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ANTES DEL ZORRO: JOSÉ SEGUNDO ROCA, EL SOLDADO QUE ATRAVESÓ LA HISTORIA ARGENTINA

hace 2 horas
7 min de lectura

En marzo de 1866, un veterano de la Independencia murió en un campamento militar de Corrientes. Había llegado hasta allí para colaborar en una nueva guerra, cuando su edad y sus servicios podían haberle permitido permanecer lejos del frente. Entre los oficiales del ejército se encontraba su hijo Julio Argentino, que todavía no era general ni presidente.


Aquel veterano era el coronel José Segundo Roca. Su vida había recorrido los ejércitos libertadores, la guerra contra Brasil, las luchas civiles y el conflicto entre Buenos Aires y la Confederación. La Guerra del Paraguay fue su último destino.


Recordarlo únicamente como el padre de Julio Argentino deja fuera una trayectoria que merece conocerse por sí misma. También impide comprender el ambiente familiar en el que se formó uno de los protagonistas de la Argentina de fines del siglo XIX.


Tres hermanos tucumanos en la Independencia


José Segundo nació en Tucumán en 1800. Su padre, Pedro Roca, era un militar español originario de Tarragona; su madre, María Antonia Tejerina, pertenecía a una familia tucumana. La revolución encontró a esa familia en una provincia que pronto se convertiría en escenario de la guerra y de la declaración de la Independencia.


Los hermanos Pedro y Francisco también siguieron la carrera militar. Pedro combatió con Belgrano en Tucumán, Salta, Vilcapugio y Ayohuma. Francisco sirvió en el Ejército del Norte y participó en operaciones dirigidas por Gregorio Aráoz de Lamadrid, entre ellas la campaña de Tarija.


José Segundo ingresó en 1816 como cabo de los Cazadores Cívicos de Tucumán. Algunas biografías sitúan esos primeros servicios bajo el mando de Belgrano, nuevamente al frente del Ejército del Norte desde 1816.


La familia ofrece así una conexión entre las dos grandes experiencias militares de la Independencia: las campañas del norte y la expedición libertadora al Perú.


Con San Martín, Arenales, Sucre y Bolívar


Antes de cumplir veinte años, José Segundo pasó a Chile y se incorporó al Regimiento 11 de Infantería. En 1820 se embarcó con la expedición de San Martín al Perú, como subteniente de banderas.


Participó en la campaña de la Sierra, conducida por Juan Antonio Álvarez de Arenales, y cumplió misiones con Juan Lavalle. Su actuación en Pasco le valió una condecoración. Al año siguiente estuvo en Lima durante la campaña que culminó en la proclamación de la independencia peruana, el 28 de julio de 1821.


La lucha continuó. Integró la división de Andrés de Santa Cruz enviada a apoyar a Antonio José de Sucre en Ecuador y combatió en Pichincha, el 24 de mayo de 1822. Fue encargado de llevar a San Martín el parte de aquella victoria.


Sirvió después como ayudante de Santa Cruz en la segunda expedición a Puertos Intermedios y participó en Zepita, en agosto de 1823. En 1824 estuvo en Junín, durante la campaña dirigida por Simón Bolívar.


Una enfermedad lo detuvo en Jauja y le impidió llegar a Ayacucho, la batalla que selló la derrota del gran ejército realista del Perú.


Había aprendido a servir en ejércitos compuestos por hombres de diferentes regiones y a cumplir tareas que exigían confianza: transportar partes, transmitir instrucciones y actuar junto a los estados mayores. Su experiencia excedía el combate.


Del enemigo imperial a las guerras entre compatriotas


Regresó al Río de la Plata y se incorporó en 1826 al ejército que enfrentaba al Imperio del Brasil. Fue ayudante de campo del general Lucio Norberto Mansilla, quien años después dirigiría la defensa en la Vuelta de Obligado. Más tarde se desempeñó como edecán de Carlos María de Alvear y de Juan Antonio Lavalleja. Participó en Ombú, Ituzaingó y Camacuá, en 1827.


La paz de 1828 no significó el final de su vida de campaña. Al regresar, encontró un país atravesado por la revolución de Lavalle y el fusilamiento de Manuel Dorrego. Los hombres que habían combatido contra los realistas y contra Brasil se enfrentaban ahora por la organización política del territorio.


José Segundo se alineó con el sector unitario. Acompañó a Lavalle en Puente de Márquez, en abril de 1829, contra las fuerzas de Estanislao López y Juan Manuel de Rosas.


Su relación militar con José María Paz fue concreta. El general le encargó conducir refuerzos tucumanos a Córdoba. José Segundo reunió un regimiento de lanceros y lo incorporó al ejército de la Liga del Interior. Tras la captura de Paz, continuó con Lamadrid y participó en la campaña que terminó con la derrota de La Ciudadela, en noviembre de 1831, frente a Facundo Quiroga.


La derrota lo llevó al exilio en Bolivia. El antiguo oficial de los ejércitos libertadores conocía ahora la expulsión y las consecuencias de la guerra civil.


La condena a muerte y el comienzo de una familia


En 1836 participó en una invasión encabezada por Javier López para desplazar al gobernador tucumano Alejandro Heredia. La expedición fracasó. Los jefes fueron capturados y José Segundo quedó expuesto a la ejecución.


Juan Bautista Paz y su hija Agustina intercedieron ante Heredia para que se le perdonara la vida. José Segundo y Agustina se casaron pocos meses después.


Agustina era tucumana y hermana de Marcos Paz, quien llegaría a ser vicepresidente de Bartolomé Mitre. Su familia pertenecía al mundo político tucumano, donde los vínculos personales y las rivalidades incidían en el destino de los hombres y de sus hogares.


José Segundo participó posteriormente en la campaña de Heredia contra la Confederación Peruano-Boliviana. Su trayectoria atravesó cambios de autoridades y de alineamientos que muestran las dificultades de reducir una vida militar de medio siglo a una única identidad partidaria.


El coronel que también debía pagar sus cuentas


Las condecoraciones no garantizaban ingresos suficientes. José Segundo trabajó en una explotación de caña de azúcar en El Vizcacheral, donde nació Julio Argentino en 1843.


Cuando el negocio atravesó dificultades, presentó a sus acreedores un inventario de sus bienes y solicitó una moratoria para cumplir sus obligaciones. El acuerdo fue aceptado y el coronel cumplió los compromisos asumidos.


La muerte de Agustina, en 1855, obligó a reorganizar la vida familiar. Alejandro y Ataliva se trasladaron a Buenos Aires; Celedonio, Marcos y Julio estudiaron en el Colegio de Concepción del Uruguay. José Segundo procuró sostener la educación y el contacto entre sus hijos.


En una carta a Ataliva, escrita en 1857, expresó su deseo de reunir a la familia: «Allí reuniré a todos mis muchachos en el Colegio». También reconocía sus dificultades económicas: «Los 110 pesos de sueldo no alcanzan para nada».[1]


Sus cartas hablaban de la salud de un hijo, los estudios de otro y el silencio de quienes tardaban en escribir. El veterano que había llevado partes entre generales seguía buscando noticias de su propia familia.


Padre e hijo frente a los cañones de Pavón


Julio Argentino recibió su bautismo de fuego en Cepeda, el 23 de octubre de 1859, con dieciséis años. Combatió en el ejército de la Confederación, dirigido por Urquiza, contra Buenos Aires. Su padre expresó por carta su satisfacción por aquella participación.


En Pavón, en septiembre de 1861, ambos estuvieron del lado de la Confederación. José Segundo se acercó a Julio durante la retirada para insistirle en que abandonara sus piezas de artillería y evitara quedar aislado.


Décadas después, Julio recordó el episodio en una carta a su primo Ezequiel Paz: «Yo les había tomado mucho cariño a mis dos cañones, no los quería abandonar».[1]


La escena reúne al jefe veterano y al padre: la obligación de cumplir una orden de retirada y la preocupación por un hijo que permanecía expuesto al fuego.


Las memorias que la guerra dejó inconclusas


En 1864, Gerónimo Espejo le pidió que escribiera sus recuerdos de las campañas libertadoras. José Segundo redactó su Relación histórica de la primera campaña del general Arenales a la Sierra del Perú en 1820.


El texto conservó observaciones de un participante sobre Arenales, Lavalle y las operaciones en el interior peruano. En sus páginas quedaron la austeridad de Arenales, el ímpetu de Lavalle y las dificultades de una campaña desarrollada lejos de los grandes centros de poder.


La Guerra del Paraguay interrumpió el proyecto. En mayo de 1865 escribió a Espejo: «Yo me marcho a Tucumán a ver si coopero en algo a la guerra en que se ve empeñado el país».[1]


Ese año, con unos sesenta y cinco años, José Segundo condujo contingentes tucumanos y salteños hacia el litoral. Varios de sus hijos también estaban vinculados al esfuerzo militar.


Murió por enfermedad el 8 de marzo de 1866, en el campamento de Ensenaditas, Corrientes, antes del cruce aliado al territorio paraguayo. La enfermedad y las penurias del campamento también formaban parte de la guerra.


Marcos y Celedonio morirían posteriormente durante el conflicto. Julio sobrevivió y continuó una carrera cuyo desenlace su padre no alcanzó a conocer.


El hombre que el presidente recordó


En 1884, durante la primera presidencia de Julio Argentino, los restos de José Segundo fueron trasladados a Buenos Aires y depositados por su familia en la Recoleta. El hijo que había compartido con él la retirada de Pavón había alcanzado el grado de general a los 31 años, en 1874, y asumido la presidencia de la Nación a los 37, en 1880.


Al asumir su segunda presidencia, en 1898, Julio volvió a evocarlo: «¡Pobre mi viejo!». Más que la satisfacción de verlo presidente por segunda vez, imaginaba la alegría que habría sentido al conocer su ascenso a general sobre el campo de batalla: «Su alma de soldado se hubiera estremecido de satisfacción y contento».[1]


La trayectoria de José Segundo permite comprender una parte del ambiente en el que se formó su hijo. Julio creció entre recuerdos de campañas libertadoras, preocupaciones económicas y separaciones familiares. Conoció de cerca el peso del servicio militar y las consecuencias de las guerras que atravesaban el país.


José Segundo Roca pertenece a la generación que combatió por la Independencia y después debió atravesar las guerras de una organización nacional todavía incierta. Su historia conecta esas etapas mediante una vida concreta: la de un soldado que también fue trabajador, deudor, exiliado y padre.


El apellido de su hijo lo dejó en segundo plano. Recuperar su nombre permite devolverle un lugar propio en la historia argentina.


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Fuentes y referencias

[1] Las citas de la correspondencia se reproducen según las transcripciones publicadas por Rosendo Fraga en su conferencia de 2015.

  • Fraga, R. (2015, 12 de mayo). El coronel Segundo Roca y la Guerra de la Triple Alianza [Conferencia, Círculo Militar]. Texto publicado el 14 de mayo de 2015 en Julio Argentino Roca hoy.

  • Páez de la Torre, C. (2013, 3 de noviembre). El padre de Roca, un recio militar. La Gaceta.

  • Pignatelli, A. (2024, 1 de junio). La vida de novela del padre de Roca: peleó con San Martín y se salvó de morir fusilado gracias a su novia. Infobae.

  • Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto. (s. f.). Documento destacado: Guerra y paz en el Río de la Plata. La mediación paraguaya entre la Confederación y Buenos Aires.

  • Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú. (s. f.). Reseña histórica.



 

 

 
 
 

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