MUJERES CON ALMA DE PATRIA
- Roberto Arnaiz
- 6 abr
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 11 jul
La azotaron en público.
La ataron a un poste.
Le dieron latigazos hasta que la espalda no fue piel, sino memoria viva del castigo.
¿Su crimen?
Haber peleado por la patria.
María Remedios del Valle no lloró.
Y ahí, amigo, la historia gritó por primera vez con voz de mujer.
Porque hasta entonces, la mujer había sido un adorno de la moral, un eco apagado entre sotanas y vitrales.
Si uno piensa en la Colonia, no puede dejar de imaginarla encerrada en su sala, bordando resignación sobre el mismo bastidor donde se tejían las cadenas invisibles del dominio masculino.
Y no lo digo yo.
Lo dicen las calles vacías de mujeres.
Lo gritan los conventos llenos de niñas obligadas a ser santas.
Lo susurran los matrimonios entre los varones de treinta con niñas de quince y dote al hombro.
La sociedad colonial era un teatro.
Un decorado con púlpitos de fondo y guiones escritos en latín por varones con sotana.
Las leyes venían del medioevo —las Siete Partidas— y el director de escena era la Contrarreforma.
Ahí estaban el Rey, el Obispo, el Marido, el Padre.
Todos hombres.
Todos con poder.
Y las mujeres, decorado.
Obligadas a callar.
A parir. A rezar. A obedecer.
La Colonia fue una mala copia de España, con todo lo más férreo y menos humano de su tradición.
Porque donde España puso cruces, acá plantaron inquisidores.
El pensamiento distinto no se debatía: se quemaba.
El alma era propiedad del confesor.
El cuerpo, del padre.
El deseo, pecado.
Las mujeres blancas, si no eran esposas, eran monjas.
Las negras, mulatas e indias no tenían ni el derecho a la clausura: ellas trabajaban desde el amanecer hasta que el cansancio les rompía la espalda.
Vendían leche, hilaban velas, lavaban ropa ajena, cosían sin parar.
Y así, sin querer, tejían otra historia en las sombras.
El bastidor de la Colonia tenía un solo hilo: obedecer.
Pero entonces vino la revolución.Y cambió el color del hilo.
📅 1806.
Los ingleses desembarcan.
El Virrey tiembla.
El pueblo se alza.
Y las mujeres quedan con los hijos, los panes y las bombas.
📅 1810.
Cabildo abierto.
La revolución entra por las hendijas de las casas.
Y ahí estaban ellas.
Ya no bordando resignación.
Ahora bordaban futuro.
María Remedios del Valle no solo curaba.
Disparaba.Marchaba.Sufría.
Y cuando fue capturada, resistió los látigos como si cada latigazo fuera un acto de fe.
En el Alto Perú, cabalgó Juana Azurduy.
Paría en campaña.
Empuñaba el sable con el mismo brazo con que acunaba.
Mujer de guerra. Mujer de fuego.
En Buenos Aires, Petrona Rosende tejía letras como quien borda pólvora:“Nosotras hemos sido consideradas hasta hoy como una parte inútil de la sociedad”, escribió en La Aljaba.
Letra por letra, puntada por puntada.
En Salta, Macacha Güemes tenía más poder que muchos comandantes.
No solo organizaba tertulias: armaba la mejor red de inteligencia del país.
Las “bomberas”, mujeres disfrazadas de lavanderas y sirvientas, cruzaban líneas enemigas con mensajes, pólvora, mapas.
Nadie sospechaba.Y por eso eran letales.
Mientras Macacha tejía conspiraciones, en San Telmo Martina Céspedes hacía lo suyo: ofreció vino a tres soldados ingleses.
Los emborrachó.Los encerró.Y los entregó.
Sola.
En Mendoza, Ignacia del Carmen Álvarez, la coronela, armaba levas, organizaba víveres, reclutaba soldados.
Y en Buenos Aires, otra mujer: Mariquita Sánchez de Thompson.
Mientras otras bordaban manteles, ella bordaba ideas.
En su sala se cantó por primera vez el Himno Nacional.
Pero no fue solo una anfitriona.
Fue el oído agudo de la revolución.
Y su salón, un laboratorio de pensamiento.
Donde se tejían utopías y se discutían patrias.
Y estaban también las otras, las sin nombre, las sin bronce:
Las lavanderas afroargentinas, que en la orilla del río comentaban la guerra mientras fregaban sábanas ajenas.
Las lecheras, que con sus cántaros llevaban leche y noticias.
Las cigarreras, que hablaban de libertad entre tabaco y fuego.
Durante un instante, el orden patriarcal se resquebrajó.Y ellas entraron.
No como sombras.
No como costillas.
Como protagonistas.
Como cuerpo y alma de la patria.
Pero cuando la pólvora se apagó y los laureles empezaron a endurecerse en estatuas mudas, los varones les devolvieron el bastidor.
“Gracias por los servicios prestados”, dijeron.
Y les ordenaron bordar otra vez.
Esta vez, resignación.
Pero ya era tarde.
Ellas ya habían bordado otra cosa.
Hoy, si uno escarba en el suelo de la patria, encuentra sus uñas.
Marcando.
Sosteniendo.
Sangrando.
Resistiendo.
Ya no bordan resignación.
Ahora bordan memoria.
Cada puntada es un grito.
Cada hilo, una herida cerrada.
Cada aguja, una lanza contra el olvido.
Porque una patria que no nombra a sus mujeres, es una mentira bordada con hilo ajeno.
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Bibliografía
Las mujeres y las guerras de independencia en el Río de la Plata, de Dora Barrancos. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2010.
Juana Azurduy. La teniente coronela, de Pacho O'Donnell. Editorial Planeta, Buenos Aires, 2009.
La historia oculta de las mujeres en la independencia, de Felipe Pigna. Editorial Planeta, Buenos Aires, 2011.
María Remedios del Valle. La madre de la patria, de Gabriela Margall. Editorial Eduvim, Villa María, 2020.
Macacha y Juana: las hermanas Güemes, de María Sáenz Quesada. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2008.
Historia de mujeres en la Argentina, coord. Graciela Queirolo y Valeria Pita. Ediciones Biblos, Buenos Aires, 2012.

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