"Somos como el Gallo: Frente a Frente con Nuestros Retos"
- Roberto Arnaiz
- 23 ene
- 3 Min. de lectura
En un corral cualquiera, un gallo orgulloso reinaba con la arrogancia de un emperador, convencido de que su canto era el eje del universo. Él estaba convencido de que su voz era lo único que mantenía al astro rey en el cielo. ¡Ah, qué poco sabía! Porque, como bien sabemos, la ignorancia es el refugio de los soberbios.
Un día apareció un gato. No cualquier gato, sino uno flaco y astuto, con las orejas cortadas por mil batallas callejeras y una mirada que reflejaba el instinto de quien ha sobrevivido a un mundo sin compasión. Era un sobreviviente, un maestro de las sombras, un depredador curtido en mil batallas que sabía cuándo atacar y cuándo esperar. Sus ojos, dos astillas de luz, calculaban cada movimiento del gallo.
El gallo, ajeno al peligro, cantó con su pecho inflado, como siempre. Mientras tanto, el gato, con movimientos precisos, acechaba desde las sombras. Sus garras relucían bajo la tenue luz, y su cuerpo, tenso como un arco, aguardaba el momento exacto para atacar. Por un instante, el gallo miró al gato y sintió algo desconocido: no era solo miedo, era la certeza de que su mundo estaba a punto de cambiar. Nunca había tenido que pelear por su vida, y por primera vez entendió lo frágil que era su reinado. Sus garras brillaron un instante antes de lanzarse sobre el gallo, que no sabía si enfrentarse o huir.
Pero en un destello de puro instinto, el gallo luchó. Su pico se agitaba frenético, buscando cualquier punto vulnerable, mientras sus alas batían con fuerza, levantando polvo y plumas en el aire. Sus patas, temblorosas pero decididas, arañaban el suelo en un intento desesperado de mantenerse firme. El gallo emitía sonidos guturales, un eco de miedo y rabia que parecía desafiar al gato a cada instante. No con elegancia, sino con el miedo desesperado de quien sabe que no tiene otra opción. Picoteó, batió las alas frenéticamente, y su canto se transformó en un grito de guerra. El gato, sorprendido por aquella resistencia inesperada, decidió que no valía la pena tanto esfuerzo por un almuerzo con plumas.
Magullado pero vivo, el gallo se quedó un momento en silencio, observando el corral con otros ojos. Aprendió dos lecciones aquel día: que el mundo puede ser cruel y que la belleza de su canto no lo protegía de los golpes. Pero también descubrió que en la lucha, incluso la más desesperada, se forja un nuevo tipo de fuerza: aquella que nace del coraje frente al miedo.
¿No te resulta familiar esta historia? A veces somos ese gallo, cómodos en nuestra zona de confort, creyendo que nuestro "canto" —nuestras habilidades, opiniones o logros— nos hace invencibles. Pero tarde o temprano llega el "gato": un problema inesperado, una crisis, o una competencia feroz que nos pone a prueba.
Cuando eso pasa, ¿te dejas devorar o luchas? Porque no se trata de ser el más fuerte ni el más brillante, sino de resistir. De batir tus alas y dar pelea, incluso cuando todo parece perdido.
Vivimos en un mundo lleno de gatos: desafíos, redes sociales que nos dicen que no somos suficientes, crisis que nos quieren arrasar. Pero lo que separa a quienes sobreviven de quienes se rinden no es el canto perfecto ni las plumas brillantes. Es el coraje. Es la voluntad de dar batalla, de mantenerse de pie.
Y cuando el gato de la vida te aceche, pregúntate: ¿Qué historia quieres que cuenten tus cicatrices? Porque no son solo marcas, son el mapa de tu valentía y la prueba de que sigues en pie.






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