Bartolomé Mitre: el hombre que escribió la historia y quiso gobernarla
- Roberto Arnaiz
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A doscientos cinco años de su nacimiento, Bartolomé Mitre permanece en un sitio singular de la memoria argentina. Su apellido designa calles, escuelas, bibliotecas, pueblos y una de las principales líneas ferroviarias del país. Su rostro circuló en los antiguos billetes de dos pesos y su casa todavía se conserva en el centro de Buenos Aires. Sin embargo, detrás de tantos homenajes resulta difícil encontrar al hombre.
Mitre fue presidente, gobernador, legislador, militar, diplomático, periodista, poeta, traductor e historiador. Participó en guerras civiles, encabezó revoluciones, fundó un diario y escribió las obras que durante décadas enseñaron a los argentinos cómo debían mirar su pasado.
Pocos hombres tuvieron tantas vidas dentro de una sola.
La historiografía liberal lo ubicó entre los fundadores de la Argentina moderna. Sus adversarios lo acusaron de imponer la hegemonía porteña, perseguir a los caudillos provinciales y conducir al país hacia la guerra más sangrienta de América del Sur. Entre el mármol levantado por sus admiradores y el barro arrojado por sus enemigos quedó escondida una figura mucho más interesante: la de un hombre ambicioso, disciplinado, contradictorio y convencido de que la Argentina necesitaba una historia común para convertirse definitivamente en una nación.
Mitre no se limitó a protagonizar la historia. También quiso escribirla, explicarla y, en cierta forma, ordenarla.
El niño que prefería los libros
Bartolomé Mitre Martínez nació en Buenos Aires el 26 de junio de 1821, en una casa ubicada cerca de la actual esquina de Suipacha y Lavalle. La ciudad era entonces la capital de una provincia que discutía con el resto del territorio la distribución del poder, las rentas de la Aduana y la forma que debía adoptar el país todavía inconcluso.
Fue hijo de Ambrosio Estanislao Mitre y de Josefa Martínez Whertherton. Su padre, descendiente de una familia de origen griego, había participado con entusiasmo en la causa revolucionaria iniciada en 1810. Su madre pertenecía a una familia porteña con ascendencia irlandesa.
Bartolomé fue bautizado en la antigua iglesia de San Nicolás de Bari, que se encontraba en el lugar donde hoy se levanta el Obelisco. Su padrino fue José Rondeau, militar de la independencia y antiguo director supremo de las Provincias Unidas.
Fue el mayor de varios hermanos. Durante su infancia, la familia se trasladó a Carmen de Patagones, donde Ambrosio Mitre se desempeñó como tesorero del fuerte. Allí los sorprendió, en 1827, el ataque de las fuerzas brasileñas durante la guerra con el Imperio. Bartolomé tenía apenas cinco años cuando conoció el ruido de los cañones. La guerra, que más tarde ocuparía buena parte de su vida, apareció demasiado pronto ante sus ojos.
De regreso en Buenos Aires, su padre intentó convertirlo en hombre de campo. Lo envió a la estancia de Gervasio Ortiz de Rozas, hermano de Juan Manuel de Rosas, para que aprendiera las tareas rurales.
La experiencia duró poco.
Según una anécdota repetida durante generaciones, el estanciero devolvió al muchacho con una nota lapidaria: aquel “caballerito” no serviría para nada porque, en cuanto encontraba una sombra, se bajaba del caballo y se ponía a leer.
El juicio resultó equivocado. Mitre sirvió para demasiadas cosas. Pero la escena describía un rasgo que conservaría hasta la muerte: su relación casi física con los libros. Leía en los cuarteles, en los barcos, durante los exilios y en los intervalos de las campañas militares. Reunió con el tiempo una de las bibliotecas privadas más importantes de América del Sur.
Otros buscaban descanso. Mitre buscaba una página.
Montevideo, las armas y Delfina
La familia se instaló en Uruguay en 1831. Cinco años después, Bartolomé ingresó en la Escuela Militar de Montevideo, donde se formó como artillero. Obtuvo el grado de alférez cuando todavía no había cumplido los veinte años.
Su educación no siguió el recorrido universitario tradicional. Fue esencialmente militar, periodística y autodidacta. Estudió historia, geografía, lenguas, literatura y ciencias durante toda su vida. La disciplina del cuartel le proporcionó un método; las bibliotecas hicieron el resto.
En Montevideo conoció a Delfina María Luisa de Vedia Pérez, hija de una familia vinculada con el ejército oriental. Se casaron en 1841. Ella tenía veintiún años y Mitre, diecinueve.
Tuvieron seis hijos: Delfina Josefa Ambrosia, Bartolomé Nicolás Manuel, Josefina Benita, Jorge Mariano, Emilio Edelmiro y Adolfo Emiliano Mauricio. Cuatro fueron varones y dos mujeres. Tres de los hijos varones murieron antes que su padre (Museo Mitre, s. f.-a).
Delfina acompañó una vida marcada por las ausencias. Mitre podía estar en una redacción, en un campamento militar, en un parlamento o en otro país conspirando contra algún gobierno. Ella sostuvo la familia durante los destierros y las largas campañas.
La casa familiar de la calle San Martín, habitada por los Mitre desde 1859, se convertiría después en residencia presidencial. Allí convivieron los asuntos domésticos con ministros, militares, periodistas, mapas, manuscritos y visitantes extranjeros. Fue casa de familia, despacho político, biblioteca y redacción improvisada. Hoy funciona allí el Museo Mitre (Museo Mitre, s. f.-b).
Veinte años de exilios
La juventud de Mitre transcurrió entre guerras y expulsiones. En Uruguay se vinculó con el Partido Colorado de Fructuoso Rivera y participó en las guerras civiles orientales. En ese escenario conoció a Giuseppe Garibaldi, a quien admiraría durante el resto de su vida.
En 1846 se trasladó a Bolivia. Allí apoyó al presidente José Ballivián y llegó a ocupar funciones importantes en el ejército. Pero la caída de su protector político volvió peligrosa su presencia. Fue expulsado, regresó y terminó nuevamente desterrado.
Pasó después al Perú, de donde también debió marcharse. Finalmente recaló en Chile.
Los gobiernos parecían turnarse para mostrarle la puerta.
Pero aquellos exilios no fueron años perdidos. En Bolivia estudió las ruinas de Tiahuanaco y se interesó por las lenguas y culturas americanas. En Chile desarrolló intensamente el periodismo y compartió ambientes intelectuales con Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento.
Escribía artículos, poemas y proclamas con la misma energía con que preparaba una batería de artillería. Para Mitre, la pluma y la espada no eran instrumentos opuestos. Eran dos maneras de intervenir en la realidad.
Su apoyo a la revolución liberal contra el gobierno chileno de Manuel Montt provocó una nueva expulsión. Regresó entonces al Río de la Plata y se incorporó al Ejército Grande organizado por Justo José de Urquiza.
En 1852 participó en la batalla de Caseros, que puso fin al gobierno de Juan Manuel de Rosas. Mitre regresaba a Buenos Aires después de dos décadas de destierros. No volvía como un muchacho expulsado, sino como militar, periodista y dirigente político.
Buenos Aires contra la Confederación
La caída de Rosas no trajo inmediatamente la unidad nacional. Buenos Aires rechazó el Acuerdo de San Nicolás y se separó de la Confederación Argentina. Mitre se convirtió en una de las figuras principales del Estado porteño.
Participó en la revolución del 11 de septiembre de 1852 y en la defensa de Buenos Aires durante el sitio impuesto por las fuerzas federales. En uno de los combates recibió un proyectil en la frente. La escarapela de su quepis habría amortiguado el impacto y le salvó la vida. El busto de Mitre que se conserva en la Casa Rosada recuerda esa herida con un pequeño orificio sobre la frente (Casa Rosada, 2024a).
Su carrera militar fue extensa, aunque desigual. Combatió en Cagancha, Caseros, Cepeda y Pavón, además de participar en campañas contra los indígenas y comandar posteriormente los ejércitos aliados en la guerra contra el Paraguay.
Mitre aspiró a ser recordado como un gran general. Sin embargo, sus resultados militares no alcanzan para ubicarlo entre los grandes estrategas de la historia argentina. Conoció más retiradas y victorias incompletas que triunfos concluyentes. Su principal talento no fue destruir al adversario en el campo de batalla, sino convertir el resultado político de una batalla en un nuevo orden.
En 1859 fue derrotado por Urquiza en Cepeda. Buenos Aires debió aceptar el Pacto de San José de Flores y comenzar su incorporación a la Confederación.
Al año siguiente, Mitre fue elegido gobernador de Buenos Aires. Desde ese cargo condujo las tensas negociaciones con el gobierno nacional. El conflicto volvió a resolverse mediante las armas en Pavón, en 1861.
La batalla tuvo un desarrollo extraño. La caballería de Urquiza venció en los flancos, mientras la infantería porteña se impuso en el centro. Urquiza se retiró del campo y dejó abierto el camino hacia el poder nacional. Mitre convirtió aquella jornada indecisa en una victoria política decisiva.
La Confederación se derrumbó y Buenos Aires quedó en condiciones de conducir la organización definitiva del país.
El presidente de la República unificada
Mitre asumió la Presidencia de la Nación el 12 de octubre de 1862. Fue el primer presidente constitucional que gobernó sobre una República unificada después de la reincorporación de Buenos Aires.
El título requiere precisión. Justo José de Urquiza y Santiago Derqui habían sido presidentes constitucionales antes que él, pero durante sus gobiernos Buenos Aires permaneció separada o mantuvo una relación conflictiva con las autoridades federales. Mitre fue el primero en ejercer la Presidencia sobre el conjunto de las provincias reunidas bajo un mismo orden nacional.
Su vicepresidente fue Marcos Paz. Entre sus ministros estuvieron Guillermo Rawson, Rufino de Elizalde, Dalmacio Vélez Sarsfield, Eduardo Costa y Juan Andrés Gelly y Obes.
El país que recibió estaba lejos de ser una administración organizada. Faltaban tribunales federales, funcionarios, caminos, comunicaciones y recursos. El poder del gobierno nacional fuera de Buenos Aires era todavía frágil.
Durante su gestión se organizó la Corte Suprema de Justicia, se instalaron juzgados federales, se impulsó la educación secundaria mediante la creación de colegios nacionales y se extendieron las comunicaciones y los ferrocarriles. También se avanzó en la organización de la administración nacional y del ejército (Casa Rosada, 2015).
Mitre buscó consolidar un Estado sometido a la Constitución, pero ese proceso estuvo acompañado por la intervención armada contra las resistencias provinciales. Las montoneras fueron reprimidas y varios caudillos federales perseguidos hasta su derrota.
La construcción del orden nacional no se realizó en una sala silenciosa, rodeada de juristas. Se hizo entre alzamientos, degüellos, fusilamientos y pueblos que veían llegar al nuevo Estado bajo la forma de un batallón.
Ésa es una de las contradicciones centrales de Mitre: defendió la libertad y la ley, pero consideró legítimo recurrir a la fuerza para imponer el orden político que juzgaba necesario.
La guerra que oscureció su presidencia
La guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay marcó definitivamente su gobierno. Argentina, Brasil y Uruguay enfrentaron al Estado paraguayo gobernado por Francisco Solano López.
La invasión paraguaya de Corrientes colocó a la Argentina dentro del conflicto. Mitre asumió el mando de los ejércitos aliados y dejó temporalmente el Poder Ejecutivo en manos de Marcos Paz. Su licencia se extendió entre 1865 y comienzos de 1868 (Casa Rosada, 2020).
La guerra fue larga, sangrienta y mucho más difícil de lo que sus conductores habían previsto. Mitre creyó que la campaña podría resolverse rápidamente. La realidad respondió con pantanos, enfermedades, errores de mando y montañas de cadáveres.
El conflicto devastó al Paraguay y dejó profundas heridas en toda la región. La conducción de Mitre, los objetivos de la alianza y la prolongación de la guerra continúan siendo objeto de una discusión histórica y moral que no puede reducirse a consignas.
Sus defensores recuerdan que la Argentina había sido invadida y que el gobierno nacional debía responder. Sus críticos señalan la responsabilidad de Mitre en la política regional previa al conflicto, el carácter secreto del tratado de alianza y la decisión de continuar una guerra que terminó destruyendo al pueblo paraguayo.
Una biografía honesta no puede borrar esa sombra. La guerra del Paraguay no fue una nota al pie de su presidencia. Fue el acontecimiento que condicionó su gobierno y uno de los episodios más controvertidos de toda la historia sudamericana.
El periodista que fundó una tribuna
Mitre dejó la Presidencia en 1868 y fue sucedido por Domingo Faustino Sarmiento. Dos años después, el 4 de enero de 1870, fundó el diario La Nación sobre la base de una publicación anterior.
Definió al periódico como una “tribuna de doctrina”. La expresión condensaba su concepción del periodismo. Un diario no debía limitarse a contar lo ocurrido: debía formar ciudadanos, defender ideas e intervenir en la vida pública.
La fundación de La Nación le permitió conservar una influencia política y cultural extraordinaria. Mitre ya no necesitaba ocupar la Presidencia para participar en las grandes discusiones nacionales. Tenía una imprenta, una red de colaboradores y una voz que llegaba a la dirigencia del país.
El diario funcionaba junto a su casa. A pocos metros del comedor familiar se discutían candidaturas, revoluciones y editoriales. El olor de la tinta se mezclaba con el de los libros viejos.
Mitre había comprendido algo esencial del poder moderno: un cañón podía ganar una batalla, pero un periódico podía discutir el significado de la victoria durante cincuenta años.
El historiador que organizó el pasado
Su obra intelectual fue inmensa. Escribió poesía, teatro, discursos, artículos y estudios arqueológicos y lingüísticos. Tradujo la Divina comedia de Dante y trabajó sobre la Eneida de Virgilio.
Pero su contribución principal fue la historiografía.
Publicó Historia de Belgrano y de la independencia argentina y Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana. Para escribirlas reunió documentos, cartas, memorias y testimonios. Intercambió correspondencia con protagonistas y familiares de los héroes de la independencia y construyó un archivo excepcional.
Mitre no inventó la investigación histórica argentina, pero le dio un método, una escala y una ambición nacional. Sus obras buscaron explicar cómo una revolución iniciada en Buenos Aires había terminado por crear una república.
Su interpretación ubicó a Mayo, Belgrano y San Martín en el centro de un relato liberal y nacional. Ese relato dominó durante décadas la enseñanza de la historia argentina.
Más tarde aparecieron críticas profundas. Adolfo Saldías y los historiadores revisionistas cuestionaron su mirada porteña, su tratamiento de los caudillos y su tendencia a presentar como destino nacional el triunfo del programa político que él mismo había defendido.
La objeción resulta inevitable: Mitre escribió sobre una historia de la que había sido protagonista y vencedor. No observaba el pasado desde una torre neutral. Lo hacía desde el campo de batalla.
Pero reducir su obra a una simple falsificación partidaria sería tan injusto como considerarla una verdad definitiva. Mitre reunió fuentes, planteó problemas, abrió debates y construyó las bases de la historiografía erudita argentina. Incluso quienes lo combatieron debieron comenzar discutiendo con él.
Escribió la historia y, al hacerlo, entró para siempre dentro de ella.
La revolución y la derrota
Mitre intentó regresar a la Presidencia en 1874. Su derrota electoral frente a Nicolás Avellaneda lo llevó a encabezar una revolución armada. La sublevación fracasó y Mitre fue vencido en La Verde.
Aquella derrota puso fin a su carrera en los campos de batalla. El hombre que había contribuido a consolidar el orden constitucional se había levantado en armas contra el resultado de una elección que consideraba fraudulenta.
Otra vez aparecía la contradicción.
Mitre defendía las instituciones, pero estaba dispuesto a rebelarse cuando juzgaba que habían sido violadas. Para él no se trataba de combatir la legalidad, sino de restaurarla. Para el gobierno, se trataba sencillamente de una insurrección.
Fue sometido a juicio militar y condenado. Después recibió el indulto de Avellaneda. Con los años, ambos protagonizarían un acercamiento político que permitió cerrar algunas de las heridas abiertas por la revolución.
En 1880 apoyó el movimiento porteño contra la federalización de Buenos Aires, aunque no participó directamente en los combates. Más tarde intervino en la formación de la Unión Cívica. En 1891 intentó nuevamente alcanzar la Presidencia mediante un acuerdo con Julio Argentino Roca, pero la oposición de Leandro N. Alem frustró el proyecto y dividió al movimiento cívico.
Mitre seguía buscando el poder cuando ya se había convertido en prócer.
Las pérdidas y la vejez
La vida privada de Mitre estuvo marcada por golpes dolorosos. Delfina de Vedia murió en 1882. Había sido su compañera durante más de cuarenta años, desde la juventud montevideana hasta la Presidencia.
Varios de sus hijos murieron antes que él. Mitre, que había sobrevivido a exilios, balas, revoluciones y epidemias, debió contemplar cómo se reducía su familia.
Se refugió cada vez más en la biblioteca. Continuó escribiendo, traduciendo y ordenando documentos. En 1901 fundó la Junta de Historia y Numismática Americana, antecedente de la actual Academia Nacional de la Historia.
A esa altura, ya era considerado un prócer viviente. La celebración de sus ochenta años adquirió dimensiones extraordinarias. Instituciones públicas, escuelas, asociaciones y ciudadanos de todo el país participaron de los homenajes.
La Argentina de comienzos del siglo XX era muy diferente de la que Mitre había conocido en su juventud. Había ferrocarriles, puertos, inmigrantes, universidades y un Estado nacional consolidado. También persistían la desigualdad, el fraude electoral y los conflictos sociales.
Mitre podía observar aquel país con orgullo, aunque no todo fuera obra suya ni se pareciera enteramente a lo que había imaginado.
La muerte del último patriarca
Bartolomé Mitre murió el 19 de enero de 1906 en su casa de la calle San Martín. Tenía 84 años.
La noticia produjo una conmoción nacional. Su cuerpo fue velado en la Casa Rosada y una multitud acompañó el cortejo hasta el Cementerio de la Recoleta.
El joven expulsado de varios países, el militar derrotado en más de una batalla y el revolucionario condenado terminaba sus días convertido en una figura venerada por el Estado.
Su casa fue donada a la Nación y transformada en museo. Allí permanecen su biblioteca, sus manuscritos, sus muebles y los objetos de una vida que parece demasiado grande para caber dentro de unas habitaciones.
Mitre murió rodeado de reconocimiento. A diferencia de San Martín, Rivadavia, Alberdi y Sarmiento, no terminó sus días en el exilio. Pudo contemplar en vida la construcción de su propio monumento histórico.
Entre la nación y la historia
Bartolomé Mitre no fue solamente el primer presidente de la República unificada. Fue uno de los hombres que proporcionaron al nuevo Estado instituciones, símbolos y un relato sobre su origen.
Su Presidencia ayudó a consolidar el poder nacional, la Justicia federal y la educación pública. Su acción militar y política, sin embargo, estuvo acompañada por guerras civiles, levantamientos y represiones. La guerra del Paraguay dejó una sombra imposible de ignorar. Su obra histórica fundó una tradición intelectual, pero también estableció una interpretación que durante demasiado tiempo fue presentada como la única posible.
Mitre tuvo la ambición de un hombre renacentista y la voluntad de un político del siglo XIX. Quiso ser general, presidente, poeta, traductor, periodista e historiador. En algunas de esas empresas alcanzó la grandeza. En otras, apenas una digna obstinación.
Fue más importante como constructor político que como militar; más influyente como historiador que como poeta; más duradero como periodista que como jefe partidario.
Sus errores fueron grandes porque también lo fueron sus ambiciones.
No es necesario levantarlo nuevamente sobre un altar ni derribar sus monumentos. Hay que estudiarlo en su complejidad. Reconocer al constructor sin ocultar al guerrero; valorar al historiador sin aceptar todas sus conclusiones; admirar al hombre de cultura sin olvidar al dirigente que creyó posible imponer la civilización con soldados.
Mitre escribió buena parte de la historia argentina y consiguió que varias generaciones la leyeran con sus ojos.
Ése fue, quizá, su triunfo más profundo.
Hoy su tumba permanece en la Recoleta y su biblioteca, en la antigua casa de la calle San Martín. Afuera ruge la ciudad moderna que ayudó a imaginar. Circulan trenes que llevan su nombre, se imprimen diarios nacidos de su voluntad y los argentinos continúan discutiendo el país que él contribuyó a organizar.
Bartolomé Mitre ya no puede corregir nuestras interpretaciones.
Por primera vez, la última palabra no le pertenece.
Referencias
Casa Rosada. (2015, 9 de diciembre). Bartolomé Mitre (1862-1868). https://www.casarosada.gob.ar/informacion/actividad-oficial/36304-bartolome-mitre-1862-1868
Casa Rosada. (2020, 3 de septiembre). Bartolomé Mitre (1862-1868). https://www.casarosada.gob.ar/nuestro-pais/presidentes/93-nuestro-pais/presidentes/47121-bartolome-mitre-1862-1868
Casa Rosada. (2024a, 19 de enero). A 118 años del fallecimiento de Bartolomé Mitre: El busto presidencial que tiene un orificio en su frente. https://www.casarosada.gob.ar/slider-principal/50304-a-118-anos-del-fallecimiento-de-bartolome-mitre-el-busto-presidencial-que-tiene-un-orificio-en-su-frente-2
Casa Rosada. (2024b, 22 de mayo). Bartolomé Mitre (1821-1906). https://www.casarosada.gob.ar/la-casa-rosada/bustos-presidenciales/50506-bartolome-mitre-1821-1906
De Marco, M. Á. (1998). Bartolomé Mitre: Biografía. Planeta.
Míguez, E. J. (2018). Bartolomé Mitre: Entre la nación y la historia. Edhasa.
Museo Mitre. (s. f.-a). Descripción archivística del Fondo Bartolomé Mitre Martínez. https://museomitre.cultura.gob.ar/media/uploads/site-10/multimedia/descripcion_archivistica_fondo_bartolome_mitre_martinez.pdf
Museo Mitre. (s. f.-b). La casa de Mitre.




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