La Flota de Mar y el ruido del agua negra
- Roberto Arnaiz
- hace 2 días
- 3 Min. de lectura
Malvinas, 1982
Todo empezó lejos del estruendo, como empiezan las tragedias de verdad. En una isla barrida por el viento —San Pedro, Georgias del Sur— unos obreros argentinos cortaban hierro viejo, restos de una ballenera muerta. Chatarra y óxido. Pero el Imperio, que ve mapas donde otros ven frío, gritó “ilegal”. La diplomacia se sentó a conversar y no dijo nada. Cuando las palabras se agotaron, apareció la orden. Apurada. Torpe. Irrevocable.
La Junta decidió recuperar las islas. No con sangre —decían—, sino con sorpresa. Y le cargaron la tarea a la Armada. Como quien tira una moneda al mar y espera que vuelva.
En marzo del ’82, la Flota de Mar empezó a moverse. No con fanfarria, sino con ese silencio espeso que precede a las malas noticias. Buques que largaban amarras como hombres que se despiden sin saberlo. Grupos de tareas armándose con lo que había: acero cansado, tripulaciones jóvenes, convicción y miedo bien guardado.
El 2 de abril llegó la Operación Rosario. El desembarco fue limpio, quirúrgico, casi irreal. Fuerzas especiales entrando de noche, destructores guiando sombras, helicópteros cortando el aire bajo. Puerto Argentino cayó sin tiros. Por un instante breve —demasiado breve— pareció que la historia iba a tener piedad.
Pero el mar no perdona ilusiones.
El portaaviones 25 de Mayo se convirtió en un ojo flotante. Desde su cubierta despegaron aviones viejos con pilotos nuevos, helicópteros que buscaban submarinos como quien tantea un pozo negro. Patrullas, vigilancia, espera. Esperar también es combatir, aunque no salga en los partes.
Mientras tanto, los destructores y corbetas patrullaban un océano que ya no era neutro. Cada radar encendido era una provocación. Cada silencio, una amenaza. En tierra, los soldados empezaban a entender el clima, la turba, el aislamiento. Y también la hostilidad muda de algunos isleños, que miraban sin hablar, como si ya supieran el final.
El 1° de mayo, los ingleses rompieron el aire. Bombas sobre el aeropuerto, fuego sobre Darwin. La guerra, ahora sí, había llegado.
Al día siguiente, el mar se tragó un país entero.
El General Belgrano navegaba fuera de la zona de exclusión. Viejo, pesado, lleno de hombres. A las 16:02, un submarino invisible decidió que eso no importaba. Tres torpedos salieron de la nada. Dos dieron en el blanco. Uno destrozó máquinas. Otro abrió la proa como una herida. El barco se inclinó, crujió, se rindió al agua.
A las 16:23 ordenaron abandonar. Media hora después, el crucero desapareció.
No hubo épica. Hubo frío. Balsas que se alejaban solas. Hombres mojados esperando que alguien los encuentre. Vientos que empujaban el miedo. De 1.093 tripulantes, 323 quedaron para siempre abajo. El resto fue rescatado por buques que llegaron a contrarreloj, guiados por un avión que buscaba señales mínimas en un océano enorme.
Cuando la noticia llegó al continente, el ruido se apagó. Las calles se llenaron de silencio. Las madres aprendieron un idioma nuevo: el de esperar listas. El país entendió que la guerra no era un noticiero.
Desde entonces, nada fue igual.
Pero la Armada siguió.
Buques hospital navegando sin armas, con vendas y morfina. El Bahía Paraíso convertido en sala de guardia flotante. El Irízar, rompehielos acostumbrado al hielo, cargando camillas en lugar de ciencia. Luces rojas, helicópteros que entraban y salían, sangre mezclada con agua salada.
Y también los pequeños. Los que no salen en los libros.
El Alférez Sobral, patrullero mínimo, fue atacado de noche. Un misil le voló el puente. Murió su comandante y varios hombres. El barco quedó herido, pero no se hundió. Uno de los tripulantes, con el cuerpo roto, trepó al mástil y levantó una bandera improvisada. No para rendirse. Para existir.
Las corbetas patrullaron hasta el límite. Transporte, logística, escolta. Los buques mercantes hicieron viajes que no les correspondían. Sin armas, sin defensa. Llevando comida, combustible, hombres. Un cordón frágil entre el continente y la intemperie.
Setenta unidades navales. Más de cuatro mil hombres embarcados. Casi cuatrocientos muertos. Números fríos que no cuentan las noches sin dormir, los silencios, el olor a gasoil y miedo.
El 14 de junio, la rendición. La bandera bajó en Puerto Argentino. En el mar, no hubo ceremonia. Solo barcos volviendo con menos gente.
La Flota regresó distinta. No victoriosa. Pero íntegra.
Porque hay derrotas que no destruyen. Enseñan.
Hoy no hay cruces en el Atlántico Sur. No se ven tumbas. Pero hay algo peor: memoria. Y la memoria no se oxida. Se mete en los huesos, en los mástiles, en las cubiertas barridas por el viento.
Dicen que de noche, cuando sopla el sur, el mar devuelve sonidos. Hélices que no están. Pasos en cubierta. Voces que llaman.
No es superstición.
Es historia.
Y la historia, cuando no se la escucha, vuelve a golpear.






Comentarios