LUIS PUGA: EL AVIADOR QUE VOLVIÓ DEL INFIERNO
- Roberto Arnaiz
- hace 4 días
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El 24 de mayo de 1982 no fue un día cualquiera para el entonces teniente Luis Puga. Fue el día en que nació por segunda vez. A bordo de su Mirage M5 Dagger, como parte de una escuadrilla enviada a interceptar buques británicos en las costas de las Malvinas, fue alcanzado por un misil lanzado desde un Harrier británico. Lo que siguió fue una odisea que pondría a prueba no solo su entrenamiento, sino su espíritu.
La misión de ese día formaba parte de los ataques contra la flota británica en la Bahía San Carlos. El objetivo era impedir el avance del desembarco enemigo. La zona estaba fuertemente defendida por buques equipados con misiles Sea Dart y por cazas Harrier con radar de seguimiento. Volar allí era, casi literalmente, una sentencia de muerte.
Puga, por entonces de 34 años, se había presentado voluntario para combatir. Había pedido reincorporarse tras una breve pausa en su actividad como aviador, luego de haber estado temporalmente fuera de servicio por razones personales, y se había hecho cargo del tercer escuadrón Dagger. Tras una readaptación veloz, comenzó a participar en misiones desde el 1.º de mayo, reemplazando a pilotos que habían sido derribados.
El 21 de mayo había sido brutal: seis aviones habían partido y solo tres regresaron. El 24, otra vez, seis pilotos salieron al combate. Durante esa acción, Puga vio cómo el avión de su compañero y amigo Carlos Castillo explotaba al ser alcanzado por un misil enemigo. El impacto emocional fue inmediato, pero el combate no permitía distracciones. Volaban a menos de diez metros del mar, a más de 900 km/h. Supo entonces que podía ser el siguiente. Soltó sus bombas inertes al mar y, cuando intentaba eyectarse, sintió el impacto en la cola de su Dagger. El velocímetro cayó bruscamente. El instinto de supervivencia se activó. Se eyectó. Cayó en el mar.
Al tirar de la palanca de eyección, su cuerpo fue lanzado como una flecha hacia el cielo gris. En esos segundos suspendidos entre el fuego y el agua, Puga no pensó en la guerra: pensó en sobrevivir. El Dagger, una versión israelí del Mirage V, era veloz, pero carecía de radar y de capacidad para detectar a los Harrier, que contaban con misiles de seguimiento y mayor maniobrabilidad en combates cerrados. El piloto argentino dependía casi exclusivamente de su pericia.
Las aguas estaban heladas, con temperaturas entre los 6 y 7 grados centígrados, capaces de provocar hipotermia en cuestión de minutos. El mar embravecido levantaba olas de hasta dos metros, y la espuma golpeaba con violencia. Al abrirse el paracaídas, Puga quedó enredado. Mientras luchaba por liberarse, recordó un principio aprendido en la escuela de vuelo: «Ante una emergencia, parar y pensar». Contuvo el pánico, controló la respiración y logró salir a flote.
Llevaba un traje de vuelo estándar, sin protección antiexposición, lo que limitaba severamente su resistencia al frío. Tenía un chaleco de supervivencia, algunos elementos de flotación y una pequeña ración de emergencia. Aun así, comenzó a nadar. Se orientó según la última imagen que conservaba del combate: «Vi que los aviones escapaban hacia el oeste; entonces supe que las islas estaban al sur». El sol, ya bajo, le sirvió como referencia.
Nadó con brazadas lentas pero constantes. No podía permitirse detenerse. Calcula que nadó entre ocho y diez horas, con el cuerpo entumecido, los músculos rígidos y las manos casi sin sensibilidad. Avanzaba por instinto, aferrado a una sola idea: vivir.
Había pasado del estruendo de los misiles al silencio absoluto, apenas interrumpido por su respiración y el golpe del agua helada. Todo era azul. Todo era frío. Todo era incertidumbre. Al atardecer, divisó una línea oscura en el horizonte. Era tierra. Esa visión marcó un quiebre: se permitió ilusionarse. El mar no lo vencería.
Con las últimas fuerzas, alcanzó la costa. El frío era insoportable, pero sabía que quedarse quieto podía ser letal. Caminó. Caminó durante horas. El cuerpo no respondía, pero la mente lo empujaba. Tenía que moverse para no congelarse.
Durante la noche del 24, cada paso fue una batalla. El uniforme empapado se había endurecido y el viento castigaba sin piedad. Comenzó a alucinar. Por momentos creyó ver figuras, escuchar voces. Recordó a su hijo de siete años, a quien le había dicho antes de partir: «Sos el hombre de la casa». Esa frase lo atravesó como un golpe. Lloró en silencio. Y siguió.
Al amanecer del 25 de mayo, exhausto, sin noción precisa del tiempo ni del espacio, divisó una figura en movimiento. Dudó si era real. Se acercó. Era un soldado argentino que revisaba restos de aviones derribados. Puga no sabía si lo que veía era real o fruto del delirio. El soldado lo miró con sorpresa y preguntó:—¿Mirage?
Esa palabra fue un ancla. Puga se desplomó. Lloró como un niño. El soldado comprendió de inmediato la situación. Le ofreció un poco de coñac y un sugus que llevaba en el bolsillo. Usó su propio chaleco de supervivencia para improvisarle un apoyo y lo recostó con cuidado, abrigándolo con lo que tenía. Luego salió a buscar ayuda.
Antes de irse, lo abrazó con fuerza y le dijo:
—Tranquilo, capitán… ya está, ya pasó.
En ese gesto simple se condensó todo lo que la guerra no pudo arrebatar: la compasión. Luis Puga estaba a salvo. Había regresado del infierno.
El piloto que se había enamorado del aire a los once años, mientras cabalgaba en Salta entre los bosques donde su padre trabajaba como ingeniero forestal, había sobrevivido. Había estudiado en Mendoza, en un colegio jesuita, luego en el Liceo Militar de Córdoba, y se había convertido en aviador a los veinte. Tras su paso por España, había invertido con su hermana en una forestal en Salta. El campo fue siempre su otro amor. Allí volvió tras la guerra.
En la posguerra fue presidente de la Cámara Argentina de Certificadoras de Alimentos, Productos Orgánicos y Afines (CACER), emprendió proyectos tecnológicos para tambos y aprendió a disfrutar de los nietos, la lectura y el golf. Su comida favorita es la milanesa con papas fritas; su postre ideal, el vigilante. Evita el pescado. No porque no le guste, dice con ironía, sino porque le trae recuerdos. Sufre alergia al mar.
Nunca tuvo pesadillas. Pero llora al recordar. Sobre todo al evocar aquella frase que le dijo a su hijo antes de partir:
—Fue de macho, de irresponsable. Me carcomió por dentro. Pero también fue una de las fuerzas que me hicieron volver.
Luis Puga es un testigo vivo de una historia de arrojo, entrega y humanidad. Su voz, serena y reflexiva, recuerda que la guerra no es gloria ni venganza. Es memoria, dolor y aprendizaje. Que el odio no sirve. Que el futuro está en la dignidad.
Y que aquel 24 de mayo, entre el rugido de los motores y el silencio del mar helado, un argentino nadó durante horas con la patria a cuestas.
Y volvió.
Porque quien mira a la muerte de frente y sigue caminando, ya ha vencido.






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