión romana, más adaptable, modular y capaz de operar en distintos terrenos, demostró ser un sistema más resiliente, eficiente y adecuado para la guerra en el Mediterráneo diverso del siglo III-II a. C.
En las Guerras Pírricas, la falange logró victorias tácticas, pero no estratégicas. En las Guerras Macedónicas, la superioridad táctica y estratégica romana quedó completamente demostrada.
Bibliografía
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