Top Malo House: el infierno blanco donde se mide el alma de los hombres
- Roberto Arnaiz
- 2 abr
- 4 Min. de lectura
Tuve la fortuna de conocer al capitán José Vercesi durante nuestras jornadas como instructores del Curso de Comandos del Ejército Argentino. Compartimos noches largas, de esas en las que el frío se mete entre los huesos y sólo el mate caliente y la palabra franca logran sostener el alma. En esos silencios donde la camaradería se dice sin decirse, Vercesi me contó, con una mezcla de crudeza y pudor, lo que ocurrió en Top Malo House. No hablaba como quien relata una hazaña, sino como quien intenta soltar, aunque sea por un instante, una carga que lo acompaña desde hace décadas. Al escucharlo, sentí orgullo de pertenecer a esta raza de hombres que lo dan todo sin esperar nada, pero vi en él la humildad de los grandes, de aquellos que hacen simple lo imposible.
Mayo de 1982. El capitán Vercesi está en su casa, mirando la guerra por televisión. Ocho días después, la está respirando en carne viva. Comanda trece comandos argentinos en una misión de reconocimiento profundo. Mal equipados, sin aclimatación, sin conocer el terreno ni a muchos de sus hombres. Pero con algo más poderoso que cualquier entrenamiento: voluntad. Esa clase de voluntad que no se enseña. Se forja.
La orden: ocupar el Monte Simmons, el punto más alto de la Isla Soledad, para observar y transmitir movimientos británicos. Tal vez derribar algún helicóptero. En los papeles, una operación lógica. En el terreno, un infierno blanco. Nieve, viento, barro, ropa empapada, ponchos que en vez de abrigar empapan. Cruzan dos veces el arroyo Malo, de cincuenta metros de ancho. Varios ya muestran signos de congelamiento. Nadie se queja. Mienten el dolor como quien niega la fiebre antes de un combate.
Buscan refugio en un viejo puesto ovejero: Top Malo House. Una construcción precaria, de chapa y madera. Un cobijo mínimo, pero necesario. No pueden hacer fuego. Retuercen la ropa con las manos, en silencio. Duermen sin dormir. Sobreviven.
En la madrugada, cuando el alma es más frágil, Sbert —su amigo del alma— le habla de su familia. De lo que hará cuando regrese. De la vida después de la guerra. Hablan como hablan los hombres cuando no saben si volverán a hablar. Era su última conversación.
Al amanecer del 31, el silencio se rompe. Se oyen helicópteros. No se ven, pero se sienten. Desde la planta alta, el teniente Espinosa observa sombras, apunta y dispara. Grita: “¡Ahí vienen!”. No duda. Abre fuego. Su posición, elevada, lo convierte en blanco inmediato. Le disparan con todo: lanzagranadas, cohetes LAW, fusiles M16 con granadas de 40 mm. Uno de esos proyectiles le pega en el pecho, y detona las granadas que lleva. Muere destrozado. Pero ese sacrificio les regala segundos a los de abajo. Segundos que valen vidas.
Brun es alcanzado por la onda expansiva. Cae desde el primer piso. Se levanta ensangrentado, sin fusil, y combate con granadas y su pistola 9 mm. Es un infierno desatado en una casa de madera. Un combate cerrado, de cara al enemigo, a puro coraje. Pueden replegarse, pero eligen avanzar. Trece hombres contra veintitrés comandos británicos del Escuadrón de Montaña, entrenados durante ocho meses para ese tipo de combate. Los argentinos llevaban ocho días.
Sbert opera la ametralladora MAG. El arma con mayor poder de fuego. A su lado, como abastecedor, el teniente Martínez. Un oficial secundando a un suboficial. Porque el Turco no era cualquiera. Tenía don de mando, temple, cabeza. Cuando abre fuego, se convierte en objetivo prioritario. Un cohete impacta cerca. No hay sangre. No hay heridas externas. Pero algo dentro se rompe. Cuando lo levantan, su cuerpo está blando, desarmado. Como si le hubieran arrancado el alma. Vercesi llora sobre él. “¿Qué me hiciste, Turco?”, le grita. Porque lo eligió. Porque era su hermano de la guerra.
El combate dura lo que dura la eternidad cuando el tiempo se mide en balas. Treinta minutos. Tal vez cuarenta. Da igual. Cuando se agotan las municiones, Vercesi mira alrededor: varios heridos, algunos inconscientes, otros aún disparando. Ordena el alto al fuego. No por rendición. Por supervivencia. Porque no quería ver morir al último de sus hombres.
Los británicos aseguraron no haber tenido bajas. Pero quienes estuvieron ahí vieron tres bolsas negras cargadas en el helicóptero. Nadie compite con la muerte. Ni con las estadísticas. Se sabe a quién se le disparó, pero eso queda entre Dios y uno.
Top Malo House no fue una derrota. Fue una lección de honor. En condiciones desiguales, sin preparación, sin apoyo, trece hombres dieron batalla hasta el límite. Y eso no se entierra. Eso se escribe con sangre y con memoria.
Años después, el destino —ese guionista cruel y brillante— cerró un círculo imposible. La hija de Vercesi, antimilitar por convicción, se enamoró de Maximiliano, el hijo de Sbert. De ese amor nació Tatiana. Una niña que lleva la sangre del capitán y la del suboficial. Dos amigos, dos hermanos, unidos por el fuego y la vida.
Hoy, mientras el tiempo pasa y la sociedad olvida, Vercesi sigue listo. No por nostalgia. Por lealtad. Porque si la patria —aunque no lo merezca— vuelve a llamarlo, él responderá. Como lo hizo aquel 31 de mayo, cuando el barro, el fuego, la muerte y la memoria quedaron grabados para siempre en una casa perdida en las islas.
Porque hay batallas que no se ganan ni se pierden. Se graban. Se graban en la historia. En el corazón de los que estuvieron. En la mirada de quienes escuchamos. Y en la sangre de una nieta que lleva consigo la memoria de los que hicieron lo imposible.

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