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¿Desobedeció Belgrano en Tucumán? La orden de Córdoba y el deber de salvar al ejército

hace 10 minutos
6 min de lectura

 

El Primer Triunvirato ordenó a Manuel Belgrano retirarse hasta Córdoba. Belgrano se detuvo en Tucumán y presentó batalla el 24 de septiembre de 1812. A partir de esos dos hechos se construyó una explicación conocida: el general «desobedeció» al gobierno y, gracias a esa desobediencia, obtuvo una victoria decisiva.


El problema es que esa explicación confunde el destino indicado en una orden con la finalidad que la orden perseguía. Buenos Aires quería preservar al Ejército del Norte. Belgrano también. La diferencia surgió cuando el comandante llegó a la conclusión de que continuar la retirada podía destruir la fuerza que se le había encomendado salvar.


¿Fue Tucumán, entonces, un acto de desobediencia? Para responder hay que leer las instrucciones del gobierno, las razones que Belgrano expuso antes de combatir y las reglas militares bajo las cuales un jefe debía tomar decisiones.


¿Por qué Córdoba?


Una instrucción del 27 de febrero de 1812 contemplaba el avance de las fuerzas realistas sobre Salta y Tucumán. Ante esa posibilidad, Belgrano debía adoptar medidas anticipadas para trasladar a Córdoba la fábrica de fusiles situada en Tucumán, junto con la artillería, la tropa y los demás elementos del ejército. Reducir aquella orden al traslado de una fábrica deja fuera lo esencial: el gobierno buscaba conservar una fuerza militar organizada y sus medios de combate.


La retirada tenía sentido dentro de ese cálculo. Si el Ejército del Norte aceptaba una batalla para la que no estaba preparado y resultaba destruido, ya no habría una fuerza capaz de contener el avance realista. Córdoba era el destino previsto para continuar la defensa con el ejército preservado y reorganizado.


El Triunvirato mantuvo ese criterio durante septiembre. Bartolomé Mitre registra cuatro oficios reservados del 12 de septiembre que insistían en la retirada. También reproduce una comunicación fechada el 25 de septiembre: había sido redactada después de la batalla de Tucumán, pero antes de que el gobierno conociera su resultado. En ella se indicaba que Belgrano debía seguir retrocediendo incluso si vencía en un encuentro con el enemigo, porque «lo que importaba era salvar la División».


Esa frase expresa la finalidad de la orden con más claridad que cualquier referencia aislada a Córdoba. Para el gobierno, una victoria local no debía poner en peligro la conservación del ejército. La defensa del territorio dependía, ante todo, de que esa fuerza siguiera existiendo.


Lo que Belgrano encontró durante la retirada


Las instrucciones se formulaban en Buenos Aires; su ejecución ocurría a gran distancia, con el enemigo en movimiento. Entre la emisión de una orden y el momento de cumplirla podían cambiar la posición realista, el estado de la tropa, los recursos disponibles y la disposición de las poblaciones a colaborar.


Belgrano advirtió un riesgo que el gobierno evaluaba de otra manera: la retirada también podía destruir al Ejército del Norte. Temía que la tropa se dispersara, que el enemigo atacara su retaguardia y que resultara imposible conservar los pertrechos durante una marcha prolongada. En Tucumán encontró, además, apoyo para reunir hombres, caballadas y abastecimientos.


Su objeción no era que Córdoba careciera de importancia. Era que tal vez no llegaría a Córdoba con un ejército en condiciones de combatir. Así lo explicó al gobierno antes de la batalla. El 12 de septiembre comunicó su decisión de detenerse, fundada en la persecución enemiga y en el apoyo que encontraba entre los tucumanos.


Las posiciones del Triunvirato y de Belgrano partían, por tanto, de un mismo objetivo. Buenos Aires consideraba que combatir en Tucumán podía hacer perder la división. Belgrano consideraba que seguir retrocediendo podía producir ese mismo resultado. El desacuerdo no estaba en la necesidad de preservar el ejército, sino en la decisión que mejor permitía preservarlo.


Las Reales Ordenanzas de Carlos III: obedecer y ejercer el mando


Las Ordenanzas de S. M. para el régimen, disciplina, subordinación y servicio de sus ejércitos, promulgadas en 1768, regulaban las obligaciones de los oficiales y el servicio de campaña. Su lectura es indispensable para evitar dos imágenes igualmente simples: la de un comandante que podía ignorar a sus superiores y la de otro que debía esperar instrucciones para cualquier situación nueva.


En el tratado segundo, título XVIII, artículo 5, las Ordenanzas exigían cumplir las órdenes de los superiores. Consideraban especialmente grave que un jefe dejara de hacerlo. La obediencia sostenía la disciplina y la coordinación de un ejército; no dependía del gusto personal de quien recibía una instrucción.


Sin embargo, el artículo 9 del mismo título hacía responsable al oficial no solo de ejecutar las órdenes recibidas, sino también de tomar una decisión ante accidentes y circunstancias que no le estuvieran previstos. Debía hacerlo según su «situación, caso y objeto». Esa última palabra merece atención: el jefe necesitaba comprender qué debía conseguir, además de conocer las medidas que se le habían indicado para lograrlo.


El servicio de campaña ofrece un ejemplo aún más concreto. El tratado séptimo, título XVII, artículo 1, establecía que un oficial general debía pedir permiso para mover tropas. Pero si aparecía una situación urgente e imprevista y esperar la orden comprometía la acción, podía adoptar las medidas que juzgara convenientes, dando parte al general al mismo tiempo. Las Ordenanzas reconocían así que la guerra podía imponer una decisión antes de que llegara una nueva respuesta del superior.


Otra disposición contemplaba que los movimientos del enemigo obligaran a variar lo preparado para una operación. La orden era el punto de partida del mando, pero el enemigo podía alterar las condiciones bajo las cuales debía ejecutarse. Por eso el oficial debía conocer lo mandado y, a la vez, prestar atención a lo que estaba ocurriendo.


Las Ordenanzas no empleaban literalmente la expresión «espíritu de la orden». Esa expresión resume una idea que surge de leer sus disposiciones en conjunto: obedecer requería comprender el objeto de la misión y ejercer el juicio propio cuando aparecían circunstancias no previstas. La iniciativa no eliminaba la responsabilidad. La hacía más personal.


Belgrano y el valor de la obediencia


Hay un hecho anterior a Tucumán que ayuda a comprender cómo pensaba Belgrano. Tras la exhibición de la bandera blanca y celeste, el Triunvirato le reprochó haberla enarbolado y le comunicó que debía ocultarla. En su respuesta del 18 de julio de 1812, Belgrano explicó que la orden anterior no había llegado a sus manos antes de que volviera a mostrarla en Jujuy. Sostuvo que, de haberla conocido, no lo habría hecho: consideraba necesario dar ejemplo de respeto y obediencia, porque sin orden la causa podía venirse abajo. Informó también que había recogido la bandera.


Ese episodio impide atribuirle una inclinación personal a desconocer al gobierno. Belgrano podía defender con firmeza sus propias decisiones y, al mismo tiempo, entender que un ejército no podía sostenerse si cada jefe convertía sus preferencias en órdenes.


En Tucumán no actuó a escondidas. Expuso al Triunvirato por qué consideraba peligroso continuar la retirada y comunicó su decisión de combatir. Sabía que apartarse del camino indicado lo obligaba a responder por el resultado. Si perdía, la destrucción de la división recaería sobre él.


¿Qué cumplió Belgrano en Tucumán?


Belgrano no llegó a Córdoba, el destino señalado por el gobierno. Ese hecho debe permanecer a la vista. Tampoco corresponde presentar la victoria como una autorización que hubiera recibido antes de combatir: cuando tomó la decisión, el resultado todavía era incierto.


Lo que hizo fue examinar la situación que encontró durante la marcha y preguntarse cómo cumplir la finalidad de la orden. El Triunvirato quería salvar al Ejército del Norte retirándolo. Belgrano llegó a la convicción de que seguir retirándolo podía dispersarlo o destruirlo. Encontró en Tucumán una oportunidad de resistir, explicó sus razones y asumió la responsabilidad de aprovecharla.


Su conocimiento de la disciplina militar y su conducta ante el conflicto por la bandera vuelven más sólida esta interpretación: Belgrano no se detuvo porque despreciara las órdenes superiores. Se detuvo porque, como comandante, consideró que debía resolver frente a hechos que habían cambiado la situación prevista desde Buenos Aires.


Por eso, mi conclusión es que Belgrano no desobedeció la finalidad de la orden; la cumplió. Cambió el camino indicado porque entendió que ese camino ya no preservaba al ejército. En Tucumán asumió la responsabilidad de decidir, conservó la fuerza que se le había confiado y detuvo el avance realista. Allí reside el mérito militar de su resolución.


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Bibliografía


Carlos III. (1768). Ordenanzas de S. M. para el régimen, disciplina, subordinación y servicio de sus ejércitos (tomos I y III). Oficina de Antonio Marín. Tomo I · Tomo III.

CONICET NOA Sur. (2021, 23 de septiembre). La “bendita” desobediencia que permitió asegurar el proyecto independentista. https://noasur.conicet.gov.ar/la-bendita-desobediencia-que-permitio-asegurar-el-proyecto-independentista/.

Instituto Nacional Belgraniano. (s. f.). 24 de septiembre de 1812: Batalla de Tucumán. Su especial significado según el Instituto Nacional Belgraniano. Argentina.gob.ar. https://www.argentina.gob.ar/node/218452.

Mitre, B. (1859). Historia de Belgrano (tomo II). Edición digitalizada.



 
 
 

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