top of page
  • Facebook
  • Instagram
Buscar

Arturo Illia: el médico que gobernó con las manos limpias


La historia argentina le reservó a Arturo Illia una de sus ironías más crueles. Mientras gobernó, fue presentado como un hombre lento, anticuado e incapaz de comprender el poder. Después de su derrocamiento, muchos de quienes habían contribuido a ridiculizarlo descubrieron que aquel presidente de pasos pausados había administrado el país con una honestidad y una firmeza poco frecuentes.


A más de un siglo de su nacimiento, don Arturo continúa siendo recordado en Pergamino, su tierra natal, y en Cruz del Eje, la ciudad cordobesa que eligió para ejercer la medicina, formar una familia e iniciar su carrera política.


Para la mayoría de los argentinos, Illia pertenece a Córdoba. Sin embargo, nació en la provincia de Buenos Aires. En Córdoba transcurrieron sus años más fecundos: allí fue médico de pueblo, dirigente radical, senador provincial, vicegobernador y diputado nacional. Desde allí comenzó el camino que lo condujo a la Presidencia cuando ya había cumplido 63 años.


La vida de Illia no fue la de un santo apartado del mundo. Fue la de un político que conoció elecciones, derrotas, proscripciones, conspiraciones y golpes de Estado. La diferencia estuvo en la forma de atravesarlos. Hizo de la coherencia y de la ética no un discurso para los actos públicos, sino el cimiento de una existencia dedicada a la sociedad y a la patria.


En un país donde demasiadas veces se confundió autoridad con violencia y astucia con inteligencia, Illia cometió el extraño atrevimiento de gobernar sin gritar.


Pergamino: una casa de inmigrantes


Arturo Umberto Illia nació en las afueras de Pergamino, provincia de Buenos Aires, el 4 de agosto de 1900. Era el comienzo de un siglo que prometía progreso, ferrocarriles, escuelas y prosperidad, pero que también traería fraudes electorales, golpes militares y largas interrupciones de la vida constitucional.


Fue hijo de Martín Illia y Emma Francesconi, inmigrantes originarios de Lombardía, en el norte de Italia. Su padre fabricaba ladrillos y había enviudado antes de formar una nueva familia con Emma. Entre los hijos de ambos matrimonios, Arturo creció rodeado de numerosos hermanos, como era común en los hogares de inmigrantes.


La casa familiar había sido construida con los ladrillos producidos por el propio Martín. No había en ella riquezas ni apellidos ilustres. Había trabajo, austeridad y esa voluntad obstinada de los inmigrantes que llegaban sin fortuna y levantaban una vida con sus manos.

Arturo fue bautizado en la parroquia Nuestra Señora de la Merced. Cursó la escuela primaria en establecimientos públicos de Pergamino y, todavía adolescente, fue enviado a Buenos Aires para continuar sus estudios.


Ingresó como pupilo en el colegio salesiano Pío IX, por cuyas aulas también habían pasado Carlos Gardel y Ceferino Namuncurá. Debió interrumpir esa etapa y terminó sus estudios secundarios rindiendo como alumno libre en el Colegio Nacional de Buenos Aires (Pigna, s. f.).


El muchacho alto y silencioso aprendió pronto a vivir lejos de su familia. Tenía una forma pausada de hablar y una seriedad que sus tempranas canas harían todavía más visible con los años. Quienes después lo caricaturizaron como un anciano olvidaron que aquella apariencia lo había acompañado desde mucho antes de llegar a la Casa Rosada.


Medicina, radicalismo y un encuentro decisivo


En 1918 comenzó la carrera de Medicina en la Universidad de Buenos Aires. Era el año de la Reforma Universitaria, el gran movimiento estudiantil iniciado en Córdoba que reclamaba autonomía, participación y modernización de las universidades.


También fue el tiempo en que el radicalismo yrigoyenista representaba para muchos jóvenes la ampliación de la ciudadanía y el ingreso de los sectores medios a la vida política. Illia se afilió a la Unión Cívica Radical y conservó esa identidad durante toda su vida.


Mientras cumplía el servicio militar como granadero conoció al presidente Hipólito Yrigoyen. La tradición biográfica atribuye a ese encuentro una influencia decisiva. Illia encontró en el viejo caudillo una concepción moral de la política que nunca abandonaría: el poder debía ser un servicio, no una propiedad.


Realizó parte de sus prácticas en el Hospital San Juan de Dios de La Plata y obtuvo el título de médico en 1927. Dos años después tuvo la posibilidad de trabajar en un establecimiento sanitario vinculado con los ferrocarriles.


Entre los destinos disponibles eligió Cruz del Eje, una localidad del norte cordobés rodeada por parajes rurales y poblaciones con escasos recursos.


No eligió el puesto más cómodo.


Eligió el lugar donde creía que hacía más falta un médico.


Cruz del Eje y el “apóstol de los pobres”


Illia llegó a Cruz del Eje en 1929. Al principio vivió en una pensión y comenzó a atender a los trabajadores ferroviarios y a sus familias. Después del golpe militar de 1930 fue apartado del servicio oficial, pero permaneció en la ciudad y continuó ejerciendo la medicina.


Recorría largas distancias a caballo, en sulky o a pie para visitar enfermos. Atendía de día y de noche. Si una familia no podía pagar la consulta, no cobraba. Si tampoco podía comprar los remedios, buscaba la manera de conseguirlos.


En su consultorio se conservó una bandeja de chapa enlozada. Allí, según la memoria local, cada paciente depositaba lo que podía. Quien no tenía dinero no dejaba nada. Quien necesitaba comprar un medicamento podía incluso tomar lo necesario.


Los habitantes de Cruz del Eje comenzaron a llamarlo “el apóstol de los pobres”. El sobrenombre puede parecer exagerado, pero sobrevivió porque resumía una experiencia concreta: durante más de treinta años, Illia fue el médico que llegaba cuando los demás no llegaban.


En una ocasión atendió de noche al niño que años más tarde sería conocido como Jairo. La memoria popular asegura que el médico se presentó todavía en piyama, con los remedios bajo el brazo. La escena tiene algo de fábula, pero también retrata una forma de entender la profesión.


Illia nunca separó la medicina de la política. Para él, la pobreza, la enfermedad y el analfabetismo no eran desgracias inevitables. Eran problemas sociales que el Estado tenía la obligación de enfrentar.


Mientras otros dirigentes hablaban del pueblo desde balcones y tribunas, él conocía las cocinas, las camas y los dolores del pueblo.


Silvia Martorell y los tres hijos


En 1939 se casó con Silvia Martorell, perteneciente a una familia cordobesa. Tuvieron tres hijos: Emma Silvia, Martín Arturo y Leandro Hipólito.


Silvia acompañó la extensa carrera política de Illia y sostuvo la vida familiar durante sus viajes y responsabilidades públicas. Fue una presencia discreta, alejada de las ceremonias y de la exhibición social.


La familia llevó una vida austera incluso cuando Illia comenzó a ocupar cargos importantes. No hubo un cambio brusco de costumbres ni una carrera para acumular propiedades. La política no modificó la mesa familiar ni convirtió la función pública en una oportunidad comercial.


La casa de Cruz del Eje siguió siendo casa, consultorio y lugar de reunión. Por allí pasaban pacientes, vecinos y correligionarios. A veces era difícil saber dónde terminaba la medicina y dónde comenzaba la militancia.


Quizá para Illia nunca existió esa frontera.


El dirigente sabattinista


Su primer cargo legislativo importante fue el de senador provincial por el departamento Cruz del Eje, para el que resultó elegido en 1935. Desde la Legislatura cordobesa participó en debates sobre presupuesto, obras públicas, tierras y desarrollo regional.


Se vinculó con Amadeo Sabattini, una de las figuras más importantes del radicalismo cordobés. El sabattinismo combinaba austeridad administrativa, preocupación social, defensa del federalismo y una concepción intransigente de la ética pública.


En 1940 Illia fue elegido vicegobernador de Córdoba como compañero de fórmula de Santiago del Castillo. La experiencia terminó en 1943, cuando un nuevo golpe militar interrumpió el gobierno provincial.


No sería la última vez que las Fuerzas Armadas expulsaran a Illia de un cargo obtenido mediante el voto.


En 1948 asumió como diputado nacional. Integró el bloque radical conocido como el de “los 44”, que ejerció una oposición tenaz al gobierno de Juan Domingo Perón. Illia cuestionó el autoritarismo oficial, pero también participó en discusiones vinculadas con la salud, las obras públicas y la administración del Estado.


Cuando la Unión Cívica Radical se dividió, permaneció en la Unión Cívica Radical del Pueblo, enfrentada a la corriente intransigente encabezada por Arturo Frondizi.


Su trayectoria no fue meteórica. Illia no construyó su carrera mediante grandes discursos ni apariciones espectaculares. Avanzó lentamente, elección tras elección, reunión tras reunión, pueblo tras pueblo.


La misma lentitud que luego se utilizaría para burlarse de él era, en realidad, perseverancia.


Una Presidencia nacida bajo la proscripción


El camino hacia la Presidencia quedó abierto después del derrocamiento de Arturo Frondizi en 1962 y del precario gobierno de José María Guido.


Las Fuerzas Armadas seguían ejerciendo una tutela abierta sobre la política. El peronismo estaba proscripto y su líder permanecía en el exilio. Las elecciones de 1963 se realizaron, por lo tanto, con la principal fuerza política del país impedida de competir libremente.


Illia integró la fórmula de la Unión Cívica Radical del Pueblo junto con el entrerriano Carlos Humberto Perette. Obtuvo aproximadamente el 21% de los votos, mientras el voto en blanco, alentado por el peronismo, se acercó al 20%. Para alcanzar la mayoría en el Colegio Electoral necesitó el apoyo de otras fuerzas (Ferrari, 2015).


Aquella fue la gran debilidad de origen de su gobierno. Illia llegó legalmente a la Presidencia, pero lo hizo en una democracia incompleta, con millones de ciudadanos privados de una representación política plena.


Asumió el 12 de octubre de 1963.


Tenía 63 años, el cabello completamente blanco y el aspecto de un médico rural que hubiera entrado por error en el Salón Blanco. Muchos confundieron su modestia con debilidad.


Pronto descubrirían que don Arturo podía hablar despacio y, al mismo tiempo, negarse obstinadamente a ceder.


Gobernar sin estridencias


El gobierno de Illia impulsó el salario mínimo, vital y móvil, una política de mejora de los ingresos y una mayor intervención estatal en asuntos considerados esenciales.


La economía registró una recuperación de la actividad, aumentaron la producción industrial y el consumo y mejoraron algunos indicadores laborales. El gobierno también mantuvo una orientación favorable al mercado interno y a la distribución del ingreso.


La educación ocupó un lugar central. Se incrementaron las partidas presupuestarias, se fortaleció la universidad pública y se puso en marcha un plan nacional de alfabetización que llegó a contar con miles de centros en todo el país.


Illia consideraba que la escuela no era un gasto que debía tolerarse en tiempos de abundancia. Era una inversión fundamental para la libertad de los ciudadanos.


Su ministro de Salud, Arturo Oñativia, impulsó una legislación que regulaba la elaboración, comercialización y publicidad de los medicamentos. La llamada Ley Oñativia consideraba a los remedios bienes sociales y no simples mercancías.


La iniciativa chocó con los intereses de los grandes laboratorios. Se exigieron declaraciones sobre costos, fórmulas y precios. Para algunos sectores empresariales, aquel médico de pueblo empezaba a resultar demasiado obstinado.


Otra decisión controvertida fue la anulación de los contratos petroleros firmados durante la Presidencia de Frondizi. Illia sostenía que varios de esos acuerdos resultaban perjudiciales o ilegítimos. Sus críticos le reprocharon los costos de la medida, la inseguridad jurídica y el freno que produjo en el desarrollo petrolero.


La decisión respondió a una convicción soberanista, pero sus consecuencias económicas siguen siendo discutidas. Reconocer la honestidad de Illia no obliga a considerar acertadas todas sus políticas.


La honradez es una virtud esencial para gobernar. No reemplaza, sin embargo, el análisis de los resultados.


Malvinas y la Resolución 2065


Uno de los logros diplomáticos más importantes de su gobierno estuvo relacionado con la cuestión de las islas Malvinas.


En 1965, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Resolución 2065. El texto reconoció la existencia de una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido e invitó a ambos países a negociar una solución pacífica.


Fue la primera resolución de la Asamblea General dedicada específicamente a la cuestión Malvinas. Su aprobación constituyó un triunfo de la diplomacia argentina y permitió iniciar una etapa de negociaciones bilaterales (Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto, s. f.; Naciones Unidas, 1965).


El resultado no surgió de un arrebato declamatorio ni de una amenaza militar. Fue producto de una estrategia diplomática paciente, conducida por funcionarios que comprendían el valor del derecho internacional.


Mientras algunos confundían patriotismo con gritos, el gobierno de Illia logró que el mundo reconociera la existencia de la controversia.


Perón, los sindicatos y los militares


La política de Illia hacia el peronismo estuvo marcada por una contradicción. Su gobierno levantó algunas restricciones y permitió la participación electoral de expresiones vinculadas con el movimiento justicialista. Sin embargo, mantuvo la prohibición del regreso de Juan Domingo Perón.


En 1964, el vuelo que trasladaba al expresidente desde Madrid fue detenido en Brasil y obligado a regresar a Europa.


La decisión mostró los límites de la autoridad civil. Illia gobernaba bajo la presión permanente de unas Fuerzas Armadas que no estaban dispuestas a aceptar el retorno de Perón. Pero el episodio también debilitó su relación con los sectores peronistas y confirmó que la democracia seguía condicionada.


El sindicalismo encabezado por Augusto Timoteo Vandor lanzó un amplio plan de lucha. Miles de establecimientos fueron ocupados y el gobierno quedó enfrentado con buena parte del movimiento obrero.


Al mismo tiempo, los sectores militares antiperonistas desconfiaban de la apertura electoral impulsada por Illia. Sindicalistas peronistas y oficiales golpistas, enemigos entre sí, terminaron coincidiendo en el desgaste del Presidente.


También conspiraron sectores empresariales afectados por sus medidas y grupos políticos que creyeron que podrían beneficiarse con su caída.


El ambiente empezó a espesarse. En despachos, redacciones y cuarteles se hablaba del golpe como si se comentara el pronóstico del tiempo.


La tortuga fabricada por la prensa


Una parte de la prensa construyó una caricatura eficaz y despiadada. Illia fue representado como una tortuga: lento, ingenuo, incapaz de decidir y encerrado en un mundo que ya no existía.


Las revistas y columnas políticas repitieron la imagen hasta convertirla en sentido común. La propaganda no discutía únicamente sus medidas. Buscaba destruir su autoridad.


El Presidente respondía con informes, cifras y explicaciones institucionales. Sus adversarios utilizaban dibujos, rumores y burlas.


Era una pelea desigual. La seriedad suele necesitar varios párrafos; el ridículo cabe en una tapa.


Illia tampoco comprendió a tiempo la dimensión de la operación. Confiaba en que los resultados de la gestión terminarían imponiéndose sobre las caricaturas. Era una creencia noble, pero políticamente insuficiente.


No toda la responsabilidad de su caída perteneció a sus enemigos. Su gobierno tuvo problemas de comunicación, divisiones internas y dificultades para construir una coalición política capaz de defenderlo. El radicalismo no siempre lo acompañó con firmeza y muchos dirigentes subestimaron el peligro.


La democracia estaba rodeada. Demasiados miraron hacia otro lado.


El golpe más innecesario


En la madrugada del 28 de junio de 1966, las Fuerzas Armadas derrocaron a Arturo Illia. El general Julio Alsogaray y otros oficiales ingresaron en la Casa Rosada para exigirle que abandonara su despacho.


Illia les recordó que él era el comandante en jefe constitucional. Los golpistas respondieron con tropas y policías.


Finalmente, el Presidente bajó las escaleras rodeado por algunos colaboradores. Rechazó utilizar el automóvil oficial y se retiró en un vehículo particular.


No fue detenido ni enviado al exilio. Nadie se atrevió a ponerle esposas.

Tampoco fueron muchos quienes salieron a defenderlo.


Al día siguiente asumió el general Juan Carlos Onganía. El nuevo régimen disolvió el Congreso, removió a la Corte Suprema, intervino las provincias y prohibió la actividad política. Un mes después, la Policía Federal irrumpió violentamente en las universidades durante la Noche de los Bastones Largos.


El golpe se había presentado como una respuesta a la supuesta ineficacia del gobierno. Entregó al país autoritarismo, represión y una inestabilidad todavía mayor.


Años después, el coronel Luis César Perlinger, uno de los oficiales que había participado en la expulsión de Illia, le pidió perdón públicamente.


La carta llegó tarde, pero tuvo el valor de reconocer lo evidente: habían echado a un presidente constitucional para instalar una dictadura sin plazos ni controles.


La pérdida de Silvia


Dos meses después del golpe murió Silvia Martorell. Llevaba tiempo enferma y su estado se había agravado durante los últimos años de la Presidencia.


Illia perdió casi al mismo tiempo el gobierno y a la compañera de toda su vida adulta.


Regresó a Cruz del Eje y volvió a atender pacientes. El expresidente recuperó el guardapolvo de médico sin considerar que aquello significara un descenso. Para él, cuidar a un enfermo no tenía menos dignidad que ocupar el despacho presidencial.


Renunció al beneficio jubilatorio correspondiente a su cargo. Al abandonar el poder, su patrimonio seguía siendo modesto. No tenía mansiones, campos ni cuentas inexplicables.


Había llegado pobre a la Presidencia y se había marchado con menos de lo que tenía.


En Buenos Aires no poseyó una vivienda. Durante sus estadías se alojaba en un hotel cercano a la esquina de Sarmiento y Cerrito. En Miramar pasaba algunos veranos en una habitación prestada por amigos.


La austeridad de Illia no era una escenografía electoral. Continuó cuando ya no quedaban cámaras ni votos que conquistar.


Los últimos años


Después de su derrocamiento permaneció vinculado con la Unión Cívica Radical, aunque evitó ocupar el centro de la escena. Dio conferencias, recibió a dirigentes y siguió defendiendo la salida democrática durante los largos años de dictaduras y violencia.


Hacia 1982, después de la guerra de Malvinas, su figura volvió a adquirir una importancia inesperada. La sociedad argentina comenzaba a reclamar el regreso de las instituciones y aquel anciano derrocado en 1966 se convirtió en un símbolo de la legalidad perdida (Ferrari, 2015).


La misma sociedad que había observado con indiferencia su caída empezaba a mirarlo como una reserva moral.


Arturo Illia murió en Córdoba el 18 de enero de 1983, pocos meses antes de las elecciones que restablecerían definitivamente la democracia. Tenía 82 años.


Había expresado su deseo de ser sepultado en Cruz del Eje. Sin embargo, sus restos fueron llevados al Cementerio de la Recoleta y depositados en el panteón de los caídos en la Revolución del Parque, junto a Leandro N. Alem, Hipólito Yrigoyen y otros dirigentes radicales.


No alcanzó a ver la asunción de Raúl Alfonsín.


Pero su figura estuvo presente en aquella recuperación democrática. Después de tantos uniformes, la Argentina volvía a valorar a un presidente que había obedecido la Constitución incluso cuando los militares ya golpeaban la puerta de su despacho.


Las casas y la memoria


La casa natal de Pergamino, construida con los ladrillos fabricados por su padre, conserva la memoria de los primeros años. La vivienda de Cruz del Eje también se transformó en museo.


Allí sobreviven objetos sencillos: muebles, libros, fotografías, el consultorio y la bandeja donde los pacientes dejaban lo que podían pagar.


No son los tesoros habituales de los poderosos. No hay vajillas imperiales, cofres ni uniformes cargados de oro. Hay instrumentos de médico y elementos de una vida austera.


También permanece la historia de una antigua ambulancia montada sobre rieles para atender poblaciones ferroviarias. Su estado reclama una restauración que permita conservar uno de los testimonios más singulares de aquella vocación sanitaria.


Escuelas, hospitales, calles, plazas y una autopista porteña llevan hoy el nombre de Arturo Illia. Los homenajes crecieron después de su muerte, como suele ocurrir con los hombres cuya conducta incomoda mientras están vivos y tranquiliza cuando ya no pueden intervenir.


Entre la honestidad y la política


La reivindicación de Illia se ha concentrado, con justicia, en su honestidad. Pero reducirlo únicamente a “un hombre bueno” puede convertirse en otra manera de disminuirlo.


Illia no fue un ingenuo que llegó accidentalmente al poder. Había sido legislador, vicegobernador, diputado nacional y dirigente partidario. Conocía las disputas internas y las presiones militares. Tenía convicciones firmes y sabía tomar decisiones que afectaban intereses poderosos.


Su problema no fue desconocer la política. Fue ejercerla en un sistema donde los votos convivían con proscripciones y los presidentes gobernaban bajo la vigilancia de los cuarteles.


Cometió errores. Llegó a la Presidencia en elecciones incompletas, mantuvo la prohibición del regreso de Perón, anuló contratos petroleros con consecuencias discutibles y no consiguió construir la fuerza política necesaria para enfrentar la conspiración.


Pero también defendió la educación, reguló los medicamentos, mejoró las condiciones salariales, sostuvo una diplomacia eficaz sobre Malvinas y administró los recursos públicos sin confundirlos con los propios.


Fue honesto, pero no sólo fue honesto.


Fue un presidente constitucional que intentó gobernar dentro de la ley cuando buena parte del poder económico, sindical, militar y mediático consideraba que la ley podía apartarse si resultaba incómoda.


El golpe que lo derrocó quiso convertirlo en una figura del pasado. El tiempo produjo el efecto contrario.


Los generales que lo expulsaron de la Casa Rosada quedaron asociados con otra interrupción del orden constitucional. La tortuga fabricada por la propaganda siguió avanzando lentamente por la memoria de los argentinos.


Y llegó más lejos que todos ellos.


El poder de las manos limpias


La vida de Arturo Illia demuestra que la austeridad no es una pose ni la honestidad una debilidad. También enseña que las virtudes personales, por sí solas, no protegen a una democracia cuando la sociedad deja de defenderla.


Illia salió de la Casa Rosada sin escoltas, sin automóvil oficial y sin una multitud que impidiera el golpe. Años más tarde, el país comenzó a preguntarse por qué había permitido semejante atropello.


Quizá allí se encuentre la lección más incómoda de su historia.


No basta con admirar a los hombres honestos después de que han sido derrotados. Hay que sostenerlos cuando enfrentan a los intereses que pretenden doblarlos.


Don Arturo no dejó una fortuna. Dejó un consultorio, unas pocas pertenencias y un apellido sin manchas.


En un país acostumbrado a medir el poder por las propiedades acumuladas, aquella pobreza final fue su patrimonio más formidable.


Gobernó con las manos limpias.

Y cuando lo echaron, no pudieron encontrar nada en ellas.


Referencias

Casa Rosada. (2015, 9 de diciembre). Arturo Umberto Illia (1963-1966). https://www.casarosada.gob.ar/informacion/actividad-oficial/36336-arturo-umberto-illia-1963-1966

Ferrari, N. E. (2015). El accionar político de Arturo Illia en la transición democrática (1982-1983). En L. C. del Valle y A. Eberle (Eds.), ¿Democracia argentina o Argentina democrática? Debate histórico e historiográfico para un balance de treinta años (Vol. 14, pp. 39-47). Hemisferio Derecho. https://repositoriodigital.uns.edu.ar/bitstream/handle/123456789/3149/Ferrari%2C%20N.%20E.%20El%20accionar%20pol%C3%ADtico%20de%20Arturo%20Illia....pdf

Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto. (s. f.). Malvinas en Naciones Unidas. https://www.cancilleria.gob.ar/es/politica-exterior/cuestion-malvinas/malvinas-en-naciones-unidas

Naciones Unidas. (1965, 16 de diciembre). Cuestión de las Islas Malvinas (Falkland Islands): Resolución 2065 (XX). https://docs.un.org/es/A/RES/2065(XX)

Pigna, F. (s. f.). Arturo Illia, el apóstol de los pobres. El Historiador. https://elhistoriador.com.ar/arturo-illia-el-apostol-de-los-pobres/

 



 
 
 

Comentarios


¿Queres ser el primero en enterarte de los nuevos lanzamientos y promociones?

Serás el primero en enterarte de los lanzamientos

© 2025 Creado por Ignacio Arnaiz

bottom of page