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Peinetones: el arte de llevar una catedral en la cabeza


Hubo un tiempo en que la moda no solo marcaba tendencia, sino también el equilibrio de las damas rioplatenses. En Buenos Aires y Montevideo, la elegancia se medía en centímetros de carey y marfil. ¿Un peinetón pequeño? Ridículo. ¿Uno modesto? Inaceptable. Aquí, la distinción se llevaba sobre la cabeza y, cuanto más alto el adorno, mayor el estatus.


Lo que empezó como una simple peineta para sujetar el cabello terminó convirtiéndose en una obsesión colectiva. Las porteñas no caminaban, flotaban como galeones de lujo, desafiando la física y la brisa del río. Y en este frenesí ornamental, dos mujeres encabezaban la batalla de la moda: Lucía María de los Ángeles Alvear en Buenos Aires y Dolores Méndez en Montevideo.


Lucía paseaba por la Plaza de la Victoria con un peinetón tan alto que los faroles coloniales parecían velas de cumpleaños a su lado. Desde la otra orilla, Dolores respondía con diseños de madera de jacarandá, más sobrios pero igual de imponentes. La rivalidad era sutil, elegante y feroz. En cartas cruzadas entre ambas ciudades, se desafiaban con ironía:


· "Querida Lucía, en Buenos Aires el arte del peinetón es majestuoso, aunque temo que pronto necesitaréis un andamio para sostenerlo."


· "Mi apreciada Dolores, vuestra sobriedad es encantadora, aunque dudo que en Montevideo comprendan la grandeza de ciertos detalles."


Pero si la vanidad no conoce límites, la lógica sí. La fiebre del peinetón trajo problemas prácticos que desafiaron la paciencia de las porteñas más refinadas. Subir a un carruaje se convirtió en un acto de equilibrio extremo. Un movimiento en falso y la dama quedaba en el suelo, su peinetón hecho escombros. En los salones, los techos debieron elevarse. En los bailes, el riesgo de que dos peinetones quedaran enredados en un torpe giro de vals era una amenaza real. El porte era cuestión de prestigio, pero la estabilidad física, de supervivencia.


Los fabricantes de estos prodigios, como Manuel Mateo Masculino López, hicieron fortunas tallando verdaderas catedrales de carey. Tanto creció la moda que, bajo el gobierno de Juan Manuel de Rosas, algunos peinetones llevaban su retrato, transformándolos en pequeños monumentos ambulantes de lealtad política. Ya no eran accesorios, eran estandartes.


Sin embargo, como todo exceso, el peinetón colapsó bajo su propio peso. Las nuevas tendencias europeas llegaron con su pragmatismo implacable. Lo que un día fue símbolo de distinción, al otro era un chiste de mal gusto. Las más previsoras reciclaron sus peinetones como pantallas de lámparas o abanicos de lujo.


Así terminó la era de los peinetones: un delirio ornamental, una batalla de egos y una prueba de que la vanidad no se mide en belleza, sino en centímetros de absurdo. No importaba cuánto doliera el cuello, ni cuánto viento arrastrara los cuerpos. Lo esencial era ser vista. Y en Buenos Aires y Montevideo, la moda nunca fue cuestión de comodidad, sino de supremacía.



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