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MIENTRAS HEZBOLÁ SE RECOMPONE, LOS HUTÍES PRESIONAN EL MAR ROJO

hace 5 minutos
5 min de lectura


¿Está Irán cambiando sus prioridades o aprovechando la iniciativa de un aliado que decide por sí mismo?


En Beirut, el cadáver todavía fuma.


Hezbolá perdió a Hassan Nasrallah y a buena parte de la confianza con que antes miraba hacia Israel. Conserva armas, hombres y poder político, pero necesita reconstruir mandos, asegurar recursos y aprender a moverse bajo una vigilancia que no le concede descanso.


En Yemen, entretanto, los hutíes avanzan. Sus ataques y su presencia sobre la costa del mar Rojo vuelven a poner bajo amenaza Bab el-Mandeb. Desde allí pueden inquietar a Arabia Saudita y obligar a barcos que vienen de medio mundo a preguntarse cuánto cuesta atravesar un estrecho. En septiembre de 2026, Naciones Unidas informó que avanzaban hacia esa vía y que habían capturado islas en el sur del mar Rojo.


¿Ha desplazado Irán su apuesta hacia los hutíes mientras Hezbolá se recompone? La pregunta merece hacerse. Para responderla hay que empezar por una dificultad: los hutíes son aliados de Irán, pero no son iraníes.


El parentesco y la diferencia


Los hutíes surgieron en el norte de Yemen, en un ambiente marcado por la tradición zaidí. Irán, en cambio, tiene como corriente predominante el chiísmo duodecimano. Ambas tradiciones reconocen una especial legitimidad a la familia del profeta Mahoma, pero difieren en la sucesión de los imanes y en sus desarrollos doctrinales y políticos.


Para los duodecimanos, la línea de autoridad religiosa pasa por doce imanes; el último, según su creencia, permanece oculto y regresará. El zaidismo reconoce otra línea de imanes y no comparte esa doctrina del duodécimo imán oculto. Hezbolá nació estrechamente ligado a la revolución iraní y a su liderazgo religioso. El movimiento hutí nació de conflictos religiosos y políticos yemeníes que no fueron creados en Teherán.


Esa distinción importa. Decir que todos son «chiíes» y dar por explicado su comportamiento sería como mirar a varios ejércitos, descubrir que todos usan fusiles y concluir que obedecen al mismo general.


Con el tiempo, Irán y los hutíes encontraron intereses comunes. Teherán podía presionar a sus rivales mediante un aliado situado junto a una ruta marítima crucial. Los hutíes podían fortalecer su posición en Yemen con apoyo exterior. La relación se hizo profunda; el apoyo iraní ha sido señalado reiteradamente en el Consejo de Seguridad. Pero compartir adversarios, recibir ayuda y coordinar acciones no equivale a obedecer todas las órdenes.


Los hutíes tienen territorio, jefes, combatientes, recursos y enemigos propios. Negocian y combaten por el futuro de Yemen. Una decisión conveniente para Irán puede resultarles demasiado costosa a ellos; una ofensiva útil para su guerra local puede complicar los cálculos iraníes. Una alianza no borra los intereses de quienes la integran.


El tiempo no corre igual para todos


En el artículo sobre Hezbolá escribí que su derrota no debía medirse como el final de una pelea de boxeo. Una organización capaz de sobrevivir en la clandestinidad puede retirarse, recomponer sus mandos y esperar. En su discurso religioso, el sacrificio y la paciencia tienen un lugar importante.


Pero sería un error convertir esa observación en una fórmula para explicar a todos los chiíes o a todo Oriente Medio. La espera de Hezbolá responde también a razones muy concretas: ha sufrido pérdidas, actúa dentro de un Líbano exhausto y puede pagar un precio enorme por una escalada. La cautela de Irán responde a sus propios riesgos. Los hutíes, por su parte, alternan ofensivas y pausas según su situación en Yemen y las oportunidades que encuentran fuera de él.


Para comprenderlos hay que mirar qué necesita cada actor, cuánto puede perder y cuánto tiempo cree poder esperar. Las elecciones occidentales y los titulares diarios no fijan por sí solos el ritmo de una guerra que esas organizaciones libran desde hace décadas. Tampoco la religión reemplaza el cálculo militar, el dinero o la política local.


Hezbolá puede necesitar tiempo para rehacerse. Los hutíes pueden considerar que este es el momento de avanzar. Irán puede beneficiarse de ambas cosas sin controlar por completo ninguna.


Dos estrechos, una factura mundial


Ormuz y Bab el-Mandeb son nombres que parecen sacados de un atlas escolar. En realidad, están escritos en el precio del combustible, en las pólizas de seguro y en la cuenta de cada empresa que debe mover una carga entre continentes.


Por Ormuz sale una parte enorme del petróleo del golfo Pérsico. Bab el-Mandeb conecta el golfo de Adén con el mar Rojo y la ruta hacia Suez. Como referencia anterior a las perturbaciones de 2026, por Ormuz pasaban alrededor de 21 millones de barriles diarios y por Bab el-Mandeb, entre 4 y 5 millones. Parte de los cargamentos atraviesa ambos pasos y los volúmenes cambian cuando los barcos modifican sus rutas.


La cifra correcta ya es suficientemente inquietante. Si una ruta se vuelve insegura, los barcos pueden desviarse, pero ese desvío consume tiempo y combustible. Suben los fletes y los seguros. Si además se restringe la salida por Ormuz, no se trata solo de dar una vuelta más larga: puede faltar petróleo disponible en los mercados. En 2026, la Administración de Información Energética de Estados Unidos registró cambios drásticos en los flujos por ambos estrechos.


Ahí reside el valor estratégico de los hutíes para Irán. No necesitan derrotar a una flota para causar un problema mundial. Les alcanza con mantener viva la posibilidad de un ataque. Cada capitán, aseguradora y comprador incorpora entonces ese riesgo a sus cuentas.


El aliado que puede decir que no


Hezbolá conserva para Irán una posición que los hutíes no pueden ocupar: está frente a Israel, inserto en la política libanesa y ligado a Teherán por una historia de organización, armas e ideología. Yemen ofrece otra ventaja: una fuerza capaz de proyectar presión sobre Arabia Saudita y el tráfico del mar Rojo.


Por eso mi hipótesis no es que Irán haya reemplazado a Hezbolá. Es que puede estar obteniendo de los hutíes una presión más inmediata mientras espera que Hezbolá recupere capacidad. La actividad visible de unos y el debilitamiento del otro hacen razonable la pregunta. Todavía no prueban que Teherán haya ordenado un traslado permanente de recursos y prioridades.


Hay, además, un límite que Irán debe conocer. Los hutíes no nacieron para resolver los problemas de la República Islámica. Quieren poder en Yemen y condiciones favorables frente a sus vecinos. Si esos objetivos coinciden con los de Teherán, la alianza funciona. Si se separan, aparecerá su autonomía.


En Beirut, el cadáver todavía fuma. En Yemen, el fuego se acerca a una de las puertas del comercio mundial.


Irán puede aprovechar las dos escenas. Lo que no puede suponerse es que sea dueño de todos los hombres que aparecen en ellas.


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