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Andresito Guacurarí: el general guaraní que la Historia quiso dejar sin nombre


No llegó montado en discursos ni entró a la Historia por la puerta principal. No traía apellidos ilustres ni padrinos porteños. Llegó desde la frontera húmeda, desde la tierra roja que mancha para siempre, desde un mundo donde mandar no era un privilegio sino una necesidad. Andresito Guacurarí apareció cuando la Patria todavía era un territorio en disputa y no una idea cerrada. Y apareció para incomodar.


No fue un héroe cómodo. Fue un hombre peligroso para su tiempo. Un guaraní que no pidió permiso, que aprendió a mandar sin pedir disculpas y que entendió antes que muchos que la independencia no servía de nada si cambiaba de amo pero no de lógica. General, caudillo, gobernador y guerrero, Andresito fue todo eso al mismo tiempo. Y por eso mismo, resultó inadmisible para cualquier aristócrata de escritorio.


Porque en el fondo, el problema no fue que peleara. El problema fue que mandara. Que gobernara. Que organizara un territorio. Que hiciera política. Que un hombre nacido en la reducción, en Santo Tomé, pudiera mirarle los ojos a un imperio y decirle: de acá no pasás. Eso no se perdona. La Historia oficial lo tolera si es indio útil, si muere rápido, si sirve de decoración exótica. Pero un indio general, un guaraní con mando real, un comandante que firma como Artigas y arma su provincia como si fuese dueño de su destino: eso es dinamita.


Hasta el apellido parece una trampa. Guaçurarí, Guasurarí, Guazurarí, Guacurarí. En los papeles aparece con variantes como si la tinta misma dudara. Y no es casualidad: cuando el poder no entiende a alguien, lo primero que hace es deformarlo. Le cambia el nombre, lo castellaniza, lo vuelve error, lo convierte en confusión. Así empieza el olvido: con una letra mal puesta.


En guaraní, dicen, guasú rari sería algo así como venado arisco. Y hay apellidos que parecen profecías. Venado grande y arisco: un animal que no se doma, que se escapa, que no acepta correa. Andresito fue eso: un venado arisco en un país que ya aprendía a poner bozales.


Nació el 30 de noviembre de 1778, en Santo Tomé, cuando todavía las Misiones no eran postal turística sino frontera viva. La región era un golpe de humedad, un verde infinito y un pasado jesuítico que todavía latía en las paredes. Allí, entre el eco de las campanas y el rumor de la selva, creció un guaraní que terminaría siendo general en una época en la que el color de la piel y el origen social valían más que el coraje.


Si uno quiere entender a Andresito, tiene que mirar a Artigas. No al Artigas de bronce, sino al de carne y barro: el caudillo oriental que entendió que la libertad no podía ser un negocio de minorías. Artigas lo apadrinó y lo adoptó como hijo. Ese gesto, que hoy se lee como anécdota sentimental, fue en su tiempo una bomba política. Adoptar a un guaraní y permitirle firmar Andrés Artigas era decirle al mundo que los de abajo también mandan. Era abrirle la puerta de la oficialidad a quien debía quedarse en la cocina del sistema. Y desde ese momento, la vida de Andresito se convirtió en una marcha a contramano del orden.


En 1811 se sumó al intento de Manuel Belgrano en la expedición al Paraguay. Fue un inicio de guerra grande: la guerra de la Independencia. Pero después, cuando Belgrano fue desplazado y apareció el centralismo con sus uniformes limpios y su desprecio por la periferia, Andresito eligió. Se fue con los federales. Con Artigas. Con los pueblos.


Misiones, en aquellos años, no era una postal verde. Era un campo de batalla brutal. Entre el interés paraguayo, el avance lusobrasileño y la indiferencia porteña, la región era un animal herido. Y allí entró Andresito como un cuchillo. Hacia fines de 1812 desalojó a tropas paraguayas que ocupaban Candelaria. Para muchos, eso sería un detalle; para él era una advertencia: Misiones no era botín de nadie.


La invasión lusobrasileña avanzó como una bestia disciplinada. No venían con discursos: venían con fuego. Querían el territorio, los puertos, el paso hacia el Atlántico. Querían Misiones como se quiere un recurso. En 1815 Andresito los venció en Candelaria. Después liberó Santa Ana, San Ignacio Miní, Corpus. Nombres que hoy suenan a excursión escolar y que entonces significaban trincheras, saqueo, familias rotas.


En 1816 cruzó el Uruguay, volvió a derrotarlos y recuperó parte de las Misiones Orientales. Ganó en Rincón de la Cruz y hasta puso sitio a su ciudad natal. Mientras el enemigo destruía, él fundaba. En 1817 creó una nueva capital misionera en el Miriñay, organizó el territorio y volvió a vencer a Francisco das Chagas Santos en Apóstoles. No fue solo un guerrero: fue un constructor de soberanía.


Entre 1818 y 1819 marchó sobre Corrientes, expulsó a los unitarios y repuso autoridades con dos mil guaraníes y una flotilla improvisada. Gobernó. Impulsó reparto de tierras. Liberó esclavos aborígenes y negros. Practicó un federalismo real, incómodo, concreto. Y por eso quedó solo.


La derrota llegó en Itacurubí, en junio de 1819. Tropas frescas brasileñas aplastaron a su ejército agotado. Muchos murieron. Andresito intentó reorganizarse, pero fue capturado al cruzar el Uruguay. Lo enviaron envuelto en un cuero crudo que al secarse le apretaba el cuerpo. De general a bulto. De comandante a mensaje de escarmiento.


Pasó por prisiones hasta terminar en la Isla de las Cobras, en Río de Janeiro. Allí se perdió su rastro. Se cree que murió entre 1821 y 1825. Sin tumba. Sin bandera. Mientras tanto se firmaban tratados, se entregaban territorios y se desmantelaba el proyecto federal. Artigas partía al exilio y Buenos Aires consolidaba su poder.


Con los años llegaron los homenajes, las leyes, las estatuas, los nombres de calles. Pero el cuerpo nunca volvió. Como si la historia todavía no supiera dónde ponerlo. Andresito quedó flotando en la memoria, como una pregunta sin cerrar.


Fue el venado arisco. Grande y libre. Un general guaraní que demostró que la patria pudo haber sido otra cosa: más mestiza, más justa, más federal. Por eso molesta todavía. Porque recuerda que la soberanía no se declama. Se defiende. Y porque obliga a preguntarse cuántos Andresitos quedaron enterrados bajo la tierra roja sin que nadie escribiera su nombre.

 

Bibliografía:

 

Andresito Guacurarí y la provincia de Misiones – Ernesto J. A. Maeder – Editorial Universitaria – 1975 – Posadas

Artigas y su hijo indígena Andresito – Norberto Galasso – Ediciones del Pensamiento Nacional – 2008 – Buenos Aires

José Gervasio Artigas – Washington Reyes Abadie – Ediciones de la Banda Oriental – 1984 – Montevideo

La guerra en el nordeste argentino – Tulio Halperín Donghi – Sudamericana – 1982 – Buenos Aires

Las Misiones guaraníes – Bartomeu Melià – CEADUC – 1994 – Asunción

El federalismo en el Río de la Plata – José María Rosa – Peña Lillo – 1972 – Buenos Aires

Historia de la Nación Argentina – Academia Nacional de la Historia – Planeta – 2001 – Buenos Aires

La invasión portuguesa al Río de la Plata – Carlos Machado – Biblioteca Artigas – 1967 – Montevideo

Los pueblos guaraníes y la independencia – Branislava Susnik – Museo Etnográfico Andrés Barbero – 1983 – Asunción

Historia de Misiones – Ramón Ayala – Ediciones Montoya – 1991 – Posadas



 
 
 

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