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MARTÍN DE ÁLZAGA: EL HOMBRE QUE SALVÓ BUENOS AIRES Y TERMINÓ COLGADO EN SU PLAZA


Héroe contra los ingleses, rival de Liniers y víctima de una revolución que ya no toleraba enemigos


El 6 de julio de 1812, Martín de Álzaga fue fusilado en la Plaza de la Victoria —actual Plaza de Mayo— y su cadáver quedó suspendido en una horca como escarmiento público. Cinco años antes, aquella misma ciudad lo había aclamado como uno de sus salvadores.


La historia argentina suele presentarlo como un conspirador español derrotado por la Revolución. Sin embargo, detrás de esa definición aparece un personaje mucho más complejo: un inmigrante vasco que llegó casi sin recursos, construyó una de las mayores fortunas de Buenos Aires, organizó la resistencia contra los ingleses, desafió a virreyes y terminó convertido en el rostro de un orden que estaba desapareciendo.


Su vida permite comprender que la Revolución de Mayo no fue una marcha serena hacia la libertad. Fue una lucha por el poder en la que se quebraron antiguas lealtades, los héroes cambiaron de bando y una sospecha podía conducir a la muerte.


De niño inmigrante a dueño de una fortuna


Martín de Álzaga nació el 11 de noviembre de 1755 en Aramayona, en el País Vasco. Era el décimo de doce hermanos de una familia empobrecida y llegó a Buenos Aires en 1767, con apenas doce años, poco dinero y un conocimiento limitado del castellano.

Comenzó como dependiente de la casa comercial del también vasco Gaspar de Santa Coloma. En aproximadamente diez años reunió el capital necesario para establecer su propio negocio y, mediante el comercio, el matrimonio y una extensa red de relaciones, ascendió hasta convertirse en uno de los hombres más ricos e influyentes de la ciudad.

Su trayectoria parece una historia de éxito individual, pero también retrata el funcionamiento de la sociedad colonial. Los comerciantes peninsulares dominaban buena parte del crédito, las importaciones y los vínculos con la administración. Álzaga no solamente acumuló dinero: construyó poder.

Fue regidor, síndico procurador, alcalde de primer voto y una figura central del Cabildo. Era enérgico, autoritario, profundamente religioso y capaz de movilizar hombres y recursos. Representaba como pocos a la poderosa élite comercial española de Buenos Aires.


Caridad y esclavitud: un hombre dentro de su tiempo

Álzaga cultivó también una imagen de hombre piadoso y comprometido con la asistencia a los necesitados. Todos los sábados distribuía limosnas acompañado por alguna de sus hijas y visitaba personalmente a ancianos, enfermos y familias empobrecidas.

Aquellas acciones no eran solamente gestos privados de generosidad. Formaban parte de una concepción cristiana y paternalista de la sociedad, según la cual los hombres de fortuna tenían el deber de proteger a quienes ocupaban los lugares inferiores del orden social.

Dentro de ese mismo universo moral, Álzaga fue propietario de personas esclavizadas y participó directamente en la trata atlántica. En 1802 obtuvo autorización e invirtió en una expedición a Mozambique que terminó en tragedia. El navío partió de África en 1803 con 376 cautivos, pero solamente 60 alcanzaron las costas rioplatenses. La mayoría murió durante la travesía por falta de agua, hacinamiento y enfermedades.

La participación de Álzaga en aquel comercio está documentada. Sin embargo, las investigaciones disponibles no permiten considerarlo uno de los principales traficantes de esclavizados del Río de la Plata ni afirmar que la mayor parte de su fortuna procediera de esa actividad. Sus negocios centrales fueron mucho más amplios e incluyeron cueros, sebo, tasajo, metales, textiles y numerosos productos del comercio atlántico.

Caridad y esclavitud, que hoy nos parecen realidades moralmente incompatibles, podían convivir dentro de la mentalidad de aquella época. La sociedad colonial se organizaba sobre jerarquías jurídicas, raciales y económicas que gran parte de sus integrantes consideraba naturales.

Comprender esa idiosincrasia no significa justificar la esclavitud ni desconocer el sufrimiento de sus víctimas. Significa evitar que un juicio construido exclusivamente con los valores del presente nos impida entender cómo Álzaga podía considerarse —y ser considerado por sus contemporáneos— un hombre piadoso mientras participaba de una estructura que hoy reconocemos como profundamente injusta.


El organizador oculto de la resistencia

Cuando los ingleses ocuparon Buenos Aires en 1806, Álzaga comprendió que la ciudad no podía esperar pasivamente la ayuda de España. Mientras Santiago de Liniers preparaba desde Montevideo la fuerza que realizaría la Reconquista, organizó dentro de la capital una red clandestina destinada a enfrentar a los invasores.

Aportó dinero, reunió armas, coordinó voluntarios y promovió la construcción de túneles para colocar explosivos cerca de las posiciones británicas. También alquiló edificios próximos a la Plaza Mayor, instaló talleres para reparar armamento y participó en la preparación de fuerzas que actuarían cuando llegara el momento.

La Reconquista convirtió a Liniers en el héroe visible, pero detrás de aquella victoria también estuvo la capacidad organizativa de Álzaga.

Su intervención resultó todavía más importante durante la segunda invasión, en 1807. Como alcalde de primer voto, impulsó la preparación defensiva, hizo abrir zanjas, organizó posiciones, reunió víveres y municiones y colaboró en la resistencia urbana.

Buenos Aires se defendió casa por casa. Desde las azoteas y ventanas cayeron piedras, objetos, agua y disparos sobre las columnas británicas. Álzaga y Liniers fueron entonces los dos grandes héroes de la ciudad: uno representaba el mando militar; el otro, la capacidad política, económica y organizativa del Cabildo.

Pero la victoria también sembró las condiciones de su enfrentamiento.


Dos héroes que ya no podían compartir el poder

Las Invasiones Inglesas transformaron Buenos Aires. Los habitantes de la ciudad habían descubierto que podían organizar milicias, destituir autoridades y defenderse sin esperar la llegada de fuerzas enviadas desde la metrópoli.

Liniers quedó elevado al virreinato y contó con el respaldo de los Patricios de Cornelio Saavedra. Álzaga, en cambio, conservaba su base de poder en el Cabildo, entre los comerciantes peninsulares y en los cuerpos militares integrados principalmente por españoles europeos.

El 1.º de enero de 1809 intentó desplazar a Liniers. Los regimientos de Vizcaínos, Gallegos y Catalanes ocuparon la Plaza Mayor y reclamaron su renuncia y la formación de una junta. La intervención de los Patricios decidió el enfrentamiento: Saavedra sostuvo al virrey, desarmó a los cuerpos peninsulares y convirtió a las milicias criollas en el principal poder militar de Buenos Aires.

Álzaga fue detenido y enviado a Carmen de Patagones. Aunque recuperó la libertad, nunca logró reconstruir completamente el poder perdido.

La asonada de 1809 no puede definirse simplemente como un movimiento independentista ni como una tentativa claramente restauradora. Fue una disputa entre facciones que imaginaban distintas formas de conservar o reorganizar el poder ante el derrumbe de la monarquía española.

Sin embargo, tuvo una consecuencia irreversible: profundizó la división entre criollos y peninsulares y convirtió a Álzaga en el gran adversario del sector político y militar que dos años después protagonizaría la Revolución de Mayo.


La Revolución y sus enemigos interiores

Después del 25 de mayo de 1810, Álzaga permaneció en Buenos Aires. No podía ser considerado un español recién llegado: llevaba más de cuatro décadas en la ciudad, había formado allí su familia y había arriesgado su fortuna durante las Invasiones Inglesas.

Pero tampoco podía aceptar fácilmente el nuevo orden.

La Revolución había desplazado a los peninsulares de los principales espacios políticos y avanzaba hacia una ruptura que todavía no se declaraba abiertamente como independencia. Para las nuevas autoridades, Álzaga reunía todas las condiciones para resultar peligroso: era rico, tenía prestigio, poseía contactos y ya había demostrado que sabía organizar movimientos clandestinos.

En 1812 la situación era crítica. Las fuerzas realistas de José Manuel de Goyeneche dominaban el Alto Perú después de la derrota patriota en Huaqui; Montevideo permanecía en poder español y bloqueaba el puerto, mientras Portugal intervenía en la Banda Oriental.

Buena parte de las fuerzas militares se encontraba lejos de la capital. Un levantamiento interno, combinado con un ataque desde Montevideo, podía poner fin al gobierno revolucionario.

El Primer Triunvirato, integrado entonces por Feliciano Chiclana, Manuel de Sarratea y Juan Martín de Pueyrredón, tenía motivos concretos para temer una contrarrevolución. Bernardino Rivadavia, como secretario, se convirtió en una de las figuras centrales del gobierno y de la represión que estaba por comenzar.


La voz que encendió Buenos Aires

El 30 de junio de 1812, un hombre esclavizado llamado Ventura informó a su ama, Valentina Benigna Feijóo, que un grupo de españoles preparaba un levantamiento contra el gobierno.

Según su declaración, Francisco Lacar le había revelado que los peninsulares pretendían apoderarse de la ciudad, tomar el Fuerte y los cuarteles y actuar en combinación con los realistas de Montevideo. La denuncia coincidía con rumores que ya circulaban por mercados, pulperías, iglesias y espacios de reunión.

Buenos Aires entró en estado de alarma.

La palabra de un esclavizado, que pocos años antes difícilmente habría movilizado al gobierno, desencadenó una investigación de enormes proporciones. Ventura recibió como recompensa la libertad, trescientos pesos y un uniforme militar. Su intervención muestra que la revolución también había modificado quiénes podían participar en la vida pública y ser escuchados por las autoridades.

La Gazeta de Buenos Ayres difundió la noticia y presentó el supuesto complot como una amenaza de exterminio contra los americanos. La información comprobada comenzó a mezclarse con versiones, temores y resentimientos acumulados.

La existencia de contactos entre opositores de Buenos Aires, autoridades realistas de Montevideo y sectores portugueses permite considerar que había movimientos conspirativos. Sin embargo, todavía se discuten su verdadero alcance, su organización y el papel exacto que desempeñó Álzaga.

El gobierno no esperó a despejar esas dudas.


Una condena anterior a la captura

El 4 de julio, cuando Álzaga todavía permanecía oculto, fue condenado a muerte. La sentencia hablaba de una “horrible conspiración” y de la necesidad de aplicar un castigo ejemplar para salvar a la patria.

Fue capturado alrededor de las doce y media de la noche del 6 de julio. A las diez de la mañana ya había sido ejecutado.

Entre la detención y la muerte transcurrieron menos de diez horas.

No tuvo un juicio con las garantías que hoy consideraríamos indispensables ni dispuso de una verdadera posibilidad de defensa. Fue fusilado y después de muerto su cuerpo quedó suspendido en una horca levantada en la Plaza de la Victoria.

La horca no debía matarlo. Debía deshonrarlo.

En el orden jurídico y simbólico de la época, la exposición pública del cadáver convertía la pena en un espectáculo destinado a intimidar a los posibles enemigos. Álzaga fue, en cierto modo, ejecutado dos veces: primero se eliminó al hombre; después se destruyó públicamente su honor.

Durante las jornadas siguientes continuaron las condenas. El expediente involucró a más de un centenar de acusados y produjo alrededor de treinta ejecuciones, además de encarcelamientos, destierros, multas y confiscaciones.

La represión no se dirigió únicamente contra individuos concretos. También contribuyó a presentar a los españoles peninsulares como un grupo potencialmente enemigo del nuevo orden.

Cuando el gobierno anunció el 24 de julio que se suspenderían las ejecuciones, parte de la multitud reaccionó con indignación. Se produjeron insultos, amenazas y ataques contra viviendas. La violencia ya no pertenecía solamente a las autoridades: se había extendido a las calles.


¿Conspirador o víctima?

Presentar a Álzaga únicamente como un inocente sacrificado sería tan simplificador como reducirlo a la figura de un traidor.

Había conspirado en otras oportunidades, disponía de recursos y contactos, rechazaba el predominio político criollo y representaba a un sector que había perdido poder con la Revolución. Por eso, las sospechas del gobierno no eran completamente irracionales.

Pero una amenaza posible no convierte automáticamente en justo cualquier castigo.

La rapidez de la sentencia, el carácter extraordinario del procedimiento y la imposibilidad de establecer con precisión el alcance del complot muestran que el proceso también sirvió para eliminar a un adversario poderoso y disciplinar a quienes todavía podían desafiar al gobierno.

La historiografía ha oscilado entre afirmar la existencia de una vasta conspiración y considerar el episodio un montaje represivo. Las investigaciones más recientes proponen una interpretación más compleja: pudo existir una trama contrarrevolucionaria, pero su peligro fue amplificado por rumores, propaganda y resentimientos hasta provocar una suerte de pánico colectivo.

Álzaga se convirtió así en el rostro de todos los temores.


El apellido que reapareció en otra tragedia

Felicitas Guerrero se casó en 1864 con Martín Gregorio de Álzaga Pérez, nieto del hombre ejecutado en 1812 e hijo de Félix de Álzaga. Más de medio siglo después del fusilamiento, aquel apellido continuaba ocupando un lugar destacado entre las familias más poderosas de Buenos Aires.

Martín Gregorio tenía alrededor de cincuenta años cuando contrajo matrimonio con Felicitas, que apenas tenía dieciocho. La enorme diferencia de edad y el carácter conveniente de aquella unión eran prácticas habituales entre las familias de la élite, en las que el matrimonio también servía para consolidar patrimonios, alianzas y posiciones sociales.

Al morir Martín Gregorio en 1870, Felicitas quedó como heredera de una inmensa fortuna. Su juventud, belleza y riqueza la convirtieron en una de las mujeres más observadas y pretendidas de Buenos Aires.

Dos tragedias muy diferentes quedaron así unidas por el mismo apellido: la ejecución política de Martín de Álzaga en 1812 y el asesinato de Felicitas Guerrero sesenta años después.


El héroe que la Revolución convirtió en enemigo

Álzaga y Liniers compartieron un destino extraordinario. Ambos fueron héroes de las Invasiones Inglesas; ambos se opusieron al rumbo adoptado después de Mayo y ambos terminaron ejecutados por el poder revolucionario.

La diferencia estuvo en la representación posterior de sus muertes. Liniers conservó la imagen romántica del militar leal a su juramento. Álzaga quedó asociado a la fortuna, la intriga y la conspiración.

Sin embargo, los dos pertenecían a un mundo en retirada. Habían defendido Buenos Aires en nombre de la monarquía española y no podían aceptar con facilidad que aquella ciudad utilizara el poder adquirido durante las invasiones para construir un gobierno propio.

La Revolución no solamente derrotó a sus enemigos: también reorganizó la memoria. Algunos hombres fueron incorporados al panteón de la patria; otros quedaron del lado oscuro de la historia.

Martín de Álzaga fue uno de ellos.

El hombre que había organizado armas, hombres y trincheras para salvar Buenos Aires terminó fusilado y colgado en el corazón de esa misma ciudad. Su muerte no demuestra únicamente la dureza de una época. Señala el momento en que la división entre españoles y americanos comenzó a convertirse en una frontera política imposible de atravesar.

Cinco años bastaron para convertir a un héroe en enemigo.


Bibliografía ampliatoria

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Mitre, B. (1887). Historia de Belgrano y de la independencia argentina. Félix Lajouane.

Museo Histórico Nacional del Cabildo de Buenos Aires y de la Revolución de Mayo. (2018). La conspiración. Ministerio de Cultura de la Nación.

Pérez, M. A. (2010). ¡Viva España y mueran los criollos! La conspiración de Álzaga de 1812. En M. Alabart, M. A. Fernández y M. Pérez, Buenos Aires, una sociedad que se transforma: entre la colonia y la Revolución. Prometeo–Universidad Nacional de General Sarmiento.

Polastrelli, I. (2012). La disidencia política y sus condenas: los juicios a Martín de Álzaga, 1809-1812. En M. V. Tejerina (Comp.), Definir al otro: el Río de la Plata en tiempos de cambio (1776-1820). EDIUNS.



 
 
 

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