PALESTINA EN TIEMPOS DE JESÚS
- Roberto Arnaiz
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Un Mesías entre el poder de Roma y la autoridad del Templo
Jesús no apareció en un lugar apartado de la historia. Nació y predicó en una región sometida al poder de Roma, dividida entre gobernantes de la familia de Herodes y funcionarios enviados por el emperador. Era una sociedad atravesada por impuestos, desigualdades y esperanzas religiosas, cuyo centro espiritual se encontraba en el Templo de Jerusalén.
En aquel mundo, religión y política no podían separarse con facilidad. La esperanza en la llegada de un Mesías podía expresar la confianza en la intervención salvadora de Dios, pero también podía ser interpretada como el anuncio de un nuevo rey. Hablar del Reino de Dios ofrecía consuelo a los pobres y esperanza a los excluidos, aunque despertaba inquietud entre quienes gobernaban en nombre de Roma o administraban el Templo.
Para comprender por qué Jesús fue escuchado por multitudes, vigilado por las autoridades y finalmente crucificado, es necesario conocer el escenario político, geográfico y religioso en el que desarrolló su vida.
Nuestro conocimiento procede principalmente de los Evangelios, redactados desde la fe y la memoria de las primeras comunidades cristianas; de las obras de Flavio Josefo, historiador judío del siglo I; de algunas referencias romanas y de los descubrimientos arqueológicos. Estas fuentes no siempre coinciden y deben ser comparadas cuidadosamente.
Una tierra entre el Mediterráneo y el Jordán
La región en la que vivió Jesús se encontraba en el extremo oriental del mar Mediterráneo, dentro del territorio que hoy denominamos Oriente Próximo o Levante.
Al oeste se extendía el Mediterráneo; al este, el río Jordán, el mar de Galilea y el mar Muerto. Hacia el norte se encontraba Siria y, hacia el sudoeste, el camino conducía a Egipto. La región constituía un paso natural entre África y Asia, razón por la cual había sido disputada durante siglos por diferentes imperios.
En tiempos de Jesús no existía una única provincia que abarcara toda aquella tierra. El territorio estaba dividido en varias regiones:
Galilea, situada al norte y alrededor del mar de Galilea.
Samaria, localizada en la zona central.
Judea, ubicada al sur y con Jerusalén como ciudad principal.
Idumea, al sur de Judea.
Perea, al este del río Jordán.
Los territorios de Filipo, al nordeste del mar de Galilea.
Las ciudades de la Decápolis, principalmente al este y sudeste del lago.
Esta división resulta fundamental. Jesús creció en Nazaret, una aldea de Galilea, y desarrolló gran parte de su predicación en ciudades y pueblos próximos al mar de Galilea. Aquella región era gobernada por Herodes Antipas.
Jerusalén, en cambio, se encontraba en Judea, aproximadamente a ciento veinte kilómetros al sur de Nazaret. Desde el año 6 d. C., Judea estaba administrada directamente por Roma. Cuando Jesús viajó desde Galilea hasta Jerusalén para celebrar la Pascua, salió del territorio de Antipas e ingresó en la jurisdicción del prefecto Poncio Pilato.
Por eso, dos autoridades políticas aparecen vinculadas con su historia: Antipas en Galilea y Pilato en Judea.
¿Podemos llamarla Palestina?
Aunque habitualmente utilizamos la expresión “Palestina en tiempos de Jesús” para identificar de manera general aquella región, ese no era entonces su nombre administrativo.
El término relacionado con Palestina era mucho más antiguo. El historiador griego Heródoto ya había empleado en el siglo V a. C. una expresión semejante para referirse a una parte de la costa situada entre Fenicia y Egipto. El nombre estaba vinculado con la antigua presencia de los filisteos en el litoral mediterráneo.
Sin embargo, durante la vida de Jesús las principales denominaciones políticas eran Judea, Samaria y Galilea. Fue después de la rebelión de Bar Kojba, concluida hacia el año 135, cuando el gobierno del emperador Adriano sustituyó oficialmente el nombre de la provincia de Judea por el de Syria Palaestina.
Algunos historiadores interpretaron la medida como un intento de debilitar el vínculo simbólico entre el pueblo judío y Judea. Otros consideran que también pudo responder a una reorganización administrativa más amplia. La motivación exacta continúa siendo discutida.
Hablar de Palestina en tiempos de Jesús resulta válido como referencia geográfica moderna, siempre que recordemos que sus habitantes no vivían dentro de una unidad política denominada oficialmente de ese modo.
Roma, Herodes y la división del territorio
La intervención romana comenzó en el año 63 a. C., cuando el general Pompeyo ingresó en Jerusalén en medio de una disputa interna de la dinastía asmonea.
Roma no transformó inmediatamente toda la región en una provincia. Prefirió controlar el territorio mediante gobernantes locales que conservaran el orden, pagaran tributos y permanecieran fieles al emperador.
Uno de ellos fue Herodes, llamado posteriormente el Grande. El Senado romano lo reconoció como rey de los judíos en el año 40 a. C., aunque sólo logró dominar efectivamente Jerusalén tres años después, con apoyo militar romano.
Herodes no descendía de la antigua casa de David ni de la familia sacerdotal asmonea. Su origen idumeo y su dependencia de Roma hicieron que una parte de la población nunca lo considerara plenamente legítimo.
Sin embargo, gobernó durante más de tres décadas y transformó profundamente el territorio. Construyó ciudades, caminos, fortalezas, palacios, puertos y sistemas hidráulicos. Levantó Cesarea Marítima, reconstruyó Samaria con el nombre de Sebaste y amplió extraordinariamente el Templo de Jerusalén.
Detrás de aquellas obras existía un gobierno autoritario, sostenido mediante impuestos, vigilancia y represión. Herodes desconfiaba incluso de su familia. Ordenó ejecutar a su esposa Mariamna I y a tres de sus hijos: Alejandro, Aristóbulo y Antípatro.
Cuando murió, probablemente en el año 4 a. C., Augusto distribuyó sus territorios entre varios herederos:
Herodes Arquelao recibió Judea, Samaria e Idumea con el título de etnarca.
Herodes Antipas recibió Galilea y Perea como tetrarca.
Filipo recibió los territorios situados al nordeste del mar de Galilea.
Ninguno obtuvo inicialmente el título de rey. Roma conservó la autoridad superior y podía modificar o retirar cada nombramiento.
Dos gobiernos diferentes: Galilea y Judea
La diferencia entre Galilea y Judea debe quedar claramente establecida, porque explica el recorrido político de Jesús.
Galilea bajo Herodes Antipas
Galilea se encontraba al norte. Allí estaban Nazaret, Caná, Cafarnaúm y la mayor parte de los pueblos mencionados durante la predicación de Jesús. Su paisaje estaba dominado por pequeñas aldeas agrícolas y por el mar de Galilea, donde trabajaban pescadores y comerciantes.
Herodes Antipas gobernó Galilea y Perea durante más de cuarenta años. No era un funcionario romano directo, sino un príncipe local subordinado al emperador. Podía administrar justicia, recaudar impuestos, construir ciudades y mantener fuerzas propias, pero su permanencia dependía de Roma.
Antipas reconstruyó Séforis y fundó Tiberíades, bautizada en honor del emperador Tiberio. Estas ciudades representaban una mayor integración de Galilea en el mundo económico y cultural grecorromano.
La mayor parte de la población, sin embargo, vivía en aldeas. Campesinos, artesanos y pescadores debían sostener a sus familias y afrontar distintas cargas tributarias. Jesús perteneció a ese ambiente rural y comenzó allí su actividad pública.
Judea bajo Poncio Pilato
Judea se encontraba al sur. Allí estaban Jerusalén, Belén, Jericó y el mar Muerto. Su importancia no provenía únicamente de su territorio, sino de la presencia de Jerusalén y del Templo.
Arquelao había recibido inicialmente Judea, Samaria e Idumea, pero su gobierno fue tan conflictivo que Augusto lo destituyó en el año 6 d. C. Desde entonces, esos territorios quedaron bajo administración romana directa.
Roma designó prefectos encargados de mantener el orden, recaudar impuestos y proteger los intereses imperiales. Dependían del gobernador de Siria y contaban con fuerzas militares auxiliares.
Poncio Pilato fue prefecto de Judea entre los años 26 y 36. Su residencia habitual estaba en Cesarea Marítima, sobre la costa, pero durante las grandes fiestas judías se trasladaba a Jerusalén acompañado por tropas.
La llegada de miles de peregrinos podía favorecer disturbios, especialmente durante la Pascua, una celebración que recordaba la liberación de Israel de la esclavitud en Egipto.
La distinción puede resumirse así:
Jesús vivió y predicó principalmente en la Galilea gobernada por Antipas, pero fue detenido, juzgado y crucificado en la Judea administrada por Pilato.
El Templo, el Sanedrín y la autoridad religiosa
Jerusalén ocupaba un lugar único. Allí se encontraba el Templo, considerado el espacio más sagrado del judaísmo. No era solamente un lugar de oración: constituía el centro espiritual, simbólico y económico del pueblo judío.
Los sacrificios se realizaban bajo la dirección de los sacerdotes. Los levitas cumplían funciones auxiliares y musicales. Durante las grandes festividades llegaban peregrinos desde diferentes regiones para presentar ofrendas, pagar tributos y participar en ceremonias.
En el centro de aquel sistema se encontraba el sumo sacerdote. Durante gran parte de la vida pública de Jesús, esa función fue ejercida por José Caifás. Su continuidad en el cargo indica que mantenía una relación estable con el gobierno romano, porque Roma podía intervenir en la designación y remoción de las máximas autoridades sacerdotales.
Junto al sumo sacerdote funcionaba el Sanedrín, un consejo integrado por sacerdotes, ancianos y especialistas en la Ley. Atendía cuestiones religiosas, judiciales y comunitarias, aunque sus atribuciones estaban condicionadas por la dominación romana.
El Sanedrín no representaba a todo el pueblo judío ni constituía un gobierno plenamente independiente. Tampoco existía una separación moderna entre religión y política. Las decisiones vinculadas con el Templo podían tener consecuencias sociales y políticas, mientras que Roma esperaba que las autoridades sacerdotales colaboraran en el mantenimiento del orden.
El Templo representaba así una doble realidad. Para el pueblo era la casa de Dios y el corazón de su identidad; para Roma era también una institución cuya estabilidad debía conservarse.
Un pueblo unido por la Ley, pero diverso
El judaísmo del siglo I no era uniforme. Sus diferentes corrientes compartían la fe en el Dios de Israel, la Torá, la memoria de la alianza y la centralidad de Jerusalén, pero discrepaban sobre la manera de interpretar la Ley y sobre la relación con Roma.
Los fariseos atribuían importancia a la Torá escrita y a las tradiciones interpretativas. Creían en la resurrección y buscaban aplicar las normas de santidad a la vida cotidiana.
Los saduceos estaban relacionados principalmente con las familias sacerdotales y dirigentes de Jerusalén. Su influencia dependía en gran medida del Templo y rechazaban algunas creencias aceptadas por los fariseos, entre ellas la resurrección de los muertos.
Los esenios buscaban una forma de vida caracterizada por la disciplina comunitaria y la pureza. Algunos especialistas relacionan a parte de ellos con los asentamientos y manuscritos hallados cerca del mar Muerto.
Los escribas eran especialistas en la lectura e interpretación de la Ley. Podían vincularse con diferentes corrientes y no constituían necesariamente un partido separado.
También existían predicadores, movimientos bautistas, grupos proféticos y personas que rechazaban el dominio romano. Flavio Josefo menciona una “cuarta filosofía”, relacionada con Judas el Galileo, que afirmaba que Dios era el único señor y condenaba la sumisión política a Roma.
La Ley regulaba la alimentación, el sábado, las fiestas, el matrimonio, las herencias, la pureza, los sacrificios y las relaciones comunitarias. Las controversias de Jesús con escribas y fariseos no enfrentaban necesariamente a quien rechazaba la Ley contra quienes deseaban cumplirla. Eran, muchas veces, discusiones internas sobre su interpretación.
Jesús, sus discípulos y sus primeros seguidores pertenecían al pueblo judío. Su mensaje nació dentro de esa tradición y no puede comprenderse separado de ella.
Impuestos, resistencia y esperanza mesiánica
Cuando Judea pasó a la administración romana directa en el año 6, el legado Publio Sulpicio Quirinio organizó un censo con finalidad fiscal.
Para Roma, censar una población era una medida administrativa destinada a identificar bienes y organizar la recaudación. Para algunos judíos, dejarse registrar significaba aceptar que el emperador poseía autoridad sobre el pueblo y la tierra de Israel.
Judas el Galileo promovió la resistencia. Sostenía que Dios era el único señor y que reconocer el dominio romano comprometía la fidelidad religiosa. El movimiento fue reprimido, pero sus ideas sobrevivieron.
El rechazo a los impuestos combinaba así razones económicas, políticas y religiosas. La pregunta dirigida posteriormente a Jesús sobre si era lícito pagar tributo al César no era un ejercicio teórico. Cualquier respuesta podía comprometerlo.
Aprobar el impuesto podía desacreditarlo entre quienes rechazaban a Roma. Condenarlo podía convertirlo en un rebelde ante las autoridades. Su respuesta —dar al César lo que corresponde al César y a Dios lo que pertenece a Dios— no eliminaba la tensión, sino que obligaba a preguntarse cuáles eran los límites del poder imperial.
El dominio extranjero, los impuestos y la memoria de antiguas liberaciones alimentaban la esperanza de una intervención divina. Sin embargo, no todos esperaban al mismo Mesías.
Algunos imaginaban un rey descendiente de David; otros, un sacerdote purificador, un profeta semejante a Moisés o una intervención celestial. En aquel ambiente surgieron diferentes dirigentes que reunieron seguidores mediante promesas de liberación y señales extraordinarias.
Roma vigilaba esos movimientos porque una convocatoria religiosa podía transformarse rápidamente en una rebelión.
Juan el Bautista desafía a Antipas
Juan era un predicador ascético que actuaba en las proximidades del Jordán. Convocaba a la conversión y realizaba un bautismo que expresaba exteriormente un cambio interior.
Los Evangelios y Flavio Josefo coinciden en reconocer su influencia, aunque explican de manera diferente su ejecución.
Los relatos evangélicos destacan su denuncia del matrimonio de Antipas con Herodías, quien había sido esposa de uno de sus hermanos. Para Juan, aquella unión violaba la Ley.
Flavio Josefo subraya otra dimensión. Antipas temía que la influencia de Juan sobre las multitudes pudiera desencadenar una rebelión. Por eso lo hizo detener y lo envió a la fortaleza de Maqueronte, situada en Perea, al este del mar Muerto, donde finalmente fue ejecutado.
Los Evangelios relatan que la hija de Herodías bailó durante un banquete y pidió, aconsejada por su madre, la cabeza del Bautista. El texto bíblico no menciona su nombre ni su edad. Flavio Josefo permite identificar a una hija de Herodías llamada Salomé, pero no confirma todos los detalles incorporados posteriormente por la tradición y el arte.
Detrás de las diferencias permanece un hecho fundamental: Juan no murió sólo por expresar una creencia privada. Su palabra había alcanzado una dimensión pública y podía amenazar la autoridad del gobernante.
Jesús sale a los caminos
Los Evangelios sitúan el bautismo de Jesús por Juan al comienzo de su vida pública. Después de la detención del Bautista, Jesús comenzó a recorrer Galilea anunciando que el Reino de Dios estaba cerca.
Nazaret estaba situada en el interior de Galilea. Cafarnaúm, junto al lago, se convirtió en uno de los centros de su predicación. Desde allí recorrió aldeas habitadas por campesinos, pescadores, artesanos, comerciantes y recaudadores de impuestos.
Su mensaje se dirigía especialmente a quienes necesitaban esperanza: enfermos, pobres, pecadores, mujeres, marginados y personas despreciadas por su posición social.
Jesús enseñaba mediante parábolas e imágenes tomadas de la vida cotidiana. Compartía la mesa con personas de diferente condición, curaba, perdonaba y discutía con quienes cuestionaban su conducta.
No organizó un ejército ni llamó expresamente a atacar a Roma. Sin embargo, la proclamación del Reino de Dios, la reunión de discípulos y la creciente expectativa mesiánica podían adquirir un significado político.
Si Dios iba a reinar, ¿qué lugar correspondía al emperador? Si los últimos serían los primeros, ¿qué ocurriría con las jerarquías existentes? Si los pobres y excluidos eran también destinatarios del Reino, ¿cómo debía interpretarse el orden social?
Las mujeres ocuparon un lugar significativo dentro del movimiento. María Magdalena, Juana, Susana, Marta y María de Betania aparecen como discípulas, colaboradoras, interlocutoras o testigos de momentos decisivos.
La sociedad continuaba siendo patriarcal, pero la presencia femenina alrededor de Jesús muestra que las mujeres no fueron simples espectadoras de su mensaje.
De Galilea a Jerusalén
El momento decisivo llegó cuando Jesús abandonó Galilea y se dirigió hacia Jerusalén para celebrar Pésaj, la Pascua judía.
El viaje significaba mucho más que un desplazamiento geográfico. Jesús salía de la tetrarquía de Antipas e ingresaba en Judea, territorio administrado directamente por Poncio Pilato.
Galilea estaba al norte; Judea, al sur. Entre ambas se encontraba Samaria. Los viajeros podían atravesarla o seguir un camino alternativo hacia el este, descendiendo por el valle del Jordán y aproximándose a Jerusalén desde Jericó.
Jerusalén estaba construida sobre una zona elevada. Durante la Pascua recibía numerosos peregrinos que recordaban la liberación de Egipto. Para Roma, una fiesta que celebraba la ruptura de una antigua dominación extranjera requería vigilancia especial.
Según los Evangelios, Jesús entró montado sobre un asno. El gesto evocaba la profecía de Zacarías sobre la llegada de un rey humilde y podía ser interpretado en sentido mesiánico.
Sus seguidores lo recibieron con expresiones de esperanza. Para ellos, aquella entrada podía anunciar el cumplimiento de las promesas de Dios. Para las autoridades, una multitud aclamando a un posible rey constituía un riesgo.
El conflicto en el Templo
En el recinto exterior del Templo funcionaban cambistas y vendedores de animales. Su presencia respondía a necesidades concretas: los peregrinos debían cambiar monedas y adquirir ofrendas adecuadas para los sacrificios.
Por eso, la acción de Jesús no debe reducirse a una reacción contra algunos comerciantes deshonestos. Al expulsar vendedores y cuestionar públicamente el funcionamiento del recinto, realizó un gesto simbólico dirigido contra el sistema administrado por las autoridades sacerdotales.
El Templo era la casa de Dios, pero también el centro del poder sacerdotal y uno de los pilares del equilibrio con Roma. Interrumpir sus actividades durante la Pascua podía interpretarse como una amenaza de extraordinaria gravedad.
Los Evangelios también atribuyen a Jesús anuncios sobre la destrucción del Templo. Aunque su significado exacto continúa siendo discutido, esas palabras pudieron influir en la decisión de detenerlo.
No era necesario que contara con un ejército. Bastaba con que su mensaje movilizara a la multitud y pusiera en peligro el frágil equilibrio entre la autoridad sacerdotal y el gobierno romano.
El arresto y los interrogatorios
Jesús fue detenido durante la noche, lejos de la multitud. La tradición evangélica atribuye a Judas Iscariote un papel decisivo en su identificación.
Los relatos describen diferentes interrogatorios ante autoridades religiosas. Su reconstrucción histórica presenta dificultades, porque los Evangelios fueron redactados décadas después y organizan los acontecimientos de acuerdo con sus propios propósitos teológicos.
Es probable que algunos dirigentes sacerdotales consideraran a Jesús una amenaza para el orden del Templo y temieran que su actuación provocara una respuesta romana.
Esto no permite responsabilizar al pueblo judío en su conjunto. Jesús, sus discípulos, las multitudes que lo escuchaban, los sacerdotes y quienes intervinieron en el conflicto pertenecían al mismo pueblo.
El Sanedrín podía investigar, interrogar y formular acusaciones, pero el territorio se encontraba bajo dominio imperial. La decisión de aplicar la crucifixión correspondía a la autoridad romana.
Por eso Jesús fue conducido ante Poncio Pilato.
¿Por qué crucificaron a Jesús?
Para determinados dirigentes religiosos, Jesús podía representar un cuestionamiento a la autoridad sacerdotal, al funcionamiento del Templo y a la interpretación tradicional de la Ley.
Para Roma, en cambio, la cuestión decisiva era política. Las controversias sobre el sábado, la pureza o las prácticas religiosas no justificaban por sí mismas una crucifixión.
La acusación debía presentarlo como un peligro para el orden imperial.
La expresión “rey de los judíos” resultaba fundamental. Dentro del Imperio, ningún hombre podía reclamar legítimamente un poder real sin autorización de Roma. Un rey aclamado por la multitud podía ser considerado rival del emperador y posible jefe de una insurrección.
Los Evangelios presentan a Pilato preguntando a Jesús si era rey de los judíos. También relatan que dudó o cedió ante diferentes presiones. Estas escenas deben compararse con otras fuentes antiguas, que describen al prefecto como un gobernante duro y dispuesto a reprimir protestas.
Pilato era quien poseía autoridad para ordenar una ejecución romana. Si consideró que Jesús podía alterar el orden durante la Pascua, no necesitaba demostrar que hubiera organizado una rebelión completa. En una provincia conflictiva, el riesgo de un levantamiento podía resultar suficiente.
La inscripción colocada sobre la cruz —“Jesús de Nazaret, rey de los judíos”— expresaba el carácter político de la condena y funcionaba como advertencia para cualquiera que pretendiera desafiar la autoridad imperial.
La crucifixión
La crucifixión era una pena romana particularmente dolorosa, humillante y pública. Se aplicaba principalmente a esclavos, rebeldes y personas consideradas peligrosas para el orden.
Jesús fue crucificado junto a otros dos condenados, cuya identidad y delito no pueden establecerse con seguridad. La ejecución fue realizada por soldados bajo autoridad romana.
Desde la perspectiva imperial, Jesús había sido eliminado como posible perturbador. Desde la experiencia de sus discípulos, todo parecía haber terminado.
Poco tiempo después, sin embargo, sus seguidores volvieron a reunirse y comenzaron a proclamar que había resucitado. Esa convicción transformó una derrota pública en el centro de una nueva fe.
Las primeras comunidades surgieron dentro del judaísmo. Sus integrantes leían las Escrituras y entendían a Jesús como el Mesías prometido a Israel. Con el tiempo, el mensaje se extendió hacia Antioquía, Asia Menor, Grecia, Roma y otras regiones, incorporando progresivamente a numerosos gentiles.
Las cartas de Pablo, escritas desde aproximadamente la década del 50, son los textos cristianos conservados más antiguos. Los Evangelios fueron redactados posteriormente: Marcos probablemente alrededor del año 70; Mateo y Lucas entre los años 80 y 90; y Juan hacia finales del siglo I.
No son crónicas periodísticas modernas. Son testimonios de fe que conservan tradiciones, recuerdos y enseñanzas transmitidas por las primeras comunidades. Para el historiador son indispensables, pero deben analizarse según su fecha, género y finalidad.
La esperanza más peligrosa que una espada
Jesús vivió entre dos grandes estructuras de autoridad. Roma controlaba el territorio, designaba gobernantes, cobraba impuestos y poseía la fuerza militar. El Templo organizaba la vida religiosa y expresaba la identidad de Israel, mientras sus autoridades debían convivir con el poder imperial.
Su mensaje nació dentro de la tradición judía. No encabezó un ejército, no tomó una fortaleza ni ocupó el palacio de un gobernante. Anunció la llegada del Reino de Dios mediante la conversión, la misericordia, la justicia y el amor.
Aquella proclamación consoló a quienes se sentían olvidados, reunió seguidores, cuestionó jerarquías y despertó expectativas. Cuando Jesús dejó Galilea, entró en Jerusalén durante la Pascua y dirigió una acción pública contra el funcionamiento del Templo, la tensión alcanzó su punto culminante.
Algunas autoridades sacerdotales temieron que provocara una crisis. Roma vio en la expresión “rey de los judíos” un posible desafío político. Pilato ordenó la crucifixión.
El cartel colocado sobre la cruz pretendía cerrar definitivamente el caso. Aquel era el destino reservado por Roma a quien fuera presentado como rey sin autorización del emperador.
Pero el resultado fue inesperado. El hombre ejecutado fuera de las murallas de Jerusalén se convirtió en el centro de una fe que atravesó las fronteras del Imperio.
Jesús predicó en una tierra que recordaba antiguas liberaciones, esperaba la intervención de Dios y soportaba el dominio de una potencia extranjera. Habló a personas que conocían los impuestos, las deudas, la enfermedad y la exclusión. Les anunció que Dios no las había olvidado.
Esa esperanza explica por qué lo siguieron. Su llegada a Jerusalén explica por qué comenzaron a temerlo.
En una tierra dominada por Roma y ordenada alrededor del Templo, esa esperanza podía ser más peligrosa que una espada.
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