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¿Quién recuerda que también hubo una guerra en el cielo?


¿Cuántos, al hablar de Malvinas, evocan el Atlántico embravecido, los acantilados helados, las trincheras cavadas en la turba, pero olvidan mirar hacia arriba? Allá arriba, donde no había pozos ni refugios, donde no existía la noche segura ni el silencio protector, otros combatían sin tierra bajo los pies. Combatían en el aire, solos, encerrados en una cabina angosta, con el corazón latiendo más fuerte que el motor y la muerte acechando en forma de misil.


Porque el cielo fue también un campo de batalla. Y no uno cualquiera: fue el más cruel. Allí no había repliegue posible. No se retrocede en el aire. No se pide tregua a diez mil metros de altura. Allí, en ese espacio azul y traicionero, hombres jóvenes de la Fuerza Aérea Argentina escribieron, con fuego y coraje, una de las páginas más conmovedoras —y menos contadas— de nuestra historia.


Mientras el mar se tragaba al ARA General Belgrano y el viento austral empujaba la Task Force británica hacia las islas, en el aire se libraba otra guerra. Una guerra silenciosa, fugaz, letal. Los aviones argentinos cruzaban como cuchilladas, volando rasante sobre las olas para engañar a los radares enemigos. Era una danza suicida entre lo imposible y lo necesario. No se trataba de ganar: se trataba de cumplir.


El piloto de combate argentino fue, quizá, el soldado más solo de toda la contienda. Anónimo tras el visor del casco, sin rostro para la historia oficial, volaba con la certeza íntima de que cada despegue podía ser el último. No tenía trinchera donde cubrirse. No había un compañero al lado ni una pared que lo protegiera del misil que ya lo estaba buscando. Solo tenía su avión, su temple y una bandera cosida al pecho.


El cielo, lejos de ser abrigo, era una amenaza constante. Cada nube podía ocultar un Harrier. Cada destello podía ser un Sidewinder. Cada segundo contaba. En ese espacio hostil, cada misión era un acto de fe: fe en una máquina cansada, en una táctica improvisada, en una suerte que casi nunca estaba del lado argentino.


En 1982, muchos tenientes y alféreces de la Fuerza Aérea apenas superaban los veinticinco años. Algunos eran recién egresados. Habían soñado con volar en tiempos de paz, con ejercicios y desfiles, con cielos abiertos y aterrizajes prolijos. Pero la historia los empujó de golpe a la guerra real, sin prólogo ni ensayo. Aprendieron a combatir combatiendo. Entrenaron a contrarreloj. Practicaron vuelos rasantes con mapas extendidos sobre bidones de combustible. Ajustaron tácticas con lo que había. Y salieron igual.


El enemigo era una potencia nuclear, con una de las flotas más poderosas del mundo. Portaaviones, submarinos atómicos, aviones de despegue vertical, misiles de última generación, inteligencia satelital y respaldo tecnológico extranjero. Del otro lado estaban los nuestros: A-4 Skyhawk veteranos de otra guerra, Mirage sin reabastecimiento en vuelo, Dagger sin radar moderno, Pucará pensados para la selva que ahora rugían sobre el mar helado.


No había equilibrio posible. No había igualdad de condiciones. El coraje no fue una opción heroica: fue el único combustible disponible cuando todo lo demás escaseaba.


Antes del conflicto, el estado del material aéreo argentino distaba de ser ideal. Eran aviones nobles, sí, pero viejos. Estructuras fatigadas, sistemas limitados, armamento contado. Los Mirage eran veloces pero de alcance corto. Los Skyhawk, ágiles y resistentes, se transformaron en los verdaderos caballos de batalla, regresando muchas veces perforados, humeantes, casi vivos. Los Dagger atacaban con potencia, pero a ciegas. Y los Pucará, desde pistas improvisadas sobre la turba, resistían como animales heridos que no abandonan su terreno.


Frente a ellos, los Sea Harrier volaban con misiles AIM-9L capaces de matar desde cualquier ángulo. La diferencia tecnológica era brutal. Y aun así, los nuestros volaron.


Volaron sabiendo que la matemática estaba en contra. Volaron con combustible justo, con bombas que a veces no explotaban, con aviones que pedían descanso y no lo tendrían jamás. Volaron porque alguien tenía que hacerlo. Porque cada ataque retrasaba un desembarco. Porque cada bomba lanzada ganaba minutos. Y en una guerra, a veces, los minutos salvan vidas.


Hay una imagen que resume todo: un avión argentino lanzándose sobre un destructor británico mientras los misiles ascienden para interceptarlo. El piloto lo sabe. Sabe que puede morir. Pero también sabe que si impacta, aunque sea una vez, habrá cumplido. Y cumple. No por gloria. No por medallas. Cumple por deber.


Muchos no volvieron. Quedaron para siempre suspendidos en ese cielo gris del Atlántico Sur. Sin tumba. Sin despedida. Sin aplausos inmediatos. Durante años, sus nombres se dijeron en voz baja, como si el país no supiera qué hacer con ese heroísmo incómodo que no entraba en los discursos fáciles.


Pero el cielo también fue Malvinas. Y quienes lo combatieron no deben ser olvidados.


Volaron como cóndores heridos, sabiendo que la gloria no los esperaba en desfiles ni en estatuas, sino en algo más austero y más verdadero: el respeto silencioso de quienes, con el tiempo, entendieron que sin ellos el final habría sido todavía más oscuro.


Cuando se habla de Malvinas, conviene levantar la mirada. Recordar que hubo una guerra en el aire. Y que allí, solos, jóvenes y conscientes del riesgo, los pilotos de la Fuerza Aérea Argentina demostraron que incluso cuando todo falta, la dignidad puede sobrar. Porque cuando la patria llama, hasta el cielo se vuelve trinchera.



 
 
 

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