Argentino del Valle Larrabure: 372 días para vencer al odio
- Roberto Arnaiz
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En una celda de aproximadamente 2,10 metros de largo, sesenta centímetros de ancho y dos metros de altura, Argentino del Valle Larrabure movía los brazos y las piernas hasta quedar exhausto. Carecía de espacio para caminar y no disponía de ningún elemento para ejercitarse, pero repetía flexiones con la esperanza de que el cansancio le permitiera dormir. Cuando el agotamiento resultaba insuficiente y el sueño continuaba sin llegar, debía pedirles a sus carceleros algún sedante. En ocasiones le entregaban un comprimido de Valium de cinco miligramos con el que conseguía descansar durante algunas horas.
Aquel habitáculo, identificado posteriormente como la “Celda A”, había sido excavado debajo del patio interior de una vivienda de Rosario. La altura permitía permanecer de pie, pero los sesenta centímetros de ancho apenas dejaban lugar para extender los brazos o cambiar de posición. En el interior había un catre y un retrete portátil formado por un banco con un balde debajo. Allí debía dormir, comer, realizar sus necesidades, escribir, rezar y esperar, sin saber si la próxima apertura de la puerta anunciaría alimento, un interrogatorio, otra amenaza o el final.
La única iluminación provenía de un tubo fluorescente controlado desde el exterior. La celda carecía de ventanas y el aire ingresaba mediante dos conductos de plástico conectados a un pequeño extractor eléctrico cuyo funcionamiento dependía de los guardianes. Cuando lo apagaban, la humedad, el encierro y el olor procedente del retrete volvían la respiración todavía más difícil. Larrabure sufría asma, pero sus crisis dejaron de recibir la atención necesaria. Hasta una necesidad tan elemental como respirar había quedado sometida a la voluntad de quienes lo mantenían secuestrado.
Durante 372 días no contempló el cielo, no sintió el calor del sol ni abrazó a su esposa y a sus hijos. Su cuerpo se consumió hasta quedar reducido a unos cuarenta kilos, pero dentro de aquel espacio diminuto desarrolló una disciplina cotidiana para impedir que el encierro también destruyera su inteligencia, sus afectos y su fe. Las hojas encontradas después del allanamiento contenían ejercicios de física, química y matemática, ecuaciones, crucigramas y nombres de familiares y amigos. Mientras sus captores reducían su mundo material a un cajón bajo tierra, él reconstruía mediante la memoria el universo humano que pretendían arrebatarle.
El hombre antes del cautiverio
Argentino del Valle Larrabure nació en San Miguel de Tucumán el 6 de junio de 1932. Fue el séptimo hijo de Cirilo Larrabure y Carmen Conde y creció en una familia numerosa, dentro de la cual recibió una formación cristiana que lo acompañó durante toda su vida. Entre sus familiares era conocido como Quintino y, más adelante, como Vasco. Desde joven mostró inclinación por la carrera militar, aunque su personalidad también estuvo marcada por el estudio, la actividad física y la curiosidad científica.
Ingresó al Colegio Militar de la Nación el 1.º de marzo de 1950 y egresó como subteniente de Infantería el 1.º de diciembre de 1952. Sus superiores lo describieron como un oficial disciplinado, sereno, de sólida formación moral y capaz de ejercer el mando con firmeza sin perder el trato cordial. También fue considerado un excelente gimnasta y deportista, cualidades que adquirirían un significado inesperado cuando debió combatir la inmovilidad dentro de una celda en la que apenas podía moverse.
El 8 de diciembre de 1955 contrajo matrimonio con María Susana de San Martín, a quien llamaba cariñosamente Marisita. Tuvieron dos hijos: María Susana, nacida en 1956, y Arturo Cirilo, nacido en 1959. Poco antes del secuestro, el matrimonio había obtenido la guarda de Jorge Alberto, un niño de nueve años que pasó a integrarse en el hogar. Las fotografías familiares muestran a un hombre afectuoso, cercano a los suyos y alejado de la imagen rígida con la que frecuentemente se representa a quienes visten uniforme.
En 1960 ingresó en la Escuela Superior Técnica, donde obtuvo el título de oficial ingeniero militar después de cinco años de formación. Su especialización en química lo condujo a la Fábrica Militar de Tolueno Sintético de Campana y, posteriormente, a la jefatura de Laboratorios del Comando de Intendencia. Desde diciembre de 1969 estuvo vinculado a la Fábrica Militar de Pólvoras y Explosivos de Villa María, en Córdoba, donde ejerció la subdirección y la jefatura de Producción.
Entre 1972 y 1973 amplió sus conocimientos en el Instituto Militar de Ingeniería de Río de Janeiro. Alcanzó calificaciones destacadas, aprendió portugués y fue condecorado por Brasil con la Orden del Pacificador. Al regresar a la Argentina en enero de 1974, renunció a tomar su licencia anual y retomó inmediatamente las responsabilidades en Villa María, preocupado por la violencia que atravesaba el país y por el reciente ataque del ERP contra el Regimiento de Caballería de Tanques 10 de Azul.
La fábrica no era solamente una instalación destinada a producir pólvora, explosivos y municiones. En su interior convivían laboratorios, depósitos, dependencias militares, lugares de trabajo y viviendas familiares. Oficiales, soldados, técnicos, obreros, esposas e hijos integraban una comunidad en la que las relaciones profesionales se mezclaban con la vida cotidiana. Allí transcurrían los días de Larrabure cuando la violencia política irrumpió definitivamente en su hogar.
La noche del secuestro
El sábado 10 de agosto de 1974 se desarrollaba una reunión social en el casino de oficiales de la fábrica. Larrabure estaba acompañado por su esposa. Antes de salir de su casa, había bromeado diciendo que se marchaba “la parejita más linda de la noche”. Su hijo Arturo le preguntó si después podría acercarse a la fiesta. El padre respondió afirmativamente, sin imaginar que aquella conversación doméstica sería la última que mantendrían en libertad.
El Ejército Revolucionario del Pueblo, brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores, había preparado dos ataques simultáneos: uno contra el Regimiento de Infantería Aerotransportado 17, en Catamarca, y otro contra la Fábrica Militar de Villa María. El objetivo consistía en apoderarse de armamento, municiones y explosivos para aumentar la capacidad operativa de la organización.
Alrededor de setenta integrantes de la Compañía Decididos de Córdoba avanzaron sobre el establecimiento después de ocupar un hotel alojamiento cercano y utilizarlo como base. Durante el ataque, algunos puestos fueron reducidos y otros ofrecieron resistencia. Se produjeron muertos y heridos entre guerrilleros, militares y policías, mientras el director de la fábrica, teniente coronel Osvaldo Guardone, defendía su vivienda con sus hijos en el interior.
Los atacantes ingresaron en el casino y buscaron a determinadas autoridades. Allí identificaron al mayor Larrabure y al capitán Roberto García, ambos ingenieros químicos. Según los testimonios recogidos posteriormente, Larrabure procuró evitar que hirieran a las personas reunidas en el lugar. Finalmente fue capturado delante de su esposa, sin que ninguno supiera hacia dónde lo llevarían ni cuánto se prolongaría la separación.
García también fue secuestrado, aunque resultó gravemente herido cuando intentó escapar y después fue abandonado. Los atacantes retiraron aproximadamente ciento veinte fusiles FAL, otras armas, municiones y explosivos. Cuando los vehículos se alejaron por caminos secundarios, para Larrabure comenzaba una existencia en la que cada necesidad dependería de quienes acababan de arrancarlo de su familia.
La espera interminable
Durante las primeras semanas permaneció oculto en una vivienda de Mendiolaza, Córdoba. Su esposa, sus hijos, sus padres y sus hermanos desconocían el lugar y las condiciones del encierro. Cada jornada sin noticias prolongaba una incertidumbre imposible de resolver: el silencio podía indicar que continuaba vivo, aunque también podía ocultar un desenlace trágico.
La familia inició gestiones, presentó pedidos, solicitó ayuda y trató de movilizar a quienes pudieran intervenir. Sin embargo, la ausencia continuaba. Arturo tenía quince años y debía aprender a vivir sin la presencia del padre que lo había acompañado aquella misma tarde mientras jugaba al fútbol. María Susana procuraba continuar con sus estudios, mientras Marisita debía sostener el hogar, contener a los hijos y mantener una esperanza que no encontraba ninguna certeza material en la cual apoyarse.
El 3 de noviembre de 1974, Larrabure fue trasladado a Rosario y encerrado en una de las denominadas “cárceles del pueblo”. La expresión pretendía revestir de legitimidad revolucionaria a un centro clandestino en el que no existían jueces, defensores, expedientes, garantías ni control exterior. La organización que lo había secuestrado se arrogaba simultáneamente las atribuciones de acusarlo, interrogarlo, custodiarlo, castigarlo y decidir sobre su vida.
La prisión había sido construida debajo de un local y una vivienda situada en la calle Garay 3254, en el barrio Bella Vista. En la superficie funcionaba una mercería atendida por una mujer joven, mientras en la casa vivían su esposo, su madre y dos niños. Los clientes entraban y salían del negocio, los vecinos continuaban con sus actividades y las criaturas jugaban sobre un suelo que ocultaba dos celdas clandestinas.
El acceso estaba disimulado dentro de un placar cuyo piso podía desplazarse. La celda contigua, conocida como “Celda B”, medía aproximadamente dos metros de largo por un metro y medio de ancho. La que ocupó Larrabure era todavía más angosta: unos 2,10 metros de largo, sesenta centímetros de ancho y dos metros de altura. Algunas publicaciones la describieron de manera general como un espacio de dos metros por uno, pero las imágenes y referencias incorporadas al libro de Arturo Larrabure permiten diferenciar ambos recintos.
El propio cautivo describió aquella excavación. Una de las paredes laterales estaba revocada rudimentariamente con cemento y el frente presentaba una composición semejante. El contrafrente había sido levantado con ladrillos huecos y tenía una pequeña reja de aproximadamente cuarenta por sesenta centímetros, mientras el otro costado estaba formado por una división de madera compactada. Una puerta del mismo material comunicaba con un pasillo donde existía otra celda húmeda y oscura.
La ventilación dependía del extractor conectado a dos tubos de plástico, y la iluminación provenía exclusivamente del fluorescente. Sin amaneceres, atardeceres ni cambios naturales de luz, el paso del tiempo comenzó a perder sus referencias. Larrabure ignoraba si llovía, si hacía frío o si el cielo estaba despejado. Para calcular las horas debía interpretar los ruidos de la casa, el movimiento de los guardianes y la llegada de los alimentos.
Los carceleros se relevaban cada tres horas durante el día y cada dos durante la noche. Se identificaban mediante iniciales y tenían prohibido emplear nombres o sobrenombres que permitieran reconocerlos. Los cautivos recibían elementos para higienizarse tres veces por semana, aunque se excluía cualquier objeto que pudiera cortar. Todo el sistema estaba organizado para mantener el secreto, borrar identidades y reforzar la dependencia de quienes permanecían encerrados.
Una disciplina para mantenerse vivo
El reducido tamaño de la celda impedía desarrollar una actividad física normal, pero Larrabure se obligaba a realizar movimientos y flexiones. Su propósito era preservar la movilidad, combatir el debilitamiento y alcanzar el cansancio suficiente para dormir. En uno de los fragmentos atribuidos a su diario dejó constancia de esa lucha:
“Hago gimnasia moviendo mis brazos y piernas en flexiones interminables, pues quiero fatigarme. La fatiga me prodigará el sueño”.
Aquella gimnasia representaba algo más que un hábito adquirido durante la vida militar. En un espacio donde todo estaba decidido por otros, establecer una rutina le permitía recuperar una mínima capacidad de elección. Los captores controlaban la comida, la luz, el aire y las comunicaciones, pero él aún determinaba cuándo levantarse del catre, cuánto tiempo ejercitarse y de qué manera ordenar los pensamientos.
La resistencia también se desarrollaba en el terreno intelectual. Las hojas recuperadas después del allanamiento contenían problemas de física, química y matemática, ecuaciones, cálculos y crucigramas. El ingeniero que antes había trabajado en fábricas y laboratorios continuaba utilizando la mente sin contar con libros, instrumentos ni colegas. Resolver un problema científico en aquellas condiciones significaba preservar la lucidez y demostrar que el encierro no había conseguido convertirlo en un ser pasivo.
Junto con esos ejercicios escribió nombres de familiares y amigos. Cada palabra recuperaba un rostro, una conversación y un momento compartido. Marisita, sus hijos, sus padres y sus hermanos volvían a estar presentes mediante la memoria. Esas anotaciones impedían que el aislamiento borrara los vínculos que daban sentido a su vida.
La familia también procuraba sostenerlo con los mensajes que conseguía hacerle llegar. En uno de ellos se le pedía que no desfalleciera, que mantuviera la fe y que no se abandonara espiritual ni físicamente. También le aconsejaban realizar ejercicios y confiar en que algún día llegaría el entendimiento entre los argentinos. Aquellas palabras establecían un puente entre quienes aguardaban en la superficie y el hombre oculto bajo tierra:
“No estás solo. Contás con el apoyo espiritual y material de todo aquel que te conoce”.
El cautiverio había creado dos sufrimientos paralelos. Larrabure ignoraba qué sucedía con los suyos, mientras ellos desconocían su estado, el lugar donde se encontraba y las posibilidades reales de recuperarlo. Cada carta confirmaba que continuaba vivo, pero también que la separación no había terminado. Las palabras debían reemplazar los abrazos, las miradas y las certezas que ninguno podía ofrecer al otro.
La degradación como método
Las condiciones de encierro no respondían únicamente a la necesidad de mantenerlo oculto. La falta de higiene, la convivencia con el retrete, la alimentación insuficiente, la ventilación precaria y la ausencia de privacidad formaban parte de una situación destinada a reducirlo a una dependencia extrema. Un oficial, ingeniero, esposo y padre era obligado a satisfacer todas sus necesidades dentro de un cajón, bajo la vigilancia de personas que administraban hasta el aire que respiraba.
El olor del balde, la humedad de las paredes y la imposibilidad de asearse adecuadamente convertían cada jornada en una experiencia degradante. Las crisis de asma se agravaban dentro de aquel ambiente, pero dejaron de recibir la atención necesaria. El deterioro avanzó lentamente, mientras las fuerzas disminuían, la ropa quedaba holgada y el cuerpo comenzaba a revelar las consecuencias del hambre y la inmovilidad.
Las vejaciones no necesitan dejar cicatrices visibles para destruir a una persona. La privación del sueño, el aislamiento prolongado, las amenazas, la incertidumbre y el control de las necesidades corporales producen un sufrimiento que alcanza la mente y la dignidad. La víctima pierde toda previsibilidad porque desconoce cuándo llegará la comida, cuánto durará la luz o qué intención tiene quien abre la puerta.
Entre los tormentos atribuidos a su cautiverio aparecen los simulacros de fusilamiento. La desaparición del manuscrito original del diario obliga a presentar con prudencia algunos episodios transmitidos mediante testimonios y reconstrucciones posteriores. Sin embargo, su mención resulta necesaria para comprender el clima de terror en el que transcurrieron aquellos meses.
Durante un simulacro de ejecución, la víctima llega a convencerse de que atraviesa los últimos instantes de su vida. Escucha las órdenes, interpreta los movimientos y espera el disparo mientras piensa en quienes ama. Cuando comprende que la muerte ha sido postergada, el alivio no elimina el daño, porque sabe que sus captores pueden repetir el procedimiento. La amenaza deja de pertenecer al futuro y se convierte en una experiencia que el prisionero revive cada vez que oye aproximarse a sus guardianes.
Cada apertura de la puerta adquiría así un significado imprevisible. Podía anunciar alimento, elementos de higiene, un interrogatorio o una nueva representación de la muerte. El encierro material estaba formado por cemento, ladrillos y madera; el psicológico se construía mediante la certeza de que su vida dependía de decisiones tomadas por personas ocultas detrás de iniciales.
La presión para que traicionara sus principios
La formación de Larrabure como ingeniero químico lo convertía en un cautivo especialmente valioso. Según los testimonios familiares y las reconstrucciones posteriores, el ERP pretendía obtener información relacionada con explosivos, municiones y desarrollos militares. Esos conocimientos podían fortalecer su capacidad operativa y utilizarse en nuevos atentados.
Su negativa a colaborar no fue una discusión abstracta. Comprendía que la respuesta podía determinar la continuidad del cautiverio e incluso su supervivencia, pero sabía que entregar esa información podía causar otras muertes. Mantuvo su decisión pese a la debilidad física, las amenazas y la presión ideológica. Su cuerpo se deterioraba, aunque conservaba la facultad de establecer un límite moral.
Los secuestradores obligaban a los cautivos a escribir diarios destinados a registrar el supuesto avance de su “conversión” política. La organización procuraba presentar el sometimiento ideológico de un prisionero como una victoria revolucionaria. Larrabure escribió porque estaba obligado a hacerlo, pero no aceptó renunciar a sus convicciones ni poner sus conocimientos al servicio de quienes lo mantenían encerrado.
El diario atribuido a él fue publicado parcialmente por la revista Gente, aunque nunca apareció el manuscrito original. Esta circunstancia exige diferenciar los documentos según su grado de comprobación. Las hojas halladas en la prisión, las fotografías del lugar y las siete cartas recibidas por la familia ofrecen un respaldo más firme; los fragmentos difundidos posteriormente deben utilizarse con cautela, sin descartarlos automáticamente ni presentarlos como si no existiera ninguna duda sobre su transmisión.
El ERP también propuso intercambiarlo por cinco integrantes de la organización que estaban detenidos. El gobierno constitucional rechazó la negociación. Larrabure quedó atrapado entre una estructura armada que lo utilizaba como instrumento de presión y un Estado que no aceptaba las condiciones impuestas. Mientras ambas partes sostenían sus posiciones, el cautivo continuaba perdiendo peso y salud.
La muerte de su padre y el duelo en soledad
Durante el encierro recibió la noticia de la muerte de su padre. A la angustia provocada por su propia situación se sumó una ausencia definitiva. No había estado junto a él durante sus últimos momentos ni podía acompañar a la madre, consolar a los hermanos o compartir el dolor familiar. El secuestro le arrebataba la libertad y, además, le impedía cumplir los deberes afectivos que habían organizado toda su vida.
El duelo debía atravesarlo dentro de un espacio de sesenta centímetros de ancho y bajo la vigilancia de los guardianes. El padre que formaba parte de sus recuerdos ya no estaría aguardándolo si recuperaba la libertad. Aquella certeza incorporaba una pérdida irreparable a la incertidumbre que lo rodeaba.
Frente a ese dolor, se refugió en la fe cristiana recibida durante la infancia. Rezó por su padre y por la familia que sufría lejos de él, aunque también necesitaba que alguien rezara por su propia fortaleza. La oración no eliminaba la tristeza, pero conservaba el vínculo espiritual con quienes habían quedado fuera del alcance de sus manos.
La fe como último espacio de libertad
La resistencia de Larrabure no procedía exclusivamente de su disciplina militar. La fe cristiana se convirtió durante el cautiverio en refugio, compañía y orientación moral. Rezaba en silencio, reconstruía las oraciones aprendidas desde niño y pedía fuerzas para atravesar una prueba cuyo desenlace desconocía.
Sus guardianes controlaban la celda y el cuerpo, pero no podían impedirle recordar a la familia, dirigirse a Dios o decidir qué sentimientos conservaría. En ese espacio interior se encontraba la única libertad que todavía dependía enteramente de él. Cada oración afirmaba que su existencia poseía un sentido que no podía ser definido por quienes lo habían secuestrado.
La profundidad de esa fe aparece en un texto escrito durante el cautiverio:
“A Dios, que con tu sabiduría omnipotente has determinado este derrotero de calvario, a ti te invoco permanentemente para que me des fuerzas. A mi muy amada esposa, para que sobrepongas tu abatido espíritu por la fe en Dios. A mis hijos, para que sepan perdonar”.
Orar por sus captores no significaba justificar el crimen ni renunciar a la justicia. Representaba la decisión de impedir que el sufrimiento lo transformara moralmente en aquello que rechazaba. Su negativa a entregar información que podía utilizarse para matar se encontraba vinculada con sus deberes militares y profesionales, pero también con una convicción cristiana sobre el valor de la vida.
La fe no eliminaba el miedo, el hambre, el insomnio ni la tristeza. Le proporcionaba, sin embargo, una razón para continuar levantándose, ejercitar el cuerpo, ordenar la mente y conservar la esperanza del reencuentro. Cada jornada superada era una victoria íntima sobre un sistema de cautiverio concebido para quebrarlo.
Las cartas de un esposo y un padre
A través de un mecanismo controlado por los secuestradores, Larrabure consiguió enviar siete cartas a su familia. Cada una constituía una señal de vida y, al mismo tiempo, confirmaba que el encierro continuaba. Marisita y sus hijos las leían buscando indicios sobre su estado físico y emocional, intentando descubrir cuánto había sido vigilado y preguntándose si recibirían otro mensaje.
En aquellas páginas aparece un hombre preocupado por el sufrimiento de los suyos. Escribía desde una celda húmeda, debilitado por el hambre y expuesto a una amenaza permanente, consciente de que cada carta podía ser la última. A pesar de sus padecimientos, trataba de transmitir calma y orientar las decisiones cotidianas de la familia.
En una de ellas le pidió a su esposa que continuara conduciendo el hogar:
“No bajes la guardia, Marisita, y seguí adelante. Nita y los chicos te ayudarán y podrás continuar conduciendo la familia”.
La frase revela que el cautiverio no había conseguido apartarlo de las preocupaciones domésticas. Preguntaba por sus hijos, agradecía a quienes ayudaban a la familia y hasta aconsejaba que María Susana manejara con prudencia cuando obtuviera el registro de conducir. En medio de una situación extrema, continuaba siendo el padre que atendía los pequeños acontecimientos de la vida familiar.
También recordó el Día de la Madre y escribió: “Pensé mucho en las nuestras y en ti, Marisita. Madre mejor que vos no habrá en la tierra”. Estas palabras permiten observar al hombre que existía detrás del uniforme y de la condición de rehén. No escribía solamente sobre el país, el Ejército o la violencia; hablaba con ternura a la mujer que amaba y procuraba sostenerla desde un lugar donde él mismo necesitaba ser sostenido.
La frase más conocida fue destinada especialmente a sus hijos y a su ahijado. Está fechada el 22 de octubre de 1974, cuando llevaba poco más de dos meses secuestrado:
“Aun suceda lo peor, no deben odiar a nadie y devolver la bofetada poniendo la otra mejilla”.
La expresión no borra el crimen, no absuelve a los responsables ni reemplaza la necesidad de justicia. Manifiesta el deseo de impedir que la violencia recibida se convirtiera en una herencia familiar. Larrabure comprendía que sus captores no solo podían quitarle la vida, sino también dejar en sus hijos un resentimiento capaz de acompañarlos durante décadas.
Desde el encierro todavía intentaba protegerlos. No podía abrazarlos ni ofrecerles certezas sobre el regreso, pero conservaba la palabra y la empleaba para transmitir amor, esperanza y perdón. Esa elección adquiere mayor profundidad porque no fue realizada desde la seguridad, sino cuando su cuerpo comenzaba a consumirse y la posibilidad de morir estaba presente.
Ni prisionero de guerra ni detenido: un rehén sin derechos
Las organizaciones armadas de la década de 1970 utilizaron expresiones propias de los conflictos militares. Hablaban de ejércitos, compañías, combatientes, operaciones, tribunales revolucionarios y “cárceles del pueblo”. Mediante ese lenguaje pretendían presentarse como fuerzas beligerantes enfrentadas al Estado. Sin embargo, detrás de aquellas denominaciones no existían las garantías que el derecho internacional humanitario exige incluso durante una guerra.
La Tercera Convención de Ginebra de 1949 establece que los prisioneros de guerra deben recibir un trato humano y ser protegidos contra la violencia, las intimidaciones, los insultos y la exposición pública. Tienen derecho a una alimentación suficiente, alojamiento adecuado, atención médica, condiciones de higiene y comunicación con sus familias. La autoridad que los mantiene cautivos debe permitir la supervisión de organismos humanitarios y no puede recurrir a la tortura ni a la coacción para obtener información.
Larrabure no poseía técnicamente ese estatuto, porque la categoría de prisionero de guerra corresponde principalmente a los combatientes capturados durante conflictos armados internacionales. El ERP no constituía un Estado ni había sido reconocido como fuerza beligerante, mientras que el enfrentamiento argentino tenía carácter interno. Esa precisión jurídica, sin embargo, no otorgaba a la organización libertad para secuestrarlo, someterlo a tormentos o disponer de su vida.
El artículo 3 común a los cuatro Convenios de Ginebra de 1949 establece garantías humanitarias mínimas para los conflictos armados sin carácter internacional. Ordena tratar con humanidad a quienes no participan o han dejado de intervenir en las hostilidades y prohíbe los atentados contra la vida y la integridad corporal, la tortura, los tratos crueles, la toma de rehenes, las humillaciones y las condenas dictadas sin intervención de un tribunal legítimamente constituido.
La discusión acerca de si la violencia argentina de aquellos años alcanzó todos los requisitos jurídicos para ser considerada un conflicto armado no internacional no modifica la cuestión central. La vida, la integridad y la dignidad estaban protegidas, además, por los derechos humanos y el derecho penal vigente. Ninguna organización tenía autoridad para crear una prisión secreta, mantener personas incomunicadas y sustraerlas de toda protección judicial.
Larrabure tampoco era un detenido sometido a la legislación argentina. Jamás compareció ante un juez, nunca recibió una acusación formal y careció de abogado, defensa y posibilidad de apelación. Su familia no fue informada sobre el lugar donde permanecía cautivo y ningún organismo independiente pudo verificar las condiciones del encierro. Sus secuestradores reunieron las funciones de acusadores, interrogadores, custodios y jueces, sin reconocer límite alguno a sus decisiones.
La denominada “cárcel del pueblo” se encontraba en las antípodas de un establecimiento regido por normas humanitarias. Larrabure permanecía oculto en un sótano, privado de luz solar, alimentado de manera insuficiente y sometido a una ventilación controlada por sus guardianes. No recibía atención médica independiente, visitas familiares ni protección de la Cruz Roja. La correspondencia dependía de la autorización y vigilancia de quienes lo habían secuestrado.
No sería correcto afirmar que en aquella época no existían los derechos humanos, porque las normas nacionales e internacionales que protegían la vida y la dignidad estaban vigentes. Lo sucedido dentro de la celda era todavía más grave: a Larrabure no se le reconoció ni se le permitió ejercer ninguno de esos derechos. Había sido colocado deliberadamente fuera del alcance de la justicia y convertido en un rehén clandestino.
El ERP invocaba la existencia de una guerra revolucionaria para legitimar sus acciones, pero desconocía las obligaciones humanitarias que toda parte en un conflicto debe respetar. Empleaba vocabulario militar para justificar la captura mientras omitía las reglas destinadas a proteger al cautivo. La palabra “cárcel” ocultaba un secuestro; la denominación “prisionero” disimulaba la condición de rehén, y el supuesto tribunal revolucionario sustituía la justicia por la voluntad de una organización armada.
Ese comportamiento destruía la pretendida diferencia entre una fuerza combatiente y una asociación criminal. Quien reclama para sí la condición de soldado debe aceptar también los límites, deberes y responsabilidades que acompañan a las armas. No basta con adoptar grados, uniformes, compañías y partes de guerra; es necesario respetar la vida del prisionero, proteger su integridad, garantizar su dignidad y responder por su custodia.
Cuando esos principios son deliberadamente desconocidos, la retórica revolucionaria pierde toda legitimidad y deja al descubierto la verdadera naturaleza de los actos cometidos.
Al secuestrar a Larrabure, ocultarlo durante más de un año, utilizarlo como instrumento de negociación, intentar obtener información mediante coacciones y mantenerlo en condiciones inhumanas, el ERP no actuó como el ejército que decía representar. Sus integrantes se comportaron como secuestradores que colocaron a una persona indefensa bajo su dominio absoluto. La ideología, lejos de ennoblecer esas acciones, fue utilizada para justificar procedimientos que el derecho internacional, los derechos humanos y la conciencia moral condenaban.
La ausencia de principios se manifestó precisamente en esa contradicción: reclamaban el reconocimiento reservado a los combatientes, pero negaban a su cautivo las protecciones más elementales de la guerra. Querían ser considerados soldados cuando atacaban, pero rehuían las obligaciones de un soldado cuando tenían en sus manos la vida de otro ser humano. Al renunciar voluntariamente a esas reglas, descendieron al nivel de burdos delincuentes que secuestraban, amenazaban y castigaban sin ley, aunque procuraran revestir sus acciones con proclamas políticas y denominaciones militares.
Larrabure no fue, por lo tanto, un prisionero de guerra ni un detenido legal. Fue un rehén sometido a un poder clandestino que no reconocía jueces, controles ni límites morales. Sus captores pretendieron presentar el encierro como un acto revolucionario, pero las condiciones en las que lo mantuvieron demostraron algo diferente: ninguna causa política convierte un secuestro en una prisión legítima, ninguna ideología transforma la tortura en justicia y ningún uniforme imaginario convierte a un delincuente en soldado.
El final de los 372 días
El 19 de agosto de 1975 terminó el cautiverio. Cuatro días después, el cuerpo de Larrabure apareció envuelto en una sábana y una frazada dentro de un zanjón próximo al cruce de la avenida Ovidio Lagos y la calle Muñoz, en las afueras de Rosario. Pesaba alrededor de cuarenta kilos y mostraba las consecuencias de una desnutrición prolongada.
Después de más de un año de espera, la esposa y los hijos que habían conservado la esperanza de recuperarlo recibieron un féretro. El hombre alto, deportista y vigoroso que había salido del casino de oficiales regresaba consumido por el encierro. La noticia provocó una profunda conmoción y el funeral reunió a una multitud.
La forma exacta de su muerte se convirtió en el aspecto más controvertido del caso. El ERP sostuvo que se había suicidado aprovechando un descuido de los guardianes. La familia, el Ejército, distintos profesionales y los promotores de la causa de beatificación afirman que fue asesinado mediante estrangulamiento.
La primera autopsia estableció que la muerte se produjo por asfixia por estrangulación, pero la documentación forense disponible no permitió determinar de manera incontrovertible si se trató de un ahorcamiento suicida o de un homicidio. Otro informe señaló que no se observaban lesiones producidas por el paso de corriente eléctrica. La honestidad histórica obliga a no presentar como probado aquello que los peritajes no consiguieron establecer concluyentemente.
La controversia sobre el mecanismo final no modifica la responsabilidad principal. Larrabure murió cuando llevaba más de un año secuestrado en una prisión clandestina del ERP y se encontraba bajo el control absoluto de sus captores. Ellos administraban los alimentos, la ventilación, la luz, las comunicaciones y cada aspecto de su existencia. Tenían la obligación de preservar su vida y, después de la muerte, ocultaron el cuerpo y lo abandonaron sin informar a la familia.
La justicia que no cerró la herida
La causa judicial comenzó en 1975 y fue sobreseída provisionalmente en 1977, a la espera de nuevos elementos. Décadas más tarde, Arturo Larrabure impulsó su reapertura y pidió que los hechos fueran considerados crímenes de lesa humanidad o, alternativamente, crímenes de guerra. Comenzó entonces otra lucha, desarrollada durante años en expedientes, dictámenes y tribunales.
En 2007, un informe de la Procuración General sostuvo que, pese a la atrocidad del secuestro y la muerte, los hechos no reunían los requisitos jurídicos para ser clasificados como delitos de lesa humanidad ni como crímenes de guerra. La querella y otros actores judiciales defendieron una interpretación diferente. La discusión no consistía en decidir si el secuestro había sido criminal, cuestión que nunca estuvo seriamente en duda, sino en determinar si era imprescriptible y aún podía perseguirse penalmente.
En julio de 2025, la Corte Suprema declaró abstracto el recurso relacionado con Juan Arnold Kremer, conocido como Luis Mattini, antiguo dirigente del PRT-ERP, debido a que había fallecido en septiembre de 2024. La resolución cerró esa vía sin pronunciarse sobre el debate jurídico de fondo. La familia no obtuvo la sentencia que buscaba y la sociedad tampoco recibió una reconstrucción judicial definitiva de cuanto sucedió dentro de la celda.
Reconocer el secuestro, las vejaciones y la muerte de Larrabure como violaciones gravísimas de los derechos humanos no disminuye ni relativiza los crímenes cometidos posteriormente desde el Estado. La memoria no funciona como una balanza en la que recordar a una víctima obliga a borrar a otra. Las responsabilidades, las capacidades y las estructuras de poder fueron diferentes, pero ninguna distinción jurídica convierte el sufrimiento humano en un hecho secundario.
La causa de beatificación
Larrabure fue ascendido a teniente coronel mientras permanecía secuestrado y recibió post mortem el grado de coronel. Su nombre fue impuesto a calles, promociones militares y establecimientos vinculados con la ingeniería. Sin embargo, el reconocimiento más singular no surgió del Ejército ni de los tribunales, sino de la Iglesia católica.
En 2022, el Obispado Castrense inició las actuaciones destinadas a estudiar su posible beatificación por martirio. El 14 de marzo de 2023, el Dicasterio para las Causas de los Santos comunicó el nihil obstat, mediante el cual manifestó que no existían impedimentos para comenzar formalmente el proceso. Desde entonces, Argentino del Valle Larrabure posee el título de Siervo de Dios.
La causa no analiza solamente la forma en que murió, sino la manera en que afrontó el cautiverio, las virtudes que practicó y la fidelidad demostrada cuando conservar sus principios podía costarle la vida. Para reconocer el martirio, la Iglesia deberá establecer la relación entre su muerte, su fe y las motivaciones de los responsables, además de valorar rigurosamente las cartas, los testimonios y la documentación disponible.
En diciembre de 2025 concluyó la etapa diocesana y los antecedentes fueron entregados en Roma al Dicasterio para las Causas de los Santos. El proceso continúa, por lo que todavía no existe una declaración definitiva de martirio ni una beatificación. La esperanza religiosa debe estar acompañada por la misma prudencia documental que exige la investigación histórica.
Una reflexión personal
Resulta difícil imaginar todo lo que vivió la familia Larrabure desde aquella noche de agosto de 1974. Es imposible medir plenamente la angustia de una esposa que vio cómo se llevaban a su marido y debió regresar sola a su casa, sostener a sus hijos, responder preguntas para las que no tenía respuestas y levantarse cada mañana sin saber si el hombre al que amaba continuaba con vida. Tampoco es sencillo comprender lo que significó para María Susana, Arturo y Jorge Alberto crecer durante ese año entre rumores, cartas vigiladas, gestiones infructuosas y una esperanza que finalmente terminó frente a un féretro.
A ese dolor se sumaron décadas de discusiones, investigaciones, homenajes y reclamos judiciales que nunca consiguieron cerrar por completo la herida. Cada aniversario debió devolverles la imagen del padre ausente, el recuerdo de la última conversación y la pregunta sobre cuánto sufrió en aquel espacio oculto debajo de una vivienda de Rosario.
Sin embargo, junto con ese sufrimiento existe una razón profunda para el orgullo. Argentino del Valle Larrabure fue sometido al hambre, la soledad, la humillación y el miedo, pero conservó los valores que habían orientado su vida. No entregó conocimientos que pudieran utilizarse para matar, no renunció a su fe para obtener ventajas y tampoco permitió que el odio se convirtiera en el último mensaje destinado a sus hijos.
Dentro de una celda de sesenta centímetros de ancho continuó siendo ingeniero cuando resolvía ecuaciones, militar cuando defendía sus principios, esposo cuando intentaba sostener a Marisita y padre cuando se preocupaba por el futuro de sus hijos. Ante todo, siguió siendo un hombre íntegro, capaz de amar y perdonar cuando todo cuanto lo rodeaba parecía destinado a destruir esos sentimientos.
Solo su familia conoce la verdadera dimensión de la ausencia y el precio que debió pagar por conservar viva su memoria. Quienes nos acercamos a esta historia apenas alcanzamos a imaginar una parte de lo vivido. Sin embargo, no cabe duda de que María Susana, Arturo, Jorge Alberto, sus nietos y cuantos lo amaron tienen motivos para sentirse profundamente orgullosos. El padre y esposo que les arrebataron dejó un ejemplo de integridad, valentía y amor que ninguna celda consiguió sepultar.
Sus captores controlaron el aire que respiraba, la luz que recibía, los alimentos que consumía y las horas en las que conseguía dormir. Lograron debilitar su cuerpo y finalmente dispusieron de su vida, pero no consiguieron apoderarse de su conciencia. En medio de la oscuridad, Larrabure preservó una libertad que nadie podía quitarle: la de seguir siendo fiel a sí mismo y amar a su familia hasta el último día.
Por eso, cuando escribió “Aun suceda lo peor, no deben odiar a nadie”, no dejó solamente una frase religiosa ni una recomendación para sobrellevar la tragedia. Entregó a sus hijos su herencia más valiosa: la demostración de que la dignidad puede sobrevivir a la humillación, que los principios conservan su sentido cuando sostenerlos exige sacrificios y que el amor resulta más fuerte que el odio incluso dentro de una celda construida para destruir toda esperanza.
Referencias
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Comité Internacional de la Cruz Roja. (1949). Convenio de Ginebra relativo al trato debido a los prisioneros de guerra del 12 de agosto de 1949.
Larrabure, A. C. (s. f.). Un canto a la Patria: En memoria de mi padre.
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Obispado Castrense de Argentina. (2025, 18 de diciembre). Mons. Olivera entregó en Roma el proceso diocesano de la causa del Siervo de Dios Argentino del Valle Larrabure.
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Seoane, M. (1991). Todo o nada: La historia secreta y la historia pública del jefe guerrillero Mario Roberto Santucho. Planeta.




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