SANTIAGO DE LINIERS: EL HÉROE DE BUENOS AIRES QUE MURIÓ FIEL A ESPAÑA
- Roberto Arnaiz
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Gloria, amor, lealtad y tragedia en los comienzos de la Revolución
El 12 de agosto de 1806, Santiago de Liniers entró en Buenos Aires convertido en héroe. Había reunido en Montevideo las fuerzas que recuperaron la capital ocupada por los británicos y conducido una operación que parecía imposible. Cuatro años y catorce días después, el mismo hombre fue fusilado por orden de la Primera Junta en un paraje del sudeste cordobés.
Entre aquellas dos fechas se encuentra una de las tragedias más profundas de nuestra historia. Liniers no fue un invasor extranjero, sino el jefe militar que había salvado Buenos Aires, organizado sus milicias y contribuido, sin proponérselo, al nacimiento de la conciencia política que hizo posible la Revolución de Mayo.
Tampoco fue ejecutado por haber cambiado súbitamente de principios. En buena medida, murió porque permaneció fiel a los valores que habían orientado su vida: su religión, el honor militar, la palabra empeñada y la obediencia a la Corona española.
La Primera Junta, por su parte, no creyó estar eliminando simplemente a un adversario. Consideró que enfrentaba una contrarrevolución capaz de detener el movimiento iniciado en Buenos Aires, interrumpir las comunicaciones con el Alto Perú y restaurar por la fuerza a las autoridades desplazadas.
Comprender el fusilamiento de Liniers exige abandonar una explicación construida únicamente con héroes y villanos. En agosto de 1810 chocaron dos legitimidades, dos fidelidades y dos concepciones del orden político. Ambas partes creyeron estar defendiendo una causa justa, pero solamente una podía imponerse.
Un francés al servicio de España
Santiago Antonio María de Liniers y Bremond nació el 25 de julio de 1753 en Niort, en el oeste de Francia. Su nombre original era Jacques de Liniers y pertenecía a una familia de antigua nobleza, profundamente católica y vinculada con la carrera militar.
Después de servir brevemente en la caballería francesa, ingresó en 1775 en la Real Armada española. Su incorporación fue favorecida por la alianza entre las monarquías borbónicas de Francia y España, consolidada mediante los Pactos de Familia.
No sería completamente exacto afirmar que España simplemente lo “contrató”. Liniers ingresó voluntariamente al servicio de la Corona, juró fidelidad al rey y desarrolló dentro de sus fuerzas armadas una carrera que se extendió durante treinta y cinco años. Francia fue su patria de nacimiento; España, su patria de servicio; y el Río de la Plata terminó siendo su hogar.
Participó en la expedición de Pedro de Cevallos al Atlántico Sur, en la recuperación de Menorca y en el sitio de Gibraltar. Combatió contra los británicos, estuvo cerca de morir cuando se hundió la batería flotante en la que servía y recibió ascensos por sus actuaciones navales.
En 1776 llegó por primera vez al Río de la Plata. Años después regresó definitivamente, formó una familia y ocupó diferentes destinos militares y administrativos. Fue gobernador interino de las Misiones Guaraníes y jefe de la estación naval de Buenos Aires.
Cuando los británicos desembarcaron en 1806, Liniers ya llevaba más de tres décadas sirviendo bajo la bandera española.
Sus matrimonios y su familia rioplatense
En 1783, Liniers se casó en Málaga con Juana Úrsula de Menvielle, cuyo apellido aparece en algunas fuentes como Membielle o Menbielle. De esa unión nació su hijo primogénito, Luis de Liniers y Menvielle, quien más tarde seguiría la carrera naval española.
Este apellido no debe confundirse con el de Jean-Baptiste Washington de Mendeville, el diplomático francés que muchos años después se convirtió en el segundo marido de Mariquita Sánchez. Menvielle y Mendeville pertenecieron a familias diferentes y no existió entre ellos una relación conocida.
Juana Úrsula murió en 1790. Al año siguiente, Liniers contrajo matrimonio en Buenos Aires con María Martina de Sarratea y Altolaguirre, integrante de una importante familia porteña. Con ella tuvo varios hijos y consolidó definitivamente sus vínculos familiares con el Río de la Plata.
María Martina falleció en 1805. Cuando comenzó la primera invasión británica, Liniers era viudo por segunda vez y padre de una familia numerosa.
El hombre que recuperó Buenos Aires
El 27 de junio de 1806, las fuerzas británicas comandadas por William Carr Beresford ocuparon Buenos Aires. El virrey Rafael de Sobremonte se retiró hacia Córdoba con parte del tesoro y la autoridad española pareció derrumbarse.
Liniers comprendió que la reconquista requería reunir las fuerzas disponibles en las dos orillas del Río de la Plata. Viajó a Montevideo, donde el gobernador Pascual Ruiz Huidobro le proporcionó soldados, armas, municiones y embarcaciones.
Cruzó el río, desembarcó en Las Conchas —actual Tigre— y avanzó hacia Buenos Aires acompañado por tropas regulares y voluntarios. El 12 de agosto, después de combatir en las calles, obligó a los británicos a capitular.
La Reconquista convirtió a Liniers en la figura más popular de la ciudad. Un cabildo abierto le confió el mando militar y desplazó de hecho a Sobremonte, anticipando una práctica que adquiriría una importancia decisiva: frente al fracaso de una autoridad, la comunidad podía intervenir y reemplazarla.
La jornada dejó además una enseñanza que los habitantes de Buenos Aires no olvidarían. La ciudad había logrado expulsar a un ejército europeo con tropas organizadas localmente. Los vecinos comenzaron a descubrir que podían defenderse sin esperar la llegada de fuerzas desde España.
La segunda invasión
En 1807, una nueva invasión británica puso nuevamente a prueba al Río de la Plata. Después de ocupar Montevideo, más de diez mil soldados avanzaron sobre Buenos Aires.
Liniers fue derrotado inicialmente en el combate de Miserere, pero consiguió ingresar en la ciudad y participar en la organización de la defensa junto con Martín de Álzaga. El 5 de julio, las columnas británicas entraron en una capital transformada en fortaleza.
Milicianos, soldados y vecinos combatieron desde calles, azoteas, iglesias y viviendas. El ataque fue rechazado y el general John Whitelocke debió capitular, comprometiéndose además a devolver Montevideo.
La victoria no perteneció a un solo hombre. Álzaga desempeñó un papel fundamental en la preparación de la defensa urbana, las milicias sostuvieron los combates y la población participó activamente. Sin embargo, Liniers encarnó públicamente el triunfo y quedó consagrado como el gran héroe de las Invasiones Inglesas.
El virrey surgido de la victoria
La caída de Sobremonte y el ascenso de Liniers alteraron el funcionamiento habitual del orden virreinal. La nueva autoridad no había descendido normalmente desde la metrópoli: había surgido de una decisión adoptada en Buenos Aires y posteriormente confirmada por las instituciones españolas.
Liniers fue designado virrey interino en 1807 y luego confirmado por la Corona. Se convirtió así en una figura excepcional: un francés que gobernaba uno de los principales virreinatos españoles y cuya autoridad descansaba, en gran medida, sobre el prestigio adquirido ante la población local.
Durante su gobierno debió enfrentar problemas económicos, rivalidades personales, acusaciones sobre su administración y un escenario internacional cada vez más complejo. Su condición francesa se volvió especialmente delicada en 1808, cuando Napoleón invadió España, forzó las abdicaciones de Carlos IV y Fernando VII e instaló a su hermano José Bonaparte en el trono.
La visita a Buenos Aires del marqués de Sassenay, enviado francés que pretendía obtener el reconocimiento de José Bonaparte, agravó las sospechas. Liniers rechazó las pretensiones napoleónicas y mantuvo su reconocimiento de Fernando VII, pero sus reuniones con el emisario fueron utilizadas por sus adversarios para cuestionar su fidelidad.
En medio de ese clima apareció otra figura que habría de influir profundamente sobre su vida y su imagen pública: Ana Périchon.
La Perichona: amor, poder y sospechas
Marie Anne Périchon de Vandeuil, conocida como Ana Périchon o la Perichona, había nacido hacia 1775 en la isla de Borbón, actual isla de La Reunión. Pertenecía a una familia francesa vinculada con el comercio colonial y en 1792 se casó con el irlandés Thomas O’Gorman.
En 1797 llegó con su familia al Río de la Plata. Era una mujer culta, sociable y de fuerte personalidad, cualidades que despertaban admiración y recelo dentro de la sociedad porteña.
Cuando se vinculó sentimentalmente con Liniers, él era viudo y ella continuaba formalmente casada, aunque su esposo permanecía durante largos períodos fuera de Buenos Aires y llevaba una vida marcada por viajes y negocios.
Una tradición difundida por Paul Groussac cuenta que, durante la entrada triunfal de Liniers después de la Reconquista, Ana le arrojó desde un balcón un pañuelo bordado. El vencedor lo habría recogido con la punta de su espada y contestado el saludo. La escena resulta inolvidable, aunque debe ser considerada una tradición literaria más que un episodio demostrado documentalmente.
Lo cierto es que la relación se hizo pública durante el ascenso de Liniers. La casa de Ana, situada en las proximidades de las actuales calles Reconquista y Corrientes, se convirtió en un lugar frecuentado por militares, comerciantes, funcionarios y viajeros.
Sus adversarios afirmaban que allí se gestionaban nombramientos, concesiones y favores oficiales. La relación sentimental comenzó entonces a convertirse en un problema político.
El apodo “la Perichona” evocaba a la Perricholi, la célebre actriz peruana Micaela Villegas, amante del virrey del Perú Manuel de Amat. La comparación pretendía presentar a Ana como una mujer que ejercía una influencia impropia sobre la máxima autoridad.
Martín de Álzaga denunció aquella relación como un escándalo y sostuvo que la casa de la Perichona funcionaba como centro de influencias y negocios. En sus acusaciones se mezclaban hechos, rumores, prejuicios morales y rivalidades políticas.
Ana también fue vinculada con agentes británicos, portugueses, franceses, partidarios de la infanta Carlota Joaquina y futuros revolucionarios. Estas relaciones alimentaron su fama de espía capaz de trabajar para diferentes intereses.
Sin embargo, la documentación disponible no permite demostrar de manera concluyente que haya sido una agente formal al servicio de alguna potencia. Es más prudente considerarla una mujer con amplias conexiones políticas y comerciales, situada en el centro de una sociedad atravesada por proyectos, conspiraciones y lealtades cambiantes.
Su cercanía con extranjeros agravó las sospechas que ya pesaban sobre Liniers por su origen francés. En tiempos de la ocupación napoleónica de España, cualquier contacto con representantes de otras potencias podía interpretarse como una amenaza.
La vida privada del virrey dejó de ser una cuestión sentimental y se convirtió en un asunto político.
La separación
La relación terminó en medio de esas presiones. Ana abandonó Buenos Aires y se instaló durante un tiempo en Río de Janeiro, donde volvió a relacionarse con exiliados rioplatenses, diplomáticos británicos y partidarios de distintos proyectos políticos.
Cuando intentó regresar, las autoridades virreinales se resistieron a recibirla. Después de la Revolución de Mayo, la Primera Junta le permitió establecerse nuevamente en Buenos Aires, pero le exigió mantener una conducta discreta y apartada.
Liniers se encontraba entonces en Córdoba organizando la resistencia contra el gobierno revolucionario. No existe evidencia de que ambos hayan vuelto a encontrarse antes del fusilamiento.
Ana Périchon sobrevivió casi cuatro décadas al hombre que había marcado su vida. Murió en Buenos Aires en 1847. Por medio de su hijo Adolfo O’Gorman fue abuela de Camila O’Gorman, protagonista de otra relación amorosa que desafió las normas sociales y terminó también frente a un pelotón de fusilamiento.
La coincidencia resulta tan notable como trágica. Liniers fue ejecutado en 1810 por enfrentar a una revolución; Camila, nieta de la Perichona, fue fusilada en 1848 por desafiar el orden político, religioso y moral de su tiempo.
La historia de Ana permite descubrir a otro Liniers: no solamente al marino disciplinado, al virrey y al héroe de la Reconquista, sino también al hombre viudo, enamorado y vulnerable. La relación no explica por sí sola la caída de su gobierno, pero ofreció a sus adversarios un poderoso instrumento para cuestionar su autoridad y su prudencia.
La asonada de Álzaga
El 1.º de enero de 1809, Martín de Álzaga y varios integrantes del Cabildo intentaron destituir a Liniers y formar una junta de gobierno. Los cuerpos milicianos compuestos mayoritariamente por peninsulares apoyaron el movimiento, mientras Cornelio de Saavedra movilizó a los Patricios en defensa del virrey.
La asonada fracasó. Álzaga fue enviado a Carmen de Patagones y varios cuerpos españoles fueron disueltos. La jornada consolidó el poder militar y político de las milicias criollas.
Paradójicamente, Saavedra, que en 1809 salvó el gobierno de Liniers, presidiría un año después la Junta que ordenó su ejecución.
El conde de Buenos Aires
Como recompensa por su actuación durante las Invasiones Inglesas, Fernando VII concedió a Santiago de Liniers un título nobiliario hereditario mediante una Real Cédula expedida en febrero de 1809.
Liniers eligió la denominación de conde de Buenos Aires, vinculando su nombre y el de sus descendientes con la ciudad donde había alcanzado la gloria.
La elección provocó la oposición del Cabildo porteño. Sus integrantes entendían que el nombre de Buenos Aires pertenecía a la ciudad y no debía incorporarse al patrimonio hereditario de una familia.
La objeción no necesariamente desconocía los méritos del vencedor de los británicos. Se dirigía contra la utilización privada de una denominación que representaba a toda la comunidad.
Santiago de Liniers fue, por lo tanto, el primer conde de Buenos Aires. Cuando fue fusilado en 1810, el título no desapareció: pasó a su primogénito, Luis de Liniers y Menvielle, porque la concesión poseía carácter hereditario.
Del condado de Buenos Aires al condado de la Lealtad
Luis de Liniers era oficial de la Real Armada española y permaneció fiel a la monarquía. Después de la ejecución de su padre consideró que no resultaba apropiado continuar utilizando el nombre de una ciudad cuyo gobierno había ordenado su muerte.
Por esa razón solicitó a la Corona que modificara la denominación. No renunció a la dignidad nobiliaria ni al recuerdo de Buenos Aires: pidió que el título expresara aquello que, desde la perspectiva de la familia y de la monarquía, había definido la conducta final de su padre.
Fernando VII aceptó la solicitud mediante la Real Cédula del 21 de marzo de 1816 y sustituyó la denominación de conde de Buenos Aires por la de conde de la Lealtad.
El nuevo nombre tenía un significado político inequívoco. Para los revolucionarios, Liniers había encabezado una rebelión contra el gobierno surgido en Mayo. Para la Corona española, había muerto como un servidor que permaneció leal a su juramento.
Luis no llegó a conocer oficialmente la decisión. Había fallecido en San Fernando, Cádiz, el 21 de febrero de 1816, exactamente un mes antes de la expedición de la Real Cédula.
El título continuó entre sus descendientes y, después de la muerte temprana de su hijo, pasó a otras ramas de la familia. Décadas más tarde, en 1862, un descendiente obtuvo de la Corona española la rehabilitación de la antigua denominación de conde de Buenos Aires.
Por eso deben distinguirse cuatro momentos:
1809: Santiago de Liniers recibe el título hereditario de conde de Buenos Aires.
1810: después de su fusilamiento, el título pasa a su hijo Luis.
1816: Fernando VII cambia la denominación por conde de la Lealtad.
1862: un descendiente obtiene la rehabilitación del título de conde de Buenos Aires.
El condado de la Lealtad no fue una nueva recompensa recibida personalmente por Santiago de Liniers. Fue la transformación posterior del título heredado por su familia y una forma de reinterpretar su muerte desde la memoria monárquica.
La entrega del gobierno
En julio de 1809, Baltasar Hidalgo de Cisneros llegó al Río de la Plata para reemplazar a Liniers como virrey. Algunos partidarios del vencedor de las Invasiones Inglesas le propusieron resistirse, pero se negó y entregó el mando.
Aquella decisión resulta importante para comprender su conducta posterior. Liniers no defendía el poder por ambición personal. Cuando una autoridad que consideraba legítima designó a su reemplazante, obedeció.
Después se instaló en una antigua estancia jesuítica de Alta Gracia, en Córdoba, donde esperaba alejarse de las disputas porteñas y preparar su regreso a España.
La tranquilidad duró muy poco.
La Revolución que dividió las lealtades
Cuando recibió la noticia de los acontecimientos de Mayo de 1810, Liniers se encontró frente a un dilema que no podía resolver sin traicionar alguna parte de su historia.
Muchos de los hombres que promovían la Junta habían combatido a sus órdenes contra los británicos. Saavedra lo había defendido en 1809, Manuel Belgrano había reconocido su actuación durante la Reconquista y numerosos integrantes de las milicias debían a Liniers sus grados y experiencias militares.
Sin embargo, Liniers era oficial de la Corona. Su carrera, sus honores y su título provenían de España. Había rechazado al enviado de Napoleón y continuaba reconociendo a Fernando VII como rey legítimo.
Para él, la Junta de Buenos Aires no representaba una continuación legítima de la monarquía, sino un gobierno constituido sin autoridad suficiente que pretendía imponerse sobre todo el virreinato.
La situación era extraordinariamente ambigua. La Junta también gobernaba formalmente en nombre de Fernando VII y sostenía que su autoridad surgía de la ausencia del monarca. Sus adversarios reconocían al mismo rey, pero consideraban que debía obedecerse al Consejo de Regencia establecido en Cádiz.
No se enfrentaban todavía, de manera abierta y definida, republicanos independentistas contra defensores de una potencia extranjera. Se enfrentaban dos respuestas diferentes frente al colapso de la monarquía española.
Para los revolucionarios, al desaparecer la autoridad legítima que había designado al virrey, la soberanía regresaba a los pueblos, que podían constituir juntas. Para Liniers y las autoridades cordobesas, Buenos Aires no tenía derecho a reemplazar unilateralmente al gobierno y exigir obediencia a todas las provincias.
La Revolución de Mayo abrió así una guerra dentro del mismo cuerpo político antes de transformarse abiertamente en una guerra por la independencia.
La contrarrevolución de Córdoba
El gobernador Juan Gutiérrez de la Concha reunió en Córdoba a quienes rechazaban a la Junta. Lo acompañaron el obispo Rodrigo de Orellana, el coronel Santiago Allende, el asesor Victorino Rodríguez y el oficial real Joaquín Moreno.
Liniers se convirtió en la figura de mayor prestigio del movimiento. En una de sus comunicaciones comparó la conducta de Buenos Aires con la de un hijo que, al ver enfermo a su padre, lo mata para recibir anticipadamente la herencia.
La comparación revela su pensamiento. España se encontraba invadida y debilitada, pero esa situación no liberaba a sus súbditos de la obediencia. Por el contrario, los obligaba a auxiliarla.
Su decisión no fue absurda ni inesperada. El hombre que había combatido a los británicos para conservar el Río de la Plata dentro de la monarquía española difícilmente podía aceptar que una junta constituida en Buenos Aires desplazara a las autoridades reconocidas por la Regencia.
Liniers esperaba reunir fuerzas en Córdoba, obtener el apoyo del Alto Perú y detener la expedición enviada desde Buenos Aires. La posición cordobesa era estratégica porque controlaba las comunicaciones entre la capital y el norte.
La Junta comprendió el peligro. Un movimiento dirigido por el vencedor de 1806 podía estimular nuevas resistencias y destruir la Revolución antes de que consiguiera consolidarse.
El problema no era únicamente militar. Liniers conservaba un prestigio, unas relaciones y una autoridad simbólica que pocos hombres podían igualar.
Una batalla que no llegó a producirse
La expedición auxiliadora enviada al norte estaba inicialmente comandada por Francisco Ortiz de Ocampo. Antonio González Balcarce ocupaba una función militar subordinada e Hipólito Vieytes acompañaba a la fuerza como representante político de la Junta.
Cuando las tropas revolucionarias se aproximaron, las fuerzas organizadas en Córdoba comenzaron a disolverse. Los dirigentes contrarrevolucionarios intentaron retirarse hacia el norte, pero fueron capturados separadamente durante los primeros días de agosto.
Por eso no resulta preciso hablar de una gran batalla del Chañar o de Piedritas entre el ejército porteño y el ejército cordobés. La contrarrevolución se desintegró antes de poder presentar una resistencia militar organizada.
Sus jefes fueron vencidos políticamente y abandonados por buena parte de sus fuerzas antes de ser derrotados en el campo de batalla.
La decisión de la Primera Junta
El 28 de julio de 1810, antes de que todos los dirigentes fueran capturados, la Junta ordenó que Liniers, Gutiérrez de la Concha, Allende, Rodríguez y Joaquín Moreno fueran ejecutados cuando cayeran prisioneros.
La disposición fue firmada por los integrantes del gobierno, con la excepción del sacerdote Manuel Alberti, quien se abstuvo de convalidar la aplicación de la pena de muerte debido a su condición eclesiástica.
La severidad de la orden respondía a una evaluación política. La Junta necesitaba demostrar que poseía autoridad para hacerse obedecer fuera de Buenos Aires y que la oposición armada tendría consecuencias irreversibles.
Permitir que Liniers regresara vivo a la capital podía convertir un proceso judicial en una crisis pública. El acusado continuaba siendo el héroe de la Reconquista y conservaba influencia sobre numerosos militares y vecinos.
Ocampo no cumplió la orden. Influyeron sus vínculos con los prisioneros, la intervención de las autoridades cordobesas y el impacto que provocaba ejecutar a hombres de tanta jerarquía. Dispuso que fueran enviados a Buenos Aires para ser juzgados.
Para la Junta, aquella decisión amenazaba la Revolución. Mariano Moreno temía que la popularidad de Liniers impidiera su condena, dividiera a las tropas o provocara una reacción en la ciudad.
El gobierno resolvió relevar a los responsables y envió a Juan José Castelli, acompañado por una fuerza al mando de Domingo French, con la orden de ejecutar la sentencia.
Cabeza de Tigre
El 26 de agosto de 1810, la comitiva interceptó a los prisioneros cerca de la posta de Cabeza de Tigre, en el sudeste de Córdoba. Fueron conducidos hacia un paraje conocido como Monte de los Papagayos.
Allí fueron fusilados Santiago de Liniers, Juan Gutiérrez de la Concha, Santiago Allende, Victorino Rodríguez y Joaquín Moreno. El obispo Rodrigo de Orellana fue apartado de la ejecución por su condición sacerdotal y enviado prisionero.
Liniers tenía cincuenta y siete años. Habían transcurrido apenas cuatro desde la jornada en que Buenos Aires lo había recibido como libertador.
Las iniciales de los apellidos de los seis dirigentes dieron origen al acróstico CLAMOR: Concha, Liniers, Allende, Moreno, Orellana y Rodríguez. La palabra fue utilizada por los realistas para recordar a los protagonistas de la resistencia cordobesa.
La ejecución produjo un efecto inmediato. Mostró que la Junta estaba dispuesta a ejercer el poder más allá de Buenos Aires y que ni siquiera el prestigio del mayor héroe militar de la ciudad garantizaría clemencia.
La expedición pudo continuar hacia el Alto Perú sin dejar a sus espaldas un centro organizado de resistencia. Pero la Revolución, que había comenzado mediante debates, peticiones y un cabildo abierto, adoptaba ahora la pena de muerte como instrumento para asegurar su supervivencia.
¿Fue la primera violencia política argentina?
Definir el fusilamiento de Liniers como el primer acto de violencia política de la historia argentina resulta demasiado categórico. Antes de 1810 habían existido motines, represiones, destierros y conflictos por el poder. La asonada de Álzaga de 1809 había terminado con arrestos, disolución de cuerpos militares y deportaciones.
Tampoco existía aún la República Argentina en el sentido institucional posterior. La Junta gobernaba formalmente en nombre de Fernando VII y la independencia no sería declarada hasta 1816.
Cabeza de Tigre puede considerarse, con mayor precisión, la primera ejecución política colectiva ordenada por el gobierno surgido de la Revolución de Mayo.
Su importancia reside en que estableció tempranamente un principio: la nueva autoridad entendía que su supervivencia podía exigir la eliminación física de quienes intentaran derribarla.
La guerra iniciada en 1810 tampoco fue, desde el primer momento, un conflicto convencional entre dos Estados plenamente constituidos. Durante sus primeras etapas reunió características de revolución, guerra civil, lucha por la legitimidad y enfrentamiento entre territorios pertenecientes a una monarquía en descomposición.
Después de la declaración de 1816, la guerra adquirió una definición independentista y jurídica más clara.
¿Tenía la Junta otra alternativa?
Desde una perspectiva jurídica contemporánea, los prisioneros debieron recibir un juicio, disponer de defensa y ser condenados mediante una sentencia fundada. Nada de eso ocurrió. La orden fue adoptada por necesidad política y ejecutada sin un proceso regular.
Desde la perspectiva de la Junta, sin embargo, la situación era extrema. El nuevo gobierno todavía no controlaba efectivamente el antiguo virreinato. Montevideo lo desconocía, Paraguay no había prestado obediencia, el Alto Perú permanecía en manos realistas y Córdoba podía interrumpir la única vía terrestre hacia el norte.
Liniers no era un adversario cualquiera. Su nombre podía reunir tropas, legitimar la resistencia y provocar divisiones dentro de Buenos Aires. El hombre que había movilizado a la población contra los británicos podía intentar movilizarla nuevamente contra la Junta.
La decisión fue despiadada, pero tuvo una lógica revolucionaria: impedir que el símbolo más poderoso de la resistencia recuperara su capacidad de acción.
Comprender esa lógica no obliga a justificarla. Del mismo modo, reconocer la fidelidad de Liniers no exige negar que se había levantado contra el nuevo gobierno.
Los restos del héroe vencido
Los cuerpos fueron enterrados en las proximidades de Cruz Alta. En 1861, durante la presidencia de Santiago Derqui, una comisión localizó los restos atribuidos a los fusilados.
España solicitó su repatriación y el gobierno argentino autorizó el traslado. Los restos de Liniers y Gutiérrez de la Concha fueron recibidos con honores y depositados en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando, en Cádiz.
La Marina Argentina colocó allí posteriormente una placa con una frase inspirada en Paul Groussac que resume la tragedia: los últimos héroes de la patria vieja se convirtieron en las primeras víctimas de la patria nueva.
La expresión no resuelve el dilema, pero ayuda a comprenderlo. Liniers pertenecía a la patria anterior a la independencia: una monarquía extensa, católica y formada por territorios unidos bajo una misma Corona.
Los revolucionarios comenzaban a construir otra patria, aunque todavía no conocieran su forma definitiva.
Un hombre fiel a su propia historia
Santiago de Liniers fue francés por nacimiento, español por juramento y rioplatense por elección. Combatió por la Corona, formó su familia en estas tierras y recibió de Buenos Aires la mayor gloria de su vida.
Su oposición a la Junta no debería interpretarse simplemente como una traición a la ciudad que había defendido. Liniers no creyó estar atacando a Buenos Aires, sino intentando rescatarla de un movimiento que, según su mirada, amenazaba con separarla de la monarquía a la que pertenecía.
La Junta tampoco lo ejecutó porque ignorara sus servicios. Lo hizo precisamente porque conocía la magnitud de su prestigio. La gloria alcanzada en 1806, que lo había llevado hasta el gobierno, se convirtió en 1810 en la razón por la que sus adversarios consideraron imposible dejarlo con vida.
En su figura convivieron el héroe de la Reconquista, el virrey cuestionado, el hombre enamorado de la Perichona, el conde de Buenos Aires y el jefe de la contrarrevolución cordobesa. No fueron personajes diferentes, sino distintas dimensiones de un mismo hombre enfrentado a circunstancias que cambiaron con extraordinaria rapidez.
Cuando defendió Buenos Aires de los británicos, fue fiel al rey de España. Cuando entregó el gobierno a Cisneros, volvió a obedecer a la autoridad que consideraba legítima. Cuando se opuso a la Junta, permaneció sujeto al mismo juramento.
Lo que había cambiado no era Liniers, sino el mundo que lo rodeaba.
Su muerte representa uno de los momentos más dolorosos del nacimiento argentino. Para triunfar, la Revolución debió eliminar a uno de los hombres que, sin proponérselo, habían creado las condiciones militares y políticas que la hicieron posible.
Por eso, Santiago de Liniers no admite un juicio sencillo. Fue el héroe que enseñó a Buenos Aires que podía defenderse con sus propias fuerzas y la primera gran figura sacrificada por el gobierno que nació de aquella conciencia.
Fue el conde de Buenos Aires que murió por España. Fue también el hombre cuya familia decidió sustituir el nombre de la ciudad por una palabra que resumía su conducta: lealtad.
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