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Belgrano y la imprenta del Ejército


Cuando la palabra también era un arma de la Independencia

 

En 1817, el Ejército Auxiliador del Perú permanecía acantonado en Tucumán. Sus hombres acumulaban años de campañas, derrotas, marchas interminables, hambre y enfermedades. Mientras José de San Martín combatía en Chile y Martín Miguel de Güemes contenía las invasiones realistas en la frontera norte, Manuel Belgrano debía reorganizar una fuerza desgastada, preservar su disciplina y mantener vivo el espíritu de tropas que llevaban demasiado tiempo esperando.


En aquel ejército había fusiles, cañones, caballos, hospitales, talleres y depósitos. También funcionaban espacios destinados a preparar a oficiales, cadetes, cabos, sargentos y soldados. Sin embargo, entre todos aquellos instrumentos propios de la guerra, Belgrano incorporó uno que parecía pertenecer a otro mundo: una pequeña imprenta.


Con ella no pretendía fabricar municiones ni reproducir únicamente disposiciones administrativas. Quería imprimir ideas.


El 10 de julio de 1817 apareció en Tucumán el primer número del Diario Militar del Ejército Auxiliador del Perú. A pesar de su nombre, no era un diario, sino una publicación de frecuencia aproximadamente semanal. La referencia tradicional sostiene que alcanzó 78 entregas y continuó hasta el 31 de diciembre de 1818, aunque solo una parte de la colección ha llegado hasta nuestros días.


Su aparición representó un acontecimiento que trascendía los límites del cuartel: fue el primer periódico impreso en Tucumán. La guerra, que tantas veces había destruido pueblos, familias y recursos, llevaba ahora a la provincia una herramienta destinada a incorporarse a su vida política y cultural.


Pero aquel periódico no había nacido para entretener a sus lectores. Formaba parte de un proyecto educativo y militar.


No bastaba con entregar un fusil


Belgrano comprendía que reunir hombres y proporcionarles armas no alcanzaba para formar un ejército. El combatiente debía aprender a marchar, disparar, obedecer, cuidar su armamento y conservar su puesto durante el combate. Pero también necesitaba conocer el sentido de la causa por la cual arriesgaba la vida.


Esa concepción explica su preocupación por la preparación de los oficiales, el establecimiento de academias para los cadetes y la instrucción de cabos, sargentos y soldados. El Ejército debía ser disciplinado, pero aquella disciplina no podía sostenerse solamente mediante sanciones. Necesitaba educación, convicciones y una conciencia compartida.


Belgrano tampoco separaba la competencia profesional de la conducta moral. Un oficial podía dominar las evoluciones tácticas y conocer las ordenanzas, pero si carecía de honradez, responsabilidad y sentido del deber, difícilmente podría conducir a sus hombres. Del mismo modo, el valor físico del soldado perdía parte de su significado si no estaba acompañado por el respeto a la población y la defensa de una causa que pudiera reconocer como propia.


El Diario Militar nació dentro de esa concepción. No era únicamente un boletín encargado de anunciar movimientos de tropas o resultados de batallas. Su propósito consistía en recoger conocimientos militares, acercar enseñanzas que muchos oficiales no podían encontrar en los libros y mantener al Ejército informado sobre las operaciones desarrolladas en los distintos frentes.


La propia presentación del periódico anunciaba que sus responsables se proponían resultar útiles a sus “hermanos de armas”. Para ello recogerían materiales destinados a la instrucción, noticias sobre las partidas y divisiones del Ejército, movimientos del enemigo e informaciones relacionadas con los ejércitos de los Andes y de Chile.


Detrás de aquellas palabras aparecía una realidad evidente: en el interior de las Provincias Unidas, los libros especializados eran escasos, costosos y difíciles de conseguir. Una pequeña publicación podía poner al alcance de numerosos militares conocimientos que de otro modo habrían quedado reservados a unos pocos.


La imprenta permitía multiplicar al instructor.


Un Ejército que también debía enseñar


La historiografía suele detenerse en las decisiones de los generales, los movimientos de las unidades y el resultado de las batallas. Sin embargo, detrás de cada operación existía una organización compleja que necesitaba transmitir conocimientos desde el general en jefe hasta el último soldado.


Los oficiales debían interpretar las órdenes, conocer las disposiciones reglamentarias, organizar marchas y campamentos, administrar sus unidades y adoptar dispositivos adecuados para el combate. También tenían que enseñar, porque eran responsables de la preparación de sus subordinados.


Los cabos y sargentos ocupaban un lugar decisivo. Eran ellos quienes mantenían el contacto cotidiano con los soldados, controlaban el estado del armamento, vigilaban la limpieza y el orden, transmitían novedades, organizaban las guardias y garantizaban que las disposiciones de los jefes se convirtieran en acciones concretas.


Sin cabos y sargentos preparados, la orden del comandante podía quedar detenida en el papel.


Muchos de aquellos hombres procedían de sectores populares y habían adquirido sus conocimientos dentro del propio Ejército. Algunos poseían una alfabetización limitada; otros probablemente no sabían leer ni escribir. Esto no disminuía su importancia, pero obligaba a establecer diferentes niveles y procedimientos de enseñanza.


La instrucción debía adaptarse a las responsabilidades de cada jerarquía. El oficial requería conocimientos tácticos, reglamentarios y administrativos; el sargento debía organizar y supervisar; el cabo necesitaba conducir a su escuadra, y el soldado tenía que aprender las habilidades esenciales para combatir y sobrevivir.


Belgrano comprendió que el Ejército podía convertirse en una escuela que marchaba con las tropas. El Diario Militar fue uno de los instrumentos de ese sistema.


El primer número: instrucción, noticias y patriotismo


El contenido de la entrega inicial resulta revelador. El periódico comenzó con una extensa consideración sobre la necesidad de instruir a los oficiales. Después incorporó noticias militares y cerró con una referencia a los festejos realizados en Tucumán por el primer aniversario de la declaración de la Independencia.


Aquella combinación permite reconocer sus distintas funciones. El Diario Militar instruía, informaba y fortalecía el sentimiento patriótico. Enseñaba cuestiones relacionadas con la profesión de las armas, pero también recordaba por qué se combatía.


No fue casual que la preparación de los oficiales ocupara un lugar destacado. Durante sus campañas, Belgrano había comprobado que muchos hombres alcanzaban grados de responsabilidad por su valor, sus relaciones o las necesidades de la guerra, sin haber recibido una formación sistemática.


Algunos poseían experiencia de combate, pero carecían de conocimientos suficientes para interpretar una orden, organizar una marcha, administrar una compañía o disponer correctamente a sus soldados. La valentía podía llevarlos hacia el enemigo; la preparación profesional debía permitirles llegar en condiciones de vencerlo.


Una derrota no siempre era consecuencia de la cobardía. También podía producirse por una guardia mal establecida, una marcha desordenada, una transmisión defectuosa, el desconocimiento del terreno o la incapacidad de mantener reunida a la tropa.


Por eso Belgrano insistía en educar a quienes debían mandar. Un ejército era tan fuerte como los cuadros que lo sostenían: oficiales capaces de conducir y cabos y sargentos preparados para transformar las órdenes superiores en hechos.


El periódico se convertía así en una prolongación de las academias. Lo que se enseñaba en el aula podía reforzarse mediante la lectura; aquello que sucedía en una campaña podía transformarse en una lección para quienes no habían participado en ella.


De la página impresa a la formación militar


El Diario Militar no podía llegar de la misma manera a todos. Su circulación inmediata debió concentrarse entre jefes, oficiales, cadetes y personas alfabetizadas. Muchos integrantes de la tropa no estaban en condiciones de leer personalmente sus páginas.


Sin embargo, esto no significa que permanecieran ajenos a su contenido. En los ejércitos de la época, la información no circulaba exclusivamente mediante la lectura individual. Las órdenes, proclamas, disposiciones y noticias podían leerse en voz alta, explicarse y transmitirse oralmente dentro de las compañías.


La vida cotidiana del Ejército ofrecía diversas oportunidades para hacerlo. Las formaciones, las listas y las reuniones de las unidades permitían comunicar la orden del día, anunciar novedades y transmitir las decisiones del mando. Las Ordenanzas de Carlos III, que continuaban regulando buena parte del funcionamiento de los ejércitos revolucionarios, establecían incluso un toque específico para convocar a quienes debían recibir la orden.


La información descendía por la cadena jerárquica. El sargento mayor o el ayudante recibía las disposiciones superiores; los capitanes las comunicaban a sus compañías; los sargentos y cabos se encargaban de que fueran comprendidas y cumplidas por los soldados.


En la tradición militar, las formaciones de la mañana y de la tarde, incluido el momento del arriado de la bandera, también fueron utilizadas para leer órdenes, recordar deberes y desarrollar asuntos destinados a la reflexión de la tropa.


No se conserva una prueba que permita afirmar que cada número del Diario Militar fuera leído formalmente durante esas ceremonias en el Ejército de Belgrano. Sin embargo, la transmisión colectiva de su contenido resulta compatible con las prácticas militares de la época.


Un oficial podía leer una noticia ante su compañía; el sargento podía explicarla con palabras más sencillas y los cabos repetirla entre los integrantes de sus escuadras. Un único ejemplar tenía así la posibilidad de alcanzar a decenas de hombres.


La página impresa iniciaba el recorrido. La voz del oficial, del sargento o del cabo lo completaba.


Por eso la influencia del periódico no debe medirse solamente por la cantidad de copias publicadas ni por el número de militares alfabetizados. En un ejército donde predominaba la cultura oral, leer para los demás también era una manera de enseñar.


Un examen convertido en acontecimiento público


El número del 12 de marzo de 1818 conservó una de las pruebas más importantes de la política educativa de Belgrano. Allí se relató el examen público rendido el día anterior por los cadetes que asistían a la Academia de Matemáticas del Ejército.


La institución estaba dirigida por el capitán de Ingenieros Felipe Bertrés. Sus alumnos fueron evaluados en aritmética ante Belgrano, el gobernador de Tucumán, los integrantes del Cabildo, el Estado Mayor, los jefes y oficiales de los cuerpos y numerosos vecinos.


No se trató de una evaluación realizada discretamente dentro de un cuartel. Belgrano la convirtió en un acto público porque quería demostrar que el estudio también constituía un servicio a la patria.


Los cadetes debieron responder preguntas formuladas por diferentes concurrentes y explicar los procedimientos utilizados. Entre quienes se distinguieron figuraron Bernabé Sal, José María Rodríguez de Vida, Fortunato Tamayo y Francisco Mosqueira.


El premio destinado al mejor alumno era un sable con una inscripción relacionada con el acontecimiento. Por decisión del director de la Academia y con la aprobación de los presentes, fue entregado a Bernabé Sal.


La escena posee una extraordinaria fuerza simbólica.

El premio no fue un libro, una medalla o una gratificación económica. Fue un sable: el arma que identificaba al oficial. Pero aquel joven no lo recibió por haber derribado a un enemigo ni por encabezar una carga. Lo obtuvo por estudiar aritmética, comprender sus operaciones y demostrar públicamente sus conocimientos.


Belgrano estaba uniendo deliberadamente dos mundos que con frecuencia se presentan como opuestos: el del soldado y el del estudiante. A través de aquel gesto afirmaba que el sable debía estar en manos de quien supiera emplear la inteligencia.


La crónica fue publicada porque el ejemplo de Bernabé Sal podía educar a otros. El premio distinguía a un cadete; el periódico multiplicaba la enseñanza.


Informar para sostener la moral


A comienzos del siglo XIX, las noticias avanzaban lentamente. Las cartas podían demorar semanas, los rumores se deformaban al pasar de una persona a otra y los gobiernos enemigos difundían versiones falsas para provocar temor y desaliento.


Un ejército aislado podía creer que combatía solo. Una derrota exagerada tenía capacidad para destruir la moral; una victoria desconocida no producía ningún efecto sobre quienes necesitaban recuperar la confianza.


Belgrano conocía el valor militar de la información. Durante 1817, las noticias procedentes de Chile resultaban particularmente importantes. El cruce de los Andes, la victoria de Chacabuco y las operaciones posteriores demostraban que la Revolución no se encontraba inmovilizada y que la guerra podía llevarse nuevamente hacia los territorios dominados por los realistas.


Difundir aquellos triunfos no era un simple acto periodístico. Significaba mostrar a los integrantes del Ejército Auxiliador que sus sacrificios formaban parte de una empresa continental.


El periódico también cumplía una función contra la incertidumbre. Al comunicar movimientos, resultados y partes oficiales, procuraba reemplazar los rumores por una versión respaldada por el mando. En una guerra revolucionaria, controlar la información podía ser tan importante como conservar un camino.


Belgrano no buscaba únicamente informar sobre lo sucedido. Pretendía producir un efecto: fortalecer el espíritu, estimular el patriotismo y recordar que la independencia declarada en Tucumán todavía debía defenderse en los campos de batalla.


El soldado debía saber que la guerra continuaba, que otros ejércitos estaban avanzando y que su propia permanencia en Tucumán formaba parte de una estrategia mucho más amplia.


Una vocación desarrollada en el Consulado


El Diario Militar no fue una improvisación ni el descubrimiento tardío de las posibilidades de la palabra impresa. Belgrano llevaba más de dos décadas utilizando la escritura como instrumento de educación y transformación social.


Desde 1794, como secretario perpetuo del Consulado de Buenos Aires, debía presentar anualmente una memoria sobre algún asunto relacionado con la agricultura, el comercio, la industria, la educación o el desarrollo del Virreinato.


Belgrano convirtió aquella obligación administrativa en una verdadera tribuna intelectual.

En sus memorias propuso la creación de escuelas de agricultura, comercio, náutica y dibujo; defendió la educación de las mujeres; reclamó la difusión de conocimientos prácticos y sostuvo que la prosperidad de una sociedad dependía de la preparación de sus habitantes.


Para él, escribir no significaba simplemente dejar constancia de una gestión. Era una manera de intervenir sobre la realidad.


Las Memorias del Consulado revelan una convicción que conservaría durante toda su vida: la ignorancia no era una condición inevitable, sino un problema político y social que debía enfrentarse mediante instituciones educativas, maestros, libros y conocimientos útiles.


Belgrano pretendía que la enseñanza produjera resultados concretos. No le interesaba una educación reducida a la acumulación de palabras. Buscaba formar personas capaces de trabajar, producir, comerciar, navegar, administrar y contribuir al bien común.


Aquella concepción reapareció años después en el Ejército. Los destinatarios habían cambiado, pero el método conservaba la misma finalidad: identificar una carencia, difundir conocimientos y transformar la conducta.


Durante los años coloniales escribió para educar a comerciantes, productores, funcionarios y vecinos. Después de la Revolución utilizó la prensa para formar ciudadanos. Finalmente, en Tucumán, trasladó esa experiencia al interior de una fuerza militar.


El Diario Militar fue la expresión castrense de una vocación desarrollada durante más de veinte años.


Belgrano periodista


Su relación con la prensa tampoco comenzó en 1817. Belgrano participó en el Telégrafo Mercantil, colaboró con el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, dirigido por Hipólito Vieytes, y fundó en 1810 el Correo de Comercio.


A través de esas publicaciones procuró difundir conocimientos, modificar costumbres, promover el trabajo y preparar a la sociedad para los cambios que consideraba necesarios.

Para Belgrano, la prensa nunca fue una actividad secundaria. Constituía una herramienta de gobierno, educación y construcción política.


Estaba convencido de que el conocimiento debía circular. Una idea encerrada en la biblioteca de un hombre ilustrado podía beneficiar solamente a su propietario; impresa, explicada y transmitida, tenía la capacidad de transformar una comunidad.


La continuidad resulta evidente. Las Memorias del Consulado, los artículos periodísticos y el Diario Militar pertenecen a una misma concepción: escribir para producir cambios.


La guerra modificó los destinatarios y el escenario, pero no sus convicciones.


Una idea que había comenzado años antes


Belgrano ya había pensado en la creación de un diario militar antes de regresar a Tucumán. El 26 de enero de 1814, desde Ticucho, le escribió a José de San Martín y le propuso llevar un registro de las operaciones del Ejército.


Su intención consistía en reunir noticias confiables, comunicarlas y utilizarlas para fortalecer el espíritu público. El proyecto demuestra que comprendía la información como una dimensión de la guerra.


Los partes militares permitían que el gobierno conociera los acontecimientos, pero un periódico podía alcanzar a un público más amplio. Podía informar a los pueblos, sostener la confianza y evitar que los rumores enemigos dominaran la conversación.


El Diario Militar de 1817 no fue, por lo tanto, una ocurrencia circunstancial provocada por la presencia de una imprenta. Belgrano llevaba años imaginando una publicación capaz de vincular las operaciones militares con la educación y el patriotismo.


La máquina hizo posible una idea anterior.


Cien ejemplares para los oficiales de San Martín


El 26 de septiembre de 1817, Belgrano escribió nuevamente a San Martín. En la carta le anunció el envío de cien ejemplares de un periódico para que fueran distribuidos entre sus oficiales. Los editores del Epistolario Belgraniano consideran probable que estuviera refiriéndose al Diario Militar del Ejército Auxiliador del Perú.


El dato permite dimensionar el alcance que Belgrano pretendía darle a la publicación. El periódico no estaba destinado a permanecer encerrado en el cuartel tucumano. Debía circular, atravesar distancias y llegar hasta otros ejércitos.


La secuencia resulta reveladora: se imprimía en Tucumán, se repartía entre los militares, se enviaba a San Martín, llegaba a sus oficiales y transmitía noticias, conocimientos y principios comunes.


En momentos en que los ejércitos se encontraban separados por enormes distancias, la imprenta contribuía a unirlos intelectualmente. Los hombres de Belgrano podían conocer las acciones del Ejército de los Andes; los oficiales de San Martín podían recibir las reflexiones y noticias difundidas desde Tucumán.


La circulación de impresos ayudaba a construir una identidad militar que superaba los límites de cada cuerpo y cada ejército.


En otra carta de la misma fecha, Belgrano agradeció a San Martín el envío de cien ejemplares de una instrucción destinada al servicio interior de las unidades. Su comentario resume una parte esencial de su pensamiento: los libros militares hacían mucha falta porque existían hombres de talento cuyos conocimientos permanecían adormecidos por falta de estímulos.


Belgrano creía que la capacidad no era patrimonio exclusivo de quienes habían recibido una educación privilegiada. Podía encontrarse entre sus propios paisanos, pero necesitaba libros, maestros y oportunidades para desarrollarse.


¿Quién redactaba el periódico?


No puede afirmarse que Belgrano escribiera personalmente todos los artículos del Diario Militar. Las fuentes disponibles no permiten sostener semejante conclusión y existen diferencias respecto de quién ejerció concretamente la redacción.


Bartolomé Mitre la atribuyó al oficial chileno Francisco Antonio Pinto, quien años más tarde llegaría a ocupar la presidencia de Chile. Antonio Zinny, en cambio, señaló la intervención de Patricio Sánchez de Bustamante, secretario de Belgrano.


Ambas posibilidades no necesariamente son excluyentes. En publicaciones de estas características podían participar diferentes colaboradores, redactores y funcionarios de la secretaría militar. Las noticias procedían de partes, cartas y comunicaciones recibidas desde distintos frentes.


Lo fundamental no reside en adjudicar cada línea a la pluma de Belgrano, sino en reconocer que la publicación respondía a su iniciativa y expresaba su proyecto militar.


La imprenta funcionaba dentro del Ejército que él comandaba; el periódico acompañaba sus objetivos educativos y sus páginas reflejaban preocupaciones presentes en su correspondencia, sus reglamentos y su manera de conducir.


Belgrano quizá no redactara todos los artículos, pero había concebido la misión que la palabra debía cumplir.


La imprenta que llegó después del Congreso


La primera imprenta instalada de manera permanente en Tucumán era una máquina pequeña y sencilla, llevada por el Ejército de Belgrano en 1817. Algunas reconstrucciones sostienen que funcionó en una habitación de la casa donde había sesionado el Congreso, utilizada posteriormente por dependencias militares.


Su localización puede generar una confusión comprensible. Un año antes había comenzado a circular El Redactor del Congreso Nacional, publicación encargada de informar sobre las sesiones y decisiones de los diputados reunidos en Tucumán. Podría suponerse, por lo tanto, que ambos periódicos fueron elaborados con la misma prensa.


Sin embargo, no fue así.


Cuando el Congreso inició sus sesiones, el 24 de marzo de 1816, Tucumán todavía no disponía de una imprenta. Fray Cayetano Rodríguez redactaba los resúmenes y reflexiones de El Redactor, pero los originales debían viajar hasta Buenos Aires, donde eran impresos en el taller de los Niños Expósitos.


La distancia entre el lugar de las deliberaciones y el establecimiento encargado de imprimirlas explica parte de las demoras con que circulaba la publicación. El Congreso debatía en Tucumán, pero sus noticias se convertían en periódico a más de mil kilómetros.


También las copias impresas de la declaración de la Independencia debieron elaborarse fuera de la ciudad. El Congreso había proclamado una nación soberana en una capital provincial que todavía no contaba con los medios técnicos necesarios para multiplicar inmediatamente sus propias decisiones.


La imprenta del Ejército llegó al año siguiente. El primer número del Diario Militar apareció el 10 de julio de 1817, cuando el Congreso ya había abandonado Tucumán y comenzaba a sesionar en Buenos Aires.


Este dato no reduce la importancia de la máquina belgraniana; por el contrario, la aumenta. El Congreso había demostrado cuánto necesitaba Tucumán una imprenta. Belgrano llevó finalmente a la provincia la herramienta cuya ausencia había quedado en evidencia durante el momento decisivo de 1816.


La imprenta no fue utilizada por el Congreso de Tucumán, pero llegó para cubrir una necesidad que el propio Congreso había revelado.


Una máquina pequeña para una empresa inmensa


La prensa instalada por el Ejército era rudimentaria. Las descripciones la presentan como una máquina simple, de reducidas dimensiones, que podía colocarse sobre una mesa. Su funcionamiento exigía tipos, tinta, papel y personas capaces de componer e imprimir cada página.


El periódico llevaba al pie la expresión “Imprenta del Ejército”. Su formato era reducido y las dificultades materiales debieron ser constantes. Faltaban insumos, los transportes eran irregulares y el papel resultaba costoso. Algunas referencias señalan que los primeros ejemplares se imprimieron sobre un soporte empleado para cigarrillos y, cuando este se agotó, sobre papel de cartas.


Aquella precariedad aumenta el significado del proyecto.


No era la imprenta de una ciudad enriquecida y en paz, sino la de un ejército que llevaba años reclamando uniformes, armas, caballos y salarios. Aun en medio de esas necesidades, Belgrano consideró indispensable reservar recursos para imprimir.


La publicación era materialmente pequeña, pero la idea que la sostenía resultaba inmensa: llevar conocimientos a un lugar donde los libros escaseaban y transformar la información en una herramienta militar.


La modesta prensa permitía que las noticias ya no tuvieran que recorrer centenares de kilómetros para convertirse en letras impresas. Por primera vez, Tucumán podía producir localmente una publicación periódica.


El Ejército no llevó solamente armas y soldados. También incorporó una tecnología cultural.


Una imprenta que permaneció cuando el Ejército se marchó


Cuando las tropas abandonaron Tucumán, la imprenta permaneció en la provincia. Con el tiempo fue utilizada por diferentes gobiernos para imprimir periódicos, proclamas, constituciones y documentos políticos.


Aquella máquina se convirtió en un instrumento de poder. Quien la controlaba podía multiplicar sus ideas, responder a sus adversarios y dirigirse a la población. Su posesión llegó a formar parte de las luchas políticas que sacudieron Tucumán durante las décadas siguientes.


Mucho tiempo después, la prensa pasó a Santiago del Estero. Una vez reparada, sirvió para imprimir El Guardia Nacional, considerado el primer periódico de esa provincia.


Su recorrido posee un profundo valor simbólico. Una máquina nacida para acompañar a un ejército terminó prestando servicio a dos sociedades civiles.


Lo que comenzó como un instrumento de campaña sobrevivió a la fuerza que lo había llevado. La imprenta continuó enseñando, informando y participando en la vida pública cuando los fusiles de la Independencia ya habían dejado de disparar.


Su historia parece resumir el pensamiento de Belgrano: aquello que se creaba para ganar la guerra debía contribuir después a construir la nación.


La palabra como parte de la conducción


El Diario Militar permite observar que Belgrano no reducía la conducción al acto de impartir órdenes. Mandar también significaba explicar, convencer y formar.


Un general podía obligar a sus hombres a cumplir una disposición inmediata, pero necesitaba algo más profundo para sostenerlos durante años de sacrificios. La obediencia producida exclusivamente por el temor se debilitaba cuando desaparecía la vigilancia. La que surgía de la convicción tenía mayores posibilidades de resistir el cansancio, el hambre y el miedo.


Belgrano pretendía que los soldados comprendieran que no estaban defendiendo solamente una posición militar. Combatían por una comunidad política que intentaba nacer y cuya independencia había sido proclamada en la misma ciudad donde ahora se imprimía el periódico.


Por eso las noticias de San Martín, las referencias al aniversario del 9 de julio, las enseñanzas profesionales y los principios morales aparecían unidos.


La instrucción militar preparaba al hombre para cumplir su función. La educación patriótica debía proporcionarle una razón para hacerlo.


El Ejército como escuela de ciudadanía


El Diario Militar revela una faceta de Belgrano que suele quedar relegada frente al creador de la bandera y al vencedor de Tucumán y Salta.


Belgrano concebía al Ejército como una institución que debía combatir, pero también educar. Los hombres que ingresaban en sus filas no podían limitarse a obedecer durante la guerra. Algún día regresarían a sus pueblos y participarían en la vida de la nueva nación.


Por eso procuró formar oficiales, enseñar matemáticas a los cadetes, mejorar la preparación de cabos y sargentos, instruir a los soldados y difundir principios morales. La disciplina, en su pensamiento, no era solamente sumisión: debía transformarse en responsabilidad.


Esta concepción contenía una profunda intuición política. Las Provincias Unidas intentaban construir una nación en medio de la guerra, pero carecían de escuelas suficientes, comunicaciones regulares e instituciones consolidadas. El Ejército era una de las pocas organizaciones capaces de reunir a hombres procedentes de diferentes territorios y sectores sociales.


Allí podían aprender a convivir bajo normas comunes, reconocer una autoridad, asumir obligaciones y comprender que pertenecían a una causa superior a sus intereses individuales.


La formación militar se acercaba así a la formación ciudadana.


Cuando la palabra también combatía


La imagen tradicional de las guerras de la Independencia está poblada de uniformes, cargas de caballería, fusiles, cañones y banderas. Todo eso existió y fue decisivo. Pero en una habitación de Tucumán, una pequeña prensa producía otra clase de munición.


Cada ejemplar llevaba noticias, conocimientos y valores. Informaba sobre las victorias, combatía los rumores, enseñaba a los oficiales y recordaba a los soldados el sentido de la lucha.


Belgrano comprendió que un hombre podía ser obligado a marchar, pero solamente las convicciones podían sostenerlo cuando llegaban el cansancio, el hambre y el miedo. También comprendió que una nación no podía construirse únicamente mediante órdenes: necesitaba ciudadanos capaces de entenderlas, juzgarlas y asumirlas como propias.


Por eso llevó una imprenta al Ejército.


No lo hizo porque confundiera el cuartel con una redacción periodística, sino porque sabía que toda revolución debía librar simultáneamente dos batallas: una por el territorio y otra por la conciencia de los hombres.


Mientras los fusiles defendían la independencia, las páginas del Diario Militar del Ejército Auxiliador del Perú intentaban explicar por qué valía la pena defenderla.


En aquella pequeña imprenta tucumana, Belgrano demostró una vez más que la patria no se construía solamente con armas.


También se construía con educación, ideas y palabras.

 

Fuentes

Academia Nacional de la Historia. (1970). Diario Militar del Ejército Auxiliador del Perú. Academia Nacional de la Historia.

Belgrano, M. (1954). Escritos económicos. Raigal.

Belgrano, M. (1993). Autobiografía y otras páginas. Secretaría de Cultura de la Nación.

Belgrano, M. (2001). Epistolario belgraniano. Taurus.

España. (1768). Ordenanzas de S. M. para el régimen, disciplina, subordinación y servicio de sus ejércitos. Oficina de Antonio Marín.

Instituto Nacional Belgraniano. (1995). Diario Militar del Ejército Auxiliador del Perú, 1817. Instituto Nacional Belgraniano.

Lizondo Borda, M. (1948). Historia de la imprenta en Tucumán, 1817-1946. Junta Conservadora del Archivo Histórico de Tucumán.

Mitre, B. (1947). Historia de Belgrano y de la Independencia argentina. Estrada.

Páez de la Torre, C. (2018, 18 de julio). Examen público de 1818. La Gaceta. https://www.lagaceta.com.ar/nota/777740/opinion/examen-publico-1818.html

Rosenzvaig, E. (2008). Historia crítica de la cultura de Tucumán. Universidad Nacional de Tucumán.

Zinny, A. (1869). Efemeridografía argirometropolitana hasta la caída del gobierno de Rosas. Imprenta del Plata.




 
 
 

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