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Operativo Cóndor: la bandera que flameó contra el olvido

Actualizado: 11 jul


Eran las seis de la tarde del martes 27 de septiembre de 1966 cuando sonó el teléfono en la redacción de Crónica. Afuera, la ciudad rugía bajo el peso de la dictadura. Adentro, Héctor Ricardo García levantó el tubo sin saber que estaba a punto de escribir la crónica más peligrosa —y más gloriosa— de su vida.


Del otro lado del teléfono, una voz reconocible incluso antes de decir su nombre le proponía una cita urgente. Era Dardo Cabo, un joven dirigente nacionalista, exmilitante de Tacuara e hijo del sindicalista peronista Armando Cabo. La cita era en la confitería El Ciervo, en Callao y Corrientes.


García, veterano del oficio y sabueso del escándalo, no dudó. Cuando llegó, lo esperaban Cabo y Alejandro Giovenco, un joven de mirada filosa. Tras saludarse, Cabo le hizo una propuesta enigmática: "Le ofrezco una nota periodística muy importante. Pero si quiere saber de qué se trata, debe sacar un pasaje para el vuelo que sale esta medianoche a Río Gallegos".


Ante la negativa a dar más detalles, García aceptó. Su instinto le decía que no era una cobertura más. A las 0.34 del miércoles 28 de septiembre, abordó el vuelo AR-648 de Aerolíneas Argentinas sin saber que estaba a punto de cubrir la acción más audaz del nacionalismo argentino desde el siglo XIX.


En diciembre de 1965, el gobierno de Arturo Illia había conseguido la aprobación de la Resolución 2065 de la ONU, que instaba al Reino Unido a dialogar con Argentina sobre la soberanía de las Islas Malvinas. Para el historiador Federico Lorenz, autor de "Malvinas: una guerra argentina" (Edhasa, 2006), ese fue un punto de inflexión en la diplomacia argentina: por primera vez, el mundo reconocía el carácter colonial del conflicto.


Pero nueve meses más tarde, un golpe de Estado derrocaba a Illia y colocaba a Juan Carlos Onganía en la Casa Rosada. El nuevo régimen cerraba el Congreso, suspendía partidos políticos y congelaba las vías diplomáticas. En ese vacío, Dardo Cabo concibió una acción simbólica y audaz: desviar un avión a las Malvinas, izar la bandera argentina y reclamar la soberanía desde el corazón del territorio ocupado.


Cabo reunió a un grupo de 18 jóvenes nacionalistas, entre ellos Cristina Verrier, dramaturga y periodista; Pedro Bernardini, obrero metalúrgico; Luis Caprara, estudiante; y el propio Giovenco, quien años más tarde sería jefe militar de la CNU. Lo que los unía era una convicción inquebrantable y el deseo de sacudir el letargo de la dictadura.


Ironías de la historia: muchos de ellos terminarían enfrentados a muerte durante la década siguiente, devorados por la violencia interna que desgarró al movimiento peronista. Pero esa madrugada, todos compartían una única certeza: la patria necesitaba un gesto.


A las 7:27 de la mañana del 28 de septiembre, cuando el avión se encontraba entre Comodoro Rivadavia y Puerto San Julián, el comandante Ernesto Fernández comunicó a la torre: "Comandos a bordo toman aeronave. Solicitando rumbo 105 Malvinas para aterrizaje".

Según consta en los archivos de Aerolíneas Argentinas y en el testimonio del propio comandante, recopilado por el Instituto de Historia Aeronáutica, fue la primera vez que se secuestró un avión en el país.


En la cabina, Cabo se dirigió al piloto: "Somos dieciocho patriotas dispuestos a morir en el intento. Esta es una acción por la soberanía y el honor de la patria". Le entregaron las cartas de navegación, marcaron el rumbo y el avión puso proa al sur.


A las 8:42, el DC4 aterrizó en la pista ventosa de Puerto Stanley. Los comandos descendieron, rebautizaron el lugar como Puerto Rivero y clavaron la bandera celeste y blanca. En palabras del periodista Daniel Cecchini, quien investigó el hecho en profundidad, "el viento de la historia volvió a soplar sobre las islas ese día, trayendo consigo el eco de una patria que se negaba al olvido".


Las islas, quietas, parecían escuchar. Como si por un instante, la historia les hubiese devuelto el idioma perdido. Los isleños, sorprendidos, se acercaron al avión. Los jóvenes repartieron panfletos en inglés explicando que se trataba de una acción pacífica.


Algunos oficiales británicos fueron tomados como rehenes simbólicos. Desde la radio del avión transmitieron: "Operación Cóndor cumplida. Posición: Puerto Rivero. Sin novedades".


El sacerdote local, padre Rodolfo Roel, fue convocado. Dio misa a los comandos y albergó a los pasajeros civiles en la iglesia. Cristina Verrier, con su abrigo blanco sacudido por el viento austral, lloró en silencio al ver la bandera flamear. Escribiría años después que izar la bandera fue “como abrir el pecho y dejar salir a la patria contenida”.


Para ella, el Operativo Cóndor no fue un acto político: fue un poema con armas descargadas. Clavar la bandera en ese suelo no era solo un acto simbólico: era como sembrar la memoria en tierra prohibida. Un gesto que gritaba, sin disparar una sola bala.


A las seis de la tarde, los militantes se replegaron en el avión. Durante la madrugada del 29, un mensaje del gobernador británico Sir Cosmo Haskard les advirtió: "Están cercados. Si intentan salir, las fuerzas tienen orden de disparar".


La tensión se palpaba en el fuselaje helado. Deliberaron. A las cinco de la tarde del día siguiente, bajaron la bandera, la abrazaron y entonaron el Himno Nacional. El periodista Héctor Ricardo García, testigo presencial, escribió: "Los ingleses, con sus armas listas, observaban en silencio. No sabían si estaban viendo un acto político o una escena épica".


Mientras tanto, el gobierno argentino negociaba con discreción. La dictadura eligió la hipocresía: evitó el escándalo internacional, rescató a los jóvenes como héroes diplomáticos, pero los encerró como delincuentes. El episodio incomodaba. Pero también evidenciaba que, aunque los despachos callaran, la causa Malvinas seguía viva.


En Londres, el Daily Telegraph calificó el hecho como "una incursión al margen del derecho internacional". El Foreign Office emitió un comunicado condenando "la provocación argentina", evitando toda referencia al trasfondo colonial del conflicto.


Finalmente, los comandos fueron trasladados en la lancha Forrest hasta el buque argentino Bahía Buen Suceso, que los llevó a Ushuaia. Las penas judiciales fueron leves. La mayoría recibió nueve meses. Cabo, Giovenco y Rodríguez cumplieron tres años por tener antecedentes. Dardo y Cristina se casaron en la cárcel. Giovenco moriría años después manipulando una granada; Cabo sería asesinado por la dictadura en 1977.


Héctor Ricardo García, quien también fue brevemente detenido, logró comunicar por radio a Crónica lo ocurrido. Sus crónicas fueron publicadas en tres partes. Una de ellas llevó el título que aún hoy emociona: "Yo vi flamear la bandera argentina en las Malvinas".


García no fue un espectador: fue el traductor de la historia. Con su cámara, su libreta y su coraje, convirtió un acto aislado en una gesta popular. Aquella acción no cambió la geopolítica. Pero demostró que la soberanía no se grita solo en Naciones Unidas, sino que también se canta en voz baja, bajo un cielo helado, con el corazón en la boca.


En un gesto. En una bandera. En la decisión de un grupo de jóvenes que, con sus errores y sus contradicciones, se atrevieron a recordarle al mundo que las Malvinas son argentinas.


Ese día no se ganaron territorios. Pero se reconquistó algo más esquivo: el derecho a soñar con la patria de pie. Bajo un cielo austral, 18 jóvenes recordaron que la soberanía también se escribe con el viento, una bandera y el temblor de un corazón decidido.


Hoy, mientras las diplomacias se enredan y los discursos se enfrían, el recuerdo del Operativo Cóndor flamea con la misma fuerza que esa bandera de 1966. Porque hay gestos que no prescriben. Porque hay patrias que se escriben con valentía.


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Fuentes: Federico Lorenz, "Malvinas: una guerra argentina" (Edhasa, 2006); Daniel Cecchini, Infobae (2023); Diario Crónica, ediciones del 29 y 30 de septiembre de 1966; Archivo Histórico de Aerolíneas Argentinas; Instituto de Historia Oral de la Patagonia; Archivo Rodolfo Roel, entrevistas (1980); Daily Telegraph, edición 29/09/1966; Foreign Office Records, Kew Archives.



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