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Rosario: donde la bandera flamea en el alma

Actualizado: 11 jul



Rosario no nació como las otras ciudades. No hubo acta fundacional, ni misa, ni virrey que le pusiera la mano en la frente y le dijera “vos vas a ser importante”. Nada de eso. Rosario nació como nacen los perros callejeros: con barro en los pies, un ojo abierto por si acaso, y el hambre masticándole las costillas. Se fue armando a golpes de carreta y a punta de coraje. Creció porque sí. Porque el río estaba ahí, porque las carretas paraban ahí, y porque siempre hay alguien que, aunque no tenga nada, decide quedarse y hacerlo todo.


A comienzos del siglo XVII, lo llamaban el Pago de los Arroyos. Era un paraje sin bautismo oficial, una posta clave entre Buenos Aires y Córdoba, en el trajinado Camino Real al Alto Perú. Por ahí pasaban comerciantes, soldados, evangelizadores y bandidos. Y en el medio del lodazal, las mujeres lavaban ropa en el río mientras los hombres levantaban ranchos con barro y promesas. Todo era provisorio, pero todo crecía.


En 1724, Santiago Montenegro instaló un molino. No lo sabían, pero estaban inaugurando el destino. Poco después, en torno a una capilla dedicada a la Virgen del Rosario —la misma advocación mariana que aún hoy da nombre a la ciudad—, se fue armando un caserío más firme. Así nació Rosario: sin pergaminos, sin padrinos, a pura terquedad y devoción.


Durante el siglo XVIII, los franciscanos atendían la zona para protegerla de las irrupciones indígenas. La tierra era dura, la vida también, pero la población no se achicaba. En 1823, recibió el título de Ilustre y Fiel Villa. Y fue recién el 5 de agosto de 1852, con el apoyo del general Urquiza, cuando se la declaró ciudad. Rosario ya era ciudad desde antes, pero necesitaba que alguien con uniforme lo reconociera.


El 27 de febrero de 1812, al amanecer, Manuel Belgrano izó por primera vez la bandera argentina en las barrancas rosarinas. No estaba autorizado por el gobierno. No pidió permiso. Simplemente la alzó. A su alrededor, un puñado de soldados tiritaban entre la niebla. Algunos estaban descalzos. El país todavía era un sueño, un borrador. Pero la bandera ya era una certeza.


Belgrano instaló dos baterías para proteger el paso del río: Independencia y Libertad. Rosario fue entonces muralla y símbolo. Desde entonces, la historia le debe esa imagen: una tela blanca y celeste agitándose sobre el Paraná, entre cañones y esperanza. Por eso Rosario es cuna de la bandera. Pero también es cuna de algo más profundo: el gesto de rebelarse con dignidad.


Y en ese gesto estuvo también Catalina Echeverría de Vidal, la mujer rosarina que bordó con sus propias manos la primera bandera argentina. No buscaba gloria. Solo entendía que la patria también se construye con aguja e hilo, con silencios que laten fuerte. En sus puntadas estaba todo: la esperanza, la entrega, la fe.


Después vinieron los años de fiebre. Rosario creció sin freno. El puerto bullía. Los inmigrantes bajaban de los barcos con los bolsillos vacíos y el alma llena de canciones. Italianos, españoles, irlandeses, vascos... Todos encontraron en Rosario una ciudad que no preguntaba de dónde venías, sino a dónde ibas. Se levantaron fábricas, sindicatos, imprentas, mercados. El ferrocarril le metió pulmones. El Paraná, poesía. Y las huelgas, músculo.


En tres ocasiones entre 1862 y 1873 se la propuso como capital federal. Pero Buenos Aires, como siempre, dijo no. Mitre y Sarmiento la vetaron. Rosario no tenía apellidos ilustres, ni palacios, ni Corte. Solo tenía obreros, artistas, soñadores, y un río marrón que no se dejaba domar. Era demasiado peligrosa para el poder.


Y entonces pasó lo inevitable:


Rosario empezó a parir genios. No uno. Decenas. Cientos. Fito Páez, que hizo del dolor una sinfonía. Antonio Berni, que pintó la miseria con el barro real de las villas. Fontanarrosa, que nos hizo reír hasta llorar y pensar sin solemnidad. Alberto Olmedo, el cómico más delirante y lúcido que haya dado el país. Libertad Lamarque, que cruzó el continente con su voz. Silvina Garré, que le puso melodía al coraje. Valeria Mazza, que triunfó como modelo en las grandes pasarelas del mundo.


Pero también nacieron en Rosario atletas con fuego en los pies y la frente alta. Messi, Di María, Mascherano, Icardi, Luciana Aymar, la mejor jugadora de hockey de todos los tiempos, ocho veces elegida la número uno del mundo, César Luis Menotti, Marcelo Bielsa. Todos distintos. Todos herederos de esa ciudad que te educa a no bajar los brazos aunque te nieguen el lugar.


También fue forjado en estas tierras Lisandro de la Torre. Fue senador, denunció los negociados con los frigoríficos ingleses y se enfrentó a la corrupción con una dignidad feroz. Cuando mataron a su compañero Bordabehere en el recinto, el país bajó la mirada. Lisandro no. Rosario tampoco. Pero tanta lucha contra molinos de viento, tanta traición, tanta sordera del poder lo fueron desgastando. Entró en una tristeza profunda, viendo cómo la impunidad triunfaba sobre la verdad. En 1939, se suicidó en su casa de Buenos Aires. No fue una derrota. Fue una advertencia. De esas que duelen hasta hoy.


Después vendría Hermes Binner, el primer gobernador socialista del país, que administró con decencia, sin escándalos, sin blindajes. Lo mismo Estévez Boero, lo mismo tantos otros que pasaron sin hacer ruido, pero dejaron huella.


Y ahí también nació Elpidio González, un hombre sin estridencias pero con una honestidad a prueba de balas. Fue vicepresidente de la Nación entre 1922 y 1928, y en vez de enriquecerse con el poder, terminó sus días vendiendo anillos de cobre para subsistir. Nunca se compró una casa, nunca se olvidó de dónde venía. Su renuncia a los privilegios no fue un gesto, fue una convicción. De esos que no hacen discursos, pero dan ejemplo. De esos que Rosario guarda en el alma.


Porque Rosario no educa obsecuentes. Educa personas que piensan con la cabeza, sienten con el pecho y, cuando es necesario, encienden una revolución.


En 1957, se inauguró el Monumento a la Bandera. Es una piedra colosal. Un coloso cívico. Un homenaje al emblema que Belgrano izó sin permiso. Pero también es un espejo. Allí se refleja la Rosario que fue y la que sigue siendo: una ciudad que no olvida que todo empezó con un gesto rebelde.


Y aunque el resto del país la mire de reojo o con desconfianza, Rosario no necesita aprobación. Su existencia es su mérito. Su gente, su argumento.


Porque Rosario surgió sin permiso. Porque se construyó con los que nadie quería. Porque no fue capital, pero fue madre. Porque no esperó, hizo. Porque gestó artistas, atletas, pensadores, obreros, líderes. Porque supo sufrir sin volverse amarga. Porque flamea sin viento. Y aunque el presente la golpee, Rosario no se arrodilla. Se reinventa. Se levanta. Se canta.


¿Querés ver dónde nació la bandera? Andá a Rosario.

¿Querés ver dónde sigue flameando? Mirá a su gente.


Ahí está. En cada canción que alguien canta con los dientes apretados.

En cada pibe que sueña con un gol desde el potrero.

En cada mujer que borda dignidad en el día a día.

En cada historia que no entra en los libros, pero que vibra como una bandera en carne viva.


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