top of page
  • Facebook
  • Instagram
Buscar

San Martín y los expertos que se tomaron la etiqueta

hace 1 minuto
3 min de lectura

Aquella tarde, los invitados estaban seguros de dos cosas: que entendían de vinos y que los europeos eran mejores. San Martín los escuchaba. Había preparado una pequeña maniobra, pero esta vez no necesitaría soldados. Le alcanzaban dos botellas.


La anécdota se atribuye a los recuerdos de Manuel de Olazábal, quien acompañó al Libertador. Entre los comensales estaban Antonio Arcos, antiguo compañero del Ejército de los Andes, y un visitante colombiano de apellido Mosquera.


Podemos imaginar la escena y recrear sus diálogos: una mesa en Mendoza, una conversación entre conocidos y un anfitrión dispuesto a divertirse un poco a costa de las certezas de sus invitados.


La charla había llegado a los vinos. Y, por lo visto, algunos tenían pocas dudas sobre la superioridad de los que venían de Europa.

—Aquí se hacen esfuerzos estimables —podría haber dicho uno—. Pero un buen vino español es otra cosa.


San Martín, que apreciaba los productos de la tierra cuyana, dejó que la conversación siguiera.

—¿Tan grande es la diferencia?

—Se reconoce enseguida, general.

—¿Con el primer trago?

—Con el primero alcanza.


Era una afirmación arriesgada para hacer delante de un hombre que sabía aprovechar los errores del adversario.


El general tenía vino mendocino y vino de Málaga. Pero había dispuesto un pequeño cambio: las etiquetas estaban intercambiadas. El español se presentaría como mendocino y el de Mendoza llegaría a la mesa con identidad europea.


Los invitados ignoraban ese detalle.


Llegó la primera botella.

—Vamos a empezar por el de Mendoza —anunció el anfitrión.


Se sirvieron las copas. Los comensales observaron el contenido con atención, lo probaron y buscaron las palabras adecuadas para expresar su juicio.


No parecían impresionados.

—Es un vino que puede tomarse…


Una pausa de esas que suelen anunciar una condena.

—Pero le falta.

—¿Qué le falta? —preguntó San Martín.

—Bueno… carácter. Algo que lo distinga.


Otro sorbo, otra mirada.

—No tiene la calidad de uno europeo.


El general escuchaba con una seriedad que seguramente le costaba mantener.

—De modo que no les convence.

—Para todos los días puede servir.


La sentencia estaba pronunciada. El vino mendocino había sido examinado y encontrado insuficiente.


Solo que era de Málaga.

Entonces llegó la segunda botella.

—Veamos ahora este español.


La disposición de los invitados cambió. Había llegado el momento de confirmar lo que venían explicando.


Probaron.

Esta vez aparecieron los elogios.

—Ahora sí.

—Se nota la diferencia.

—Esto es otra cosa, general.


San Martín pidió precisiones.

—¿Mejor que el anterior?

—Sin comparación.


Quizá alguno volvió a levantar la copa para contemplarla mejor. El vino había adquirido prestigio antes de tocarle los labios y cada nuevo sorbo parecía justificarlo.

—Aquí está lo que le faltaba al otro.


El anfitrión los dejó hablar. Cuanto más seguros estaban, más difícil iba a resultar la retirada.

Finalmente, llegó el momento de revelar la maniobra.

—Me alegra que les guste tanto el vino de Mendoza.


Los invitados lo miraron.

—El de Málaga, querrá decir.

—El que están tomando es mendocino.


Hubo un silencio.

Después, las miradas fueron de las copas a las botellas y de las botellas al general.

San Martín explicó el intercambio.


El vino al que le habían encontrado defectos era el español. El que acababan de elogiar con tanta convicción había sido producido en Mendoza.


Podemos imaginar a alguno buscando una salida:

—Bueno, general… las etiquetas…


Precisamente. Las etiquetas.


La broma había dejado al descubierto algo bastante más interesante que una preferencia por determinada bebida. Los invitados habían juzgado lo que creían estar tomando. El nombre de procedencia les había preparado el paladar.


San Martín conocía el valor de aquella tierra. Mendoza había aportado trabajo, recursos y sacrificios a la empresa libertadora. También producía cosas que merecían ser apreciadas por su calidad. Aquella mesa le ofrecía una ocasión para defenderlas con humor.


No hacía falta un discurso. Bastaba con dejar que los comensales hablaran y después mostrarles las botellas.


La historia conserva su gracia porque el hábito sigue siendo reconocible. A veces una marca, un apellido o un lugar de origen consiguen nuestra aprobación antes de que examinemos lo que tenemos delante. Y aquello que viene de cerca debe esforzarse el doble para recibir el mismo reconocimiento.


También nos permite acercarnos a un San Martín menos solemne. El hombre de las campañas difíciles podía disfrutar de una broma entre conocidos, preparar una sorpresa y esperar pacientemente el instante de descubrirla.


Los diálogos de esta recreación son imaginados. La picardía pertenece a la anécdota.

Aquella tarde, los invitados bebieron vino. Pero lo que se habían tragado era la etiqueta.


¿Te gustó este artículo?


 Si valorás mi trabajo y querés ayudarme a seguir investigando y escribiendo sobre nuestra historia, podés invitarme un cafecito. Con tu aporte me ayudás a continuar.  



Cada colaboración, por pequeña que sea, me ayuda a seguir creando nuevos contenidos. Muchas gracias por acompañarme.

 

Sumate GRATIS a nuestro canal de WhatsApp



 
 
 

Comentarios


¿Queres ser el primero en enterarte de los nuevos lanzamientos y promociones?

Serás el primero en enterarte de los lanzamientos

© 2025 Creado por Ignacio Arnaiz

bottom of page